martes, 16 de noviembre de 2010

Nina Pedrini-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2010

HISTORIA DEL PRESENTE

Puertas y ventanas , interiores y exteriores, estaban firmemente cerradas.
Esa mañana de octubre del cuarenta y cinco, las noticias obligaron a las moradoras de la casa, a tomar tales recaudos.
Un canario, un loro y un cardenal, cada uno en su respectiva jaula, sufrieron doble cautiverio: el del habitáculo alambrado y el de la cocina oscura.
Yo, entonces todavía tenía seis años, estaba en cama luego de una noche agitada por el asma que desvelaba a toda la familia.
La radio, sintonizada a bajo volumen. Es que se temía que las hordas avanzaran a sangre y fuego, invadieran la casa en la que cinco mujeres esperaban los acontecimientos y fueran víctimas de actos aterradores.
Tales eran las expresiones de la abuela y de una de mis tías que se caracterizaban por sus emociones incontroladas, acompañadas por la incontinencia verbal que les hacía perder la verdadera noción de los sucesos.
Mi madre, en silencio, se dedicaba a la preparación de la comida, única actividad que permitía la abuela.
A media mañana, comenzaron a desfilar por la calle, grupos de personas con rumbo a la estación del tren que los transportarán a Buenos Aires.
Gritaban, vivaban al Coronel, no llevaban palos, ni cuchillos, ni armas de fuego (al menos, a la vista).
La muchedumbre se hacía cada vez más compacta, golpeaban puertas y ventanas a la vez que voceaba vivas al mentado Coronel.
La nena menor de la casa, que no era la amiga de la Reina Batata, ya porque María Elena todavía no la había creado, ya porque estaba bastante crecidita y asistía a la Universidad; abrió la ventana que daba a la calle y preguntó qué era esa manifestación, de dónde venían, hacia dónde iban, quién era el Coronel.
La gente, hombres jóvenes, corpulentos, mujeres también jóvenes y de buen porte, vestía ropa de trabajo usada en los frigoríficos ubicados en las cercanías.
Respondían a gritos, la invitaban a sumarse a la marcha y continuaban avanzando hacia su destino.
La abuela dio por finalizados los diálogos, sacudiendo el brazo de mi tía menor y cerró la ventana con cierta vehemencia. Creo que en ese momento la “nena” dejó de serlo para, por fin, transformarse en una mujer más o menos responsable.
Ese día, nuestro país, comenzó a cambiar. El mundo había iniciado el cambio, el mes anterior, cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial.
Durante diez y más años, continué con mis crisis de asma. Mis tías se casaron: una con un oficial de la Policía de la provincia de Buenos Aires, la menor, con el médico que atendía mi dolencia respiratoria.
La abuela continuó llorando su viudez, lo que no le impidió viajar a lugares emblemáticos del país, denostar al otrora Coronel que había ascendido a General, visitar amigas, parientes e iglesias y santuarios famosos.
Era feliz con mis padres y mi hermano que era menor que yo, jugaba al fútbol en la calle y cuando perdía Boca, nos peleábamos a trompadas.
En la escuela primaria fui muy buena alumna; pero un día, la Directora decidió que no debía ser abanderada porque no cantaba la marcha muy conocida por aquellos años y que alababa al General.
Hasta que la fiesta terminó y sucedieron gobiernos de facto, se prohibió nombrar al General, se fusiló gente, fueron derrocados cuatro presidentes constitucionales, hubo muertes violentas. Argentina ganó un Campeonato Mundial de Fútbol, una guerra impensada nos sorprendió, una derrota vergonzante nos dejó un sabor amargo y el retorno de la Democracia despertó nuestras esperanzas.
A veces, me parece que la Patria está atacada de asma, que no puede respirar normalmente. ¡Si hasta nos encerraron en un corralito!
Otra vez, el mundo y nuestro país, ha iniciado un nuevo cambio.     

