martes, 23 de julio de 2013

Ángel Catalano-Buenos Aires, Argentina/Julio de 2013


MI PEQUEÑA GOTITA DE ROCÍO

Mi pequeña gotita de rocío
Que llegaste porque sí, sin darnos cuenta,
Esa novia pequeñita y perfumada
La que tanto soñé en mi adolescencia.

En los cuencos de mis manos te abrigaste,
Frágil dueña de un idioma delicioso,
De ternuras  de paciencias y de abrazos
En un juego sutil y silencioso.

Mi pequeña mariposa iluminada
Que creciste sin querer, sin darte  cuenta,
En aquellos jardines de la espera
Al compás que la brisa murmuraba,
Y cumpliste los sueños que guardabas
En tu limpia y feliz adolescencia.

Nos bebimos la miel en cada beso
Y era un rezo singular cada palabra,
Tú soñabas con capullos y misterios,
Yo con rosas y pichones para el alma.

Si tuviera la varita de los magos
Y pudiera señalarte los caminos
Que hasta un bosque encantado te llevara
Sentiría haber cumplido mi destino...

Cecilia Collazo-La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Julio de 2013




Dejá de ser mi sombra

  Camina por la calle apesadumbrado, cabeza gacha, los ojos tristes, vestido
de marrón. Cada día emprende su ruta de igual manera. Como la marmota,
cumple con lo establecido, trabaja, ingresa los datos en la máquina, y se retira pasadas las ocho horas.
   Nada cambia, todo está quieto como siempre. No tiene amigos, no conoce mujer, no habla con sus compañeros.
   Camina por la calle, siente la presencia de alguien que lo sigue, se da vuelta, no hay nadie.
   Llega a su computadora, ingresa mil datos en la mañana y continúa por la tarde.
   Regresando a su casa, algo o alguien lo toma por detrás, lo empuja por los hombros, cae a la vereda despareja, se lastima la cara y las manos. Se incorpora, se para trastabillando. Mira a su alrededor. No hay ninguna persona en esa cuadra, ni en la de enfrente. Se dice: ¿Quién habrá sido? Se responde: no hay nadie.
   Al día siguiente, en el horario exacto sale nuevamente, camina unos pasos, escucha otros, da vuelta su cuerpo de manera otra vez abrupta. Lo único que logra ver, es una sombra en la pared. Es extraña. La mira con miedo, trata de identificarla, no la reconoce.
   Escucha un silbido, no sabe de donde proviene. Ese sonido lo acompaña en todo el día y el siguiente también.
  
    Durante un tiempo va a trabajar, en la calle no hay nadie, ninguna persona, tampoco la sombra.
    La ausencia de la misma la hace aún más presente. Pasan las horas y cree que aparecerá en cualquier momento, como si lo acechara. El silbido continúa en sus oídos, nadie que lo emane. Sabe que está sólo en su cabeza.
   Sale de trabajar, piensa que alguno de sus compañeros puede seguirlo, que lo quiere asustar. Se dice a sí mismo: “Debe ser Raúl que me mira raro desde que entré a la oficina. No porque la sombra es más alta que él”. Se convence que no es.
   Un nuevo día, sale de su casa, aún es de noche, temprano más temprano que de costumbre, camina lento como para dar lugar a que lo sigan. Escucha un silbido, está vez cree que es de un hombre, no se da vuelta para que no se espante. Mira de soslayo hacia la derecha, sobre las casas. Una sombra se le aparece por el rabillo del ojo, es de su estatura. Se le parece. Camina firme, con paso seguro, no está soñando.
   Es como si él la siguiera a ella. Ésta camina diez pasos más, y lo espera hasta que la alcance.
   Ella se da vuelta de golpe, lo cubre desde los pies a la cabeza y le dice con voz muy gruesa: “Dejá de seguirme. Dejá de ser mi sombra”.
   Era la sombra de su propia sombra.
  

Mauricio D'Amico-Olavarría, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Julio de 2013

EL PICAPEDRERO



Don Pedro Kessler seleccionó y esculpió piedras amigables durante más de sesenta años; así nace su manera de contar historias...
Ellas claman ser hijas de cerros que fueron devastados y despojados de sus cortezas para dejarse ver; son nidos ausentes de cóndores ausentes que, aún así, desde la altura ancestral de los cielos dejan escuchar sus silbidos, y a veces nos sugieren alguna pluma que acusa desde su lugar en lejanía; también son arcillas sedimentadas - y multicolores- dejándose ver, pero están cansadas de tantos viajes geológicos de la Madre tierra”. Esos que estuvieron allí dicen que es la boca de un volcán aparente que se muestra al desnudo y nos pregunta “¿Con qué repararán este vacío?”.
En este paisaje trastocado de lajas y cerámicos que muestran un resplandor muchas veces distante, Don Pedro sabe que su misión es el pan que lleva a la mesa y allí se come. Un oficio que  Pedro descubre y embellece en cada golpe de masa y cortafierro. Es la vida de un picapedrero que nos relata un camino de firmezas, las cuales tendremos que descubrir como tales; también habrá que transitar los pasos con nuestras propias huellas para que esta historia siga viva y todos nosotros tengamos nuestro regocijo de memoria y camino labrado.

