domingo, 24 de abril de 2011

Rosa Esther Moro-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011

Hiroshima un lugar


           Camino. Mes gusta caminar en las mañanas recién desperezadas del verano. En esa luz diáfana observo como lo distorsionado se acomoda mientras alargo los pasos y mi andar se acompasa con el ritmo del temprano despertar del día.
         Me interno por calles sinuosas, mi caminar crea laberintos que a veces me entregan a las fauces de aquello que busco en ese vagabundeo  matinal.
        Lo que busco es una plaza. No es una plaza cualquiera y no todos la encuentran pero si la encuentran no la olvidan. Es de cualquier lugar, Cortazar la encontró en París, Saint Exupery en un planetoide.
    Es pequeña, tiene una sola rosa, un reloj de sol, una fuente que extiende sus dedos de agua para que se bañen los colibríes, y un banco de mármol de perfecta blancura que se inunda de colores con los juegos del sol y las nubes.
   Aparece y desaparece navegando por las esquinas de los suburbios como algunas estrellas de la tarde. Es una plaza que puede aparecer en un barrio de Vicente López y en otro momento en Barracas o en algún país limítrofe. Puede estar en un lugar y todos al mismo tiempo.
  En una oportunidad desaparecí con ella. Fue una mañana de agosto. El sol brillaba cruelmente oro, mientras caminaba por las calles de ese lugar donde vivía.
  La guerra aleteaba peligrosamente cerca, pero quién piensa en la guerra mientras vive, quién tendría  en cuenta a aquel villorrio en los arrabales del imperio.
Mis paisanos  se preparaban para comenzar un nuevo día. Tan-Yi saboreaba un arroz con leche y almendra, platillo excepcional preparado por su madre con motivo de su cumpleaños, mi amigo Lían acomodaba  su cámara fotográfica en el sendero de los Cerezos, el gobierno le encomendó la tarea de fotografiar el cielo. Su nieto pedaleaba en su triciclo.
 Seguí mi camino, saludando a todos a mi paso. Inesperadamente en ese día
aconteció la plaza como una perla única y deslumbrante. Sirenas ululantes despedazaban el aire.
Nadie presintió.     Nadie escuchó.       Nadie comprendía.
Me senté en el banco de mármol, me acicaló  el alma un milagro de paz. Mis ojos oblicuos no pudieron escuchar el estruendo de ese resplandor ardiente.
Mientras la materia se fundía en lo inconcebible y desaparecía, supe que aparecería en otro lugar. 

Del libro: Rastros del fuego que será presentado el día 1º de Mayo de 2011, a las 17hs, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Stande 2538, de las Provincias, Pabellón Amarillo

Emilse Zorzut-La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011

EN BUSCA DE UN ARCO IRIS

I
Corramos en busca de un arco iris
Que nos permita derrotar al infierno.
Es posible buscarlo si de la mano
Subimos la senda prohibida
Y derrotamos los límites impuestos
Por los rudos dinosaurios.
Si no te atreves te darè mi fuerza,
Mi rebeldía roja y mi paz celeste,
Construiremos tus alas igual a las mías
Y hacia allá iremos seguros, altivos.
¿Crees que es utópico soñar ese vuelo?
Oprime mi mano, verás que no miento.

II
Haz un lugar en tu lecho, Ama,
Quiero dormir sobre tu almohada,
Quiero sentirme pequeña y protegida,
Escuchar tus nanas antes de volar
A las región donde el ayer no existe.
Sé que miras mi senda y la iluminas,
Tu gesto posterga mi partida.
No sé por qué, para qué más,
No acierto a descifrar esos designios...
Despertaré en la mañana
Asombrada de haberte compartido.

III
La noche tendrá virajes
Hacia rumbos desconocidos;
Su misión predilecta
Es ocultarnos lo que es,

Lo que está en la mesa

De la vida.
Es un juego macabro
Que se une a estrellas faltantes
Porque sin darnos cuenta
Las estrellas se visten fugaces
Y destruyen la imagen
Que redime.
El alba aniquila el embrujo
Y nos quedamos a oscuras
Con tinieblas deslucidas
Que gotean su nada

Desde los techos

Y nos hacen creer
Que son lágrimas que restauran
Las heridas.

IV
Si las noches
Vinieran a mi encuentro
Les contaría historias
De duendes y dragones,
Les diría cómo arman
En mis entrañas
Sus cuevas y sus ritos,
Cómo desmenuzan espejismos
Para mantenerme viva
Adhiriendo alas a mi espalda,
Impulsando mi volar muy alto
Y ver
Desde la cima de los sueños
Un mundo que agoniza
En su exterminio.

V
No puedo desprenderme
De tu imagen de sol,
Nodriza mía.
Creo que me miras
Desde algún lugar
Que te fue dado
Y eres la única
Que viene por las noches
A leer los poemas
Que dejo junto al lecho.
Si no fuera así
Morirían en mí las palabras,
Serían lanzadas a la nada
Y nadie sabría de su vuelo
Hacia la libertad.

VI
El colibrí abreva su urgencia
En la flor que luce mi jardín.
Llega al cenit todos los días
Y disfruta su alimento
Sin dar gracias.
Siempre está de paso, apresurado,
Como si detenerse lo matara.
No tuve sus alas,
Sí la urgencia
De beber la vida que hervía
Dentro del cántaro interno.
Ahora sé que la muerte estuvo
Observándome detrás
Del álamo del huerto.