Marcos Polero Vélez-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2010


ENCUENTRO

Apretujado en su celda diminuta, con los pies haciendo presión sobre la pared de  enfrente, la espalda aplastada contra la pared del fondo, el frío y la humedad calando en el cuerpo hasta los huesos;  esperaba con la certeza de que era lo único que podía hacer. Esperaba sin saber qué esperar, sin saber cuánto esperar, ya que a fuerza de golpes y picana se pierde la noción de las horas, los días, los años. Estaba muy dolorido. Hacía rato que había terminado la sesión periódica de “parrilla”.
Y lo vio. Fue como si la pared del calabozo se espejara. Pero no había reflejo. Mas bien era como si  estuvieran proyectando una película. Lo miró y él le devolvió la mirada.
—¿Y tu de dónde coño has salido? —dijo el otro.
—¿Y vos de dónde saliste? —preguntó él al unísono.
Detrás de la pared, que ya no existía, también era calabozo pero un poco más grande. Dos cuerpos yacían juntos, como amontonados. Más cerca, un hombre vistiendo harapos, magullado y con las indelebles marcas de la tortura reciente, como él; con barba descontrolada y cabello pegoteado, apelmazado de sangre seca, grasa y suciedad, también como él. El asombro duró solo un instante. Después, el hambre de compañía y el acostumbramiento de seres ya incapaces de sentir asombro pues ya han visto todo, hicieron que dejaran de lado todas las conjeturas lógicas.
—Jaime Spolski, un gusto, si eso se puede decir.
—José Amatria, republicano, combatiente del POR.
—¿Del POR?
—Partido Obrero Revolucionario, ¿No has oído de las milicias libres del POR?
—Sí, en los libros.
—¿Y tú?
—Yo soy… Era estudiante de derecho, Militante social, sin partido político, independiente.
—¿Pero cómo? ¿Con quién combatías?
—Hay una confusión ¿En que año crees vivir?
—En 1939 ¿En cuál si no?
—¿En que país?
—En España, por supuesto.
—No tan supuesto, yo estoy en Argentina, en 1977.
Hubo un mutuo gesto de asombro, pero duró muy poco. Ambos confraternizaron de inmediato.
Aceptaron la situación de encontrarse en una encrucijada de tiempo y espacio, pero hablaron sobre todo de cosas más urgentes, esenciales.
Trataron de convencerse mutuamente de sus ideales. Llegaron a la conclusión de que, por distintos caminos querían lo mismo.
El español se guardó para sí la propia calificación del otro: Un  idealista pequeño burgués, inocente, sin método ni ideología, creído en que sin la fuerza podría luchar contra el hambre y la miseria social organizada.
El argentino también se cuidó de decir que él ya conocía el resultado de la guerra, la derrota catastrófica de la Revolución Española.
—Te presento a los compañeros —dijo el español y se puso a sacudir a los tendidos.
—¡No! ¡Dejalos que duerman!
—¡Que va! ¡Despierten, coño, que tenemos visitas!
Los dos que estaban tumbados en el suelo, se sentaron.
—Son alemanes; no entienden casi nada de castellano; igual, yo te traduzco.
Se pusieron a conversar y cada uno contó sus motivos: los alemanes enteraron a Jaime de las actividades de las brigadas internacionales; de cómo habían cruzado los Pirineos desde Francia para tomar contacto con las milicias en lucha; de la importancia vital que tenía la defensa de la nueva República Española. Ellos no sabían, porque aún en su época no había sucedido, de la gran guerra, de todo lo que después pasó y de las catástrofes que sobrevinieron.
Ellos apenas sabían que existía un país en América del sur llamado Argentina, el país del gran Carlos Gardel.  
El español sí sabía bastante de Argentina. Tenía parientes que le escribían desde la lejana Buenos Aires, de un pequeño lugar lleno de napolitanos llamado La Boca.
Y en esa encrucijada témporo-espacial floreció una hermandad de luchadores que en unos pocos minutos fueron compañeros de toda una vida, los cuatro  con un mismo horizonte.
También hablaron de los hijos, de los hermanos, de los compañeros que se quedaron en el camino y de los que habrían de continuar; de un porvenir venturoso y de una posteridad que se estaba moldeando. Lo decía como si compartieran la misma época y el mismo destino desde un lugar equidistante que ya no era más 1939 ni 1977 sino un punto de victoria segura en una curva del futuro de la humanidad. Así pasó la noche.
—¿Y qué va a ser de ustedes? —preguntó el argentino.
—Ya está amaneciendo —dijo el español. —En minutos nos espera la muerte por fusilamiento.
—Por lo menos ustedes tienen la certeza de saber cuándo van a morir; yo nunca sé que va a pasarme en el próximo minuto, y menos, cuándo mis carceleros me vendrán a buscar.
—También nosotros hemos sufrido torturas. Tengo tres costillas rotas, una incrustada en el pulmón izquierdo; éste (señaló a uno de los alemanes) ya no tiene uñas en los pies y le han arrancado un dedo. Franz (señaló al otro alemán) casi no puede incorporarse y menos caminar. Pero ya no importa. Todo,  porque se mantenga viva la República que es de vital importancia para el futuro de la humanidad.
Jaime les encontró razón, sabiendo el desenlace de la historia y les envidió las certezas que él no tenía. Al menos, ellos morirían seguros de lo que pensaban. Tenían una causa. Veían al enemigo de frente. Él, con las mejores intenciones había nadado en un mar de incertidumbres y vaguedades, donde no sabía quién era amigo y quien enemigo y donde nada estaba claro.
                                                                                                                    
