domingo, 15 de diciembre de 2013

Sol Baral-Provincia de Mendoza, Argentina/Diciembre de 2013



ATRAPADA

Sonaba un tema de Catupecu Machu en la radio, una gata tricolor dormitaba en la silla que estaba junto a la mesa. La joven dejó de mirar la computadora para chequear el celular. No había novedades: una amiga estaba con el novio;  otra, embarazada y en pareja; otra, momentáneamente soltera, ya le había confirmado que se quedaría corrigiendo exámenes de alumnos y, la más divertida, aquella que nunca fallaba para salir un sábado a la noche, justo se había ido al encuentro de mujeres contra la violencia de género. En tanto, el programa más alentador para combatir la soledad un fin de semana largo, era ir a almorzar el domingo al mediodía a la casa de su madre.
Sin dejarse asediar por el mal humor, caminó cantando hasta la cocina.  Mientras sacaba unas zanahorias de la heladera, sintió que la puerta que se encontraba justo detrás de ella, se cerraba estrepitosamente por la fuerza del viento.
Algo en su cuerpo se turbó, arrojó la bolsa con tubérculos en la pileta, se dio vuelta y manipuló la manija. Fue inútil, la puerta yacía en actitud hermética confirmando que la situación era problemática: estaba encerrada en la cocina. 
La llave del departamento había quedado puesta y trabada, sufría de pánico a ser atacada por algún psicópata. La radio estaba prendida a un volumen imposible de escuchar voces , y el teléfono y la PC, en vano del otro lado de su realidad. La gata, inepta para resolver cualquier percance humano, maullaba detrás del obstáculo de madera maciza. 
Casi sin pensar, arrebató la lata donde guardaba las pocas "herramientas" que sabía usar: algunas llaves viejas,  un martillo, varios clavos, cinta adhesiva y un par de picaportes de váyase a saber dónde. Trató de mover el pestillo y terminó empeorándolo todo. Ahora estaba sin  manija y sin destornillador, atrapada en su propia casa.
Reconoció en ese cúmulo de sensaciones que se fundían en su estómago, un registro de algo vivido.
Hizo un recorrido con sus ojos sobre el ambiente y se percató de que tenía acceso al lavadero, en el cual había una ventana que daba al baño.
La abertura se dividía en dos, era de un vidrio muy sólido y se abría hasta un poco más de la mitad de su diámetro total. 
Para acceder hasta la parte superior, por la cual podría pasar mejor por cuestiones de tamaño, debía subirse a una pileta y luego para darse envión, apoyar un pie en la baranda, que daba al precipicio del noveno piso. Probó hacerlo dos veces pero si bien pasaba el torso hasta la cintura, se complicaba atravesar la cadera y el resto del cuerpo. Lo más apropiado sería arrojarse de cabeza y aterrizar con los dientes en la bañera que se encontraba a unos cuantos metros.
Desechó la idea y pensó  que seguramente su madre, al notar la  ausencia en el almuerzo el domingo, la llamaría y al ver que no le respondía durante todo el día, vendría a buscarla. 
De todos modos, no era muy tranquilizador estar hasta el domingo a la noche allí: hacer todas las necesidades humanas ahí mismo, permanecer confinada sin cigarrillos, sin nada para leer, sin calma para dormir...
Se reclinó y apoyó los codos sobre el borde de la pared del lavadero, observó la canchita de fútbol que había abajo y entonces advirtió que se trataba de un partido importante.
En la tribuna los espectadores ovacionaban pasionalmente a los jugadores. En la punta de la segunda fila había un hombre distinto. Era pelado al ras y muy fornido, alto y robusto. El típico perfil de "patovica".
Cuando la muchacha lo divisó, su rostro cambió de expresión y sus manos expulsaron un temblor que antes había recorrido todo su cuerpo.
Volvió a sentir aquella asquerosa masa de carne que la aplastaba y le tapaba la boca. Le dolieron las muñecas como si todavía las estuviera sujetando aquella bestia. 
A pesar de haber pasado tanto tiempo de cuando tenía dieciocho años, ahí encerrada en la cocina el tiempo era indiferente.
Pudo volver a través de ese hombre que se parecía tanto a quien la había apresado, a la escalofriante escena y padecer ese dolor tan cercano al desgarro. 
Pero esta vez algo había cambiado. 
Intuyó que el recuerdo que había salido a la luz después de haber sido "atrapado" por su inconsciente, ahora la hacía más fuerte.
Miró el cielo, dijo una oración en un lenguaje desconocido para este narrador, y trazó con sus dedos en el aire, unos símbolos delante de su propio rostro. Al término de una respiración tan profunda como aquella herida, se animó y volvió a intentarlo.
Mientras se trepaba era una mujer "normal", pero cuando al fin llegó a la ventana se convirtió en un ser elástico e invertebrado, que si se lo proponía era capaz de combatir  al enemigo más salvaje.  
Saltó a la bañadera, abrió la puerta del baño para salir al living y encontró a la gata que, sentada como una estatua, irradiaba  luz.  

