domingo, 23 de junio de 2013

Nora Coria-Buenos Aires, Argentina/Junio de 2013

ENCUENTRO

Los ojos de Livia
en la puerta del Cabildo
se quedan en los míos.
Son otoño,
son palabras,
son recuerdos.
Desde un papel suelto,
los ojos de Livia
despiertan estrofas
de amor y silencios
(su compañero ha muerto).
Es sábado.
Y Livia me lee,
pausada nostalgia,
sus versos.
Recién conocidas.
Minutos. Diez metros.
Y Livia me lee,
a mí, una tarde,
el soneto.
Es amoroso.
Es muy bello.
Cuatro estrofas.
Sólo eso.
Catorce versos.
Y el silencio.
Todo, es eso.
Nos despedimos.
Un beso.
Son verdes.
Los ojos de Livia son verdes.
El azar no existe.
Y el tiempo, es perfecto.  

(en "Versos Vitales")

Cecilia Collazo/Junio de 2013

El objeto


Remotas horas que vuelven del olvido
Pasado, historia, cuenta hecha.
Niñez anciana
irrumpe en la memoria
textos, pretextos, residuos,
restos flotando sin hundirse.


Cuerpo, magia
sentidos, dolores,
placeres, afectos.

Trae acordes, melodías,
sinuosas, escarpadas.
Vibra, tiembla,
se emociona,
resurge
en el intento.


Ángel Catalano-Buenos Aires, Argentina/Junio de 2013


CAMINANDO EN LA SELVA

        Era clara la mañana, las sensaciones vividas en esos días en Santa Inés, hermoso lugar de Misiones, tierra colorada, de suelo accidentado y bien regado, eran incontables y sorprendentes…
        Montados en caballos súper mansos, salimos de la casa. A lo lejos se divisaba el monte. Promesa de árboles, flores, animales, pájaros, aventuras…
        En el camino saludamos al “olero”, así lo llamaban al que fabricaba ladrillos, más allá nos encontramos con el arroyo Negro, cuya agua límpida contrastaba con su nombre y permitía contemplar el divertimiento de los peces… los caballos acostumbrados a cruzarlo no necesitaron que los azuzáramos…
         Nosotros al monte le llamábamos la “selva”, así nos impresionaba, claro nunca habíamos estado en un monte, naturalmente tampoco en la selva…
         No sabemos cuanto tiempo insumió el paseo de ida,  llegamos al final de la ”selva” por aquel sendero, sin haber visto nada,  sin que hubiera ocurrido nada de todas las cosas que temíamos… nos bajamos de los caballos, tomamos agua, miramos el cielo, nos acarició la brisa. Y aprendimos, no debemos imitar a los que inventaron el miedo…
        ¿Qué había cambiado? El estado de ánimo, el pensamiento, el haber comprendido que hay menos peligro transitando por un sendero de la “selva” que cruzar una calle de la ciudad…
         Luego subimos nuevamente a los caballos, Marisa a la grupa del caballo del abuelo, Clarisa acompañándome a mí. Retomamos el sendero. Comenzamos el regreso.
         El temor había sido superado, la curiosidad nos embargaba.
        ¿Usted vio alguna vez volar a los picaflores? Quizás si de a uno ¿Y de a dos? ¿Diez? ¿Muchos a la vez? Si responde que si, coincidirá conmigo que  es una maravilla, si a eso le agrega que ve como corre un venado en su hábitat, ya son dos maravillas. Y si contempla como sube a un árbol un mono, más allá a una “bicha”, luego ve árboles que nunca había visto, enredaderas, orquídeas, pájaros de todas las formas y colores, por ejemplo garzas, loros, zorzales, cardenales,  además lagartos, osos hormigueros, carpinchos, nutrias, hasta un guará-guasú…interminable la lista.
         En medio de todo eso, Usted ¡Y nadie le cobra entrada! El sendero se amplía, se reduce, aquí se nota la tierra colorada, allá el verde es más verde, uno creía que los colores eran siete, mire, en la “selva”, son muchos más.
          Uno quiere que el sendero no termine nunca, pensamos completamente distinto, al revés,  del paseo de ida…

Gonzalo Carabajal-Buenos Aires, Argentina/Junio de 2013

El flaco para puta con sombrero

A sabiendas de la gorda,
el flaco salió por la noche
sacó el sombrero más grande
para esconderse como hombre