—Bueno, amigo, ya vienen por nosotros. Te despedimos hasta siempre. Recuérdanos —demandó el español.
—¡Hasta la Victorria! ¡No pasarrán! —improvisaron los alemanes en un forzado castellano arrastrado, infiltrado de erres.
Jaime vio como  se abrían unas puertas y eran llevados uno a uno los milicianos. Escuchó las descargas y los gritos: “¡Viva la República!”
Luego la pared volvió a ser de concreto color gris verdoso y enseguida los escuchó. Los pasos se acercaron; se abrió la puertita del calabozo. Eran los de siempre, pero esta vez lo llevaron a un cuarto distinto. Le aplicaron una inyección y mientras lo invadía la somnolencia escuchó que hablaban de un viaje en avión. 
 

                                                                                                                   
1º premio Asociación Amigos de la Plaza, Centro Cultural y Biblioteca Popular Tesei.

Marcela Predieri-Argentina/Noviembre de 2010

nadie me verá de espaldas

Huérfana de cautela o ceremonias
voy hacia el génesis

No hay razón para maniatar al grito
atrincherar la verdad tras una mueca
 ser escrupuloso títere del hambre
o un selecto imbécil del silencio

Por eso me rebelo
trasmuto con terquedad de hormiga
todo antiguo anonimato

La mano del juego comanda los destinos
y me invita a no irme al mazo

Hay cuatro barajas sin jugar
una es la muerte

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2010

Familia


El hermano, vistiendo sólo un pantalón vaquero, dispara balas de fogueo a la hermana, quien, cubierta con sólo una camisa vaquera, dispara al hermano balas de fogueo. Ambos con escopetitas, hermosos, tostados. Eternamente veinte años. Se esconden detrás de árboles y matas. Apenas agitados, cesan de disparar. No hay viento. El efluvio solar envuelve al hermano y lo constriñe:
—A mí se me mezcla, ¿no?... Se me mezcla. ¿No? Es como que no es de una sola manera. Se me mezclan... así... digamos... emociones... impresiones... y una especie de objetividad que se me aparece desde mi edad actual, desde las cosas que fui descubriendo. Era... muy caliente. Muy caliente. Quiero decir, muy de tener las manos calientes... siempre. Muy como implacable. Cariñoso. De estar siempre detrás de... del... del demostrar su cariño. Por ahí pienso que en realidad estaba tan... tan... tan desoladoramente necesitado de que... le dieran y estuvieran mucho con él demostrándole... que...; tal vez, todo lo que él hacía era para que le devolvieran... para... como si dijéramos para... provocar una suerte de inducción... a ver si yo me volcaba hacia él, a ver si era más expresivo con él, más comunicativo, más... más de ir a buscarlo, más de jugar con él, más de demostrarle que lo quería, o que era bueno que estuviera o que existiera, que fuera mi papá... Eh... Pienso ahora que... es más esto último, ¿no? Esto de... de... necesitar recibir... Y esto es cada vez más claro si advierto qué cosas empezó a decretar alguna vez, no sé cuándo. Empezó a decretar cosas tales como... besos... El debía ser besado por mí, al despertar... al saludarlo, al... decirle buen día. Y a la noche tenía que besarlo y decirle hasta mañana, que descanses, y era así... era por decreto. Yo... tal vez nunca lo he pensado antes que ahora mismo, y tal vez hay algún contenido secreto en esto que acabo de pensar, pero quizá, después, o antes, o igual que su madre, que a su madre, quizá, a quien más quiso o quiere, en toda su vida, es a mí.
Lejanos, con lentitud, paseando, avanzan los padres. La madre, tomada del brazo del padre. Trae una cartera. Son llamados al unísono por los hijos, que se acercan.
