jueves, 25 de abril de 2013

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2013


Historia de un Amor


         
          Supo de mi romance veraniego con mi co-terapeuta. Y del affaire con la acompañante psiquiátrica que trabajó en la Clínica pocos meses, durante la temporada que tuvimos completo el cupo de internados, y en la que llevamos adelante el Congreso sobre psicosis en el auditorio de Johnson y Johnson. Cuando la doctora Julieta W. me dio calce, no especulaba en ligar con ella. Nunca se había dirigido a mí en los grupos de reflexión ni en los ateneos. Un jueves (como todos los jueves desde las veintiuna), en reunión de equipo, advertí que me observaba y me empezaron a latir las orejas. Correspondí, afable.

          Daba arranque a su Fiat 600 cuando me pregunta si me acerca. Convinimos que podría hacerlo. Me arrellano al lado de Tito, el terapista ocupacional, en el asiento de atrás. En el de adelante, acompañando a Julieta, estaba Nora, tan graciosa, la médica de los domingos. Fueron dejados primero Nora, en Plaza Italia, luego Tito, en Santa Fe y Agüero. Julieta vivía en la avenida del Libertador y Callao, y yo en Balvanera. Insistió en llevarme hasta mi casa. Y lo hizo. Apagó el motor y fumamos mientras sosteníamos una charla sobre el discurso universitario. Me contó que el padre le bancaba su análisis. La seguimos en mi departamento, bebimos té de manzanilla y le mostré  fotografías. Al principio no reconocí su viscosidad. Procuré besarla en la boca (en instancia de franca comunión). Rehusó y continuó parloteando. Nuevo piletazo mío, ahora con ligero aferramiento, y otra vez se me niega. No la dejo pasar: me refiero al “ósculo fallido”. Sonríe, me toma una mano, y como leyéndome la palma, me informa que se va. La acompaño hasta la puerta de calle y despidiéndome con un solemne beso alevoso en la frente, la cual despejo del flequillo, le permito introducirse en su autito y partir.

          Fue después de tres jueves que me dio a entender que había quedado esquilmada al cabo de  noches pasionales con un seductor abandonante. Desconfiaba de mí aunque aseguraba enigmática que yo era “bueno, bueno”. Se sacaba los anteojos y me instilaba briznas untuosas. Se lo espeté una vez, así como me salió, ya inflado, luego de retomar la ofensiva en el coche y ofertar otro rango de proximidad. “Instilar” y “briznas” entendía, pero “untuosas” le resultaba vocablo desconocido. Y me siguió llevando.

          En las supervisiones quincenales de pacientes, apoyaba mis opiniones. Y me buscaba para trasmitirme alguna cosa. Y cuando me invitó a tomar café irlandés en una confitería del barrio de Núñez, evalué que valía la pena acceder. Me la imaginaba como a esas minas que se desatan haciendo el amor, como desquitándose, furiosas y posesivas, y te exclaman loas crudas con referencia anatómica. Ella ya había mentado su “capacidad de entrega”.  Ingerimos el irlandés y torta de frambuesa. Estacionados frente al edificio de mi departamento, la mordisqueé en el cuello y en la (también latiente) orejita. Pero no pasamos de ahí.

          Más adelante, me avisó de una fiesta para celebrar la inauguración de su consultorio. No fui. Yo la atendía más seco. En otra llevada a mi casa me agarró descuidado, me instó a que subiera con ella y ya en el quinto piso, bailamos, y cuando se espesaba el clima, le vino la fobia y pidió té.

          En un mediodía feriado me sorprendió telefoneándome: “¿Vendrías a buscarme para ir juntos a almorzar?”... Acepté. Hice la cama así nomás y mientras daba vueltas a lo marmotón me entretuve en fantasear que la violaba: con el inequívoco y lucidísimo propósito de revelarle las ganas, de trocar en positiva su irradiación, de impedir, aun con coerción, que se malograra tanta energía envasada. Presentificarle el sortilegio. Así seguía yo con mis fundamentaciones. Me atraía, ubicados en tan fronterizas circunstancias, la posibilidad de consumar ese acto reprobable. ¿Qué comimos?: capeletis al roquefort.

          El jueves (esto es: ya comenzado el viernes) subió a mi departamento. Por lo espinoso de mis inconfesables inquietudes yo oscilaba entre estar paralizado y salido de la vaina. Probé de inducirla como un caballero, pero en vano. Junté aire, la alcé, la trasladé al dormitorio y la arrojé a la cama. Con mis manos y brazos abrí los suyos y la besé con implacable dulzura. Me noté un poco vil cuando desabotonaba su blusita y deshacía el lazo. No gritaba ella, tensa. Decía “no, no”. Y a mí me salía “sí, sí”. Ya bastante desnudada, sujetándola, logré desnudarme. No fui delicado durante todo el procedimiento, yo estaba improvisando, persuadido de mi pronta redención. Fui brusco sólo lo inevitable. El cunnilingus la arreboló. Me trató de “malo”. Y proseguimos consubstanciándonos hasta el amanecer.

