martes, 19 de marzo de 2013

Margarita Rodriguez-Argentina/Marzo de 2013

ELLA Y YO

Supongo que por ser hoy feriado, se quedó un rato más en la cama. Cuando por fin se despertó, dejé que cumpliera su rutina matinal sin chistar. Aunque hacía rato que yo estaba bien despierta y con ganas de ponerme en acción.  No me hizo caso, tenía otros planes, pero en ellos no me incluía a mí.
Para ella era menester poner al día el trabajo atrasado y adelantar las tareas de la semana.
Ella, la responsable. Yo, la vanidosa. Siempre pensando en sus responsabilidades, siempre atenta a otras necesidades. Me relega y se somete.
A los gritos logro llamar su atención ¿Qué estás esperando?_ Le digo ansiosa. Por fin la convenzo y nos sentamos con papel y lápiz en mano. Ella libera sus pensamientos en busca de algo interesante y yo, los sentimientos. Pensamientos y sentimientos se encuentran en el éter, pero no están convencidos, con un gesto se rechazan y siguen buscando. Por fin se ponen de acuerdo. Ellos la toman de la mano y yo me sumerjo en la tinta y, ante el papel en blanco, nos lanzamos en busca de una nueva aventura que justifique mi existencia.

Ascensión Reyes (cuento)-Chile/Marzo de 2013



REFLEJO DE UN REENCUENTRO

            Esa mañana se había desatado una llovizna persistente. Los vehículos circulaban raudos, hasta que la señal roja los hacía detener para dar la pasada a quienes venían desde la acera opuesta.
            Delante de ella, tenía una aromática taza de té que degustaba con toda calma, a la espera de un reencuentro. A metros de distancia había una amplia ventana. Estaba lejos, pero a través del cristal de un cuadro colgado en la pared del frente, se reflejaba todo cuanto acontecía afuera, de esta forma podía seguir los movimientos de la calle. No los ruidos, los cuales no alcanzaban a interferir con los propios del local; una música suave y agradable invadía todos los rincones, recordándole su época romántica.
            Volviendo a su observación vio a una mujer atravesando apresuradamente la calzada con un paraguas amarillo, su color preferido. Recordó haber tomado el suyo, del mismo color, antes de salir de su casa. El semáforo de pronto cambió a rojo.
            Un frenazo, adivinó un golpe seco. El paraguas voló por algunos metros cayendo en un charco barroso. Varias personas se arremolinaron para auxiliar a la accidentada. Al cabo de un tiempo llegó una ambulancia. Luego de colocarla cuidadosamente sobre una camilla, le cubrieron el rostro y la introdujeron en el vehículo. A la distancia distinguió su mano colgando de la lona. La mujer llevaba una pulsera igual a la que usaba ella en ese momento.
            Un leve movimiento la sacó de aquella observación. -¡Mauro, que alegría! ¡Ha pasado tanto tiempo! ¿Me has venido a recibir?-El hombre asintió con un gesto. Una sonrisa tierna asomó en su rostro al cubrirla con un abrazo que la hizo recordar tiempos casi olvidados. Luego cogió su mano -¡Que bien luce la pulsera!-, comentó besándole delicadamente sus dedos. -Al comprarla supuse que quien la confeccionó había pensado en ti. ¡Increíble! Nunca pude verla en tu muñeca, hasta ahora- sonrió agregando - La espera ha terminado -Ella sonrió y dócilmente, como suspendida en una nube, lo siguió hacia la puerta. Allí les esperaba un resplandor, y ambos se perdieron en esa luminosidad. (25-09-09)

R. ASCENSIÓN REYES-ELGUETA.

Ascensión Reyes(comentario libro)-Chile/Marzo de 2013


MIGUEL ANGEL ASTURIAS


            Poeta, Narrador, dramaturgo, periodista, y diplomático de franca tendencia izquierdista. Nació  en Guatemala  en 1899 y falleció en Madrid en 1974. Sus restos están sepultados en el cementerio Pere Lachaise de París. Se graduó como abogado en la Universidad de San Carlos, en Guatemala, participando activamente en la lucha contra la dictadura de Estrada Cabrera. Estudió lingüística y antropología con Raynaud. Entre sus premios más importantes figura el Premio Lenin de la Paz en 1966 y el Premio Nobel de Literatura que le fue conferido en 1967. Su primera obra importante es Leyendas de Guatemala (1930) con un prólogo de Paul Válery, Señor Presidente (1946) y Hombres del Maíz (1949) donde se puede advertir el Realismo Mágico que está presente en toda su creación literaria con un claro sentido que se acerca del desarrollo de la humanidad, desde el concepto de una sociedad primitiva y analfabeta, conjugado con el mundo que le tocó vivir, liberal y capitalista.