VII
Por copiar la noche
Me dormí entre sueños
Y por un instante
Copié tu sonrisa.
Creí que el viento
Devolvía la rosa
Que entre hojas de libro
Yo creía muerta.
Cosecho en mi ermita
Estampas tan viejas
Que ya sus colores
Parecen efímeros;
Pero aún conservo
Tu abrazo sin culpa
Como manta tibia
Que anula inviernos.

VIII
Cuando entró el alba en mi alcoba
Mi amor se fue por la ventana
Y ya no volvió a pedir refugio
Ni a compartir la almohada.
Mustios quedaron los abrazos,
Sin razón de existir las caricias,
Las noche tomaron distancia
De los equinoccios ya sin vida.
Esperé varias lunas sin respuesta
Hasta que apagué la vela de vigilia,
Hice una valija con alondras
Que abierta viajó en el primer tren.
Le pedí a mi Ama
Que no me despertara hasta el cenit
Del día que yo llamé comienzo,
Dejé que su rezo me acunara.

IX
Pierdo mi razón de ser
Al acceder a ser el otro,
Ese que exigen tus gestos.
Dejo retazos propios
En las acequias oscuras
Cuando siento mi exterminio.
Intento mirar mi espejo,
Ajustarme a mi imagen
Que al ser en mí
Me mantenga auténtica.
Pero no me aceptarás,
Te clausura tu egoísmo
Y sólo me queda abrir mis alas
Y partir en silencio.

X
El páramo de mi vida
Encuentra en la noche
El amparo del tiempo,
Puedo parir sueños
Enlazando palabras
Con sutiles cabriolas.
No necesito que escuches
Ni que transformes tu eco,
Tengo mi sombra a mi lado
custodiando mi sendero
Y colocando farolas
Con faros clandestinos
Que abrazan con su misterio
E inventan amores nuevos.
El milagro de la noche
Culmina con sortilegios
Donde cantan arroyuelos
Bajo la luna y las sombras
Y lejos de tu infierno.

Delfina Acosta-Paraguay/Abril de 2011


PRIMO CRUEL

Cuando Narcisa Ibáñez enviudó, y luego de una breve enfermedad sus  ojos asustados se  cerraron, en una tarde en que  un jilguero picoteaba nerviosamente los vidrios de  la ventana de su habitación, Clementina, su hermana, supo que debía traer a sus tres sobrinos, Juan, Marta y Manuela, a vivir en su casa.
Eran mellizos de siete años, la niña, Marta, con una cara que parecía robada de una muñeca pues  sus pecas abundantes, sus bucles rubiáceos,  sus ojos como  botones azules, y su rubor encendido cual brasa, resultaban   parecidos  a la colección de juguetes “mami, mami”, que desde los escaparates conseguían que las niñas aplastaran sus narices, sus caritas enfermas de amor maternal  contra los vidrios. El mellizo, Juan, era ligeramente distinto a su hermana. Las pecas no cubrían su rostro. Una pizca de bondad, propia todavía de una edad desconcertada, cruzaba su rostro, en especial, cuando parpadeaba.  Ambos coincidían en las  ganas de jugar sin fatigarse.
Manuela, la mayor, sufría de alergia. El polvo de las cortinas, la cubertería de los aparadores, el hollín de los quinqués, los ácaros de las enciclopedias,  la errante fragancia de las rosas que delineaban como una raya  de tiza roja, donde terminaba el jardín, y donde comenzaban los hierbajos que rodeaban una pequeña naciente de agua, le hacían daño. Sin embargo, le gustaba ser la “enfermiza” de los tres, debido a una confusa idea de santidad que tenía sobre su persona desde la primera crisis de asma.


   Clementina instaló a los mellizos Carolina y Juan, y a Manuela, en la habitación de Carlos, su único hijo.
Era el mes de agosto.

En el patio, junto a la muralla pintada con cal, un sauce cabeceaba sobre su silencio, pero su sombra, regada por migas de pan, parecía volar ruidosamente cuando los gorriones, una vez saciados, emprendían el vuelo hacia el viejo  alambrado de los postes del telégrafo.
Carlos sacó del armario, para dispersar la tristeza y la penosa desorientación de sus nuevos compañeros de cuarto,   sus mariposas, las   doncellas de la centaurea y las blancas  del majuelo, clavadas en un cartón. No les contó que las cortejaba, celoso de su amor,  primeramente,  hasta que ellas entraban en confianza y caían  en sus manos para ser llevadas - entonces -  a su “sitio de trabajo”. O “el laboratorio” instalado en el altillo. Allí, a la hora en que la luz del día se filtraba por la ventana despertando una vida  fingida en el  polvo del aire,   las contemplaba en la belleza de su sufrimiento, en su inútil pero heroico esfuerzo por recuperar su libertad atravesada por alfileres. Se preguntaba entonces, qué sería de grande. Nunca abogado, por supuesto, como su padre pretendió cierta vez cuando leyó una composición escolar suya “La inocencia  de la criminalidad”.     Acaso, si viajaba al extranjero, científico como el tío Miguel, quien cada vez que aparecía con su olor  a formol por la casa, mortificaba  a sus padres cuando contaba, víctima de su pasión, aquellas  historias sobre las disecciones de batracios y de calamares, historias que a  él le sumían en la necesidad de saber alguna página más, algún capítulo todavía  oscuro o desconocido  sobre el dolor. Lástima  las vacilaciones,  la vuelta a la cordura, el repentino  respeto  del hombre de ciencia  a la mesa familiar  donde los pocillos exhalaban sus vapores de té verde, que llevaban al tío  a cambiar de conversación   y a él lo dejaban maldiciendo por dentro.
   Un pájaro cantó tres veces. Luego guardó silencio.
Carlos, con el cartón de mariposas en las manos,  aguardaba  exclamaciones y preguntas cruzadas   de sus primos, pero ellos estaban muy cansados, y  por otra parte, sólo entendían del sufrimiento las palizas  que su madre les daba cuando no aprendían   las lecciones de catecismo. Así pues, se quedaron callados. Y su silencio se sumó al del ave.
Parpadeaba bastante  Manuela; para disimular su tic, buscó una tos que no le vino como hubiera deseado, sin embargo no se desanimó, y pidiendo perdón al primo, siguió tosiendo, tosiendo. 
 - Esto me va a matar - dijo, mientras hundía su pecho como si el aire se le hacía difícil.

