miércoles, 22 de mayo de 2013

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013

Daniel, la turquita y Victorio


          Daniel trabajaba en la misma empresa que Victorio. Y la turquita ocupaba un departamento de planta baja al lado del de Daniel. Daniel estudiaba periodismo y en la compañía agropecuaria era poco más que cadete. La turquita era una mujer ordinaria que convivía con un púber lamentable, su hijo; con su mamá, carcajeando exasperada y baldeando calzada con zapatos de hombre, negros los zapatos, bastante nuevos y sin cordones; y con su papá, sólo un jubilado. La turquita trabajaba en la vereda. Tenía una nutrida colección de clientes motorizados. Cobraba poco, conversaba con los vigilantes, festejaba alguna ocurrencia chancha. No usaba cartera y en invierno, más abrigada, se la advertía menos ridícula. Sacaba a Juancho por la cuadra, un galgo ruso, lo cual, claro está, desentonaba. En ocasiones, alguna amiga de su gremio se instalaba con ella. Daniel también se instalaba con ella cada tanto, unos minutitos.

          Victorio era el contador de la empresa. En la flor de la edad, naufragaba con su hombría pero no renunciaba (al menos en cierto nivel declamatorio). Así le salió en el comentario analítico del test al que fue sometido por Daniel: una de las materias de la carrera le requería algún entrenamiento psicológico. Había en la oficina quienes sospechaban que Victorio estaba enamorado de Daniel. Era notorio el cambio desfavorable de su humor cuando Daniel, por teléfono, parecía concertar una cita con una chica. Victorio se jactaba de no dormir más de cuatro horas diarias, de bañarse siempre con agua fría “para templarse”, de mantener a la viuda y a los críos de su hermano mayor, de haber obtenido tres títulos universitarios. Se vanagloriaba, además –Daniel registraba los latiguillos en su agenda-, de sus autodenominadas “extrema sensibilidad”, “fuerte temperamento” y así siguiendo. Victorio relataba anécdotas que denotaban encomiables virtudes. Dos ejemplos: dio cobijo y salame de Milán con pan negro y cerveza a un conscripto que le había solicitado unas monedas; donó gran parte de su fastuosa biblioteca a una escuela rural. Promocionaba rectitud, tacto, cordura, ecuanimidad, espíritu de sacrificio, sencillez, hidalguía. Y se embelesaba con el escepticismo y, en algunos aspectos, la falta de escrúpulos de Daniel.

          Después del test que Daniel le devolvió con el crudo y técnico informe, empezó Victorio a desbarajustarse. Tuvo abundantes gestos de maltrato para con Daniel (y de rebote para con otros empleados), se fatigaba y aturdía de golpe, apareció una mañana con impresionantes ojeras y eccema, retrasado, sin saludar, con desaliño. Explicó que había recibido en su domicilio un sobre con una fotocopia perfumada del test. Tres empleados habían recibido en sus domicilios, sin perfumar, otras fotocopias. El deterioro físico y psíquico de Victorio se fue agudizando, así como el malestar de Daniel. ¿Cómo combatir la infección?

          La turquita se avino a levantarse a Victorio a la salida de la oficina, retribuyendo a Daniel por gauchadas propias de buenos vecinos. Y logró desflorar a Victorio, según Victorio le confesó entre hipos y lágrimas de emoción y gratitud. Y él volvió a ser el triunfador de costumbre, el sabelotodo, el resolutivo. Pero sus embelesos con Daniel fueron más sintéticos. La turquita se convirtió en su remunerada proveedora de afecto de los domingos y los miércoles, se ven alguna película erótica o risueña o sentimental y toman helado o comen hamburguesas. Ahora Victorio menta a mujeres finas que va conociendo en recepciones de la embajada norteamericana o en el hall del Colón, y a otras damas inteligentes con las que alterna, da a entender que a todas enloquece, que es un regio partido, buscado, no hay duda, profesional, soltero, con vivienda, culto, acomodado...

Michou Pourtale-Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013

A esta tarde la huyo hacia mi monte
y me he huido de mí muy tempranito,
sabedora de locura y atropello,
golpetea temible el tamboril, aquí
entre arbolillos ahora me complazco.
¿Soledad, te derramas con un debussy
en preludio por el caudal de la hojarasca?
Seguro estarás al alba de lo incierto
cuando yo parta, esa insondable separación,
sé que no podré huir si presurosa
viene, la que me cercará con mirada fija.
Muy arriba sobre mi monte
un párpado cerrado se abre con un guiño
y al  instante llega ese pájaro fronterizo
que chifla, clama rendición, despeje.
Pájaro del arbusto más cercano,
si vinieras junto a mi corazón, huésped
si hundieras tu pico en mi misma boca
para juntos aspirar la voluta del aire
final. Ya que tu plumaje vuela y yo,
infeliz de mí no puedo, te ruego
sostenme ceñida a tu volar.
Volada me quiero en torrencial
fuga de pájaros fulminantes,
y  no este escarabajo torpe
que con penas pugna hacia lo intangible.
Mi bosquecillo es sólido, umbroso,
límpido su verdor de agua sacia
complaciente me adormece.