EL ALHAJADITO (1961)



            Si bien es cierto, esta obra no figura entre las más importantes de Asturias, dentro de su nutrida producción, sin embargo es muy interesante conocer el lenguaje mágico y poético que la caracteriza. En esta novela nos enfrenta a los sueños infantiles de un pequeño apodado el Alhajadito, cuya realidad es simple, modesta, solitaria en el pequeño mundo que se lo proporciona, su “corredorcito”; parte posterior de una vivienda que está en ruinas, la naturaleza que lo rodea y sus fantasías de niño pobre. El título posiblemente sea un término propio del país y tenga relación con la palabra “alhaja” (pieza de adorno, joya).
            Es importante el lenguaje poético y reiterativo de las ensoñaciones de este pequeño, cuyos personajes van apareciendo lentamente según el desarrollo de la historia; predominando ante esos ojos curiosos que llevan, también al lector, a observarlos junto con él. Los habitantes de su corredorcito son: ratones, arañas y otras alimañas, hasta las historias de aquellos personajes que rondan en toda mente infantil.
            Su vida solitaria se la proporciona el hecho de vivir con dos mujeres, sin poder saber cuál de las dos es su madre, ambas lo cuidan, miman y protegen, pero en distintos sentidos, sin llegar a proporcionar al niño un acercamiento real para saber acerca de su origen.
            Conocemos una laguna llamada El Charco del Limosnero, donde en su profundidad se aloja un cementerio y en la superficie humildes pescadores viven de su quehacer. Un circo y sus diferentes personajes, que hacen presente sentimientos que van desde el amor, hasta odios y brutalidad. También está entre sus sueños: la muerte y personajes que de pronto se transforman en otros, en este mundo metafórico y simbólico, tan irreales como un sueño.
            También conoceremos a un niño ciego, a quien nuestro protagonista debe proteger y mostrar todo aquello que él puede ver. A Eduviges, un anciano que le narra fábulas donde interviene el mundo de los conceptos a través de historias de animales.
            Nos habla de la fe a través del Mal Ladrón, una especie de Jesús, que es sólo imagen, no llega a ser el hijo de Dios, solamente es reflejo de la virtud de probidad. Desde luego hay una marcada religiosidad de creyente, pero decepcionado de la administración de la fe. Lo definen párrafos muy decidores tales como: “-¡Párroco, nosotros quisiéramos ser felices, que no existiera el Diablo!”, otro - “La liturgia es porosa como un terrón de azúcar”- y – “¡Qué fácil es la vida cuando se tiene el cielo adentro y qué difícil cuando afuera dejamos el cielo y el mundo ocupa nuestro interior!”  Estas y otras reflexiones nos hacen pensar que a veces es un adulto quien razona como un niño o viceversa.
            Finalmente concluyo que esta novela de magia, de pensamientos y conceptos, esconde ese clamor interno que siempre está presente en nuestra mente. Y sobre todo en este caso
cuando está de por medio una causa que ocupa toda la vida del autor, la causa de sacar a su país de la incultura, la pobreza, el sometimiento y la religiosidad tergiversada. 

lunes, 18 de marzo de 2013

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Marzo de 2013

Vergüenzas que afrontar



          Durante el primer tiempo se las arregló sin trabajar, adaptándose, recién llegada de un pueblo del Paraguay donde sus familiares, en condición de propietarios, se dedicaban a tareas de campo, la ganadería, los naranjales. Al nacer había pesado cuatro kilos, y lloraba mucho, lloraba por nada. La operaron, siendo beba, de una hernia de ovario, y ella sí que no se privó de padecer  todas las enfermedades comunes de la infancia. Hermanas y hermanos, mayores y menores, la escudaban. La madre, recia y distante, poco se había ocupado de su crianza. El padre, estrecho.

