viernes, 20 de abril de 2012

Luis Tulio Siburu-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2012

Mario Maini 
(foto enviada por el autor del poema)



ACOMPAÑANDO A MARIO  (*)                  
Quiero llorar y no puedo.
Se me sale el corazón del pecho,
parece explotar el diafragma,
la cabeza me da vueltas,
formo puños con las manos,
comprimo las pantorrillas.
Tomé junto a él la sopa,
sabiendo que me está observando.
Le he agregado el vino blanco,
no  para mejorar el gusto
sino para mejorar el ánimo.
Hay una angustia errante,
que está o desaparece,
sin saber adonde va ni de donde viene.
Me imagino qué es pero me callo,
porque creo que callando,
no sufre el que está sufriendo,
aunque el dolor siga estando.
Quiero llorar y no puedo.
Porque llorando parece
que me entrego y yo,  yo quiero  ayudarlo,
hablarle, mirarlo a los ojos,
ocultar lo que estoy pensando.
Son ya casi dos años, que debía haber llorado.
Pero no hubo oportunidad ni tiempo,
y ahora que más me necesita,
prefiero estar con él, que me sienta a su lado.
Señor, por favor dame una mano,
pues mis rezos se agotaron.
Ayúdalo a vivir nuevamente,
sácale ese cólico inhumano,
esa flacura extrema,  ese andar vacilante.
Que disfrute de los hijos,
ponga montura al caballo,
alimente feliz a sus peces
 y vuelva a regar los naranjos.
Si lo dejás morir,
ya no podré acompañarlo.

(*) Dos meses antes de la muerte de mi cuñado Mario Maini

jueves, 19 de abril de 2012

Nélida Vschebor-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2012


TORRENTE  EMOCIONAL



Hay lagos de ensueño
llenos de vivencia          de esplendor


            Hay lagos de esperanza
            donde el corazón esconde y aguarda

Hay lagos de valor
que encara argucias     ardid

            Hay lagos de ternura
            vertiendo deleite y comprensión

Hay lagos de ilusión
poblado de quimeras      de anhelos

            Hay lagos de enigmas
            rayano en lo arcano     lo ignoto

Y hay pequeños lagos de ansiedad
        donde esperan las lágrimas
             que no se han de llorar

Cristina Villanueva-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2012


Apenas

 Analía ¿sabés la triste noticia '


Una gota de piel
        un roce en la muñeca
hebras del cuerpo.

Se oye el ir y venir. El tiempo: 
una tapicería de dulces jaguares

sobre la seda
del espacio pequeño del contacto

Elsa Teresita Vila-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2012


Reconciliación



Como cárcel exquisita, el fuego pasional

 nos construye nuevamente.


No nos ahogan las manos,

no hay peñas, ni colinas,

ni pies que corran.

Nada nos detiene.

Estamos frente a frente,

y otra vez,

amándonos.



Aún

 no empieza la mañana.



Sobre la cama,

luce dúctil, sereno.


Algunos sonidos llegan hasta mi ventana.

No quiero oírlos.

¡Pido silencio!


Hoy necesito amarlo.

Oscar Alfonso Vera-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2012


Homenaje a la mucama



Yo le escribo a la mucama
al peón de campo, al obrero
al pintor al zapatero
y a todo aquel que trabaja.

Al que levanta la zafra
con tanto esfuerzo, al tambero
al albañil, al minero
al escritor y a su traza.

A mi casa, a mi caballo
a mí arado, al estanciero,
por su esfuerzo, al manicero,
y al que hace el ladrillo a mano.

Trato de escribir paisano
algo que tenga argumento
lo hago así, y lo experimento
es muy pobre pero sano.

Para mi es un gran halago
cantarle al pájaro hornero,
defender al cartonero
y al que trabaja sin pago.

Es que me gusta decir
luchando  por la igualdad
a toda la humanidad
Dios los ha de  bendecir.

Hago esto, con gran pasión
me juego por la verdad
lo hago con sinceridad
son hombres patrón y peón.

Perdón, pero tengo ganas
pues de escribir no me canso
quiero en este verso manso
homenajear la mucama.

En invierno o primavera
siempre trato de ser justo
perdonen por el disgusto
el responsable, Oscar Vera.