Gladis Ataide-Río Cuarto, Provincia de Córdoba/Diciembre de 2013




INMOVILIDAD AZULOSA
                             
                               “El silencio se propaga,
                                 el silencio es fuego”
                                            Alejandra Pizarnik

   He llegado con mi fardo de dudas hasta la casa cerrada  bajo el rumor atareado de la lluvia. Su silencio ha quebrado mis defensas. Me escupe salivazos amargos.
    Me siento derrotada en el umbral de la puerta. No tuve armario donde guardar los recuerdos. Sólo quedaron los olores. Bebo con fruición el aroma de la madreselva abrazada a la reja, el almizclado del jazmín del cabo y el bálsamo de las amapolas. Los aromas me hablan. Son olores que acunan el segundero cuando se queda sin tiempo.
    La vida pasó tejiendo lienzos entre sones de violines y torrentes de sombras. El silencio se adueña de las sombras. Sombras que hablan refugiadas detrás de las cortinas.
    No encuentro la llave; es mi oscuro talismán. Mis manos tiemblan impotentes, vacías, escarchadas…
    La puerta me detiene entre espejos trizados y ramitos de espliego. Es como una lápida que ensordece los sonidos y no deja más que grises. A veces un gajo de luna en las noches de dolor. Pétalos de rosas guardados en un baúl olvidado. No logro juntar las cenizas de los sueños y de las huellas que quedaron en mi tierra arrasada por el olvido. En esa inmovilidad azulosa, de espaldas a mi casa rosada, intento irme. Mi corazón, un mar revuelto, un sol frío. Los pies se me pegan al piso. Siento moretones en el alma. Busco el paisaje de las últimas horas…tú…ellos…Algo me mantiene detenida en el tiempo…el espejo sólo refleja la imagen del momento. Temo ser Lot en el desierto de recuerdos inasibles. Quisiera ser Tsuru, la mujer grulla volando como una sábana sacudida por el viento.
   
 Perlas calientes lavan mi rostro. Me voy con mi esqueleto a cuestas machacando ausencias como sal en el almírez

                               

Julio Arellano Torres-Chile/Diciembre de 2013

EL SERENO (Oficios)


Tres golpes con su larga vara, anunciaba el pregón: “Ave maría purísima, las tres han dado y nublado”.
     La paz colonial de Santiago era turbada a cada hora con su anuncio horario y meteorológico.      
El sereno, con su mano izquierda sostenía el farol, con el cual alumbraba su paso, luz que se perdió en la nebulosa de nuestra historia. Eran los tiempos de la colonia y la capital marchaba a su ritmo. Las mujeres vestían elegantes trajes confeccionados con finas telas importadas de Francia. Los hombres de chaqué y sombreros de copa, luciendo en su chaleco reloj con leontina de oro.
      La modernidad llegó para sepultar la figura legendaria de nuestros antepasados. El pregón fue sustituido, primero por los relojes de bolsillo, después por los de pulsera y finalmente por los de cuarzo. En el presente, los teléfonos celulares son también relojes y, la televisión, nos da el informe meteorológico, sin los recordados tres golpes de nuestro personaje.
Es así como puedo evocar al sereno de épocas pasadas, con su carga melancólica que recuerda a todas las generaciones que nos antecedieron.  (Grupo Literario LiteRatis)                        

Amelia Arellano/Diciembre de 2013



Amelia Arellano comenta “Revagliatti – Antología Poética” con selección y prólogo de Eduardo Dalter.