          Olga Griffith tuvo su menarca a los nueve años. Por entonces contrajo esa disposición irracional: aterrarse ante gusanos y víboras aun en dibujos o fotografías. La pronunciación de las formas de Olguita venían anticipándola exuberante.  Hermanas suyas la proveían de prendas para robustas informes. Ella, alumna mediocre, tenía una  compañera  que era, además, su amiga. Y la enuresis fue su condena en la pubertad. No tuvo novio pero tuvo luto, largo, insentido, por su madre. Tuvo simpatías, mozos de a caballo a los que temía. No iba a los bailes, iba a los festivales artísticos y a las quermeses. Maestra rural, enseñaba las primeras letras y manualidades.

          Y a la ciudad de Buenos Aires llegó ávida, y sin embargo cauta y piadosa. Hasta que un  hombre, en el Jardín Botánico, se le había acercado y hablado, tosco, sincero. Y ella se dejó conquistar y besar y aferrar por esas manos enormes. A pocas semanas de que comenzara a ocuparse de la facturación de la Compañía Sureña Sociedad de Hecho, la Venus rebosante, la marfilina, se encamaba con él. Los siguientes encuentros culminaron con Olguita abonando las tarifas de los hoteles por hora.

          Apareció otro ñato: mejor. Empilchaba en Olazábal, trataba con gente, fumaba cigarrillos ingleses. Mejor por la pinta, por los modales. Curraba, sí, curraba, y vendía terrenos cuando todos vendían terrenos. Un paso adelante, Olga. Con éste ibas al cine. Inclusive al teatro. Gervasio te pedía préstamos; y vos prestabas y él te hacía regalos: biyuterí. Le llegaste a prestar... ¿una vaquita?... La temporada que estuvo haciendo sus negocios en Uruguay se hizo extensa. Demasiado. Sólo por eso te acostaste con un croto al que también (y la historia seguiría reiterándose) le solventaste los gastos, y del que te fue complicado deshacerte. A vos, una treintañera de lujo, caída del cielo, bocado regional, zapatos de tacos altos y polleras tubo. Te morís de sueño bien temprano y tus galanes, generalmente reventados dentro de la gama de los fornidos, te dejan a las ocho de la mañana en la esquina de la oficina. Oficina en la que Amanda colige desde tus ojeras, la noche de un estilo de jolgorio del que ella se permitió con el novio que tuvo (Jaime) antes de casarse con Rosendo. Lo hace mientras vos sonreís, al principio arrebatada; después, como promocionando las liberalidades que de todos modos no explicitás. Las confidencias más jugosas se las formulás a Amanda, quien te aconseja mesura, soslayando la envidia; Amanda, quien nos cuenta a Mercedes y a mí tus andanzas, y vos sabés que nada quedará entre Amanda y vos, somos tus parientes en la Legión Extranjera. Convivimos de lunes a viernes y hasta las seis de la tarde en cuatro ambientes: uno, un jolcito; continúa otro, amplio, dividido por un tabique. En la habitación más oscura apenas caben las muestras de las arcillas, la bentonita, el feldespato, el caolín, cubículo del geólogo. En la más interna están el gerente co-propietario en su escritorio y vos al lado de la ventanita tecleando veinte toneladas de carbonato a Zapala a tanto la tonelada, la cifra final en letras y números, subrayado. ¡Ah, con el detalle de la carta de porte! Sin apuro, sorbiendo el té. Para el señor Klimosky sos como algunos de nosotros, un personaje, una entidad conspicua; aun con tu atroz falta de creatividad o empeño o imaginación. Se nota cuando faltás. Yo te sustituyo: en ciento ochenta minutos facturando y pasando a las fichas, consigo lo que te demandaría la jornada completa. Cuando no venís tu almohadoncito te extraña, tus carbónicos sufridos, traspasados, una cinta, horquillas que no te ponés, en tus cajones, una mariposa violeta de cerámica. En el ambiente dividido nos arreglamos los demás: la contadora, Mercedes, Josesito, Amanda y yo.