De: Oscar A. Vera
oscarpoet@hotmail.com
www.poetasboulogne.com.ar



Deb Stofen-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2012


                                  Grisel

                        


                        Entre tu mano y la mía
                            hay una distancia
                      que nos otorga el tiempo
                              preciso y exacto
       
                                
                                  Tus dedos
                   son más largos que los míos
                          para alcanzarlos
                                debo hacer
                             una búsqueda
                         y  a veces me hundo


                                    Llegan
                          sin ir hasta el  lugar
                         tomados de un pincel
                         que traza mi espalda
                                       o  
                                del  espejo
                       mosrándome tu perfil
                              invitándome


                                


                                Se abren
                           para  dar lugar
                           y nos apilemos
                    antes del primer acorde.

         
                            
                             Tus dedos
                       y  a veces me hundo
                  en el silencio de un tango
                           que sólo suena
                        dentro de tu pecho
                                 y el mío.
 


                Entre tu cuerpo y mi cuerpo  
                       ahora una distancia
                          precisa y exacta
                        nos otorga el  tiempo

Margarita Rodriguez-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2012


LA BURBUJA



Hoy es el primer día hábil de enero del 2012. Hace apenas tres días, antes del brindis de medianoche, hice mentalmente mi balance del año. El personal, el que te dicta el corazón. Perdón si no soy muy realista y disperso las miserias que pretenden envolverme. Soy empecinadamente optimista, que es una forma de crear mi realidad.
Me siento como una burbuja de jabón suspendida en el vértice de un triángulo, esforzándome por mantener el equilibrio ante la brisa que amenaza desplazarme de mi eje y la presión que amenaza perforar mi superficie tornasol.
En este punto, analizo mi burbuja con el propósito de preservar su existencia y me doy cuenta que una burbuja no es más que eso, pura superficie transparente. Me preocupa tanta vulnerabilidad, sin embargo, me doy cuenta que si puedo observarla es porque yo estoy afuera de ella.
Pero esa burbuja me pertenece. Ahí están mis cosas, mis afectos, mis logros y mis fracasos. Puedo verlos brillar en su superficie. ¿Cómo hago para preservarlos, para que no desaparezcan con un simple “Plaf”?
Debería aceitar mis manos para que la rugosidad de la piel no la dañara,  sostenerla con cuidado, depositarla en una cajita de cristal y colocarla en una vitrina, así podría observarla tantas veces como quisiera y sentirme orgullosa de ella cada vez que el mundo se empeñe en hacerme creer que pertenezco a él. Entonces le diría: Me diste barro y piedras. ¿Qué hubiese podido construir sólo con barro y piedras?
Es verdad que caminé algún tiempo sobre el barro, sosteniendo con cuidado esas piedras que eran lo único que poseía. Pero cuando ya no pude con su peso, el sol me envolvió con su cálida energía y el viento me transportó. Cuando las ráfagas fueron demasiado intensas y llegué a sentirme como una hoja sin rumbo, las piedras me dieron el contrapeso necesario para no sacar los pies de la tierra.  Algunas veces, la lluvia ablandó el barro que aprisionaba mis pies y pude seguir caminando.
Fui comprendiendo que a las piedras y al barro se sumaron el sol, la lluvia y el viento, y algo en mi concepción del mundo cambió.
Volviendo a la burbuja, ya no estoy tan segura de querer preservar su existencia. Me decido, soplo fuerte y con un plaf rotundo ella salpica mi nariz y la dejo ir. En una fracción de segundos miles de partículas se esparcen en el éter. Lo hecho, hecho está. Entre suspiros comprendo que ella no era más que memoria sensible. Ahora me siento más liviana y preparada para crear una nueva burbuja.