Dijo a su cuerpo hoy te toca
como todos mis amigos
parrandearé por la noche,
seré vida sin prejuicio

Y así salió el flaco
con pecho grande y sombrero,
comenzó en un bar su gira
pa´ jactarse con obreros

Una cerveza con caña
algo que envalentone,
el camarero accedió
se lo acercó en dos porrones

A la mitad de los vasos
se aburría francamente,
tomo rápido el resto
para callar y hacer frente

Voy donde haya mujeres
algo que deleite la vista,
la gorda sigue durmiendo
seré hombre, saldré a las pistas

Encontrando el agujero
de mujeres bien bonitas,
por un buen precio, te bailan
por uno malo, otras cositas

-Ven aquí tú, mulatita, arregla este desorden,
no tengo ganas de hablarte,
solo pretendo cariño
y algo para olvidarme

-Lo mismo me dicen todos
¿quiénes se creen que son?;
soy solo una buena puta
para problemas, busquen a dios

El flaquito sorprendido
se encogió en el sillón;
la gran puta, enfurecida
Bailó, bailó… bailó

Siguió danzando la chica
con su tristeza a cuestas,
por la cara de los tipos
no parecía una fiesta

Al retorno de aquel flaco
con el sombrero en la mano,
escondió esa vestimenta;
en otra lugar, la mulata/
            terminó temprano el día,
            mas no le cobró la cuenta.



Miriam Brandan-es argentina y reside en Estados Unidos/Junio de 2013




Mar de Olvido


Extraviada en un profundo mar de soledad…
no hago otra cosa que pensar en ti.
Es un mar sin senderos, mar de olvido,
es un mar envuelto en  sombras
el mar en el que me he perdido.
Ya no existe para mi el resplandor de las estrellas,
ni el calor del sol que en otros tiempos fuera mío,
amortajado en tristeza hoy esta mi corazón
susurrando tu nombre junto a un mar eternamente frio.
Y aunque no estés mas a mi lado, siempre estas aquí
sentado a la orilla de mis pensamientos,
agitando ilusiones y lanzando recuerdos
al estéril  mar de arena  que es mi boca sin tus besos.
Si la luz de tu mirada ya no brilla en mi horizonte,
 a ciegas vagare por siempre entre la niebla.
Me encuentro en un estado vecino a la locura…
mientras se hunde mi alma… en la oscuridad de tu ausencia.