La hermana: —¡Mami!...
El hermano: —¡Papá!...
Al ser requeridos y tras un instante de vacilación, intentan acudir hacia el hijo por el que han sido llamados. Se topan de frente, chocan entre sí, seca y absurdamente. Caen. Muertos. Los hijos se aproximan a los cuerpos. Ella toca al padre con el caño de la escopeta. El se agacha. Mira en detalle a los padres, sin tocarlos. Deja su escopeta en el suelo. También la hermana deja la suya en el suelo, y agachada, mira en detalle a los padres, sin tocarlos. Se arrodilla y mira al hermano, quien levanta un pie de la madre. Lo apoya con suavidad en el suelo. Levanta un pie del padre. Lo apoya con suavidad en el suelo. Ella coloca los cuerpos boca arriba. El levanta la cabeza del padre. La apoya con suavidad en el suelo. Ella empuja con la punta de sus dedos la cabeza de la madre hacia uno de sus lados. Toca la nariz, los párpados, las orejas de la madre. El pone sus manos sobre las rodillas de la madre. Ella toma una mano del padre y la coloca sobre el abdomen de éste. Se acerca. Lo huele. El hermano mira a la hermana. Toma una mano del padre. La levanta y la deja caer. Levanta un pie de la madre y lo deja caer. Huele al padre. Huele a la madre. La hermana pone su cara sobre el hombro de la madre. El hermano hunde sus dedos en el busto de la madre. La hermana coloca el dorso de su mano debajo de las fosas nasales del padre. Palpa el antebrazo del padre. Besa la frente del padre. El hermano abre la cartera de la madre. Extrae una tijerita. Corta la corbata del padre, dejándole el nudo en el cuello. Mira la parte cortada, la alza, la tira. La hermana abre la blusa de la madre. Toma de la mano del hermano la tijerita. Corta un redondel de género de la enagua de la madre, que deja descubierto el ombligo de ésta. El pone su boca en el ombligo. Sopla. Se aparta. Mira a la hermana que, a su vez, lo mira. Vuelve a poner su boca en el ombligo de la madre. Sopla. Se aparta. La hermana se incorpora. Se para sobre los muslos del padre. Luego, lo descalza. Le saca una media. Le pone la media entre los dedos del pie. El hermano extrae de la cartera un osito a cuerda. Le da cuerda. Lo acerca a un oído de la madre. Le descarga la cuerda. Vuelve a darle cuerda. Lo coloca sobre el pecho del padre. La hermana le saca a la madre el pañuelo de seda del cuello. Le envuelve la cabeza. Los hermanos desabotonan las prendas de los padres. Las rompen con las manos y con la tijerita. Huelen los cadáveres. Se miran.
—Pero... pero... —dice la hermana— ¡pero no... suenan!...
Atardece rápidamente.

Roberto Buenos Aires-Buenos Aires, Argentina/Septiembre de 2010

El verdulero                                


Raúl sin ser feo, no era lindo. Un poco rechoncho, más bien bajo y ligeramente panzón. Tenía un aspecto común. Alguien del montón. Claro que si uno lo conocía más íntimamente podía descubrir que tenía corazón de poeta o de artista. Algo que ni él mismo sabía que estaba esperando en su interior la oportunidad para expresarse.

Nadie le había dado nunca demasiada importancia. Ni su madre le había prestado mucha atención comparada con la que absorbía su hermano más pintón y sinvergüenza.  Raúl fue siempre un pibe bueno, obediente y laburador. Asistió sólo un año al secundario porque tuvo que hacerse cargo de la verdulería cuando murió sorpresivamente su padre. Su hermano no podía ocuparse de eso porque estaba estudiando  distraídamente la carrera de abogacía.

