miércoles, 22 de mayo de 2013

Nélida Vschebor-Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013

QUÉ PAZ     


El cansancio, el sueño, hicieron presa de mi cuerpo. Mis ojos se cerraban sin influencias externas. Por lo tanto decidí que era hora de acostarse, sin importar lo que el reloj marcara.
            ¡Qué alivio! La suave sábana cubrió el entorno. Posada en la almohada tuve la satisfacción de hundirme en un arrebato de paz y sosiego. Nada racional acosaba, sólo la bruma y el ensueño que precede al letargo.
            No se cuánto tiempo pasó. Algo me puso en alerta. Era un chirrido suave, acompasado.
            Lo primero que sentí fue la zozobra de no saber qué pasa.
¿Alguien entró? ¿Pero cómo? ¿Por dónde?
            Decidí levantarme. Calcé la bata sobre mis hombros y aferré un bastón. Lo agarré fuertemente y con él levantado incursioné en el comedor.
            Casi sin aliento encendí la luz. Nada se movía. Todo estaba en su sitio.
            El chirrido se agudizó y entonces entró mi gato, pardo, pequeño, consentido, arrastrando un coche de lata  que pendía de  su cola

Juan Carlos Vecchi-Olavarría, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013



COSAS DE REYES Y DE COPAS DEMASIADAS

Cuentan las pocas pulgas de la memoria histórica que, emulando la sofisticada función del valiente “sirviente portacorbata” de la corte de Luis XV de Francia, cuya única labor cada día era la de hacer el nudo de las ridículas corbatas que el citado monarca elegía para cada uno de sus aburrimientos, el rey Francisco XV de Portugal, ideó la figura del “sirviente atacordones” ignorando que su particular iniciativa lo condenaría a dormir –ciertamente muy incómodo-, en su fastuoso aposento hasta que, cinco años después, al heredar su trono Francisco XIX, a uno de sus bufones se le ocurre la genialidad del “criado desatacordones” y así, todos los Franciscos pasados y los que esperaban en fila de espera al trono codiciado, finalmente pudieron dormir sin transpirar la real y patuda gota gorda.

Se va la segunda del historiador entrerriano Mamerto Pelurdo, quien nos cuenta en su obra titulada “No me gustan las mandarinas y menos cuando andan cerca y saltando los gorriones” (1899, editorial PELUSA DE OMBLIGO PIQUETERO), que los ridículos e imbéciles zapatos puntiagudos llamados polainas (bufonees si eran usados por el bufón con una campanilla de bronce atada en la punta donde los dedos esconden sus últimas uñas), los que estuvieron tan en boga en Europa hasta finales del siglo XV, llegaron a tener tal magnitud que Felipe IV ordenó para los integrantes de su Corte Real un máximo de ochenta centímetros.
Aquellos que desobedecían el mandato eran conducidos al patio de los pies condenados y allí se les cortaba el excedente con una diminuta guillotina.
Dos fueron los motivos que justificaron este decreto real: que las damas de compañía de la corte se negaron a tejer patines de lana que superaran los ochenta centímetros (por lo cual hicieron una huelga de hambre y de corpiños caídos durante tres semanas para el jolgorio de maridos y amantes), y porque el rey Felipe IV estaba harto de que los criados, antes de que éstos se arrimaran y arrodillaran para besarle con obediente asco la mano derecha, lo hicieran reír del cosquilleo por el roce de las polainas sobre el dedo lechón de su pié derecho.

Belén Vecchi-La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013

LA VIDA

"La noche soy y hemos perdido.
Así hablo yo , cobardes.
La noche ha caído y ya se ha pensado en todo. "

                          Alejandra Pizarnik

Cantarle a lo que duele
bailar, reír, todo este día es
vidrio y sol
tengo un mar y un planeta en un bolsillo
pájaros, cosas que no entiendo y miguitas.

La noche en un parque de diversiones
ví gente bailar cantar hablar
ví un pez escondido tras una mirada
estuve ahí cuando el lugar estalló en risas
estuve ahí cuando el amor subió a un escenario.

Canciones de agua
gestos de agua
mi lugar en la noche
la infancia en la calle
cantarle a los días
a todo lo que está pasando ahora
la vida...