          Quince años tenía cuando empecé  en la oficina: atendía a los clientes, archivaba, iba a los bancos, despachaba la correspondencia urgente en el vagón correo del Ferrocarril Roca, comía el superlativo chipá con el que nos convidabas y hablaba por teléfono con las sirvientitas que ya empezaban a fijarse en mí. Y vos me llamaste a algunas, por si atendían patronas restrictivas. Supe que cuando cumplí diecisiete me evaluaste delante de Mercedes, luego de enterarte de que yo estaba saliendo con una casada. Sé que para vos, yo, a contramano, siempre existí, aunque no correspondiese a tu tipología favorita.

          Trajiste la expresión “hacerse unos tiritos”, aludiendo al haber fifado más de una vez en una misma noche o hasta por haber dejado babeando a algún perdulario por la recova del barrio del Once. Te envanecés de sólo pensar en tu éxito caminando por esa recova o el que podrías tener si aceptaras proposiciones de prostitución. “Tiritos”, “tirarse unos tiritos”, “parece que hubo tiroteo” te espetan Amanda o Mercedes y a vos se te forman hoyuelos... Falsa, burlona, declarás que es agradable lo que en verdad te horripila: por ejemplo, aquel traje de saco cruzado, a cuadros, marrón con líneas rojas, que me compré entusiasmado hasta que advertí que me amariconaba. Oírte apoyar a los militares en pleno golpe del sesenta y seis me apuran las ganas de estrangularte. Pero es de otras ganas de las que me demoro en hablar. Ganas cuantiosas de oprimir esos fabulosos melones agresivos. Cuántas veces estuvimos solos al mediodía, comiendo yo mi huevo duro en la cocina o mi barra de chocolate de taza en el jolcito mientras leía a Henry Miller que me instigaba desde sus trópicos a arremeter contra esa jactanciosa estantería. ¿Qué podía pasar?... Estuve cerca, me ponía detrás tuyo, vos sentada. Y ahítas mis manos, acechando tu escote. ¿Cómo invitarte a que nos encontráramos en la calle? Y ver, darnos una chance de crear onda fuera de allí. Hubiera podido escribirte un acróstico erótico con todas las letras de Olga Petrona Griffith, no como el estúpido que te hice con Olguita, que me salió defectuoso aunque divertido. Puesto que a la instancia de sorprenderte con mi manual ataque no me atrevía, llegó el día en que me traje tres lombrices en una pequeña caja de cartón. Ya Amanda te había mostrado ilustraciones de serpientes en una edición de “Anaconda y otros cuentos” y vos habías reaccionado atravesada por el pánico y reclamaste llorando que yo o Mercedes o el pergeño de Josesito, que también estaba, le decomisáramos el libro a Amanda. ¡Inextricable Olga sojuzgada por unas figuras en un libro de Horacio Quiroga! Cuánto más por aquellas lombrices con las que transpirando amenacé. Peor que puñales, ellas, una en mi palma, las tuve que ocultar porque tu espanto no daba lugar a la audición de mi solicitud. Vos con tus ursos, yo con las pibas nos encamábamos. Pero vos y yo, ¿eh?, ¿qué te costaba?: unos tiritos conmigo te remozarían, y no lo habría de bocinar, mientras avanzaba hacia vos, arrinconada como Isabel Sarli en sus películas, a quien dicho sea de paso, habías asegurado, holgadamente, Olga, superabas. Me fui afirmando mientras vos, entrecortada, suplicabas que dejara por allí, mejor, que arrojara por el inodoro a esos bichos infames, vianda de pez, y comunicabas que “tocar lo dejo”, “tocar lo dejo” autorizabas, invitabas “tocar lo dejo”. Me dí a entender pero temblaba. Me puse amoroso. Estrábico. Se oiría cuando tragaba, como se oía el silencio, como se oía cuando te desabrochaste y desencorpiñaste y levantaste el pulóver y aparecieron. “Siga”, pensé que ordené. Seguiste, ladina, estuporoso me quedé, humillado, un fuego me subió, hasta que así como estabas de estupenda me los incrustaste en los intercostales, y me desmoroné, fusilado.

