EL MITO ROJO
Hace bastante tiempo, pero no tanto como para no recordarlo, debí
hacerme un examen médico de rutina. Al observar cómo el fluido rojo y temperado
que salía de la vena para llenar el depósito de la jeringa, mi mente ociosa, se
dio en pensar el por qué del color de la sangre. Bien podría haber sido verde,
como la savia de los vegetales, o bien azul, negra o por último incolora como
el agua. ¿Pero roja? ¿Cuál sería el motivo?
Me fui a tomar desayuno. Mi
estómago reclamaba su ración mañanera y, mientras lo hacía, elucubré mi propia teoría, dejando de lado todos mis
conocimientos aprendidos en el colegio. “Cuando
Eva y Adán fueron creados ellos no debieron tener sangre”. ¿Para qué iban a necesitarla si eran
inmortales? No iban a tener a nadie más
en casa que los molestara. El Paraíso
era para su recreo y placer.
Sin embargo, cuando a
instancias de la serpiente, comieron el fruto prohibido, la manzana, desobedeciendo al Padre Eterno, a Éste le dio tanto enojo y furor,
considerando en su magnificencia y perfección que se había equivocado al crear
al hombre a su imagen y semejanza. Más aún, al haberlo premiado con una
compañera para su alegría y deleite, era como imposible pensar que en algo tan
obvio le fallaran.
Era tal su descontrol, que todas sus creaciones anteriores
enrojecieron de calor, ríos de lava corrieron por las montañas y el fuego casi quemó todo lo existente.
Pero estaba demasiado
cansado. Había trabajado muchos días, o posiblemente siglos y no era cosa de
perder el tremendo esfuerzo anterior. Por ello, reconsideró la situación y
determinó proporcionarles un castigo que jamás olvidarían. Les quitó el jardín
del Edén y los hizo mortales, poniendo en su interior, ríos de un líquido rojo
y caliente que constituiría, a través de los siglos, la herencia para todas sus
generaciones. Este vital elemento sería heredado de padres a hijos y de él
dependería la vida.
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