Cristina Validakis-Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013



EL ESPEJO DEL MUNDO
     
 “Estoy segura que debe haber pocas cosas que le gusten más a una mujer, que comprarse ropa y si alguien piensa otra cosa, que se atreva a demostrármelo” En eso pensaba Alejandra una tarde fría de invierno, frente a su negocio preferido que con el cambio de catálogos de temporada, la incitaba a la tentación. No necesitaba nada de lo que se ofrecía y sin embargo, terminó comprándose una extravagancia antiecológica de cuero marrón y cuellos de piel blanca. El sábado, feliz con su corta pollera, sus tacos altos y la blusa decorada de piel, se preparó para ir  a bailar. Sin embargo, como era su costumbre luego de pasar dos horas frente al espejo sufriendo con la planchita del pelo, se volvió a mirar y  giró, aspirando el aroma que emanaba de su ropa de cuero entremezclado con un carísimo perfume. Y de pronto, la luz del velador destellada en el espejo se agrandó y ocupó casi toda la superficie del cristal  como una estrella en crecimiento. Su imagen desapareció como absorbida por la luz mientras sentía que todos sus músculos se tensaban, luego se achicaban... Entonces un impulso violento la transportó por un túnel oscuro hasta  arrojarla sobre una superficie blanda. Abrió los ojos. Lo primero que le llegó fue el inconfundible sonido de pájaros, insectos y otros animales y los roces de las hojas zamarreadas  por la brisa. Sorpresivamente, como en esas pesadillas en las que no sabemos bien quién somos ni qué rol cumplimos,  se dio cuenta, con horror que ahora vivía dentro de un  cuerpo blanco de piel, que obviamente no era el suyo. Le llevó pocos minutos entender que por un espantoso sortilegio  se había convertido en un pequeño conejo pastando inocente en la tranquilidad del mediodía. Todo era paz y quietud... Estrenando esas nuevas y raras sensaciones se puso a analizar cómo hacer para escapar, o para despertar, si lo que le estaba pasando era sólo un sueño... hasta que de alguna manera inexplicable supo que otro animal lo estaba acechando. En el segundo en que sus patas delanteras parecieron alcanzar la cueva oculta tras el espinillo, sintió sobre sus ancas el violento dolor de unas garras que  arrastraron su cuerpo hacia las fauces del enorme animal. Alejandra gritó y gritó, sufriendo física y espiritualmente por el pequeño animal atrapado en la boca del otro, pensando en lo injusto de su muerte... pero antes  de terminar de entender lo que estaba ocurriendo,  percibió nuevamente esa transmutación increíble del cambio de roles que suelen poblar nuestras pesadillas, y miró a su alrededor. Ahora, para su asombro se había transportado dentro del cuerpo de un monstruo de piel marrón afelpada y suave, un yaguareté, destrozando y masticando la carne del pequeño conejo.
              Casi había terminado de alimentarse disfrutando el éxtasis de las necesidades satisfechas, cuando las hojas crujieron y el viento se detuvo. Fue entonces cuando oyó el disparo y el impacto doloroso sobre su columna. Desesperada, caída sobre el pasto y sin poder salir del cuerpo del yaguareté, miró hacia el lugar de donde provenían las voces y trató de explicarles a los cazadores que ella, no era un animal aunque pareciera  estar dentro de la piel de uno.  Pero no llegó a emitir ningún sonido, sólo alcanzó a ver el ojo oscuro de la escopeta que la miró directo a los ojos y el impresionante destello seguido de la explosión que la cegó por completo. Y luego, otra vez sólo el silencio. Omnipresente y total.
        Abrió los ojos, ahora  sobre el piso helado de su habitación.  Por un momento se sintió embargada por un gran alivio: “Ha sido sólo un sueño” pensó y se incorporó frente al espejo con el corazón desbocado. Pero lo que vio era tan horrible como su pesadilla.  Cubierta de cuero marrón y piel blanca... pero con sus manos manchadas de sangre... Corrió a lavárselas, y  se quitó la ropa, como si por primera vez, pudiera escapar de la trampa que es el espejo del mundo y la sociedad, donde sin darnos cuenta vamos construyendo nuestra identidad, sin cuestionarnos lo que hacemos mal. Perdiéndonos en esta selva de consumismo extremo, de deterioro irracional de la naturaleza, de absurda egolatría...
   Y entonces mirando la ropa de cuero y piel, arrojada en el piso, tuvo la dolorosa certeza de que quizás ya, nadie  en este mundo puede estar seguro,  si se convirtió en el cebo, el  cazador o la presa.   


Cuento Mención De Honor En El I Congreso Internacional De Ecología Y Litertura De Pehuajó - 2013




Cuento Mención De Honor En El I Congreso Internacional De Ecología Y Litertura De Pehuajó - 2013

Javier Úbeda Ibáñez (Poema)-España/Mayo de 2013

En presencia del aire

Rodeo el sonido del aire
para darte un beso de jazmines y rocío.