          Volví en mí en la guardia del hospital Ramos Mejía: tuve espasmos cuando lograron reanimarme. Me había golpeado fuerte la cabeza contra la Olivetti. Hay vergüenzas que afrontar. Regresaré a la oficina la semana que viene.


Alfonso Ramírez de Arellana-Marzo de 2013



Aprender a esperar y a desesperar (III): condiciones sociales de la resiliencia

La adquisición de un conjunto de habilidades con las que hacer frente a las adversidades y con las que resistir las situaciones estresantes forman parte de nuestro aprendizaje social, por eso resulta tan relevante el sistema en el que nos socializamos.
No todos los modelos sociales influyen de igual modo en la resiliencia; unos la favorecen y otros la dificultan. Hay modelos cooperativos y modelos competitivos; los hay que interpretan las diferencias como elementos enriquecedores de una igualdad básica y los hay que hacen de la diferencia la legitimación de la desigualdad.
La sociedad capitalista en la que nos hemos socializado ha creado una cultura que concede demasiada importancia a la competitividad. La cultura capitalista cree que la competitividad es el motor del desarrollo económico, de la historia y hasta de las relaciones humanas. Es más, la presenta como la ley natural que gobierna todos los órdenes de la vida, proyectando la imagen de una lucha por la supervivencia que se parece demasiado a los antiguos reportajes sobre naturaleza donde el pez grande siempre se come al chico y el león a la inocente gacela. La competitividad a ultranza deja poco espacio para la colaboración y las segundas oportunidades, sencillamente porque, según su lógica, las cosas no funcionan así.
Pero esa visión no deja de ser parcial, una interpretación ideológica del funcionamiento de la naturaleza y de la sociedad, ya que científicamente existen los mismos argumentos -si no más- sobre la importancia de la cooperación en la evolución biológica, psicológica, económica y social. También podríamos proyectar reportajes basados en la colaboración entre elefantes, que son unos animales muy inteligentes, en los tiburones y las rémoras o en los insectos que intervienen en la polinización de las plantas. Cada vez disponemos de más modelos científicos basados en relaciones mutualistas productivas, en interdependencias, en equilibrios ecológicos y progresos cooperativos en los campos no sólo de las ciencias sociales sino también en los de la biología, la genética, la economía, la evolución, las ciencias cognitivas, el aprendizaje, computación, etc. Hasta en el mundo de la moderna empresa se habla de cooperación, de considerar a los clientes y a los proveedores como aliados y colaboradores, y a los competidores, como actores necesarios y no como enemigos a batir, sin que por ello deje de ofrecer beneficios.
No estamos obligados a aceptar interpretaciones de la sociedad como una jungla en la que sólo sobreviven los más fuertes, como el escenario de una competición con pocos campeones y muchos fracasados, o como un laboratorio dirigido por científicos sádicos o por fuerzas oscuras. De hecho, cuando la mayoría piensa así, solo se benefician unos pocos frente a esa mayoría.
Nada nos impide impulsar un modelo educativo que, basado en el principio de la cooperación y la solidaridad, ofrezca segundas oportunidades a quienes no han tenido suerte durante los primeros años de vida o en algún tramo de la misma. Una sociedad más basada en la colaboración que en la competición, sin que por ello deje de ser eficiente y productiva.
Según Cirulnyk, otro defensor de la resiliencia y víctima también cuando niño del nazismo, todo lo que hace falta para no descartar a los vencidos es que alguien confíe en ellos incondicionalmente, valore su trabajo y los anime a buscar. Ese es el motor de la confianza que da sentido a la vida y sirve de base para la exploración. Pero no se trata sólo de autoestima y confianza en uno mismo, todo proceso de socialización o de resocialización implica adquirir confianza en los demás. El reconocimiento del otro es básico para el desarrollo comunitario pero también para una adecuada integración personal.
Quizá la cuestión va más allá de confrontaciones ideológicas, quizá el profesor Carlos Duarte tiene razón cuando afirma que estamos asistiendo a un cambio de paradigma cuyo eje se estaría desplazando desde la competición a la cooperación. La cooperación como núcleo de un paradigma emergente basado en la solidaridad y la empatía social, aspectos de los cuales nuestra sociedad -no el Estado- ha dado muestras más que suficientes a pesar de la crisis, de las restricciones económicas y los desaciertos políticos. La cooperación como una poderosa fuerza creativa capaz de inspirar nuevos modelos de desarrollo y de convivencia. Modelos en los que no sobra nadie, en todo caso, las actitudes agresivamente competitivas y excluyentes. Un modelo, en definitiva, que sea cosa de todos.