Alba Bascou-Buenos Aires, Argentina/Junio de 2013



HUAHINE


            Cuando los hombres y mujeres vivían en comunidad pero había castas como hasta ahora –si bien cambiaron su nombre por el de elites-, en una distante isla del Océano Pacífico, reinaba Aponesio, descendiente de navegantes de míticas migraciones marinas.  Observaba preocupado el crecimiento de su única hija mujer,  porque no vislumbraba dentro de su isla, un joven que la igualara en belleza y conocimiento. Huahine, había cruzado –a pesar de los impedimentos- miradas con uno de sus vecinos próximos y sus gestos habían hablado lo que sus bocas no podían.
            Los legados de sus ancestros decían que sólo un padre podía elegirle compañero a las hijas. Huahiné respetaba a sus ancestros con los que convivía, porque todos ellos moraban bajo tierra a la entrada de la casa. Uno de sus ritos consistía en correr descalza cada mañana  hasta la gran casa y saludarlos, habiéndose antes colocado una rosa china roja detrás de su oreja. Después, y mientras desayunaba, viajaba con su imaginación, masticando las nueces y avellanas, por las aguas de colores del atolón. Otras, se echaba sobre la arena,  penetraba en esa especie de laguna, chapoteándola, hasta sumergirse como un pez disfrutando de los caballitos de mar, las estrellas y los corales, más algunas anguilas curiosas que le hacían rueda.
            Aponesio, el Gran Jefe, perdía noches de sueño y como hombre añoso y respetuoso de la palabra de su árbol genealógico, había descubierto cruces de ojos glamorosos entre su hija y Nui, un hombrón de la comunidad que hacía piruetas con su piragua o estampaba con henna figuras extrañas en los brazos de la gente. No tenía la altura típica ni el color de los ojos del lugar. Era más bien, alto y su mirada celeste. Y en las celebraciones,  su voz potente y canora sonaba en las waitas o cantos.
            Preocupado por su hallazgo, decidió conversar con  Huahiné en medio de sus revueltas ideas. Mientras tanto, cortó un árbol de pino de madera roja y comenzó a ahuecarlo sin descanso. Pasado un tiempo, y terminada la tarea, llamó a Huahiné, para que juntos conversaran junto al más antiguo Marae, lugar de sacrificios y oratorios al que sólo podían extender sus manos y tocar su piedra, los Jefes de las distintas tribus, para evitar la ira de los dioses. Apoyando su manaza  izquierda en la roca amarronada y caliente por la temperatura, le pidió obediencia a la que ella asintió deslizando sus largos dedos, en forma secreta, para pedir un deseo.
            De noche, su padre le ordenó que se introdujese en aquel tronco desvastado con amor, hueco, con forma de un cómodo lecho. Le alcanzó  bolsas de maíz tostado y frutas porque para agua tenía el océano. Antes de partir, tatuó en su brazo la flor de nácar para que otros conocieran su identidad, y en un segundo, echó el tronco llevando a su hija como en odre, dentro.
            Las noches y los oleajes adormecieron a Huahiné pero su llanto continuaba aún en sueños. En medio del mar, espiaba por unos orificios de la parte superior y veía a lo lejos piraguas y chalupas con dibujos de su lengua oral, que conocía. No sufría frío porque la temperatura no variaba con las estaciones, sólo temía el enojo de los dioses con la revuelta de las olas que a veces la golpeaban.
            Un amanecer despertó sacudida, y creyó ser empujada, conducida y la duda aceleró sus latidos hasta transformarse en sorpresa, asombro. Una voz, conocida, decía su nombre.
            Por horas, navegó sin saber su destino. Reconoció el cambio del piso flotante por otro más firme.
            Un ruido cada vez más cerca de su cabeza, le dijo que alguien serruchaba la madera y cantaba canciones de ceremonias mientras la liberaba de ese incómodo camastro, ya que por tantos días en la misma posición, había tomado la rigidez de la estatua.
            Era Tupai, quien la colocó sobre la arena y con su boca empezó a recorrerla llenándola de vida. Se desconoce cuánto tiempo frotó su carne con romero y menta y coronó de flores distintas, su cabeza. Le enseñó otra vez sus pasos, a caminar en la arena y zambullirse en el agua. Construyó una casa de madera sin ancestros a la vista, porque los tenía adentro, junto a su corazón, y un día después de muchas lunas, supieron que estaban prontos a ser padres. Nació una niña, Maupelia, y la placenta de Huahine fue enterrada en la tierra como símbolo de fertilidad. El viejo culto de enviársela al padre de la mujer, rito multiplicado a través de siglos, había sido cambiado. Y otras placentas continuaron poblando la tierra de esa isla.
            La gente del lugar observó primero con miedo la alteración del orden guardado por miles de centurias  pero se convencieron –abandonando los viejos mandatos culturales- que entre un hombre y una mujer que se aman no hay intermediarios.
            La noticia corrió por otras islas, y el Gran Jefe con estupor escuchó la nueva.
            Primero, entrelazó su cabeza en sus manos, como vencido pero el ruido de las olas lo despertó de su estado, y entonces una sonrisa apareció en su arrugada cara.
             Huahine y Tupai se habían rebelado y los dioses callaban en señal de complicidad. Una sola pregunta se incrustó en su mente. ¿No sería que los dioses formaban parte de la imaginación de los hombres?
             Arrugado y cansado, Aponesio, caminó hasta la tribu vecina. Se sentó frente a una choza de madera trenzada con mosquiteros colgantes, y aguardó que una mujer, prohibida por sus padres, anciana como él, emergiera de la casa.
            Fue un cruce de sonrisas, nada más pero el corazón de ambos trotó por sus cuerpos.

Juan Carlos Pellanda-Epílogo para la primera edicióndel poemario "De mi mayor estigma(si mal no me equivoco)" del escritor Rolando Revagliatti/Junio de 2013






Epílogo de Juan Carlos Pellanda para la primera edición del poemario “De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):” de Rolando Revagliatti (Libros del Empedrado, Buenos Aires, 1993), reproducido en la tercera edición electrónica –corregida- (Ediciones Recitador Argentino, Buenos Aires, 2006).