Los mellizos se cruzaron miradas sombrías, pero luego de que la cuerda del juego  se hubiera activado mecánicamente  en ellos, se reclinaron en un lecho cubierto por un edredón de plumones,  y jugaron a piedra, papel y tijera. Era tan previsible que Juan sacaría la tijera, pero Carolina no caía en la intención, y le mostraba, con el rostro desafiante, su puño cerrado, y así seguía esa ñoñería, que era una función obligada  para  Manuela.  Después  de un rato ella  se hartó, y  colocó en el piso la lámina con la casa en forma de hongo pintada con crayola marrón, y el camino rectilíneo que llevaba a la puerta cerrada,  y las tres golondrinas perdiéndose en el cielo mitad tormentoso y mitad soleado.  De cuando en cuando  volvía los ojos en dirección a Carlos, aguardando una actitud que equivaliera a un interés, y él se la daba, pero juraba vengarse cuando ella, complacida, sonreía con sus dientes desparejos.

 El viento movía las hojas de los árboles callejeros. Agosto transcurría a paso de animal herido.
El primo hubiera querido que se largaran ya de su habitación, que  se fueran a jugar con  Toby, total ese perro pulgoso también tenía su diablo aparte, y no tanto porque giraba sobre la idea fija de querer morder   su  cola, sino porque además pasaba la pata y hacía otros fingimientos, pero allí estaban los mellizos, rostro contra rostro, jugando a mirarse fijamente y no reír, porque el primero que reía, la regla era la regla,  perdía. Y ambos perdían y reían hasta toser mientras Manuela se las daba de víctima  con su voz catarrosa llamándolos a silencio.
 - Chicos..., la tía se va a enojar, miren... - decía y traía una tos que no existía.
Ah... si lo dejaran solo, para mirar a gusto ese lejano punto verde en la colina, donde comenzaba un bosque en que la vegetación de cañas, cipreses,  fresnos y árboles espinosos, cuyos troncos parecían querer desprenderse de su rebaño de hormigas rojas al caer el viento,  se erguía desafiante. Ese bosque le daba de comer a él, Carlos alias “El lobo”, de sus propias manos. Aquel sitio    alimentaba  su imaginación de implacable cazador de animales desde muy pequeño.

El bosque  era peligroso, lo sabía. Pero iba día tras día  a él, con sólo cerrar los ojos, y  se sentía  irremediablemente destinado  a morir bajo las garras de un hermoso tigre salido  de un  telón verdoso del follaje, hasta que recuperaba el facón con mango de guampa  caído sobre una piedra, y lo clavaba  en el vientre, revolviendo sus vísceras.

 Ahora los mellizos jugaban a pegarse, y Manuela les pedía que se quedaran quietos, que dejaran de gritar, pues no podía concentrarse en su arco iris.
- ¿Cuántos son los colores, primo?
- Siete - contestó Carlos, y  nada más porque era una prima huérfana le pidió que le mostrara el dibujo.
- ¿Está quedando bien? Fíjate en el pasto...
- Pues sí, es muy bonito. Y las aguas... - contestó. Esas palabras alegraron a Manuela quien redobló el esfuerzo por acentuar el color rojo del arco y  terminó rompiendo la crayola. Una gran risa entonces  le vino a la boca, mientras observaba a su primo.
El día domingo se presentó gris.
El viejo Mariano Álvarez, que solía caer por la casa en ausencia de los “señores”, apareció a las diez de la mañana con su botella de vino bajo el brazo. Como sus pasos no eran firmes, Toby le gruñía. Estaba a punto de dar una patada al animal, cuando apareció Adelfa, la cocinera, y lo llevó muy enojada  hasta el comedor.
En algunas ocasiones, cuando  estaba de buen humor, ella le preparaba un café rápido, y sentaba a escuchar sus historias.
El viejo decidió contar, con la  resignación de los que  dicen sus secretos porque saben que van  a morir, aquella verdad que desde hace tiempo deseaba que supiera Adelfa, por lo menos. Y ella, después de pedir perdón por sonarse  las narices, juró ser toda oídos.
Y él dijo:
Veníamos caminando horas y horas. Éramos seis. Siete, contando con un pájaro negro, que venía saltando, de rama en rama, adelantándose a nuestros pasos. Se pasaba chistando el infeliz.  Un sol abrasador nos sumía en vértigos y la sed nos devoraba. Los árboles de troncos rugosos y resecos   eran trajinados por  hormigas rojas  y el hormigueo en nuestras cabezas no nos dejaba pensar ni un segundo. Mario Vargas se sentó en la tierra, y nosotros hicimos lo mismo. Era el líder natural. Y cuando  hizo girar una botella sobre el piso y el cuello de la misma  apuntó hacia Horacio, entendimos la decisión fatal de aquel juego que negociaba nuestras vidas, pero la verdad es que ya nos daba igual. Así fue como cada uno de los que nos salvamos  bebió un poco de la cantimplora, y Horacio, maldiciéndonos, nos advirtió que no llegaríamos lejos. El pájaro chistó. Después de un instante  de furia, nos rogó que le diéramos una ración, la mitad siquiera de la nuestra, pero ya no lo escuchábamos. Nos sentíamos miserables.
Yo tenía miedo de que la suerte no me acompañara en la próxima estación, cuando nos sentáramos a observar, temblando,  a quién mandaría al infierno aquella  botella vacía. Pero ya ves, aquí estoy. Y el pájaro negro...
Carlos, detrás de la puerta, se comía las uñas, oyendo.
Imaginó la escena y su corazón empezó a latir con fuerza.
Había  barullo en la habitación de arriba.
 Una bronca fingida de la hermana mayor, quien llamaba a la paz, encendió repentinamente su ira, y subiendo los escalones de dos en dos, se presentó ante ellos.
Los rayos del sol dominguero  hacían que las más delicadas flores del jardín agacharan las cabezas. Un colibrí se entregaba al placer de libar con su trompa el néctar de las flores.
Los primos lo observaron  durante un largo rato. Y él les dijo, con una voz inflada por el entusiasmo, que estuvieran listos pues irían  a dar un paseo. Mientras escuchaba  al mellizo dar gritos de Tarzán ( la alegría extrema solía  llevarlo al estado de un mono o del rey de la selva)  sentía en su interior el llamado misterioso de una última aventura.
Cuando emprendieron la caminata en dirección al bosque Carlos sólo llevaba en su mochila dos cantimploras con agua y una botella vacía.