María del Carmen Poyo Martínez-Buenos Aires, Argentina/Marzo de 2013

MUJER-LIBERTAD, DE ESTE A OESTE

¡Déjenla con su libertad didáctica
alambrar de azul los precipicios!
¡Déjenla abrir las alas sobre el universo!
¡Déjenla ser sin rótulos,
ave de paz en vuelo eterno!

El plexo altivo,
mujer encinta de promesas.
Esquema sin rigor tu vuelo libertario.
Soledad impresa en tus senos agridulces.

Sí,
verá la vida talismán,
tu cuerpo sacro de vendimias.
Al este y al oeste, soltarás los brazos,
antiguos, certeros, estruendo...
Serás volcán de lavas tibias.
Mujer,
sintonía de aire alcanforado
en corrientes de metal,
desnuda de sombras y tapices.
Impresa en tí, la creación seduce.
Evasora de azogues y goces subterráneos,
 muestras al cielo tus palmas germinadas.
Mujer,
 arrogancia y pulcritud en tus semillas...
Redimirá las horas del amor
tu ceremonia extrema.

Marcos Polero-Miramar, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Marzo de 2013

DESALOJO


—Vamos a resistir, viejita. No les podemos regalar lo que tanto nos costó— dijo el marido.
— ¿Te sebo mate?— cambió de tema la mujer.
—Preferiría algo fuerte.
—Ginebra no hay más, pero si querés le digo al Matías. ¡Matías! Andá al almacén del Tolo  y traé una Bols, decile que me prepare la cuenta para el viernes, que cobro la quincena.
—Ya hablé con los muchachos. ¡Nos van a sacar con los pies para adelante!— dijo el marido envalentonado.
—Tengo miedo— exclamó la mujer por toda respuesta.
— ¿Te acordás como vinimos de Tartagal?— le preguntó él.
—Claro que me acuerdo.
Y habían venido muertos de hambre. A veces, para que coman sus hijos chiquitos ellos se conformaban con mirarlos, satisfechos con su sacrificio, el mate cocido y el pan duro. Cuando él, en época de la zafra de caña, se iba a Tucumán por dos meses, la mujer se arreglaba como podía, meta fiado. Cuando él volvía, después de deslomarse en la cosecha lo que había ganado apenas alcanzaba para pagar las deudas. Además ya casi nadie daba crédito.
             En Buenos Aires todo era diferente. Ella siempre conseguía una casa para limpiar, Él por lo general aunque sea una changuita encontraba. Todos los días había para el pan y para la leche. Con menos sacrificio se fueron comprando la tele color, el equipo,  la heladera…
Hacía varios años él había conseguido trabajo en una obra grande de Catalinas sur.  Con lo que ganó pudieron mudarse. Estaban parando en el ranchito de la hermana de Ramona, en la villa Veintiuno, al fondo, en las tosqueras, donde la lluvia convertía todo en barrial putrefacto, donde el río próximo exacerbaba el frío invernal y las hordas de mosquitos y moscas hacían insoportable el verano… 
—Entonces el Turco nos consiguió acá.
—Pero no gratis.
—La puta, lo que nos costó juntar esa  luca verde en la época de Alfonsín, suerte que me había salido ese trabajo, pero esto es otra cosa.
 —Mas o menos, está bien, es mas cerca de todo pero barro también hay y la pieza se llueve. En cada tormenta parece que cae mas agua adentro que afuera.
—No podés comparar. Acordate las discusiones con tu hermana, y los pedos que se agarraba tu cuñado, con insultos y amenazas, el peaje que nos cobraban los punteros del Loco Juan   por cruzar los pasillos, las barritas que se daban con todo y después salían a hacer despelote ¿Y cuando venía la cana y se llevaban a todo el mundo? Yo nunca anduve en nada raro y ya me habían llevado como ocho veces, por  portación de cara.
—Bueno, no era para tanto.
— ¡No jodas!, esa no era vida. Acá es más normal. Aparte pensá en los chicos, ya son grandes y están las malas compañías, la droga. A la nena la embarazaban en cualquier momento.