A modo de epílogo


por Juan Carlos Pellanda




¿Pertenecer (permanecer) al romanticismo es un estigma, con lo que ello involucra en plano místico, o evita ser lo que se dice de sí mismo? Pero ¿qué se entiende por ser romántico? Al margen del perimido movimiento hay, bajo esos términos, una manera de percibir y de trasuntar, que no desdeña ni el coloquialismo ni la pasión frente a los hechos. No únicamente en esto el romanticismo sigue tan vigente como en el siglo pasado.

representatividad: ¿no se observa al actor que imagina una pausa en la escena eterna?

El lenguaje celebra, como Nicolás Olivari o Girondo celebraran, con palabras que se mastican (contagio) o se duelen, las osamentas de una forma nuestra del subsistir (city, bienestar y cortesía). Se prueba en la ausencia de hermetismo (herencia y muerte) y en la implementación de recursos (“a mi más madre” como quien diría “a mi masmédula”).

digo de mí: entro en él. Advierto que me estoy rememorando o camuflando con palabras. ¿Es que se construye el poeta de otro modo? flor: ¿es un soneto trunco? ¿Por qué? ¿Para que lo complete el devenir o el otro escondido en cada uno?

para nombrar tus nombres: difícil. Después de... mi gauchito con rouge... ¿la enumeración de los machos que quisieron ser y no fueron —...machos, fachos o borrachos, que es casi lo mismo...— concluye con esa invocación a un padre aureolado por los héroes imaginarios como los eduardos y emilios arrancados del horror del citado devenir que todo entumece, aun las leyendas? Este padre... ¡cuánto pesa! ¡Aparece y desaparece constantemente! ¡Qué ganas de psicologizar! Pero soy sólo lector.

menú: ¿es un antipoema? La palabra invasora arrasa el sentido y lo somete al puro escarceo expresivo, procurando un significante inquieto.

El poema a Roberto Arlt (nombres en la noche) ¿es ilusorio? ¿busca ex-profeso la comparación subreal en un escritor tan nítido? ¿Qué ha visto, Rolando, desde esa plataforma mediúmnica, sino las alternativas de su nombre? ¿No se juega “con los deslindes”? ¿O es que no se debe jugar, sino repitiéndolos amorosamente, con los libros, con los árboles, con los hijos?

Especulares: “una mujer mira a una mujer que mira a otra mujer mirar a otra...” (reino animal): con la abrupta entrada de una estrella de cine, propone, de pronto: ¿es que, también a través de las aguas del cristal los mundos de la razón se tornan esa sin razón que, Goya entendía, engendran monstruos?

He aquí la escritura automática donde todo vale. Bretón afirma que ejerce una directa influencia sobre el actuar. Y que su riqueza depende del grado en que ésta exista ya en el interior del escritor. En Rolando el inconsciente vela la fortuna de un lenguaje a lo Góngora, con alianzas intrépidas y desfallecimientos, también. Pero éstos están teñidos, como en los cuadros de Delacroix, por un aire de cataclismo donde caballos agonizan entre las carnes de las favoritas. Todo es así. No hay austeridad pero ¿es esto un reproche? ¿Debe serlo? ¿Sólo habrá poesía cuando la palabra se transforme en sílaba?

“...el recuerdo de ese papá me puede...” Este ME me vuelve loco. ¿Quién, cómo era ese padre? ¿Por qué en este libro su impronta, dije, va y viene como la trayectoria de pájaros migrantes? No me conforma que, por un laberinto ignoto, llegue el hijo: “...¡no carne de mi no carne! ¡no letra de mi no letra!...” porque ¿desde dónde viene? Nunca lo sabré. Y el mismo Rolando se interpela. Resulta pavoroso que, a continuación, en septiembre asalte, otra vez, el padre, como única chance. Es que, como diría Yourcenar, no somos sino el paréntesis vivo de incontables muertes. ¡Qué bueno sería sumergirse en este material para desentrañar qué otro humano existe bajo la letra! Pero, claro, vuelvo a las preguntas: ¿es una gata (felino en el dormitorio) o será un tigre disimulado? No creo que, con menos fuerza, pueda ir y venir de los ensueños en una fiesta que me trae a Huidobro. ¿“me enfrento o me acoplo”, yo también (simetría) al... traidor de turno que traduzca (traduce) padre...? Lo estoy haciendo resultándome insoportable sostenerme en esta tensión.