Juan Pérez Alvares-Ourense, España/Abril de 2011

LADRIDOS DE LA DISTANCIA
Los ladridos de la distancia vienen del infierno opaco de la noche, coronada del lenguaje de algunas escasas luces.
Enciendo la lámpara del alma y se ilumina la cavidad del mundo como la prodigiosa mujer de la vida, inacabable en la hermosura de su misterio.
En la quietud de su seno, el Caballero del Regreso se vuelve invisible en la senda de su viaje hecho espejo de morada para la llama fugitiva del alma que me nombra.
Nacerá hoy, envuelto en celeste futuro helado entre estas montañas de sentido, nacerá hoy en la aldea de mi infancia y mi nostalgia solitaria irá a adorarlo.
Nacerá más allá de la pobreza de estas manos.

Trinidad Aparicio- España/Abril de 2011

La lección de mi tío


Mi tío, un mozalbete de 13 años, ya tenía en aquel entonces aspiraciones de “señoriíto”.
 No le gustaba la vida de pueblo ni mucho menos el trabajo de labriego. Quería estudiar; y para su desazón,  pocas posibilidades de estudiar le ofrecía aquel pequeño pueblo valenciano. Contra la voluntad de mis abuelos, pero supongo que con la aprobación de mis padres, que desde hacía varios años vivían ya en Barcelona; hizo su escaso equipaje y se vino a vivir con ellos. O quizás, estaría mejor decir se vino a vivir “con nosotros” porque yo, ya en aquel entonces era una preciosa niña que sabía decir “papá y mamá”. Tío y sobrina, íbamos creciendo los dos al ritmo del almanaque: él iba dejando atrás su acento pueblerino y convirtiéndose en un “dandi” de capital, y yo dejé de ser “bebe”, para convertirme en una niña pelirroja de largas trenzas. El tío era mi príncipe valiente, para él, era yo, su mascota preferida.  Año tras año, un almanaque nuevo llegaba tras las fiestas de fin de año. Mi tío terminó sus estudios y yo comencé el ciclo primario. Sin desmerecer  mi capacidad de aprendizaje, en el colegio poca atención prestaba yo en clase, total el tío ya me ayudaría con las tareas. Y me ayudaba, y me preguntaba: ¿entiendes? ¡Sí, sí! Respondía yo. Y todos los días  antes de entrar a la escuela mis compañeras copiaban la tarea de mi cuaderno. Una vez corregidos, en todos los cuadernos sin excepción, destacaba en rojo la misma nota. ¡Muy bien!   Se supone que la maestra al ver que tan bien les iba a sus alumnas debería considerarse una excelente pedagoga. Hasta que un buen día, mi tío ayudándome en las tareas repitió la pregunta acostumbrada: “¿Entiendes?” “¡Si, si!” Decía yo mirando de reojo el número de mis cromos. Al día siguiente, sin excepción, la nota de todos los cuadernos fue un fabuloso... ¡¡¡Muy Mal!!!    
Avergonzada aprendí la lección.

Mirado a la distancia, no debo dejar de reconocer cuan rica  he sido  en afectos.
                                                                                                                                                                             

Alba Bascou-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011


DON  EVARISTO
                                  
                                                                                    A mi único abuelo.