Ascensión Reyes Elgueta-Viña del Mar, Chile/Abril de 2012


AMELIA LA CAMARONERA

            Ese día sus pies estuvieron de fiesta; se había cortado y limado las uñas prolijamente, después de una jabonada con bastante agua, en la única llave que surtía a la modesta vivienda. Antes había lavado los zapatos viejos, y los tuvo secando al cálido sol de verano, durante toda esa mañana, aunque estaba cierta que en la calle sin pavimentar igual se le ensuciarían; Viña del Mar y sus empinados cerros, donde llega el progreso no en la misma medida que en las zonas turísticas, era su realidad. Como solución busco un pedazo de trapo que guardó en una bolsa plástica y ésta en la mochila.
            Este era un momento muy importante en su vida, cambiaría los viejos por unos recién salidos de la tienda. Eran sus primeros zapatos comprados con el primer y esforzado sueldo quincenal. En la zapatería se los probó después de elegirlos entre varios modelos, de los más económicos. Prefirió el color negro, así haría juego con la cartera que su madre le había pasado, ella la usaba en contadas ocasiones; en cambio Amelia ahora que trabajaba, era de buen tono a veces cambiar la mochila, por una pequeña cartera de cuero. Hizo envolver los zapatos para regalo, con un brillante papel plagado de corazones rojos, de diferentes tamaños. Quería convencerse que ese era el primer regalo que podía hacerse a sí misma, sin necesidad que fuera su santo, cumpleaños o Navidad. Aunque no recordaba haber recibido un regalo igual en esas fechas. Siempre sus zapatos fueron herencias ajenas que llegaban a sus pies por distintos medios. Algunos muy bien lustrados y limpios, otros no tanto, pero siempre mantenían el olor desagradable de otros pies.
           
            Hacía una quincena que trabajaba en una fábrica que procesaba productos del mar, específicamente, camarones. Único trabajo que había logrado conseguir después de egresar de cuarto medio, de un colegio subvencionado a diez cuadras de su hogar y que por espacio de cuatro años, debió asistir haciendo el trayecto de ida y vuelta, con lluvia, frío, viento o sol.
            De la universidad, prefirió ni siquiera considerarlo, su madre se apreciaba bastante cansada, enferma de tanto trabajar lavando ropa ajena; del último resfriado le había quedado una tos que por las noches la despertaba con frecuencia, a sabiendas que había tomado cuanto jarabe le habían dado en el consultorio. A veces se preguntaba con terror, ¿qué pasaría si su madre muriera? Y al punto de pensarlo trataba inmediatamente de olvidarlo.  No por ella, aunque sabía que de perderla le costaría sobrellevarlo, pero aún así, lograría sobrevivir. La inquietud era por sus cinco hermanos menores, porque de su papá era mejor ni acordarse. Entre la droga y el alcohol había perdido rumbos y era más fácil encontrarlo vagando por las calles del puerto, recostado en un portal o durmiendo tapado con papeles, que llevando algún alimento a su numerosa familia. Fue un soldado derrotado; perdió la gran batalla de poder sostener a su familia con muchos hijos, que él mismo anheló tener. Fue superior a su carácter abúlico y poco perseverante. Un día, cierto amigo, le dio un papelillo para evadirse por un rato de los problemas y las deudas. Este fue el comienzo de una adicción que se hizo permanente, más aún al perder el contacto con los suyos.  Después, todo fue vender cuanto tuviera valor en el humilde hogar para tomar y drogarse. Ni el amor que decía sentir por los más pequeños, fue motivo suficiente, para frenar ese despeñadero moral que lo llevó a ser, uno más, de los derrotados de la vida que esperan la muerte detrás de los vicios. Para Amelia todo este panorama estaba claro en su mente, por lo tanto no debía escatimar esfuerzo para ayudar a su madre y hermanos.
            Una amiga le contó que necesitaban mujeres mayores de dieciocho años para trabajar en las conserveras. Se hizo el ánimo y partió con unas monedas para la locomoción que le prestó una tía, que vivía en la vecindad. El olor a mariscos que la recibió apenas abrir la pesada puerta de entrada, fue un duro golpe para el olfato. Es cierto que su hogar no olía a jardín florido, pero aquel olor de mar era en un primer momento, francamente apestoso. Sin embargo, al día siguiente estaba a las ocho marcando su tarjeta como trabajadora y lista para recibir todos los implementos necesarios. Una capa, dos tallas más grandes que ella, un delantal de hule que casi le tapaba las piernas, un gorro y una mascarilla, todo en blanco y unos guantes de goma que debieron quedarle justos o de lo contrario no habría podido descascarar aquellos frutos del mar, tan codiciados en una mesa elegante, pero detestables en su proceso. Y más aún una jornada de ocho horas que agradecía al cielo ser delgada para poder resistir tanto tiempo de pie. Los primeros días fueron casi insoportables. Sin embargo, habían pasado quince días y podía darse el primer gusto, un par de zapatos nuevos con algo de taco, para lucir más alta, de su casi metro y medio y unos pocos centímetros más.
            Le sobraron unos billetes de la reserva que hizo para locomoción, con ellos pasó al supermercado y compro lo más imprescindible para apuntalar la pequeña despensa familiar. Sabía que haría feliz a su mamá con esta pequeña ayuda.