     Rolando: He leído con apasionamiento tu libro. Aun con sorpresa. Encontrar en un pasillo virtual a alguien y que te envíe un libro. Me remite, desde algún lugar al Chiquito Escudero, por la trasgresión a las formas y a las reglas gramaticales, sintaxis, etc.
      He leído tu poesía, que por momentos parece una cuerda, que se tensa, que se afloja, que amenaza con romper la realidad pero vuelve, transformada. Una poesía -como bien dice Eduardo Dalter- que termina derivando en el sainete, que recorre intrincados recodos, para encontrarse con brutales paradojas. Paradojas en donde el fondo es figura y la figura, fondo. Una poesía que toca nuestras obsesiones de un modo casi alarmante y que nos hace volver sobre el poema una y otra vez. Una poesía en donde los polos parecen tocarse, se sacan chispas, se dan estocadas, se indagan...,se baten en un duelo interminable, como interminable es el goce y el movimiento. Una poesía que te golpea como una piña del Mono Gatica. Que te golpea, te fisura pero a la vez te acaricia con una sensualidad que te resbala por la piel. Una poesía que te duele y que te conmueve, parecido a lo que se siente cuando se escucha el himno o un tango en otro país. En fin, una poesía para hedonistas, para mazocas y para locos...como yo.


 Diciembre 2009

Trinidad Aparicio-España/Diciembre de 2013


Vida activa
Nací el día 08 de enero de 1928.
Mi nombre es  Trinidad pero todos me dicen Trini; salvo una persona amiga que cariñosamente me dice “Duquesa.”
            Tenía yo, ocho años,  edad suficiente para recordar  cuando  el nefasto año 1936, nos trajo la guerra civil española,
Recuerdo que en el año 1937, huyendo de los bombardeos que ya sufría Barcelona, nos refugiamos en Chella, pueblo de la provincia de Valencia, cuna de mis padres y abuelos. Por suerte allí, no pasamos hambre ni tuvimos que correr a los refugios. Incluso arriesgo a decir que los niños libres de asistir al “cole” por falta de maestro, éramos felices correteando por los olivares y cruzando el río Sellen saltando de piedra en piedra. La guerra la sufrían nuestros mayores.

Pasó el tiempo y llegó la cartilla de racionamiento. Con la escasez de alimentos nació el estraperlo. Tampoco fue ese un tiempo fácil de vivir. Se decía de la Argentina que  era un país de vacas “gordas.” Quemamos las naves  y a bordo del transatlántico Augustos, a probar suerte hacia allí nos dirigimos. Pronto comprendimos lo cierto que es aquello que dice: “No todo lo que reluce es oro.” Pero permanecimos allí durante 45 años. Tan mal no nos fue.
 Me gusta escribir. Creo que escribir es un muy buen ejercicio para mantener la mente activa.
 En Buenos Aires, participé en la revista digital Literarte. Me di cuenta de que, sin excepción todos los relatos que escribía  eran   un canto de añoranza a mis años pasados en Chella. Recordé a Carlos Gardel y me dio por pensar: “¿No tendrá mi alma algo de gorrión sentimental? Cierto día, descubrí con asombro que entre los comentarios hechos a mi relato “Macondo vs Chella”  se encontraba el comentario de un señor desconocido. Decía ser historiador y filólogo valenciano nacido en Chella, solicitaba mi permiso para publicar el relato en la página web de su pueblo; insinuando  o más bien alentándome a seguir mandándole más relatos de ese género.
 Accedí, y desde entonces participo también escribiendo recuerdos  y anécdotas   en la página web de Chella
Soy emigrante e inmigrante; el día 12 de abril de 2.002 crucé  “volando” el Océano Atlántico. Dejé con algo de añoranza   “mis viejas naves” en Buenos Aires.
 Amo mi ciudad, cumplo con toda disposición Municipal que está a mi alcance. Me siento orgullosa cuándo escucho decir que Barcelona es una de las ciudades más bellas de Europa.
No practico deportes ni voy  al gimnasio. Las tareas del hogar y el ir de mercado a supermercado me  mantienen activa. Los magros ingresos, no dan para cines ni restaurantes; menos para vacaciones fuera de mi ciudad. Hay que hacer malabares para  llegar a fin de mes. La lectura, y el ordenador son ahora mi pasatiempo preferido. Atrás quedaron los lejanos tiempos de sardanas y pasodobles; si a 2.013 le restas 1928 el resultado dará 85. Tan sólo una cifra, pero… 85 años, significa haber vivido un largo sueño.   Trinidad.        18/10/2.013. Barcelona.