            Evaristo era pastor de ovejas del pueblo de Ayán, de la provincia de Lugo. Como buen gallego andaba a las puteadas y se cagaba en las hostias consagradas, y de vez en cuando mandaba  algún saludo a la Virgen María, y por supuesto desde que la excusa fue la pérdida de la Negrita, la preferida de su rebaño, no  concurría a misa ni los domingos ni las fiestas de guardar. Sabía que algunos almacenaban en el horrio de Carnota, en Pontevedra, el diezmo al que estaban obligados en nombre de la fe, jamones, cereales, quesos …cosa que no sucedía en su pequeño pueblo.
            En ciertas circunstancias, guardaba su tropa y previo paso por el fundo, sacaba del viejo horrio rebanadas de tocino y pan caliente de la casa, y caminaba sus dos kilómetros hasta las orillas del Miño, donde se encontraba con otros amigos y algunas muchachas del lugar.
            Don Francisco, el único cura del pueblo a la redonda y en triángulo, cada vez que lo cruzaba no podía contenerse y le daba tal sermón, que Evaristo escuchaba pero dejaba resbalar por su cabeza, mirándolo a los ojos y sonrojándose sin quererlo. El hombre le recordaba lo piadoso de su madre, santa mujer, madre de cinco hijos, matrona de hogar, trabajadora del campo, amamantadora de retoños de señoras sin leche. De su hermano Bautista, apodado  o Moucho, porque a las noches escondía las lechuzas en el horno de pan, para llevárselas a pasear en su hombro durante las mañanas, ante los santigüeos de las pacatas vecinas. El sí, era un asiduo concurrente todos los domingos a la vieja y raída iglesia, pero entre padre nuestro y ave maría, sus ojos se desviaban para descubrirles los tobillos y un poco más- no importaba si por arriba o por abajo- a cuanta mujer se le transponía.
             No seas como tu padre, honesto pero blasfemo, repetía el sacerdote cincuentón, consejero de viudas en trance y sobador de la entrepierna en momentos de confesión, cuando lo cruzaba a Evaristo.             El Señor no te va a perdonar y te quemarás en las llamas del infierno agregaba Don Francisco. Evaristo seguía  su   camino. Con su poca instrucción, había llegado hasta el cuarto grado, había escuchado algo que lo fascinó como que Dios no  creó a los hombres, sino que los hombres lo crearon a  él. Y lo sentía como cierto, porque su madre cuando sucedía algo imprevisto hacía resonar en todas las paredes “un Dios nos ayude” y no pasaba nada...
            Cierta mañana, mientras llevaba a pastar sus ovejas se cruzó con Elvira, hermosa muchacha celta como él, del vecino pueblo de Lier. Verla y soñar todas las noches fue todo uno. Hasta que se animó a acercársele, y comenzar el juego que terminó como todos ellos, sobre los pastos verdes y con las inmensas polleras al viento. El embarazo apareció al tiempo ante la preocupación de ambos y la mojigatería reinante. De allí, que después de echarle unas buenas a Don Francisco que perseguía a Evaristo y le decía sácate el diablo, hecho que hacía que aquél lo que extraía cada vez con mayor habilidad era su sexo,  y pasar por el Registro Civil de Sarria, hizo que  se subieran al Cap Norte rumbo a la Argentina.
            Hacinados, temblorosos llegaron al Hotel de Inmigrantes y pasaron unas noches allí, hasta que consiguieron una habitación y dos trabajos. Evaristo se fue a levantar bolsas al puerto y Elvira a continuar nutriendo con su poderosa leche a críos, cuyas madres o no tenían secreciones lácteas o las evitaban, porque como decían algunas de ellas, cuando tenés treinta años se te confunden con las rodillas. Cuántos trabajos tuvo Evaristo hasta que a su treintena de  años se compró la fonda, no sé, pero que las noches y los días se le juntaban, sí. Y la empresa familiar, con Elvira de cocinera, Sarita y Angelito, los hijos,  de mozos, más las cuñadas traídas de la madre patria como ayudantes hizo que a los cuarenta años, la familia no tuviera graves apuros. Y empezó a pensar en comprar una casa, y después la otra.
           Y un buen día, instalados en una de ellas, dejó su trabajo y se dedicó a hacer lo que quería. Caminar, bailar la jota con su compañera, jugar a la brisca con los gallegos que ayudaba a que vivieran mejor en este suelo, lejos del franquismo asesino mientras los ojos se le llenaban de lágrimas escuchando el Himno de Riego. Cuidaba de su nieta, a la que llevaba a todas partes, recorridos por el barrio, a veces hasta la  Iglesia de San Patricio, donde aquélla estiraba la mano para sacarle algún huevo a los pavos que criaban los curas palotinos a través del cercado de alambre.  Al zoológico, a las manifestaciones...
            Y disfrutaba de la vida con las cosas simples, sencillas de la mañana temprana, cuando a las 5 y media, asomando el día, al grito de Pelusa solo, llegaba don García , el lechero. Esperando a su hija que se asomaba por la calle Martínez todos los medio días para un rápido almuerzo y después a la tardecita, para tenerle un mate calentito con gusto a naranja. Elvira lo dejaba hacer. Había sido feliz con ese compañero que la arrastró desde su lugar, trabajando a su lado como buena gallega tanto o más que él. Eso sí, cuando su equipo de fútbol perdía, le entraba una furia indomable y los carajos se escuchaban hasta las Barrancas de Belgrano, ante el silencio sepulcral de las mujeres de la casa. Como los partidos en esos tiempos se jugaban las tardes domingueras, el lunes aparecía  con las cejas juntas, a lo Satán pero por la tarde ya le volvía el humor, conversando con los vecinos del barrio. O por qué no, con el llamado de la alemana del chalet de al lado que le pedía el arreglo de algún artefacto de su casa, cuando en realidad el que no le funcionaba seguido era el que llevaba entre las piernas. Ahí, entonces Elvira era la que unía los bordes de los entrecejos, sus ojos se entristecían pero la música salvaba sus pensamientos al ritmo de una buena muñeira. Y era capaz de bailar la semana entera, hasta que Evaristo profería un basta, coño. Ella no bajaba los ojos, le mantenía la mirada con la que le transmitía su intuición y su bronca.
Ello servía para que él no atendiera por meses reclamos de vecinas en estado de necesidad,  y no quitara el ojo de su mujer bebiendo sus palabras y siendo el más considerado, discurrente, obsequioso, solícito, y buen amante.
            Y fue pasando el tiempo. Y llegaron las primeras dolencias que no podía creer, ya que nunca había tenido una gripe, sólo simples resfríos que los curaba llenando un jarro de aluminio con vino tinto, al que le sumaba abundante azúcar y un buen sueño para despertarse al día siguiente con todas las fuerzas repuestas.
            Lo entristeció la enfermedad, las idas al hospital del barrio, el sometimiento a una operación y el entregarse a una recuperación que como buen gallego no la veía clara. Por eso, una madrugada, todavía internado detuvo su marcha, habiendo en la tarde anterior en el horario de visitas, desde la ventana, movido su mano izquierda en señal de adiós a su familia.
            Evaristo partió hacia un hoyo en la tierra, con una cruz que le impusieron sin quererlo, pero siempre sigue andando suelto en el corazón de su gente.