            Y ese fue el comienzo de Amelia, la camaronera, como le pusieron sus vecinos, por el penetrante olor que siempre la acompañaba, no obstante el baño diario y las colonias económicas que solía comprar.   
            Habían pasado cinco largos años, algunos centímetros había crecido y su cuerpo había sufrido favorables transformaciones, convirtiéndose en una mujer de un atractivo que no dejaba indiferente a cuanto varón se le acercaba. Aunque no vestía elegante, siempre se la veía ordenada, limpia y con el rostro franco y cordial.
            Pero Amelia no se dejaba tentar con piropos u ofrecimientos románticos, ella tenía metas, sabía que su único capital era ella misma. Se lo decía ese espejo pequeño en el que todas las mañanas ordenaba su pelo ensortijado, de un negro azabache, haciendo contraste con su rostro aterciopelado y casi transparente, al igual que sus manos que a pesar de su trabajo, al sacarse los guantes lucían blancas y suaves. Desde su más tierna edad soñaba con ese mundo lindo y fantástico que le mostraron las historias que leyó en el colegio; aquel de príncipes encantados, y hadas que hacían posible los sueños de cualquier doncella bonita e inteligente, y ella sabía que lo era.
            Sin embargo, después de cumplir los veinticinco años, empezó a desesperar, su príncipe no aparecía por ninguna parte. Sólo muchachos con tantas necesidades como las que ella tenía con su numerosa familia, que ya anunciaba aumentarse en uno más. Su hermana menor pronto se convertiría en mamá soltera, su novio era un obrero de la construcción, con una familia tan pobre como la de ellos. Pero igual, su mamá no puso objeción a que se quedara en casa con el hijo que estaba por nacer.

            Cierto día apareció a través de la pesada puerta de entrada, camino a la oficina del Gerente, un hombre joven y desconocido. Tenía buen aspecto y se advertía que no iba por trabajo, tanto que, entró en la oficina sin siquiera anunciarse. Al cabo de media mañana de estar encerrados, el dueño apareció ante el personal y les comunicó que desde ese mismo día, la empresa pasaba a otras manos. Había sido vendida a otros capitales. Aprovechó de presentar a su nuevo dueño, accionista mayoritario de la empresa que había comprado esta y otras empresas pesqueras.
            Dejó la palabra al desconocido. Sin gran preámbulo y con términos simples y directos se presentó al personal. Con un corto y preciso discurso, don Joseph Feller, se presentó y asegurando a todos los operarios reunidos que las condiciones y tratos serían iguales para todos, a cambio de cooperación y buen servicio. Ofreció contestar todas las preguntas que le quisieran hacer; pero el personal sorprendido guardó silencio, estaban alelados, temiendo de antemano cambios, despidos o condiciones poco favorables que afectarían a todos los trabajadores de la empresa. Sabían que las palabras se las lleva el viento. Como no hubo preguntas, los patrones, el que se iba y el que llegaba,  volvieron nuevamente a la oficina.
            Al poco rato de entrar, apareció la cabeza de Joseph solicitando una taza de café, dirigiéndose a Amelia. Se sintió sorprendida, tanto que apenas pudo bajar desde su nube algodonosa. Adelantándose a otras compañeras, rápidamente se sacó los guantes y de carrera se dirigió a la cocina para preparar el pedido.
            El príncipe de sus cuentos de hadas había llegado, un arcoiris vislumbró en su horizonte y ¿por qué no? Si había hecho méritos suficientes como para que la vida le diera un premio más importante que un par de zapatos  nuevos.