Tú, ebria de olores y noches,
me recoges en tus labios y
me pides silenciosa
que beba de ti
pasiones y pétalos.

Quiero quedarme a vivir en tu boca,
aterciopelada y desnuda.

-Sí, quédate -me susurras.

Y mi alma voladora,
aleja sus furias
y se entrega a ti,
en presencia del aire.


Javier Úbeda Ibáñez (Cuento)-España/Mayo de 2013





Historias y leyendas




En la Universidad se había organizado un gran revuelo: el reconocido profesor León Caballero, considerado toda una eminencia en mitologías y leyendas, iba a impartir una conferencia, a la que le seguiría una charla‑coloquio. 



La Universidad había acondicionado para el evento el Aula Magna de Los Naranjos, conocida con ese nombre porque todas las paredes estaban recubiertas de dibujos que aludían al jardín sagrado de las Hespérides –ninfas que cuidaban del jardín–, que en la mitología griega está representado por naranjos en flor. 



El jardín de las Hespérides –regalo de Gea, diosa de la tierra, a Zeus y a Hera por su matrimonio–, se encontraba en el monte Atlas, y las naranjas, conocidas también como manzanas de oro, eran muy apreciadas porque proporcionaban el don de la inmortalidad. 



Como Hera, diosa griega de los nacimientos y el matrimonio, hermana y esposa de Zeus, además de propietaria del jardín de las Hespérides, no acababa de fiarse de las ninfas: Egle, Eritia y Aretusa, hijas de Atlas porque se comían alguna que otra naranja, encargó a Ladón, un feroz dragón de cien cabezas que enroscaba su cola en el tronco y que nunca dormía, que vigilara atentamente el jardín. 



El mito de las Hespérides –explicado con todo lujo de detalles en unas tablas colgadas en una pared que estaba justo en la entrada principal del Aula Magna de Los Naranjos– narra cómo Atlas ayuda a Hércules –también llamado Heracles– a cumplir su undécimo trabajo (había recibido la misión de realizar doce trabajos en total considerados imposibles), el de robar las manzanas doradas del jardín de las Hespérides. 



Hércules mata al águila que estaba devorando a Prometeo. Éste, para agradecérselo, le dice que el gigante Atlas, condenado a tener que sostener el cielo sobre sus hombros, era el más apropiado para robar las manzanas, porque conocía al peligroso dragón que las custodiaba. 



Hércules busca y encuentra a Atlas, y le pide que vaya a robar las manzanas, mientras tanto él le sujetará el cielo. Atlas, cansado de vivir con el cielo a cuestas, acepta el encargo de Hércules. Pese a que su idea era fugarse con las manzanas, Hércules consigue volverlo a engañar –una vez le ha traído las manzanas–, y huye dejando a Atlas otra vez con su pesada carga. 



Hércules le lleva las frutas mágicas a Euristeo –rey de la Argólida y el que le encargó los doce trabajos–, que consagró las manzanas doradas a Atenea –diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa–, y ésta le pidió a Hércules que volviera a dejar las manzanas en el jardín de las Hespérides, pues era allí donde debían estar, porque el Destino así lo exigía. Las tres Hespérides: Egle, Aretusa y Eritia fueron convertidas en un olmo, un álamo y un sauce, respectivamente. 



En cuanto al dragón Ladón que mató Atlas, cuenta la leyenda que la sangre que manó de su cuerpo quedó plantada en el jardín de las Hespérides, y de cada gota nació un árbol llamado drago. Su savia, de color rojo (también conocida como sangre de drago) tiene importantes propiedades medicinales. 



Esta leyenda –la del mito de las Hespérides– la leían a diario centenares de personas y, después de leerla, casi se sentían arrastradas a reflexionar acerca del sentido de los mitos y de la vida. 



¿Sería posible que el árbol conocido como drago tuviera algo que ver con el dragón Ladón? 



¿Unas manzanas prohibidas que no se podían comer ni tocar?



Las cuatro era la hora fijada para que diera comienzo la conferencia del doctor Caballero. En el Aula Magna no cabía ni un alfiler. El poder de convocatoria del catedrático era impresionante. Se había creado una merecida fama de erudito divertido, cauto, al que le gustaba interactuar con el público que asistía a sus conferencias, tolerante y amante de la libertad bien entendida. 



El silencio era total. Se apagaron las luces, y el primero en salir al escenario fue el decano de la facultad; traía un cometido importante: presentar al profesor y adelantar sobre qué iba a tratar la conferencia. 