Teresa Benedosi-Cañuelas, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011

Carta para un veterano desconocido

                                Desconocemos tu nombre .Tampoco a qué fuerza militar pertenecías ni tu origen nativo. Eras norteño-mesopotámico-porteño o patagónico?.
Sólo sabemos-inocente muchacho-casi un niño se diría- ofreciste tu vida en defensa de la Patria.
Cuando escasamente habías aprendido a empuñar un arma-te vistieron de fajina y a las islas de Sur te llevaron como soldado de guerra.
Sin saber  muy bien cómo fue- te viste de pronto parapetado en oscuras trincheras que a fuerza de forzadas paladas tú mismo cavaste. Tiritando tu alma-encogido en las sombras-disparabas a bultos cercanos-cuyas voces extrañas retumbaban con ecos fantasmales. Tus enormes ojos asombrados no reconocieron tamaños horrores. Nunca entendiste la estrategia del combate-si acaso te explicaran. Ni siquiera advertías quién se quejaba a tu lado-amigo o enemigo-por heridas recibidas. Sólo de instinto sobrevivías.
Por momentos un silencio que lastima-avanzaba intrigante y te aferrabas a la cruz del rosario que tu madre llorosa te entregara. Con las manos entumecidas por el barro y el frío-te ovillabas en algún rincón para que no se congelaran tus entrañas. De tanto en tanto chillaban de hambre tus pobres tripas que ni tiempo ni vituallas había para acallar su lamento. Días y días se sucedían interminables. A veces divisabas a lo lejos un avión de los tuyos castigar en vuelos rasantes-levantando lenguas de fuego desde el objetivo logrado.
Nunca supiste las tratativas orquestadas en el continente ni los vaivenes de tan descomunal enfrentamiento. Tan sólo intuías el desenlace por señales inocultables de derrota que a tu alrededor se imponían. Desolado y abandonado te rodearon y como en un sueño arrastraste tu insostenible humanidad hacia el comienzo del fin.
                             Cuánto hemos penado por ti-querido veterano malvinense- cuando volviste maltrecho y quizá herido. Con el cuerpo sufrido y el alma en pedazos. Pesadillas por años –ensombrecieron tus noches. Tantas veces lloraste –sin lágrimas siquiera- por las blancas cruces anónimas que en el cementerio de Darwin quedaron. Por los cadetes del crucero Belgrano que al mar abrazaron esperando inútilmente un milagro. Por los pilotos que con sus aviones se inmolaron…..por tantos valientes jóvenes que en aquellas lejanas tierras lucharon.
Pero seguramente ya habrás descubierto que no hay guerras buenas o guerras malas –que las guerras son guerras- que la guerra es repudiable- que es más humano recurrir a vías diplomáticas y canales institucionales internacionales.
                           Es tanta la deuda moral que por ti y tantos otros tenemos que no alcanzarían las palabras para consolarte-si aún lográramos hacerlo.
Tan sólo recordarte-hermano desconocido-que nunca te olvidaremos. Que sigas tu camino con la frente en alto. Que tus hijos-si los tienes-puedan mitigar tus penas y ayudarte a pensar en el futuro de tu Patria Grande y recuperar a la hermanita perdida.

Miriam Brandam-Los Ángeles, California, EEUU/Abril de 2011


LLEVAME

Viento, llévame ahora en tu vuelo
A conocer otras tierras,
Llévame por anchos valles
Y empinadas cordilleras.

Piérdeme en bosques profundos,
Encuéntrame en frondosas selvas,
Hazme flotar en las nubes
Y enrédame en las tormentas.

Llévame a ver los rincones
Más ocultos de la tierra,
Sopla como un huracán,
Hazme tocar las estrellas.

Juguemos entre las olas
Con sus espumosas crestas
Y descansemos en la playa
Con sus doradas arenas.

Viento, tú que sabes muchas cosas
Y no sabes de fronteras,
Muéstrame adonde va el día
Cuando la noche se acerca.

Comencemos nuestro viaje
Antes de que caiga muerta
Y el otoño me convierta
En otra simple hoja seca.

Dinelly Mercedes Bravo Albarran-Provincia de Tucumán, Argentina/Abril de 2011

Una rosa

A veces
Mi mano se abre en el viento
Buscando una rosa
Escrita en un verso.