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2012


Remigia

A Remigia los de la carnicería la llaman Remigio.
“Su voz era áspera aunque su mirada no raspaba/ y si andaba contenta …”,
pergeñó sobre ella ese cuajarón de poeta barrial que pernoctaba, cuando no llovía, en la plaza. Llovizna descendía en el amanecer de aquel lunes cuando él la besó en uno de los bancos, a poco de emplearse Remigia “en el petit hotel”, como ella misma había pregonado, de los Scioli. Sin escrúpulos entreverábase. Con un tal Cristianno, repartidor de volantes, llegó a aposentarse sobre la enorme frazada que desplegaran en una noche de corte de luz, en la única obra en construcción abandonada de las inmediaciones.
Transcurrida buena parte de su existencia aparecióse con vincha en su casquete reacio y un par de bolsas traslúcidas repletas de paquetes inestimables. Pronto fue advertida por las calles con ropa zonza y nueva y el cabello recogido. Es muy alta esta mujer y nada hermosa. Los omóplatos le sobresalen. Envuelta ahora en prendas vistosas, siempre algún detalle sutil atempera tanta hirsuta contundencia: aritos de oro, cinturón o hebilla, una fragancia. Fragancia con el nombre de pila de su mamá. Mamá que falleciera veinticinco días antes de pisar entonces Remigia la estación Retiro.
Ella está al servicio de un matrimonio, el fruto del matrimonio y la tía del fruto. Constituído éste por Arturito, “el débil”, muchachón ceceoso; Ignacio, modelo de artistas plásticos y estudiante universitario con una carrera concluída; y Ernestina, quien ya cuenta con intrascendentes diecinueve años. La tía realiza los quehaceres a la par que Remigia, exceptuando las compras. Conversan. Remigia le confiesa sus románticas propensiones.
Ella se cartea con su segundo padrastro, su primer amor. No, sin embargo, quien la desflorara. Ése había sido Francisco César Richietti, ex–pugilista, medio mediano, un alma serena, seductor parsimonioso, inolvidable (con su nariz arrasada), y por quien atesora un embargante agradecimiento.
Está imaginándose cosas con Arturito. El que por las mañanas es distinguible exánime. Descastado o devastado, a Remigia la enternece. La colmaría que Arturito se entusiasmara con ella. Sabría cómo enardecerlo.
Así Remigia, mejora la ortografía con una maestra particular, come poco, es pulcra, teme que su piel se aje. Usa anteojos para leer revistas, se solaza con Grandes Valores del Tango (en especial, con Roberto Rufino), entre el cuatro y el siete de enero tiene muy presentes a los Reyes Magos. Saludable: solamente caries y espasmos en los dedos cuando hace frío seco. Nunca fumó, calza más de cuarenta, sueña que la sueñan, y espera morir un día, sin apuro, y sin que ningún niño la vea.

Zulma Prina-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2012


PARA QUÉ BUENOS AIRES

Para qué quiero nombrarte
si lo dice el triste en sus pasos
el insomnio de las noches antiguas
envueltas en su traje de vigilia
y los rostros y las cosas
esos ojos hundidos en una casi locura
de luces apetencias y olvidos.

Para qué quiero mirarte
si he visto urdir las voces del pasado
melancólica poeta de bolsillo
frustración y misterio ahogados en la fiebre
de un mito (que de tan contado
ya parece nuestra propia historia).

Hija adúltera que aprisionas las manos
de unas raíces extraviadas.

Me he quitado las estrellas
y he roto los poemas que te cantan
para verte temblorosa y erguida
con el silencio a tus espaldas.

Utopías devoradas en el último naufragio.

Ya no sos la nostalgia de la patria vieja
ni siquiera un sueño de pibe abandonado.
Perfil y voz de sombra
asida a la figura de lo que nunca fuera.

Solo queda la poesía de tus calles
alumbradas con retazos de tango
una muchacha un farolito y el pañuelo al cuello
las ganas de haber nacido
en la tierra de los viejos
una queja, días rotos, un orgullo mal parido.

De tanto amasarte con el polvo de otros surcos
sos ahora lo que hoy
una grandeza inventada.

Una quimera que duele por debajo de la piel.