Raúl levantó la verdulería y con ella mantenía bien a su madre y a su hermano. No podía decir que le fuera mal. Vivía en la casa que fuera de su padre a la que remodeló con mucho buen gusto. Construyó en ella lo que gustaba llamar “su penthouse”. Dos habitaciones y baño completo, todo bien aislado de esas dos personas que eran su familia pero que también le eran extrañas.

Tenía un auto y alguna vez hasta tuvo una novia. Una novia que, al igual que su madre, tampoco tenía mucho interés en él, así que Raúl prefirió la soledad y se dedicó a embellecer la verdulería. Su alma escondida de artista se manifestó en la manera de ordenar la verdura y las frutas en los cajones. Comenzó buscando la armonía de colores y la simetría. Pero eso no era suficiente para él, así que pronto se animó a hacer dibujos y finalmente construyó una enorme bandeja donde dibujaba flores, banderas y hasta caras muy expresivas colocando adecuadamente los tomates, zanahorias, zapallos o bananas. Para unas fiestas del barrio dibujó una mujer semi desnuda besando a un angelito. En sus manos las verduras se convertían en pinturas que además exhalaban perfumes de la tierra y de la buena mesa.

Pero su verdadera pasión eran los tangos. A la tardecita, cuando terminaba el trabajo en la verdulería iba a su penthouse y se preparaba para soñar escuchando tangos en soledad. Era todo un rito que se lo tomaba muy en serio. Antes se bañaba y se vestía elegantemente con saco y corbata, como un verdadero tanguero. Luego se perfumaba y se sentaba en un sillón reclinable que había comprado nada más que para esas, sus misas privadas y solitarias. Ponía la habitación en penumbra y daba comienzo a la función. Pugliese, Troilo, Fresedo...Cada tres o cuatro escuchaba uno cantado. En ese caso lo repetía. Conversaba en silencio con el tango. Las letras eran para él verdaderas novelas que lo emocionaban una y otra vez. Así todos los días de su soledad hasta que llegó a arañar los cuarenta años.

Un día se decidió y venciendo su vergüenza fue a una academia para aprender a bailar tango. Pronto aprendió las coreografías más sencillas: el “básico”, el ”ocho” y el “ocho para atrás”, los “giros”, los “ganchos”, “el sanguchito” y hasta algunas “arrastradas”. En la academia aprendía las coreografías, pero a la noche en su penthouse, apretando a su pecho un gran almohadón le agregaba la emoción mágica que solo tienen los tangos o los “blues”. En su habitación y a solas, Raúl era un gran bailarín.

Finalmente llegó el día en el que creyó que ya estaba en condiciones de largarse a la milonga. Fue sólo, como siempre. Se empilchó con lo mejor. Saco oscuro, chaleco, camisa blanca y no negra porque no quiso disfrazarse de milonguero. Todo lo completó con una corbata de seda italiana. No se animó a los zapatos de charol porque no quería llamar la atención pero se puso unos de Navarro negros y bien lustrados. Como se le hizo algo tarde salió “a la disparada” y recién cuando llegó a la milonga se dio cuenta que no se había perfumado. Casi se vuelve pensando que con “olor a verdulería” iba a hacer un papelón. Sin embargo “le dio para adelante” porque ya no le quedaban años para perder y además pensó “Total, que mujer va a aceptar bailar conmigo. Voy a ver como es la cosa y chau”. Es ese estado de ánimo llegó a la Ideal a las diez y media de la noche.

Se sentó, o más bien se “escondió” en una mesa penumbrosa para poder “junar el ambiente” como un espía ansioso de entrar en acción pero temeroso de fracasar. Tomó un café y comenzó a absorber ese mundo que se le iba entrando en el corazón invadiendo su carne y su mente. La música que tanto amaba, los códigos inocentes de los milongueros, los gestos, las cadencias y especialmente las mujeres. “¡Qué diferentes son las mujeres cuando están en la milonga! Todas son sensuales, provocativas, decididas y deseables”, pensó con tristeza sabiendo que sería ignorado por ellas. Las veía moviendo suavemente sus caderas, mostrando el comienzo de sus muslos, poniendo la mano izquierda sobre la nuca de su hombre circunstancial al que apretaban y provocaban con sus pechos.

