sábado, 24 de junio de 2017

Alejandra Zahri/Junio de 2017



AMO TUS ENOJOS

Estás habitando en mí
¡hace ya tanto tiempo!
¡no lo puedo explicar!

Amo tus enojos
anhelo tu presencia
asfixiando mi cuerpo.

Si me miras, me transformo
y en el amor, hermosa me pongo.
Se sonrojan mis mejillas
cuando me contemplas orgulloso.

¡Todo esto es verdad terrenal!
Existes tú, éxito yo.
Te he comparado con otros
mundos.
He mirado otros cielos
otras estrellas.
Tengo tantas incertidumbres
pero llegas tú
y desaparecen…
¡Tú, mi cielo!
¡Tú mi tormento y mi desconcierto!
Tú, el palpitar acelerado
de mi corazón.
Tú, el que eriza mi piel.
Amo tus enojos
amo los encuentros.

Adriana Suárez Blas-Argentina/Junio de 2017



Son-idos

De tanto oír palabras que hieren los oídos, las orejas le fueron creciendo hasta convertirse en alas.
Oliverio batió sus orejas- alas y se fue volando por un cielo muy azul a un lugar donde no existen ese tipo de palabras.
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Luis Tulio Siburu-Argentina/Julio de 2017






LA PARED ESTABA ATESTADA DE DIPLOMAS 


El ser humano busca siempre reconocimiento. El elogio por una tarea bien hecha. Las gracias por haber salvado una vida. El ascenso por un desempeño continuo y correcto. El beso por haber obsequiado una rosa. La sonrisa por acompañar a cruzar una calle. En fin, diplomas que da la vida de relación, estudio, trabajo.
Pero aquél rey moderno y despreocupado – que aunque parezca mentira aún existen - tenía todo menos diplomas, aunque sí quería mostrar por sobre todo lo que había logrado matando.
Por ello las paredes de su amplio salón de recepciones ostentaban cabezas de jabalíes, leones, ciervos…y hasta unos tremendos colmillos de elefante.
Sí…elefante. Y en este caso en particular, al lado de una foto ostentosa, donde estaba él, por supuesto con la vestimenta adecuada, el guía del safari africano, desde ya la humanidad del elefante en el suelo… y oh, sorpresa, junto a ellos una bella amazona que lo tomaba al rey tiernamente de la mano.
Los continuos visitantes de tamaño zoológico inerte sonreían hipócritamente cada vez que el susodicho relataba sus andanzas anuales por la selva. No era para menos. Evitaban decirle – aunque lo comentaran entre ellos – si lo habían bochado en fidelidad, porque no había diploma alguno de las cátedras de Moral y Ética I, II y III que se dictan en Salamanca.  
Un día un periodista se animó a inquirir al respecto. Arrogante, el rey contestó…”Coño…con tantas maravillas que hay aquí me preguntáis por algo que no vale la pena colgar…¿o no veis que la pared está atestada de mis méritos personales? ¿Tienes alguna duda?”
-Yo no – contestó el reportero – pregúntele usted a la reina. Para mí  y el jefe de redacción alcanza y sobra con que aquél  tigre de bengala me guiñe un ojo cómplice…no creo que usted quiera colgar en este recinto la primera plana de “El País” de la próxima semana…