                                                 
                                                s/t. del libro “Damero para un cuerpo”

Marcos Polero-Miramar, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013

ACÁ, ALLÁ…

Caminaba lento, arrastrando los pies por los pasillos. Afuera hacía frio. Tenía que hacer tiempo y aprovechar la calefacción del museo
. Miraba distraídamente las pinturas pensando en otra cosa: En el próximo examen (farmacología, bastante difícil), en la familia (la de acá y la de allá), en el frio que entraba por las rendijas de la pieza y calaba los huesos, en los mocasines con plantillas de cartón sobre la media suela agujereada, en las hojas de diario debajo de la ropa.
De pronto se detuvo, como hipnotizado. Aquella tela parecía tener poderes magnéticos. Le resultaba imposible dejar de mirarla. Pinceladas amarillas y anaranjadas denotaban cierta iluminación en un ambiente más bien sombrío, de predominantes verdes oscuros.
—Waranqasach’a— dijo sin reconocer su propia voz.
Y en un momento estuvo del otro lado, rodeado de bosque. No podía ver claramente hacia la galería. Sombras difusas observaban pero sin reparar en él, las miradas lo atravesaban sin percibirlo.
Dio la espalda al enmarcado y apuntó hacia el horizonte. Allá, a lo lejos, una enorme mancha inmensa de oro con oleaje, como un mar. Se acercó, eran maizales.
—Chuxllu— dijo, sin entenderse.
Miró hacia aquí y hacia allá. Una choza de piedra, una mujer apaleando un mortero. Dos pequeños cuchichiando en la misma lengua que hablara su abuelo, descendiente directo de nobles incas, esmerado guardián de las tradiciones de su pueblo, empobrecido hasta la indigencia, sobreviviendo en las calles de La Paz.
Las antiguas historias que contaba el awkillu parecían revivir en las escenas que iba encontrando.
El viejo, luego de cada relato insistía:
—Escucha, escucha, esto es lo que ha pasado, debe sobrevivir al tiempo, tienes que repetirlo a tus hijos y ellos a sus hijos.
Algunas casas se esparcían desordenadas por el amplio valle,
—Wasi-yki-kuna— exclamó, como si hubiera hablado otra boca.
Al fondo se recortaba, majestuosa en el horizonte, una ciudad imperial.
— ¡Cuzco!— casi gritó, sin saber de dónde salió esa palabra. Caminó por un cementerio sagrado. Las guacas miraban al vacío con su unánime gesto acusador.
Anduvo entre las gentes, invisible a su pesar, dando grandes pasos, cruzando los bosques, los desiertos. Así llegó a la playa. Algunos barcos acababan de anclar. Hombres de piel blanca y cabellos rubios como los maizales,  transitaban la ladera calzados de peto y casco, en fila india y se sumergían verticales en la bruma densa que era la respiración de la selva montañosa.
Surcó el aire una flecha, dos, miles. Cayeron armaduras plateadas. Se oyeron explosiones de fuego. Saltaron  tripas, brazos; reventaron cráneos  salpicando  sesos.
Subió una hoja afilada, bajó cortante. Caían orejas, narices, pechos de mujer, cuerpos mutilados de niños. Una espada golpeó. Sonaron cañones.
Se abrió la tierra tragando millones de almas que quedaron encerradas para siempre en un infierno de roca viva; de roca plateada, de roca dorada. Y el polvo sofocante y el olor pestilente y los huesos. Y montañas de oro y plata, y montañas de cadáveres y calles empedradas con lingotes y calles regadas con manantiales de sangre y largas filas de empalados interrumpiendo el verde paisaje.
Hordas de bravos a lanza y boleadora saltando en pedazos al son de las explosiones. Hambre, sed, muerte, olvido, destierro, derrota, esclavitud…, desprecio, desprecio, desprecio.
Selva destrozada, animales muertos, muebles lujosos, atuendos de pieles. Jaulas ridículas llenas de seres salvajes, jaulas rodeadas de seres salvajes.
Y el recuerdo: La niñez miserable en Potosí, la casucha de madera y paja. La felicidad con muy poco (una pata seca de gallina, una pelota de trapos viejos envueltos en una media, correrías por las calles polvorientas). Los atardeceres, las historias del awilu describiendo una época grandiosa de paz y abundancia, de antes que llegaran.
La mudanza a La Paz donde mamá había conseguido colocarse como cocinera en una casa lujosa, donde awilu podía vender vasijas y cacharros  de su propia fabricación.
La adolescencia, el amor. Victoria Quispe, el juramento de nunca separarse. El abrazo en la dársena del micro con destino a Buenos Aires.
Y aquellos últimos años, el trabajo de sábados, domingos y feriados como lavaplatos en la confitería del Paddock del Hipódromo Argentino; la facultad de medicina, la comida escasa. La piecita de la pensión compartida con dos compatriotas y un peruano, donde se cocinaban en verano y se congelaban en invierno. Y las promesas del título y el dinero y la casa para traer a los suyos…
El agente de vigilancia encuentra un chico desmayado, mira su atuendo y con un poco de asco trata de sentarlo.
Usa el Handy: —Jefe, acá, en la sala de pinturas se desmayó un tipo, un negrito, parece de la villa, habrá venido a robar. Seguro que está drogado.