—Pero de acá nos echan. Ya viste la orden de desalojo.
—Habrá que hacerles frente. No tenemos donde ir.
Lalo y Ramona no durmieron esa noche. A las dos de la madrugada la asamblea, por unanimidad de manos alzadas decidió resistir. Los muchachones que se habían quedado vigilando a la intemperie, muertos de frío, auscultaban las sombras para avistar el más mínimo movimiento de la federal.
A las siete de la mañana en punto apareció el primer patrullero. En cinco minutos bullían los vehículos de las fuerzas represivas. Cientos de policías nublaban la calle con sus alientos vaporosos. La tensión se podía respirar. Un señor de traje se presentó como el juez de la causa y ordenó el desalojo.
La batalla campal duró hasta las diez de la mañana. Los vecinos resistían. Cuando caían los cartuchos humeantes, algunos se hacían a un lado y demostrando veteranía en combates callejeros los tomaban y los arrojaban nuevamente hacia los represores. Los caballos abrían surcos entre las filas de gente amontonada y los jinetes repartían sablazos a sus flancos. Los ocupantes tiraban bolitas al piso, debajo de los caballos, lo que sumado a los cero grados invernales que escarchaban el piso provocaban resbalones de bestias equinas y bestias humanas. Las “fuerzas del orden” no podían reestablecer el orden. Los ocupantes venían ganando la batalla.
Y aparecieron los diputados. Lo que no pudieron las tropas armadas, impotentes ante la resolución vecinal lo lograron los políticos con cuentos chinos y promesas sin consistencia. Con una mísera oferta de habitación en hoteles familiares, por ahora y sin plazos, lograron que se desocupara pacíficamente el edificio.
—Es mejor así— dijo un funcionario al micrófono —la construcción no ofrecía las mas mínimas normas de seguridad, el desalojo fue por el bien de ésta gente. La policía actuó bajo provocación de una minoría de infiltrados. El gobierno va tomar los recaudos para resolver los problemas de vivienda de todos los afectados.
 Pocos días después, la pareja y los dos adolescentes bajaron del colectivo 70 en la calle Luna y se internaron en las tosqueras. Golpearon las manos en una casilla:
— ¡Celma!
— ¡Ramona, Lalo! ¿Cómo andan? ¿Y vos, Gladis? ¡Que grande estás! ya sos una señorita. Y mirá el Matías ¡todo un hombre! Pasen. Les preparo mate.
—Te venimos a pedir si nos dejás quedarnos de nuevo en la piecita. Te pagaríamos un alquiler. Es por un tiempo ¿sabés? hasta que consigamos algo.
— ¿Cómo, y el edificio de San Telmo?
—Nos desalojaron. Nos dieron diez días pagos en un hotel, tenemos hasta el lunes.
— ¿Saben que pasa?, la Analía se juntó con Cesar, un buen pibe, laburador. Está embarazada y los tengo a los dos en la piecita. Perdonen pero no tengo lugar.
Se fueron desanimados, se sentaron en un banco de la plaza Constitución.
Lalo hablaría con el capataz de la obra a ver si podía quedarse a dormir. Ramona con los dos hicos iría a recorrer a todos sus conocidos buscando lugar donde vivir provisoriamente. Los dos ya veían la posibilidad cierta de tener que armar su vivaque en alguna vereda resguardada en todo lo posible del frío y de la lluvia.
En esos momentos, en una escribanía de Lavalle y Cerrito, cuarto piso, alguien estaba cerrando un fabuloso negocio con el predio de  Caseros y Tacuarí recientemente desalojado. El lugar sería destinado a un complejo de viviendas lujosas. Al finalizar la transacción, el operador tomó el celular para decirle al diputado que estaba todo bajo control y que depositaría el monto acordado en esa cuenta numerada que él ya sabía.