Una rosa blanca
Que exiliara el olvido
Una rosa roja que arrancases del alba
Que robaras de un libro,
Que  encerrase un misterio

Una flor cualquiera,
Si no, entonces, de los montes,
Las praderas,
Una que no tuviera nombre,
Que nadie jamás conociera.

Yo quiero una rosa de seda,
Tímida, clara, diurna,
O una flor azul salvaje.
Sólo una,

Sólo una, ¿qué más quiero?
Si no me llovieran, un día, mil pétalos en el pelo,
Yo sólo una rosa quiero,
Para mí, entre tus dedos.

Carolina Bugnone-Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011

Enigma.
Ella abrió la puerta y sonrió, le fluía tan fácilmente ese gesto. Él sonrió también, un poco menos fluido y algo ansioso. Se saludaron con un beso convencional, pero los ojos se adelantaron. Chispazo de esos imposibles de eludir, y que no se describen sino más bien se viven o no.
El ofrecido café de rigor, el aceptado mate, las charlas banales sobre el clima. La luz que entraba furiosa ese jueves a las cuatro de la tarde. El malbec que los miraba desde la esquina de un mueble oscuro.
Los comentarios de él sobre los libros de ella, su interés a veces real, a veces fabricado sobre esos textos trillados, bellos, o inentendibles. Su intento de fluidificar el ambiente que aún era de extrañeza. Las sonrisas de ella y su temblor disimulado al cebar el primer mate. Su gesto entre ubicada, espontánea y chiquilina. El de él entre intelectual e inhibido. Ella se acordó de Benedetti, “Los formales y el frío”, y rió por dentro. Él pensó en algo literariamente más sofisticado.
Puso un disco de Tom Waits, “escuchá esto”. La voz ajada y sombría se desplazó sin inconvenientes, y cada nota de ese piano infernalmente exquisito le apuró el corazón a ella y el beso a él. Que la esperó a que se diera vuelta, con ese gesto de acomodarse el pelo hacia atrás y esas mejillas acaloradas. La esperó demasiado cerca de sus labios, y no le dio tiempo a seguir argumentando sobre filosofía, política o lo que cuernos fuera que hablaban en ese momento.
La esperó con los ojos sobre los de ella de modo tal que ya no se supo hacia dónde iba o venía esa mirada, quién destinaba luz a quién, quién robaba el aliento y quién lo cedía.
La esperó con el cuerpo tan pegado al de ella, que al chocarse los plexos se confundieron los latidos, y los pezones erizados y asombrados bajo la remera se encontraron con el pecho del hombre deseante bajo la camisa.
La esperó con los brazos que le anticiparon la cintura, que le tocaron casi las caderas, y ella  reaccionó con los suyos un tanto desconcertados, y luego caídos buscaron sus manos y  su espalda.
La esperó con la boca semiabierta y ella dejó que el primer impacto la confundiera durante ese segundo que tardó en comprender el beso que se avecinaba. La humedad que avanzaba desde las bocas hacia la entrepierna.
Y luego acercarse al sillón, y arrancarse lentos la ropa, agitándose y respirando más de lo convenido, desmoronaron la cordura bajo el Waits que se desangraba. Y las lenguas saborearon  cayéndose-creyéndose-yéndose hacia el irreal placer de lo inesperado. 
Él le hizo el amor con calma, ella se deshizo con agitación, él la besó largamente después, ella esbozó una sonrisa. Él le acarició la curva entre la cintura y la cadera, y ella canturreó la música de fondo.
Él le dijo si podían volver a verse, ella le dijo que no.

Carlos Caposio-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011


El monte de los naranjos ( Sigo tus huellas )

Busco en el monte donde los naranjos lloran limones,
donde va tu perfume que vuelve con el viento
bajo los colores de hojas a medio secar
en el fin del verano
con el velo brillante de la luna llena.

Voy por la picada de la montaña
por las marcas del peregrino
por antiguos zapatos rotos
y dedos machacados.

Me pierdo en el brillo mitigado de nubes,
en las botellas rotas del baldío.
En la fuente con todos sus colores
y en los niños que bailan en ella.

Las hormigas en balsas que trepan el río,
me devuelven al monte.
A la vertiente de agua entre ramas y barro
donde bebo con las manos
donde mojo el sombrero y sigo la marcha.

Déjame curar tus pies clavados,
subir en el caballo blanco de los Andes
viajar en tus bolsillos de sierra maestra
hasta Calcuta,
para regar la piel de doña Teresa  
para quitarle piedras a la Magdalena

Voy por el laberinto
por la biblioteca de tus montañas.
Viajo en tu círculo sin tiempo
hacia el principio, luego del final,
donde la muerte enseña lo desconocido.

Persigo la luz que filtran los árboles,
ruedo en el monte de troncos caídos,
donde los naranjos lloran limones
donde va el perfume que vuelve con el viento.












     

Carlos Garro Aguilar-Provincia de Córdoba, Argentina/Abril de 2011

HUELE A FLORES DE PARAÌSOS...

                    Huele a flores de paraísos y es Octubre.

                    Aire para tu rostro que vuelve con la lluvia
                    de la infancia,
                    aire para que mis ojos inventen en el aire
                    la tibieza lila de tu frente, el aroma lila de tu pelo,
 para que mis labios recobren el sabor a paraíso en flor
                    de tu sexo entreabierto.

                    Viajas de la memoria a las palabras.
                    Desde el perfume a las palabras.
                    Desde tu piel a las palabras.