Palabras en Quechua:
Awkillu y awilu: Abuelo
Chuxllu: Mazorcas de maíz (choclos)
Wacas: Monumentos fúnebres
Wasi-yky-kuna: Sus casas
Waranqasach’a: Mis árboles 

Raúl Pignolino-Mayo de 2013

BOREAL

Perfiles de otra edad
apaciguan los ojos

En el aire del mundo
navegan los recuerdos

La vida
una comarca
donde moran los otros
donde el miedo responde
la señal convenida

Entonces queda el hombre
mudo de soledad
amaneciendo


Marcelo Perroni-San José de Mayo, Uruguay/Mayo de 2013

EL OCASO DE DON LUIS

El viento empujaba dos hojas secas y él las seguía con la mirada hasta que se perdían por la pendiente. La ancianidad de Don Luis delataba más que el paso del tiempo los achaques que éste suele traer consigo. Lo acechaba un fuerte lumbago y unas profundas puntadas que eran como rayos golpeando su pecho. A veces respiraba con dificultad; en ocasiones le costaba pararse; había días que ni siquiera tenía fuerza para levantarse de la cama. El padecimiento era su vida; y la muerte su espera. Muy a menudo experimentaba la sensación de ahogarse, y cuando el pecho se le cerraba, decidía entornar los ojos y erguir la cabeza, como si tales acciones mitigaran su padecimiento. Quizás le ayudaba, como también inhalar y exhalar con cierta improvisada disciplina, la cual le permitía renovar el aire de sus pulmones. Desde su jubilación, más aún luego de que su esposa muriera, se sentaba en el umbral de la puerta, apoyando su viejo bastón de madera a un lado de la silla. Así contemplaba casi inerte la muerte del día. No había renacimiento en cada respiración, sino que contemplaba resignado un mundo que hace mucho (el sentía) le había dado la espalda.  Algunas veces dejaba su cuerpo para ir tras algunos recuerdos, sus recuerdos.  El deseo, la juventud, los anhelos, todo se conjugaba en pretérito para Don Luis. Durante gran parte de su vida repitió que los años pasaban cada vez más rápido. Pero hubo un momento en que su tiempo se detuvo y el calendario comenzó a regirse por el hastío y la resignación. Era la recta final en que la marea esperaba instrucciones de la luna.                                                                                                                                   
A las seis y  media de la tarde solía levantarse de la silla con dificultad; apoyaba su mano derecha en el bastón y con la izquierda tomaba el mate y la caldera. Luego recorría con gran parsimonia el largo pasillo en dirección a su apartamento, para desaparecer de nuevo en el sueño que se prolongaba hasta el día siguiente. Años, meses, días, y minutos eran para él semejante a palabras para quien olvidó su lengua.    
Aquel día se mantuvo frente a su acotado espacio de observación, una angosta calle de piedra que permanecía desierta, que al igual que su principal espectador, se alimentaba de recuerdos. Sólo algún sorpresivo visitante caminándola, tal vez escapándose del vértigo impersonal de las avenidas céntricas. Los relojes marcaron las siete y media de la tarde cuando el panadero del barrio profirió: “Buenas tardes Don Luis”. La respuesta del anciano a este saludo fue la misma que le brindaba a cualquiera. Inclinó la cabeza en símbolo de asentimiento y promesa de seguirle la pista hasta que se perdiera de su campo visual, ya sea por un giro en la esquina o porque pasó a la cuadra siguiente.                                                                                                                                    
 Otra vez el dolor golpeó su espalda y presionó los pulmones. Por un momento apagó su registro del universo, implorando que el martirio terminase. Cuando menos lo esperaba, una leve brisa acarició su rostro y jugó con sus plateados cabellos. Esta brisa le devolvió poco a poco el aliento, no así la sonrisa.                                                      