          Milagro, portento, prodigio: suceso extraordinario: tras varios años de matrimonio, somos felices. Julieta me ruega a veces que le dé unos chirlos y la zamarree, y asevera henchida de orgullo, anhelante, que soy maravilloso.

Michou Pourtale-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2013


Habito cuerpos, no lugares.
Marcelo Pichón Riviére


Hado primigenio niño
en nuestro inconsciente das forma
lucidez al relámpago de la pulsión.
Allá en la entraña púrpura del confín
cripta de terciopelo fetal te acurrucas
y con arte de estratega despliegas
sobre damero un juego de la oca
que incita lanza sugerentes vocecitas
bajo el esternón cascada en clamor
agitación psicosomática comienzo
de un toma y daca anímico avatar
del cotidiano trajín cuando lo sensorial
va y vuelve el hado resulta ser absoluto
amo en el envite. Él es la intuición
maravilla su tierno hechizo que desde el tuétano
nos mueve hasta el deseo
rojo cenit cuando llega al paroxismo                                                         
el juego del niño atruena. 

                                                                       
             del libro “Damero para un Cuerpo”                                    

Marcos Polero-Miramar, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Abril de 2013

DESALOJO  II


Estaba seguro que la orden iba a llegar en cualquier momento. ¿Y qué podía hacer? Se encontraban acuartelados desde la víspera. Si bién la radio y la televisión no informaban  nada,  se lo había escuchado a un superior.
—Esos zurdos están infiltrados entre la gente de la villa— dijo el subcomisario.
— ¡Negros de mierda! —Escupió un oficial— ¡ya me tienen cansado!; ¡hay que darles duro!; ¡habría que matarlos a todos!
—Tenemos el apoyo del cuartel de La Tablada, pero no van a intervenir a menos que sea imprescindible. Además vienen con nosotros ocho topadoras y diez camiones de la municipalidad.
—Pero esos son mas problemas que ayuda, son civiles— intervino otro oficial.
—Dígale a la tropa que esté atenta hasta nueva orden, que llegará en cualquier momento— cerró el diálogo el oficial superior.
¡Maldita la hora! ¡Maldita idea! La desesperación lo había llevado a entrar en la policía. Tenía dos hijos que mantener y su mujer no podía trabajar hasta que el mas chiquito dejara de ser un bebé.
A ella también le había parecido una buena idea. En el centro de reclutamiento de la calle Uspallata llenó las planillas. Donde tenía que poner la dirección mintió. Si escribía la verdad: Avenida del Trabajo 6300, manzana 10, casa 25, seguro que no entraba. Anotó la dirección del compadre Alberto: Lacarra 192.
Cuando lo aceptaron tomó sus precauciones. Nunca andaba de uniforme por el barrio. Se cambiaba en la estación de servicio de Avenida del Trabajo y Murgiondo. Trataba  que ningún conocido lo viera. En la villa nadie sabía su ocupación.
—En una empresa de limpieza— Decía Horacio cuando alguien preguntaba sobre su trabajo— Nos pagan muy bién.
Así pasó su primer año en la Federal.
—Cuando cobre el aguinaldo de julio nos mudamos. Tengo vista una casita en Villa Bosch, chiquita, pero muy cómoda— Le decía a Olga, su mujer— Tiene dos piecitas, una para las camas de los pibes.
El aguinaldo se gastó en la enfermedad del más chiquito. Había que alquilar el nebulizador,  comprar la cámara aireadora y los antibióticos. La mudanza tuvo que esperar.
Desde la semana anterior en el barrio corría la noticia de que el gobierno militar planeaba desocupar los terrenos. La intención era desguazar la Villa, “desaparecerla”.
Horacio tenía la certeza, se había filtrado la directiva en el comando, pero no podía decir nada.
En el edificio en ruinas que hacía de centro vecinal se reunieron los delegados y decidieron tomar medidas preventivas. Discutieron las posibilidades y  prepararon los dispositivos para resistir el eventual desalojo.
Llamaron a asamblea. Horacio estuvo presente.
—Se que el desalojo es un hecho— comentó
— ¿Y vos como sabés?— le preguntó Coria, cabecilla principal del barrio.
—Lo se de buena fuente, de un bicho gordo.
—Pero ¿Cómo?
—Se supo en la empresa donde trabajo, indirectamente, pero les juro que es “posta”.
—Y hay que movilizar a la gente. Tiene que ir toda la villa— dijo el representante de la manzana catorce.
—O mejor, cortemos Avenida del trabajo, en la esquina De la Torre y armemos un tremendo despelote— propuso otro colaborador.
Desde el fondo del galpón, una mujer se ofreció en nombre de las madres del barrio para pararse firmes delante de sus casas y no moverse hasta que las topadoras se pegaran media vuelta o les pasaran por encima.
El clima se calentaba. Las propuestas eran cada vez más radicales. Los delegados tuvieron que moderar los ánimos y dar forma a un plan de lucha coherente. Debían tener en cuenta que muchos compañeros habían desaparecido y que la cana hacía racias donde rompían las paredes de las prefabricadas, apaleaban a las mujeres, amenazaban a los pibes y se llevaban a los vecinos en plena madrugada.
Horacio no dijo más nada. Escuchó las propuestas.  Pensó en lo valiosa que podía ser esa información  para sus superiores, sin embargo él  no era buchón.
Ahora, acuartelado, sin posibilidad de ver a su mujer y a los pibes, esperaba la catástrofe o el milagro de que nunca llegara esa directiva que tanto temía.
Sin embargo, a las cuatro de la mañana la orden llegó. Subieron a los camiones de a ocho, armados hasta los dientes y entraron por Avenida del Trabajo, desde General Paz. Detrás de los vehículos policiales, los camiones de la municipalidad  andaban lentos en fila india para no romper la culebra que reptaba por la avenida y cuya cola estaba integrada por las grandes topadoras con sus cuchillas amenazantes en alto.
Finalmente, al bajar el empedrado, preparados para actuar, se encontraron con un ejército de mujeres formando un muro humano de contención, acompañadas de chicos de todas las edades y con una firme determinación de resistencia hasta la muerte. Desde la retaguardia, surgiendo por el lado de la vía muerta,  los hombres gritaban agitando pancartas hostiles. Habían cortado la calle que a aquellas horas  estaba casi desierta.
Ningún noticiero apareció por el lugar. Se supo que el mandato venía  directamente del círculo del Brigadier Cacciatore.
Un supuesto juez dio la orden de ataque al comisario a cargo, y los policías armados de largos garrotes y escudos avanzaron sobre el barrio. Corrieron los líquidos hidrantes y brotaron los gases.Y ocurrió lo peor: Justo al pelotón de Horacio se le enfrentó un grupo de mujeres rodeadas por sus hijos. Eran todas las vecinas de su manzana incluida su propia esposa. La vio amamantando al  bebé que tenía en brazos y con el otro crío aferrado a sus faldas. La vio y quedó paralizado. La vio y sintió los empellones de la avanzada del resto del pelotón. Rodó por el suelo y, a punto de desmayarse, no pudo detener a un compañero enarbolando el bastón antimotines.  