Después de varios elogios y halagos acerca de la  valiosa  contribución del profesor Caballero al mundo de la cultura, el decano lo anunció a grito vivo. El público de la sala se levantó en pleno, y aplaudió entusiasmado nada más hizo su entrada el conferenciante. 



—¡Gracias, Gracias! ¡Un millón de gracias por sus aplausos! ¡Por favor, tomen asiento! 



A pesar del ruego del profesor, el público continuó aplaudiendo unos minutos más. 



El profesor abrumado por tanta efusividad, hacía gestos con sus manos en señal de agradecimiento. 



Cuando el profesor se hubo instalado detrás del atril que le habían colocado estratégicamente en el centro del escenario y se hubo colocado el micrófono, el auditorio dejó de aplaudir y se quedaron expectantes y en silencio. 



León Caballero, de unos sesenta años, melena canosa, ojos azules y saltones, gafas de pasta negra, de mediana estatura (más bajo que alto) y de constitución más bien robusta, iba vestido con un impecable y holgado traje de chaqueta gris con amplios tirantes negros, camisa blanca reluciente y calzaba mocasines a juego con la camisa, enseguida tomó la palabra: 



—Les agradezco mucho sus aplausos, por un momento me he sentido Plácido Domingo después de representar Orestes de la ópera Ifigenia en Táuride en el Teatro Real. Ahora, no me pidan que cante porque soy un auténtico desastre. Lo que sí haré será hablarles de… 



Antes de que acabara la frase entró en escena una canción. El público levantó la cabeza buscando la ubicación de aquella enigmática melodía. 



—No la encontrarán, dejen de buscar. ¿Saben de quién es esta canción y cuál es su título? Se trata de Lament for Atlantis, de Mike Oldfield, me sirve para introducirles en el tema de hoy: la leyenda de la Atlántida, el continente perdido, la isla sumergida y jamás hallada. ¿Les suena, verdad? Pero, insisto, no la busquen porque no la van a encontrar. Ya lo intentaron muchos durante siglos y no lo consiguieron. Y otros tantos hablaron de ella como Julio Verne en el capítulo XI de Veinte mil leguas de viaje submarino cuando el Nautilus visita las ruinas de la Atlántida. Señores, han sido tantos los que la han buscado, visitado, investigado en sus libros que sería prácticamente imposible hacer un inventario; e incluso este tema ha llegado a la gran pantalla. Y es que la leyenda de la Atlántida lleva muchísimos años dando de sí y aún le queda cuerda para rato. Se han preguntado por qué tanto afán por buscar una isla, una ciudad que, en principio, surge de Los diálogos del filósofo Platón (en ellos Platón dialoga con Timeo y Critias sobre la fabulosa isla de la Atlántida que desapareció en el mar, haciendo una descripción pormenorizada de ella. Aseguran que la historia la aprendieron del poeta y legislador ateniense Solón, y éste a su vez se la escuchó a los sacerdotes egipcios). Platón, en sus escritos, afirma insistentemente que se trata de una historia real. Dice Platón, allá por el año 340: «Hace tiempo, más allá del estrecho que llaman las Columnas de Heracles (el estrecho de Gibraltar), se hallaba una isla más grande que Asia y Libia juntas, y desde ésta se podía acceder a otras islas y de aquellas a tierra firme que se encontraba enfrente. Esta isla llamada Atlántida desapareció en las profundidades marinas en el tiempo de un día y una noche». ¿Y de dónde habría salido esta isla? Según Platón, se trata de un trozo de tierra que nació de las profundidades del mar. Cuando los dioses se repartieron el mundo, ese pedazo de tierra le tocó a Poseidón, dios del mar, según la mitología griega. Descrito como un paraíso ideal, una isla perfecta donde se vivía en armonía y paz. Donde todos se ayudaban y respetaban, hasta que se convirtió en una sociedad arrogante. Los dioses castigaron a los atlantes por su soberbia, y después de ser derrotados por los atenienses (Platón era griego, recalcó el profesor), la Atlántida se perdió en el mar. Existen dos corrientes de pensamiento respecto a esta leyenda: están los que han interpretado y estudiado los textos que Platón escribió acerca de la Atlántida y han encontrado múltiples anacronismos y apuntes inverosímiles, que pueden llevar hasta la conclusión de la inviabilidad de la isla perdida, pudiendo afirmar que dicha isla sólo existió en Los diálogos del insigne filósofo griego. Y la otra corriente es la que ha creído firmemente en la existencia de la Atlántida, y han dedicado muchos años y esfuerzos en buscar el lugar donde pudo haber estado la isla. Corrientes, las dos, que existen hoy en día. Muchos mitos y leyendas se han creado a partir de la ¿invención? –el profesor León Caballero arqueó sus cejas y elevó el tono de su voz a modo de sugerente interrogación– de Platón: libros, teorías, investigaciones, películas, relatos, cuadros… ¿Todo ello nacido de algo que realmente no existió? ¿Qué opinan? Como saben, el hombre ha recurrido a las leyendas, a los mitos y a las tradiciones para intentar darle respuesta a las grandes incógnitas de la humanidad; lo que quiero que tengan claro es que las historias que nos cuentan en la mitología, en las leyendas, pueden o no ser reales, pero nos han servido, mediante la utilización de ejemplos, durante siglos para desvelarnos verdades esenciales de la condición humana. Seguro que piensan que muchas de las leyendas pueden parecer surrealistas, pero bien analizadas todas tienen su razón de ser. ¿Ustedes creen en la leyenda de la Atlántida? ¿Realidad o ficción? ¿Han pensado alguna vez con qué intención la escribió Platón? Pero… antes  díganme: ¿cuántos de ustedes creen que existió la Atlántida? 