Me preguntó si Don Luis amó y fue amado. Si sintió compasión por los seres humanos. “¿Quién fue Don Luis? “Es la interrogación que él mismo se planteó aquella tardecita estrellada, cuando una pelota rozó su pie. El anciano levantó la vista y se encontró con la figura de un niño que estaba parado a pocos metros de su sagrado sitial. El pequeño experimentaba una disyuntiva: dudaba entre ir buscar lo que se le había escapado o aguardar que Don Luis se lo devolviese. Ambos frente a frente, inexpresivos, iniciaron una silenciosa batalla. Para quien peinaba canas, el pequeño manchaba con gotas amargas de nostalgia el blanco paño de su atardecer. Alba y ocaso, dos colores opuestos en la paleta, pero complementarios en una pintura.
Infancia desafiante y altanera –le dijo. 
Detrás de los cinco años, los pantalones rotos y la camisa sucia, había un niño que no entendía ni quería entender. Él sólo pretendía seguir jugando.  Don Luis hizo rodar la pelota con su bastón en dirección a donde estaba el pequeño, la cual se detuvo en los destartalados zapatos de goma de su dueño.
– Cuando usted era niño, ¿jugaba al fútbol? Preguntó el chico.                                                          Sus mejillas se contrajeron como arrepintiéndose en el acto de haber hablado.
El anciano no respondió, ya que uno de los ataques sobrevino. Pero sí pudo regalarle al niño uno de los últimos gestos de amor que tendría para dar; fueron eternos segundos en que ambos sonrieron. Enseguida los dos marcharon en silencio. Uno a seguir jugando, el otro, de alguna manera, también.                                                                                       
Don Luis utilizó la silueta del niño para colorear aquella etapa de su existencia, con intención de viajar hacia la más hermosa ingenuidad. ¿Gotas amargas de tristeza? Sí, gotas envenenando su tranquilidad, gotas que se evaporaban al tocar el recóndito lugar en donde ardían los recuerdos. Gotas que sin querer lo atormentaban y daban cuerpo a su recordación. Era un lluvioso amanecer en casa de su madrina Carmen, donde Don Luis había sido Luisito, un niño que contemplaba petrificado el cántico de la lluvia frente a una ventana. Como por impulso, salió corriendo en dirección al patio para recoger los juguetes que había dejado tirados la tarde anterior: un trompo gastado, un trencito hecho con latas y la vieja pelota de trapo, regalos de su tío Amilcar. Los tomó y no le importó mojarse, pues solían decirle que la lluvia es agua bendita que El Altísimo derrama desde el cielo. Agua que purifica todo cuanto existe. “¿Sería aquello sentirse vivo?” Se preguntaba una y otra vez en medio de las imágenes suaves y confusas.  Despertó y respiró profundo, y un ligero gesto de dolor se dibujó en su rostro.                                                                                                                                
Las arrugas de su cara se agudizaron mientras intentaba enderezarse con dificultad. Tomó con resolución el bastón y apoyó la otra mano en la pared. La noche llegaría muy pronto y esto era lo único que él deseaba. Intentó incorporarse, pero un escalofrío lo dejó inmóvil. El último suspiro del día pareció escaparse con más rapidez que lo habitual, la oscuridad lo había reemplazado en miserables segundos. Ya no había brisa, ni sonido, ni caricias. El dolor desaparecía por completo. Nadie oyó el eco sordo del bastón que al caer golpeó el asfalto. Luego de dejarse llevar por el último ocaso, Don Luis no necesitó luz para llegar a su cuarto.








Beatriz Minichillo-Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013

Noche


La noche
es un perro callado
que duerme
al costado de mi cama.
Jeroglífico perverso
que nadie insiste
en descifrar.
Mano tendida
que queda así
tendida,
sin reciprocidad.
Caballo
lanzado al viento
en una calle oscura.
Mendigo
durmiendo entre andrajos.
Alguien orando
a un dios desconocido
que no lo escucha.
Y ahora un vagido
en medio de la nada,
llanto de un niño
que transforma la noche,
esta noche,
en una interminable
canción de cuna.



Silvia Loustau-Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013

I 

pájaros  en el  atardecer
mano  delgada blanca
 sobre el  milagro  de la luz
memoria
a  pesar del vuelo
de la noche final
miedo  en los declives  de mayo.

de Canto en invierno