                     Entre ellas respiras.
                     Entre ellas te yergues y me miras.
                     Desde ellas se alza tu mano y me toca.

                     Huele a flores de paraísos y es Octubre.
                     Huelen a flores de paraísos las palabras.


Carlos Garro Aguilar, del libro inédito:   "Salvaje Estío"

Ángel Catalano-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011


ÑE- Ä
            

               No se deberían decir ciertas cosas y ¿Por qué se dicen? Porque se pueden decir –y mientras se pueda- ninguna teoría debería negarse mientras no se logre explicar la que se le opone.
              Lo que sigue, aparentemente no tiene nada que ver – y en el fondo tampoco- empero, decimos que resulta más asequible escribir que leer      –esto sin polemizar- leer no deja rastros visibles como escribir, claro estamos hablando de los que leen en voz baja y del que escribe improvisando, no como escribe Usted ¿Se entiende? Además hemos llegado a comprender que casi todo está escrito, así que lo que podamos plasmar en el papel ahora sólo será  una variante, casi una copia. Por eso no nos gustan los que escriben sobre todos los temas ¡Te escriben todo! Y decimos que es más accesible escribir –que no es fácil- porque uno piensa, imagina, recuerda, y escribe como se le ocurrió, naturalmente luego hay que corregir –y quizá no quede nada de lo escrito- en cambio leer te obliga a pensar, sentir, imaginar, recordar, interpretar, formar imágenes, adivinar, entender y otras cosas más y terminamos con el diccionario en la mano, porque siempre aparecen palabras que desconocemos.
             Hablando del diccionario, lo estamos “leyendo” porque es interesante. Hemos llegado a la página 433 –del que tenemos nosotros- y nos detenemos en la palabra corazón. Viene del Latín Cor –corazón, mediante una forma aumentativa- y empezamos a volar: Ñe-Ä en Guaraní, Coeur en Francés, Cuore en Italiano, Coracao en Portugués, Herat en Inglés, el de la zurda, que le dicen...
             Es el ritmo primero. Al corazón lo ponemos en todos lados. Lo mencionan los novios, los políticos, las amas de casa, los poetas. En conclusión, la lista es interminable.
             Unos dicen que es el motor central de la circulación, un órgano muscular contráctil y hueco situado en medio de la cavidad toráxica: definición material del tema y espiritualmente, cuántas cosas le endilgamos: “ser insensible” “no tener uno corazón” y otras veces lo endiosamos: “mover su ánimo para el bien” “tener mucho corazón” “su corazón inclinado a la piedad y la compasión” –lo importante sería que siempre hubiera un corazón relacionado con el apremio de un desamparado- ¿Y el amor? ¡Siempre el amor! En todas partes y en todos los seres ¿Quién puede negarlo?
               Nos seduce contarles que un palomo le picaba el pico a una paloma, que se dejaba picar, era en un parque, una mañana soleada, Otoño era el tiempo, caminábamos cargando una montaña de tareas que debíamos realizar, sin embargo nos detuvimos observando la escena ¡Hasta recién...!
Ángel Catalano

José Mario Castro-Bolívar, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011


DESTIERRO

Boca inesperada.
   Tobogán de agua.
Miel en el andén
   de un cuerpo lejano que gotea.

De ojos somos.
De agua.

Y de caricias inacabadas
         bajo una infancia
            que nos devuelve remotos.

Enrique Catalano-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011

J  unto a tu Aleph estás :
O  bservando a este mundo confundido.
R  efugiado en tus “ruinas circulares”.
G  rotesco, atrapado en tus pesares.
E  n “laberintos” sin final, perdido.

L  aberintos oscuros, repetidos.
U  n alud de “ficciones” ancestrales.
I   nvención de tus sueños o verdades.
S  ímil de un cuento tuyo bien urdido.

B  orges, de todas las palabras dueño.
O  rdenarlas para ti, simple tarea.
R  euniste con tu pluma a gente rea.

G  relas, Platón, profetas y caudillos.
E  l malevo Muraña y su cuchillo.
S  i hasta inventaste un hombre, con tus sueños.

Marta Susana Díaz-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2011

Remolinos de Otoño


                                    Mi padre y yo una tarde.
                                                El mundo, otro.
                                    Mi corazón de copos de algodón.
                                                Hebras de azúcar
                                    Abrazadas al palo,
                                                Como mis dedos a su mano
                                    En  esa tarde de un otoño
                                                Lejano. Muy lejano.

                                    Carpintero de oficio
                                                Trabajó la madera,
                                    Tosca madera,
                                                Que se fue transformando,
                                    Gubia y garlopa
                                                Taladro y escofina…
                                     Y aquel aroma a pino
                                                Que perfumó la casa.

                                    El parque Chacabuco
                                                Verde e inmenso.
            Un estanque con ranas de metal oxidado         
                                                Escupiendo agua helada.
                                    Y el barco de madera
                                                Rojo y azul brillante,
                                     Las velas blancas.
                                                Y la quilla plateada.

                                    Mi barco avanza.
                                                Marca estelas de espuma
                                    Entre doradas hojas
                                                Que flotan en el agua.
                                    Como la vida,
                                    Llevado por el viento
                                    Navega solo
                                                Sin saber a qué puerto.
             
                                    Para volver a casa,
                                                Un paso de mi padre,
                                    Tres pasos míos.
                                                Multiplicados siempre.
                                    Y al calor del hogar
                                                Mi madre espera
                                    En esa tarde fría.
                                                Bizcochuelo caliente
                                    Y en su regazo
                                                Tibio mate de leche.