Rosalba Pelle-La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Abril de 2013

SI HABLAR ES LA MUERTE, NO ES HABLAR

Ella vino a mi casa
tantas veces.
Cuando se obstina
pidiendo muerte
cuando intempestiva
apalea mi cabeza,
cuando intenta
acribillar cristales,
en mis sienes,
atormenta.

Cierto vacìo
y su viento helado
se cuela aùn
por las ventanas.

Lejos escucho
clamor de gorriones
y alondras,
llega el aroma
del tilo plata
y una voz àfona
empuja,
gana la partida
a la garganta …

La radio
me espera.
Soy  palabra.

Beatriz Minichillo-Buenos Aires, Argentina/Abril de 2013

Cuestión de vida

¿Cuántas palabras no te dije?
¿Cuántas quedaron por decir?
Sílabas formadas a medio camino,
ternura invisible
que quema las manos,
silencios omitidos,
la distancia infranqueable,
esto que ahora es expulsado
de su propio centro.
Tantas preguntas,
tantas voces tumultuosas,
este tiempo nuevo
de horas apretadas.
Mi yo sin vos,
tu vos sin mi.
La frecuencia recurrente
de los días.
Lo que hubo ¿fue?
El ojo fustiga el espacio
y no encuentra su lugar.
Animal agazapado
en busca de la presa
que no llegará.