Fabiana Posse-Chivilcoy, Argentina/Abril de 2012


Ya, desaparecer.
Milagro de menta.
Ocaso efímero del lobo.
Segundo blanco que engrandece a la fiera.
Tiempo filoso rasante cortando la risa por la mitad.
Mil pedazos de sed.
Rumores que reprochan los cuentos que chocan entre sí.
Rígido y cómodo se involucra en la ensalada de sus miedos.
La ropa fría le vomita un paisaje salido de la misma perturbada puerta violeta  que abrió con los dientes.
Y cree.
Regresa a la mansión de sus acordes de púas.
Rompe la cáscara, se devora a si mismo sobre la mesa.
Camina su calle helado y se fuma el egoísmo que calmó en sus sueños.
Y baila sobre tumbas de escombros.
Se envuelve en la punta de un árbol sin raíces, con un bonete rojo oscuro, gritón, insoportable.
Persigue una peluca de pájaros que  no habla desde los tajos del cuerpo.
Hundido sobre un tempano mudo deja de existir en los cuadros.
Rueda en caravana la noche entera, errante, transitado, intoxicado de pensar beber su sangre.
Transpiran las compuertas  de la canalla herida.
Olvida lo que no amanece en sus ojos.
Olvida la edad de los nocturnos y la ruta al paisaje del tesoro.
Olvida  al pirata de luto dormido dentro de la calesita.
Y perseguido en su cruz, naufragado de medallas y plumas inquietas,
vuelca  el esqueleto de un  tren dentro de su nombre.

Marcos Polero Vélez-Abril de 2012





AUSENCIA

El camioncito recorría la montaña. Mi mano llevaba el vehículo por túneles recién excavados. Mi juego favorito, cuando papá y mamá se distraían, era destapar el montículo de arena protegido por ladrillos y meter las manos  armando autopistas y puentes para que pasaran los coches de juguete. El camión Duravit era el favorito, lo llenaba de cualquier material posible para vaciarlo operando la palanca de la caja volcadora.
Esa tarde, la atmósfera se hizo densa. Escuchaba a mis padres, ensimismados en una ardua discusión. Surgían palabras nuevas; papá dictaba algo a mamá, ella tecleaba en la Rémington una carta: “punto, coma,… punto, señor, por la presente…”
Yo me fui colocando cada vez más cerca de la puerta entornada. Trataba de ver lo que pasaba en la cocina.
Sus rostros severos dejaban notar que la cosa era seria y definitiva:
—No podés hacerme esto. Tenés una familia.
—Entendeme, Kitty, tengo que ir. Me preparé mucho tiempo para esto ¿O te crees que soy fotógrafo para vender “caritas” timbreando por la calle?
—Pero cuando volviste de Cuba…
—Eran las ganas del  momento, los extrañé a vos y a los chicos, pero la lucha es la lucha.
            —Esta vez es diferente,  todo clandestino, es muy arriesgado…
      —Siempre fue arriesgado, toda mi vida estuve esperando, además nos apoya el gobierno Revolucionario, y él está al mando…
Ansiaba descifrar cada palabra, cada gesto. Sólo podía estar seguro de que estaba ocurriendo algo grave, lo que comprobé cuando ellos me demostraron una dulzura solamente guardada para casos extremos, como el día en que el médico les dijo eso de la bronquitis asmática y casi me ahogan en abrazos entre toses y lágrimas, o la vez que la mamma, mi bisabuela, se fue para siempre a ese lugar impreciso del cual nunca volvería.
Traté de seguir jugando. Destripaba con bronca las colillas de cigarrillos a medio consumir y cargaba el tabaco en la caja volcadora del Duravit. Al ratito mi tía Victoria me llamó. Eran justo las cinco de la tarde. Ya había comenzado la transmisión y era la hora de Rin tin tin.
—Voy a la casa de tía Vito, a ver la tele.
Y en vez de decirme el “portate bien” formal y descuidado de todos los días me volvieron a abrazar. Él lo hizo por última vez.
Todavía trato de reconstruir sus rasgos, las facciones, el color de sus ojos, el timbre de su voz. De adulto intenté organizar los hechos: Que Prensa Latina, que Debray, que el Che; que nunca se supieron los detalles, que a algunos no los pudieron hallar.
A veces en madrugadas solitarias, cuando mi mujer y mis hijos duermen,  jugueteo descuidadamente con una carbonilla sobre un papel y me sale un rostro, siempre el mismo. Se me ocurre que es  papá surgiendo de mi inconciente y me he encaprichado en que esa es la cara que debo recordar.
Todavía sigo coleccionando detalles. Traté de evocar las pocas imágenes que quedaron registradas en mi memoria: las cámaras fotográficas, las cubetas de líquidos para rebelado, la máquina de escribir.
Todavía atesoro episodios confusos donde creo verlo. Ora practicando tiro en el paredón de la quinta de Luján, ora saliendo detrás de la frazada que usaba para tapar la luz de un improvisado cuarto oscuro.
Todavía lo sigo buscando, a veces creo encontrarlo en los gestos de mis hijos o en algún documental sobre la campaña del Ché en Bolivia.