Claudia Díaz-Buenos Aires, Argentina/Julio de 2013

                              Son tus delicadas manos




Son tus delicadas manos...
las que no ofrecen violencia...
¡son esas maravillas!...que te dio...la naturaleza.
Son tus delicadas manos...
¡las que a veces me peinan!...
¡y no necesito más decirte!...
porque tu sabes también...
como actúas... ante mí.
Son tus delicadas manos...
¡Manos de bien!...y no del mal...
¡Porque no necesito decirte!...
¡como tú las mantienes!... sobre mí...
como protección... con caballerosidad...
Son tus delicadas manos...
¡pero no por tu suavidad!...
¡porque expresas!... seguridad... también... ante los demás.
Son tus delicadas manos...
las que mi mente guarda...
¡ante situaciones!... ¡que me dejan!... casi... sin oxígeno...
cuando la angustia me devora.
Entonces recuerdo tus manos... ¡cálidas!... amorosas...
¡y no!... espantosas...
¡Y donde recurro con mi mente!... para no pensar... en nada...
que me haga mal...
al contrario... ¡me regocijo en tus manos!...
Manos leales... manos simples... ¡manos!... sin manchas de sangre.
¡si!... ¡son ellas!... ¡ellas que vivieron para mi!...
pero...
¡yo no supe cuidarlas!... ¡y ahora!.. vivo el tormento...
¡de otras manos fundidas en mi piel!... en mis poros... en mi mente...
¡pero consigo el refugio del ayer!...
del ayer... que fue nuestro... ¡y yo!... mujer... no supe valorar...
esas manos tan presentes... con futuro...
¡y porque no llevármelas conmigo!...
en el último tramo de mi vida

Juan Disante-Buenos Aires, Argentina/Julio de 2013

Mi toro negro


con cuanto susurro me abandono
destejiendo mi toro a toro por si cuenta
si voy a perseguir sus pasos y su gruño
sin olvidar su apariencia
tan presente su espuma de nervios
y el toro que me abruma y me retiene
si voy a recuperarlo por los bordes
no olvidaré su intolerancia
su desatada vanidad por la tierra
si recorriera el negro pelaje de su tino
el franco mirar de su negrura
su negra epidermis negra negra
iré al desecho con el toro que me abraza
a Hernández mi Miguel que me contenga
a los cuernos de mi toro
su última topada su hierro
toro vil que tanto quiero
espero que tu cornada final sea tan cruel y presta
que me halle
que me postergue
en un arenal sin vueltas 
 



Mi homenaje a Carlos de la Púa nacido en La Plata el 10 de enero de 1898 y fallecido en Buenos Aires en mayo de 1955.
Juan Disante

PIANTÁTE

Quien no esté viviendo los balurdos constipados de este Buenos Aires, no puede saber donde están las tres musas del bardeo.
En este imperio de chambones de todo tipo, donde cualquier tuerto es rey, la lucha la emprenden con requechos de verseríos rosqueros y mucho batifondo para engrupir,
y después intentan rajarse de la canusa entreverada de sus rechifles.
Quieren bagayear todas las buenas maneras de bancarnos.
Todos los puntos andan enculados y el cabroneo se instaló en la aldea,
las minas se empilchan y te dejan amurado en la vía, 
los gorutas apiolados relojean de costado al prójimo, viendo en cada cusifai a un gil a cuadro.
Los enchufados se quedaron sin enchufe
y los ranfañosos de la papa no la reparten más.
La trenza y el bagayeo.
el diego y el biyuyeo.
A los consagrados nadie los campanea ni le pasan bola,
al iniciado que sale entalcado a la calle, lo embrocan como a enyetado.
El apurado por la ranchada, se estrella como matungo empastado,
los guevones del humo se cascotean y los embanderados se amanceban con el escabio.
Los pungas se embolsan el paco y se hacen el chancho rengo,
el gordo sigue persiguiendo la mosqueta y el flaco se jabonea de los ortibas.
¿Querés que te diga Muñoz?
Si la matufia te melonea, abríte de gambas. La fulería nos abrochó.
Ché malevo, volvéte a La Plata, que acá la cosa se pone fulera,
te bato que nadie garpa ni un feca y el marroco viene duro.
Yo acá, voy a ver si engancho a algún embrollón para gatillarle cinco sonetos en la cabeza.
A vos, te aconsejo no seguir engrampado en este piantado conventillerío de garroneo y competencia,
revirado con espiches de alcauciles y relojeos sobradores.
Cazá la primer carrindanga y rajáte a tu pueblito donde el brote del chamuyo fino  esté asomando 
y no te saquen carpiendo.
Rechifláte malevo,  
batile a la zurda del cuore 
allá, donde un “¡Buendía!” es un buen día, macheteate un poema para la noche del fogón.
Y olvidate de los olfas trompudos de esta reina platuda.
Plantá con el changüí aspamentoso de la fugazzeta.
Dejá, en esta bolada, que el gilerío bronquée hasta el caracú
y vamos a palpitar de vuelta con la barra de la esquina
cuando mi turbia osamenta zafe del engriyado de la gayola.