Sin embargo, casi una hora después de mirar y mirar y de tomar tres cafés, decidió jugarse. Ya había cruzado su mirada con una mujer de más o menos su misma edad que lo sorprendió sosteniéndole la mirada un par de segundos. La volvió a mirar y ella le contestó con una sonrisa apenas perceptible “¿Qué hago? Pensó. No estaba preparado para entrar en acción. “Y bueno, me largo. Seguro que cuando me huela a “verdulero” me deja pagando en medio de la pista”. Se puso de pie y temblandolé las rodillas caminó hacia ella como si estuviera dominando la situación. Ella, no bien lo advirtió miró hacia el infinito haciéndose valer. “Me permite” le dijo al llegar hasta su mesa e inmediatamente se sintió estúpido por no tener una frase de presentación menos vulgar. Ella se levantó como haciéndole un favor  a ese renacuajo y sin mirarlo caminaron al centro de la pista. Lo miró de frente un segundo, puso su mano izquierda sobre el hombro de Raúl y se hubiera largado a bailar si no fuera porque él, con su mano derecha en la espalda de ella la retuvo haciéndole saber que durante los próximos tres minutos tendría que moverse siguiendo sus indicaciones.

Así empezaron con “La Yumba”, nada menos que por una grabación de Pugliese. Primero dibujó tres básicos como para entrar en calor. Los dos primeros fueron movimientos, pero el tercero fue poesía porque se dejó llevar por la emoción de la música y la sensualidad de ese cuerpo de mujer entre sus manos. El movimiento se convirtió en cadencia y en romance. Cadencia que sorprendió a su pareja. Ella comenzó a prestarle atención. Le siguieron los “ochos”, los “giros”, alguna arrastradita. Raúl no bailaba, danzaba con el cuerpo y con el alma. Ella se dejó llevar y se entregó. Ese hombre insignificante bailaba como ella siempre quiso bailar. Entonces llevó su mano izquierda hasta el cuello de Raúl y apretó sus pechos contra el verdulero. Fue  en ese momento que lo olió. Sin separar el cuerpo de él abrió los ojos y mirándolo de frente le dijo sorprendida “¡Olés a verdura!”. Raúl compendió que había llegado su final miserablemente. Se detuvo como un gladiador vencido. Estaba a punto de disculparse, huir y no volver nunca más cuando oye desde su infierno que ella le dice “Me encanta el olor a frutas y a verduras, es mi perfume afrodisíaco” y sonriendo feliz le pregunta “Yo soy vegetariana y vos ¿Sos vegetariano?”. Raúl la miró a los ojos como sólo miran los recién enamorados, comenzó de nuevo a bailar la Yumba y le dijo canchero y pausadamente “Si, soy vegetariano a partir de este tango y para siempre”

Ana Romano-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2010

PRESAGIO

Apiñada
entre tablas
se acopla
La mirada
mansa
Es
llena de vida
que sucumbe
El hombre aguijonea
Con premura
los colores
Estéril es la entrega
Masacran

Y el suplicio.

Luis Siburu-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2010


JOSE ROLON

Timbre. José Rolón es aquí ? . Era el cartero.
Telegrama de despido.
Me fuí a la empresa ligero,
subí al primer colectivo.

Pedí por el jefe de personal.
Escuché la explicación.
Me habló de la curva de Gauss ,
causa de mi desvinculación.

De la distribución estadística de la nómina,
 según capacidades o metas alcanzadas.
Y que yo había quedado afuera
 de la campana gaussiana.

Me sentí como un salame
que no cayó dentro , de la fiambrera del bar.
 Me saltó una lágrima , mas junté coraje ,
me fuí mirando sin verlo , sólo un gesto al saludar.

Corrí hasta la librería , frente a la estación Bernal.
Busqué en los anaqueles la letra ge,
por Carl Friedrich Gauss.
Me senté a hojear el libro , sin saber realmente que buscaba en él.

Llegué al capítulo cinco y aún no tenía
 ni la más remota idea ,
de porqué en “mi” compañía ,
hoy era un echado más , sin causa valedera.

Qué tenía que ver la “integral impropia”
con mi estricto cumplimiento del horario ?.
Qué relación había entre la “variable aleatoria”
y todo el trabajo que me llevaba a casa , de puro otario ?.