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Jacinto Amado-Argentina/Diciembre de 2013



Ceguera

genuinas lagrimas
recorren mis mejillas

honda huella 
surco de mi cara

aviva esta llama
en carne viva

que se apaga
                    o
 no seras nada


ni fuego 
ni mirada

Agustín Alfonso Rojas-Chile/Diciembre de 2013



UNA PÁGINA DE MI DIARIO DE VIDA


¿Nace el hombre para sufrir? ¿Maneja el destino su vida? ¿Puede el hombre cambiar su sino? ¡Eh ahí! Tres incógnitas del homo sapiens.
Querido diario: Una vez más deposito mi corazón en tus blancas páginas. Sé que guardarás mis sentimientos de hombre ya maduro que sufre por un amor imposible. Eres silencioso, recatado, leal, confío en ti…
Es una tarde de mayo, tenues rayos de sol profanan el cúmulo de blancas nubes galopantes en el  cielo viñamarino, impulsadas por el viento del norte.
Subo el cuello de mi gabán para proteger mis orejas. De pronto la veo. Es ella la que he soñado tantos años: hermosa, de finas líneas. Salta de gozo mi corazón, mis manos tiemblan, se humedecen, las pupilas se dilatan, el mundo se detiene…
Desde entonces sólo vivo para ella. La amo cada vez más. La deseo, quiero apretarla entre mis piernas, poseerla, poseerla. ¡Viajar!, viajar mucho, descubrir otras civilizaciones, otras costumbres, otros países…, con ella…
            Pero la vida es imposible; soy casado, tengo hijos. Amo a mi mujer. Sin embargo, ella penetra en mi vida cada vez más. Me imagino que voy por la ciudad de Londres en los instantes que una espesa niebla mana del Támesis y se arrastra por sus calles donde las personas parecen fantasmas recortados. Por las noches, durmiendo junto a mi esposa lloro en silencio mojando la almohada. Un día me dijo: -Alfonso, sentí que anoche sollozabas, debí cambiar la almohada, estaba humedecida. - Fue una pesadilla, soñé que morías. La soledad comprimía mi pecho, por eso lloraba. Mentí sin compasión. Es ella, que se adueña de mi vida, me persigue en el sueño, en la vigilia, en el trabajo, donde quiera que vaya…
¿Qué puedo hacer, amigo mío, para estar con ella y saciar este deseo que me consume?
Con Alicia, mi esposa, poseemos un departamento que rentamos. Ese ingreso aumenta el sueldo de jubilado permitiéndonos solventar los gastos dejando un pequeño remanente. He decidido venderlo, quiero irme definitivamente con ella, vivir con ella, ser parte de ella. Este amor, esta atracción es tan fuerte, que creo morir si no me pertenece.
Se lo planteo a mi mujer.
-¡Estás loco! Enamorado a los 73 años ¿no te da vergüenza? ¿Qué dirán tus hijos, tus nietos, tus amigos? - ¡Me importa un rábano! - Respondí. Me encerré en mi pieza como niño mal criado. A las dos horas Alicia golpea la puerta: -Alfonso, abre, quiero hablar contigo…- se sentó a mi lado. - Mira, tenemos 50 años de matrimonio. He perdonado otras fechorías que has cometido pero, ésta se pasa de la raya. Hablé con los hijos, manifiestan que eres un torpe, que ella te va a matar pero...! Te dejaremos con tu capricho! Esta bien, sabes que te amo, vende el departamento, vete con ella, recorre el mundo como dices, sé feliz… - salió del dormitorio.
Tomé la escritura de la propiedad, llegué a la notaria, el notario es mi amigo, le ofrecí el departamento, aceptó. - Vuelve mañana, tendré la documentación redactada. Podrás cobrar el cheque pasado mañana…- Fui donde ella: - Querida, todo resuelto. Saldremos de viaje el próximo sábado. Volví a mi casa, arreglé la maleta, dejé todo listo para abandonar el hogar.
Dispuesto a firmar la compraventa llegué puntual a la notaría. Tomé el lápiz para firmar pero, una extraña fuerza detuvo mi mano. A mi memoria volvieron las palabras de Alicia: “50 años de matrimonio, te he perdonado otras fechorías, pero te amo. Ve, sé feliz…”. Reflexioné un instante. ¿Puedo fallarle así a esta mujer, a la madre de mis hijos? Dejé el lápiz sobre los documentos, y salí. Ya en la calle me dije: Sencillamente ¡no compro esta motocicleta! 

(Eco Taller Literario)