Felizmente, un respiro: la tía negra. Parto en búsqueda..., alentado por la confesión “de humanitis, humanidad” con que se define hasta llegar al testamento de plebeyo. Riquísimo festín. Trozan y destrozan. ¿Por qué afirma su virilidad al ser “...dulce objeto de la vivaz parsimonia de una fellatio...”? En realidad él sabe que no es cierto, que todo vacila, aun en la más férrea de las decisiones. Y lo sabe bien. Tanto que en la saga de la novia, interpretándose por el tío que regala alcancías (el motivo me lo guardo) regresan las verdades hasta una confidencia: “...no sé a quién quiero más si a mi novia o a mi caballito de madera...”

Tropiezo con palabras en peligro de ahuecamiento (siendo y como sean). Dejo que se pierdan algunos autobuses —¿en qué libro no conviene hacerlo?— y me tomo el que me lleva hasta los cortísimos poemas. Desde familia a abstracto hay un desgranar de años. Algo ha pasado. Con el delicioso bucólica resucita el poeta. encierros se organiza con imágenes de acerada claridad. Recomienzo el camino de los “payasos paulatinos”, corcoveo, sobre escritura reducida a su esencia para acceder al arcano total: freud. Y aquí conviene detenerse. ¿Debe el lector seguir o inquirirse? ¿Convocar a sus propias sombras o conjurarlas? Debe perseverar y... seguir, porque hay un premio: un actor se prepara, donde el ritmo enunciativo parece preñar un final de efectividad extraordinaria.

Luego otro libro. Una crónica histórica articulada en dos por cuatro o en seis por ocho, no importa, porque lo que acontece sí que importa. ¡Cómo parlotean, desde tanta niebla, los fantasmas! La crueldad del tiempo los ha reunido en la procesadora de la memoria. Se diluyen en un sueño del cual se arrepintieron de partir. Advienen aforismos bajo las alas del pájaro al trino. Y con un perfume a Nicolás Guillén (“¿es teresita secundina purificación como el puerto rico de los estados unidos de su mamá?”) nos regodeamos en las formas de Octavio Paz que Rolando gusta describir: la gatidez de los gatos, el descaminamiento del camino o el apiear del pie. Así, interceptando con lupa aun los más remotos corcovos de la retentiva, arribo al tramo 8 de largo de aquí largo de aquí, absolutamente logrado... salvo el final. Pareciera en éste, como en otros casos, que el autor temiera a la seriedad y que a todo quisiera propinarle un brochazo de ironía. Malgré lui, el texto se resiste y planta los brochazos afuera, convirtiéndose en independiente.

Me sondeo: ¿el poder del cine está en ser recuerdo? Porque Rolando va y viene (¡más “vayvienes”!) por actores, películas, momentos, títulos que, recién ahora avizoro que integra mi experiencia tanto como la vida o su extinción de familiares queridos. Releo y me parece atisbar, digo, a lo mejor, que ése es el hilo del laberinto, la mano del Dante. Si le concedemos a esos nombres el poder de exorcizar, veremos. Digo, dentro de la luz negra de quien reside “...en la ternura de la inalterable gelsomina...” o en “¿cómo me traduzco que incide en mí que hoy haya muerto bette davis?”

Huyendo de lúdicos avatares la poesía calza mariposas: “...el ocio es amor o nada es otra cosa que no ocio...”. Llegamos, ya llegamos al final.

Desde esas letanías que en hijos para (no) sacarle el cuerpo a la muerte (en las que destierro de inmediato ese “(no)” y supero el rítmico batir de palmas con que incita a acompañarse aleaciones) todo empieza a ordenarse en los afirmativos y negativos enunciados de un manifiesto personal. a preguntarse llaman retoma la tradición de la escuela “beat”. Como si Ginsberg pispeara tras una cortina, el clima de excitación se introduce tanto que pareciera ya haber acontecido en otra parte. Me reprocho: estás buscando excusas. Es que, la verdad, te hubiera gustado escribirlo a ti. a preguntarse llaman trasciende las líneas o los límites de la página. Las voces, el coro, recitan cada verso por separado. Yo, nosotros, somos auditorio. Luz cenital. Cámara negra. Guantes, máscaras, un saxofón ronco. Y el ritmo, el ritmo, el ritmo nos embriaga hasta que una voz, una voz de solo murmura:

          “...al que le caiga le caiga
             al que le quepa le quepa
             el sayo

             el sayo te va o elige tú el sayo que te va/ya...”

Nada más. En fin. Al menos no podrán decir: a este libro ni lo ha leído.