HABLO SOLO
Me avisan que es
la hora de salir al balcón. Miro al espejo, retoco un poco el cabello, ajusto
el nudo de la corbata. Esposa y pequeños hijos miran desde un costado del
despacho. Ministros, secretarias, amanuenses, muestran rostros de
circunstancias. Parezco acompañado pero me siento solo, aunque no demostraré
esa debilidad.
Ya estoy en el
balcón. Me paro frente al micrófono. La plaza aúlla como siempre. Banderas y
estandartes. Bombos y cornetas. Esperan de mí la fuerza, el convencimiento, la
arenga. Yo preparo el vozarrón, un poco de histeria y bastante de mentira. Al
fin y al cabo, desde el fondo de la historia los líderes fueron siempre una
mezcla de imagen, ascendencia, lindas palabras y pies de barro. Pero hay
que disimularlo. No podría vivir sin el sonido de ese nombre que corean y que es
mi propio nombre.
Vomito un discurso corto. En los extensos se corre el riesgo de que alguno de los de abajo empiece a pensar en lo que está afirmando el de acá arriba, más aun, hasta llegar a creer que disiente conmigo. Y eso es peligroso. El fanatismo es ciego, sordo y mudo, pero a veces - como en el ataque de epilepsia - suele aparecer un destello de racionalidad. Por suerte para mí no es muy común.
Y así día a día. Mes a mes. Siempre hablandole a otros con esa imperturbable soberbia que me destaca de los otros, convirtiendo mágicamente a ellos en servidumbre en silencio, títeres absolutamente manejables. Qué aburrido y al mismo tiempo qué hermoso.
Hoy ha pasado ya el período constitucional de mi mandato y no me han reelegido. Se deben de haber equivocado los electores o alguna mano negra me birló la victoria. La abstinencia de poder es peor que la del drogadicto. Por eso, para no volverme loco, trato de mantener las mismas costumbres de siempre. Desayuno autoridad, almuerzo intolerancia, meriendo odio y ceno indiferencia. Todo en soledad. Ya no hay nadie alrededor mío besándome las manos… y cómo lo extraño.
Ahora hablo solo.
Vomito un discurso corto. En los extensos se corre el riesgo de que alguno de los de abajo empiece a pensar en lo que está afirmando el de acá arriba, más aun, hasta llegar a creer que disiente conmigo. Y eso es peligroso. El fanatismo es ciego, sordo y mudo, pero a veces - como en el ataque de epilepsia - suele aparecer un destello de racionalidad. Por suerte para mí no es muy común.
Y así día a día. Mes a mes. Siempre hablandole a otros con esa imperturbable soberbia que me destaca de los otros, convirtiendo mágicamente a ellos en servidumbre en silencio, títeres absolutamente manejables. Qué aburrido y al mismo tiempo qué hermoso.
Hoy ha pasado ya el período constitucional de mi mandato y no me han reelegido. Se deben de haber equivocado los electores o alguna mano negra me birló la victoria. La abstinencia de poder es peor que la del drogadicto. Por eso, para no volverme loco, trato de mantener las mismas costumbres de siempre. Desayuno autoridad, almuerzo intolerancia, meriendo odio y ceno indiferencia. Todo en soledad. Ya no hay nadie alrededor mío besándome las manos… y cómo lo extraño.
Ahora hablo solo.
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