Stella Mayol-Abril de 2013

LA   TRAICION


     Paulatinamente se iba acostumbrando. Será por poco tiempo le dijeron, quedate tranquila, es un lugar muy seguro. Es fácil decirlo pensó. Pero no les contestó. Después de todo ella sabía que sólo querían protegerla.
      Aquella fue la primera vez en que se había sentido cuidada, una sensación hermosa, sólo bastó el brazo de él rodeándole el hombro. Sólo eso. Hacía muy poco tiempo que lo había conocido. Ojos de mirada penetrante, pelo lacio, castaño que le dibujaba la nuca donde había jugado entrelazando los dedos. El rostro,con una arruga profunda que marcaba el entrecejo, revelaba determinación,  fuerza y una seguridad en sí mismo, que la cautivó.
      Al quedarse sola exploró el lugar. Una habitación sin ventanas, el baño y una cocina con la heladera bien surtida.
      Al principio también ellos se escondían. Sólo por hora y media, una habitación y el baño. Allí se amaban con el reloj apurando el placer final.Pero, él se fue. Urgente, como ahora debía irse ella. Lo estaban buscando y sabía mucho, tal vez demasiado.
      Por suerte había bastantes libros, pensó, son una buena compañía, los libros y la música, aunque la radio podía escucharla con auriculares, para que nadie perciba que en ese lugar había alguien.
     Con él todo era distinto, se rendìa a sus pies, le decía ella y los dos reían.
A él podía hablarle sin reservas, lo que sentía, lo que pensaba, sus más íntimos secretos y todo lo relativo a la militancia. Porque él también era un militante, porque él también le contaba, porque estaban hechos el uno para el otro.
      Se miró al espejo. El pelo teñido de rubio y los tacos bajos, ni ella se reconocía. Pero no pudo dejar de estremecerse al recordar el terror con el que hacía dos días había cruzado por debajo del puente de la General Paz. Estaba lleno de policías, policía federal, policía bonaerense, y policía de civil. Todos eran policías. Aparentemente ni la miraron. Ella, la que normalmente caminaba erguida, desafiante, esa vez ni siquiera se atrevió a levantar los ojos del piso.
       Con él nunca sintió miedo. Recordó esa vez en que estaban seguros de que los perseguían. Él la tomó del brazo y entraron directamente al primer hotel que encontraron como si eso estuviese planificado. Nadie caminó detrás de ellos. Y según él, fue por la seguridad con que se desenvolvieron.  Ésa vez se quedaron toda la noche. Llovía a cántaros y ellos, después de hacer el amor, apostaban como dos chicos a ver quién adivinaba cuántos segundos demoraba en resonar el trueno después que el relámpago iluminara la habitación. Siempre ganaba él.
       En realidad, el mayor temor no era el de perder la vida. Claro, cuando pensaba en sus padres le hacía mucho daño imaginar el sufrimiento de ellos si a ella le pasara algo.
Pero, su carga mayor era todo lo que conocía, era la infalibilidad de su memoria, eran los secretos que le habían sido confiados. Ante todo, temía no ser capaz de tolerar la tortura y contar , delatar … Al menos, si pudiese morir sin traicionar. Imaginaba a sus compañeros juzgándola:” no fue capaz de aguantar, nos traicionó, cuántos cayeron por su culpa”.
       Por suerte él se pudo exiliar, podría ser México o tal vez España.
Íntimamente  tenía la esperanza de que la enviaran junto a su hombre. Pero no se atrevió a decirlo, demostraría debilidad. Nadie se apiadaría de su llanto, nadie escucharía su sufrimiento. Todos la admiraban por su valentía.
      Faltaba poco, unos días más y llegaría el pasaporte, unos días más y no sólo se salvaría ella, sino todos los que podrían caer por su culpa.” Si me atrapan voy a matarme “, se dijo.” Si soy tan cobarde como para no suicidarme, también seré cobarde cuando ellos…No, no me va a pasar , no tengo que pensar así, basta”…”¿Cuándo vendrán, cuándo?”
        Escuchó pasos en el corredor. Su cuerpo se tensó. Sintió ese aviso de alerta que la invadìa cada vez que habìa un movimiento. Alguién se detuvo frente a la puerta. Los nudillos golpearon suavemente una vez, dos veces, tres veces. ¡Por fin! Ésa era la consigna. Y entonces abrió y ellos entraron. Primero fue la mordaza, luego cada uno la tomó de cada brazo, la levantaron en vilo casi arrastrándola por las escaleras. La lluvia había arreciado, la oscuridad era completa, el auto estaba detenido frente a la puerta, la sentaron detrás, entre los dos. Un relámpago iluminó el interior del Falcon y entonces lo vio, al volante, claramente reflejado en el espejo, con el pelo muy corto, pero con esa arruga profunda que le marcaba el entrecejo.
         La capucha cayó sobre su cabeza junto con el ruido del trueno, que trepitó estentóreo. Nunca supo cuantos segundos transcurrieron después del relámpago que lo había anunciado.

Ricardo Martínez-Galicia, España/Abril de 2013

El meteorito

Dicen las agencias de noticias que el pasado 14 de febrero, día de san Valentín, ha caído, muy fragmentado, un meteorito que ha causado un gran impacto en la tierra.
Muchos corazones, a buen seguro, habrán notado su efecto (y algunos habrán sufrido daños)