Lilia Elena Durand-Buenos Aires, Argentina/Julio de 2013

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            Si algo tiene el otoño, es su capacidad para despertar mis ganas de caminar las calles del barrio, entre susurros de lapachos y enamoradas del muro, que van desprendiéndose de sus doradas hojas, mientras el viento de la mañana las arrincona en grises amarronado.         
            Camino  Ricardo Gutiérrez hacia la Avda. Maipú para tomar el 60 que me lleva hasta la Facultad. Me detiene  la mirada triste de un cachorro, acurrucado a la vera de un zaguán, esperando la dudosa acogida de algún transeúnte condolido.
          Sin darme cuenta, llego a la avenida. Veo aparecer  el colectivo.  Me pongo en  fila y aguardo la subida de los pasajeros que me preceden. Ya casi no hay espacio, me apoyo en el estribo.
          El chofer está impaciente -viene con atraso-. Sin mirar la puerta de ascenso, arranca. Mis manos buscan donde sujetarse. Dos brazos se estiran en vano para sostenerme. Caigo.
          Un chirrido de frenos y el mundo enmudece
        
          Estoy en un túnel oscuro. Tengo miedo. Mi voz aborta en la garganta. Oigo murmullos indefinidos. Algo roza mi rostro, envuelve mi pelo. El terror me domina. Cientos de patas electrizadas caminan mis piernas, son púas que clavan mi carne. Percibo sonidos metálicos, sombras que deambulan. Quiero gritarles ¡aquí estoy!, ¡ayúdenme!
           El cansancio me vence. Me entrego.

            Los pies le duelen. Los mira, descalzos, encallecidos de empedrados y huidas.      .         
            El acoso comienza.
            Vamos, corre, corre, niña de los pies descalzos. Las piernas embarradas hasta las rodillas se doblan.
          Cae.
        
            El agobio y el frío le brotan en lágrimas de impotencia y dolor.
           Se levanta.
          La implacable persecución continúa. Escucha el jadeante trotar de la jauría, cada vez más cerca, hambrienta, desbocada de instinto.
              
            Desde un espejo frontal, junto a mi cara, una voz me reclama ¡Niña, despierte! Un rayo de luz penetra mi conciencia. Abro los ojos, entreveo guardapolvos blancos. Miro arriba, a los lados. Veo aparatos. Mis ojos interrogan, temerosos. Una voz murmura,    no tema,  la dejaremos cuarenta y ocho horas en observación. Es sólo una pequeña fractura en la muñeca, un esguince del tobillo izquierdo y una herida cortante en el cráneo. Me llevan a una sala compartida. Tres camas. Dos señoras mayores rodeadas de familiares.
            Viene la enfermera. Me da un calmante y aconseja que duerma un rato. Miro el techo. Una arañita teje. Cierro los ojos.

          Siente esos cuerpos refregándose en el suyo, el jadeo animal martillando sus oídos. Se desgarra en jirones de inocencia mancillada.
           Se levanta.
           Cae.
           Una y otra vez 
           Vuelca su asco transformado en vómito, y el vómito fundiéndose en el barro y el barro cubriéndola, cubriéndola… cubriéndola…

          Despierta.
           Sus manos aprietan los bordes de la sábana. Dos lágrimas escapan, mirada adentro. Siente náuseas.
            Estuviste haciendo arcadas toda la noche, comenta una de  las señoras. Es la anestesia, acota la otra.

           Estoy sentada en un banco de madera en los jardines del Hospital Francés. Mi cabeza cubierta con un turbante blanco, mi brazo izquierdo enyesado desde el codo a la muñeca.
            Se acerca una enfermera. Me mira. No me reconoce. Yo sí.
Ya nada importa. Ni siquiera sé si pasó.

Me pregunto si el cachorro habrá encontrado dueño.



                                                                             

Josefina Fidalgo-Buenos Aires, Argentina/Julio de 2013

Sincronía

Arde el acorde quebrado de locura
Sin deducir la orilla
              del vértice apenumbrado.
Misterio  de los cuerpos
              en la confianza de la piel.

Respiran el frenesí
              del climax acompasado.
Comulga  la  osadía  complacida
              el silencio  y  los ojos entornados

El   último  giro
               La última pausa
                               El último roce