miércoles, 20 de marzo de 2019

Matías Canga/Marzo de 2019


Meterme en tu sueño
Tentarte en los hechos
Merezco ser dueño
Se llama cohecho

Comer son los besos
Stress press the pechos
¿Querés? yo te quiero

Abrazar hace frio
Acercar hace miedo
Alentar vas viniendo
¡A jugar! Somos niños

Ulular de a gemidos
Te nombro infinito
Del amor, pues, lo solido
Del morbo lo sórdido
De mí mismo sos el otro

Aspiro ser tu prójimo
Tus próximos saltos líquidos

Me mantenés tan tranquillo
Nos dedicamos esfuerzos

Ese empujar al adentro
Esa génesis del delirio

Digamos adiós a los cuerdos
Loca, te como a mordiscos
Te ataco al cuello

Yo soy tu vampiro
La sangre, tu cuello

Me pienso inmerso
Intelectuales los chirlos

Abarcamos universo
El contacto, el ensueño
Los mensajes ELÉCTRICOS

La exclusividad de los mitos
Todos los suspiros
En realidad el sueño

Nos tenemos y listo

Miriam Brandan-Estados Unidos/Marzo de 2019


SÍLFIDE

Ella camina sigilosa por el bosque,
sus pies descalzos, casi flotan en la grama,
y se desliza suavemente entre las ramas retorcidas
que aunque quisieran, no tocarían su cara.
Plateados rayos de luna juguetean
entre los pliegues de seda de su falda,
y sus cabellos renegridos, como hilos de la noche,
en vano tratan de ocultar su esbelta espalda.

Sus tibias manos acarician las retamas,
los aguijones de las zarzas, no la dañan,
y al suave toque de sus dedos, florecen rojos los enebros
y el bosque entero cae rendido a sus plantas.

Cuando anochece y el sol huye, no sé a dónde,
por la ventana de mi cuarto, ella se escapa,
y mientras yo quedo dormida, mi alma busca compañía
entre las sílfides que por el bosque vagan.



Del libro de poemas "Sentimientos de Mujer"

Marcos Aguilar-México/Marzo de 2019


Haydee


Te acompañaron los almendros, me dieron la noticia, y quizá no lo creas, pero hubo dolor en mí. Al saber de tu partida te recordé en los pasillos de las horas, charlando, buscando nuestras propias definiciones de tristeza, para concluir siempre, que había cierta melancolía en el paseo de los enamorados. Te recordé callando tus cortas oraciones, nunca diluidas en los rostros insensibles de los santos, en silencios largos, que escurrían, sin apresuramientos, como arena en los antiguos relojes, y deseabas el morir, pues la vida te dolía eternamente.

Era grato observarte cuando no callabas el adiós, buscando la salida de nuestra presencia -con sus ruidos-, para llegar a tu silencio y ahí, abandonarte. Pero también dolías al sentir como te nacía la tarde desde dentro, con las hojas caídas de los álamos en el crepúsculo y las manos llenas de soledades, con la boca mitigada de tu sed, por palabras no dichas y  ojos que sí comprendían la tristeza.

Tu cuerpo murió. Murió no teniendo la esperanza de la espera, ya no caminará por los jardines, entristeciendo las flores que te observaban, creando sus propias oraciones. Partiste, dentro de la tarde que había salido de ti, que habías creado y depositado en tu regazo sacando el agua dulzona de tu vientre. Hoy llueve, es de tarde, y ya no sale de ti; emana de las cosas que tocaste, de los cristales que rompían al recibir tu imagen, de tus gasas, algodones, ácidos; de los rostros que conociste y nunca te conocieron, con quienes charlabas, haciendo una momentánea tregua con tus batallas interiores. Partiste..., y vives, ahora, dentro de una noche grande llena de adioses, el eterno amor que sólo dan los muertos.