Qué contacto existía entre la “función error”
y la calidad de mis trabajos entregados ?.
Como podía ser un señor,
el que me había evaluado.

No entiendo ni encuentro respuesta. Llamo a un abogado y le digo :
Doctor , una curva mencionaron ,
y el nombre raro de un tipo.
Me puede explicar por favor , de qué carajo me hablaron ?

Rolón , yo tampoco comprendo ,
 son cosas de la empresa.
Lo concreto es que lo despidieron
 y le pagarán en fecha.

 Y  le contesté al abogado.
 Claro , para usted acá no hay misterio.
El desocupado soy yo
 y debo empezar de cero.

Y todo porque un matemático ,
 de otro siglo y circunstancia ,
inventó una derivada y un polinomio.
 De uso en laboratorio , pero no para medir , de la gente su eficiencia.

Y que se aplica además ,  justo a los que trabajan por hora
 y se levantan de madrugada.
Una campana que cayó sobre mí , “el servicial  Rolón”…. y ahora ?
Ni la más remota idea tengo de qué haré ,  mañana por la mañana.

Loreto Silva-Santiago, Chile/Noviembre de 2010

La Hora del Cuento y SALAC, Sociedad Argentina de Letras Artes y Ciencias, informa el resultado del V Concurso Nacional de Narrativa –Cuento Corto- y V Certamen Nacional de Sonetistas “Bialet Massé” 2010. Cordoba, Argentina.


V Concurso Nacional de Narrativa –Cuento Corto

Segundo Premio

Por la obra: Reencuentro
Autor:  Loreto Silva

 Reencuentro                                                                                       

Nuestra infancia se inició en una antigua casa compartida por dos familias amigas, recuerdo con tanta claridad la puerta de entrada, aunque añosa relucía por su barniz cuidado y la manija brillaba debido al constante pulido, era un hogar hermoso desde la misma entrada. Cuando estábamos en casa riéndote huías de mí, me tentabas a perseguirte casi siempre desnudos, nos acostumbramos a jugar así desde pequeños, hasta que aparecía alguna de nuestras madres y nos vestían refunfuñando. Siendo el calor agobiante salíamos al patio a mojarnos con la manguera del jardín, tus largos cabellos húmedos te cubrían. Encantado, olía tu perfume natural que se dispersaba cuando sacudías tu cabellera renegrida.

Ya más crecidos el encanto de tu voz me atrapaba y te perseguía por la casa hasta terminar mojados en el patio. Insuperable el agrado de ese calorcillo íntimo que nos conectaba como si fuésemos un único ser, era innecesario tocarte siendo preludio suficiente tu presencia para que mi piel se erizase y mi cuerpo vibrara al mismo ritmo que él tuyo. Presentí sentimientos similares en ti cuando el rubor pintado en tu rostro me otorgó una respuesta muda.

Tanta apetencia no se bastó con distancias y a poco de cumplir los dieciséis años los recodos de nuestros cuerpos nos eran conocidos. Ya adultos y casados, solos en la casona, retomamos la costumbre de perseguir tú risa corriendo sin ropas, deleitándonos con los placeres del deseo y la consumación de nuestro amor.

Ese día que nos despedimos tú me lo dijiste: “esto no es un adiós es un hasta pronto” y luego te oí reír como antaño. Invadido por la tristeza de tu abandono, el dolor se instaló en mí, de ahí en adelante debí seguir solo. Invariables, todas las noches mis sueños se volcaban hacia ti, añorando tu voz irrumpía la mañana.

Caminé más lento que lo acostumbrado; mi mano  temblorosa apretaba el bastón, parado enfrente a la antigua puerta cerrada ahora pude ver la herrumbre del tomador. Su cubierta de telarañas delataba mi larga ausencia, no obstante, mis palpitaciones iban cada vez más aprisa, ya percibía esa risa tuya, alegre, grácil, evocadora de nuestro ayer.

Fue repentino, desprevenido, sentí una estocada en el pecho, duró un solo instante; y mi mano firme abrió la manilla brillante de la puerta reluciente, entré a la casa, tu fragancia y tu voz plena de alegres risas la inundaban por doquier, me quité con rapidez la ropa, eso hizo que mi piel se erizase y mi cuerpo vibrara; y corrí, corrí tras de ti.