El auditorio entero se puso a contestar a la vez, escuchándose con más claridad el «no» que el «sí». 



—Que levanten la mano, por favor, los que sí crean en la leyenda de la Atlántida. 



Silencio sepulcral en el aula, mientras el profesor cuenta en voz alta las manos alzadas. 



—Diez personas, de… ¿cuántas somos aquí? –el profesor se gira hacia la silla donde está sentado el decano y lo interroga con la mirada–,  ¿trescientos, quizá? Señor decano, haga el favor de darnos una aproximación de las personas que se puedan encontrar en esta sala. 



El decano de la facultad se acercó con sigilo el micro, se apretó la corbata, se colocó las gafas y con un hilo de voz calmosa dijo: 



—El aforo está completo, y en esta Aula Magna caben setecientas cincuenta personas. 



—Gracias, decano. Me gustaría preguntarle a alguno de los que han levantado la mano por qué cree que existió la Atlántida. Usted, por ejemplo, el caballero que está sentado en la segunda fila, el que lleva un jersey de rombos. 



—¿A mí, se refiere a mí, profesor? 



—Sí, a usted que ha levantado la mano. ¿Cómo se llama? 



—Javier Ruiz. 



—Dígame, ¿por qué cree usted que existió la Atlántida? 



—Básicamente porque no creo que personas sabias y avezadas con unas mentes tan privilegiadas –desde la Antigüedad hasta nuestros días– hayan dedicado tantos años a la investigación de algo que no existió. Estoy convencido de que todos esos intelectuales creyeron firmemente en la existencia de la Atlántida, y lo intentaron corroborar y demostrar mediante sus estudios. 



—Su respuesta tiene su lógica. 



—Ahora, necesito que algunos de los que no creen en la existencia de la Atlántida me den su versión. A ver, la señorita que está sentada en la última fila, que lleva gafas, es rubia con el pelo largo, y lleva una chaqueta fucsia que hace rato que me está deslumbrando. 



Risas en el auditorio. Y de repente, una luz a modo de foco alumbra las dos últimas filas, para acabar centrándose en la persona que acaba de describir el profesor Caballero. 



—No sea tímida, mujer. Díganos cómo se llama y por qué usted no cree en la existencia de la Atlántida. 



—Me llamo Carmen Martínez, y no creo que existiera la Atlántida, aunque respeto la opinión de Javier. Creo que la Atlántida es el gran mito, el mito de los mitos, un lugar paradisíaco e idílico que le sirvió a Platón para explicar los efectos nefastos de la soberbia en el ser humano. Platón nos presentó un lugar perfecto, que lo tenía todo, pero al que la vanidad lo echó a perder. Como castigo, los dioses hicieron que desapareciera. Sin duda, una excelente alegoría. 



—Gracias, Carmen, por compartir su opinión con todos nosotros. Y ahora, quiero que cierren los ojos y se imaginen un lugar ideal y perfecto: ¿Lo llamarían ustedes Atlántida? ¿Dónde lo ubicarían? ¿Y si quisieran mandar un mensaje utilizando ese paraíso, qué contarían? Mantengan los ojos cerrados durante diez minutos, cuando los abran, hablaremos de sus «Atlántidas personales». 



Y, de fondo, vuelve a sonar Lament for Atlantis, de Mike Oldfield.

Fernando Sorrentino-Buenos Aires, Argentina/Mayo de 2013

La albufera de Cubelli

Hacia el sudeste de la llanura de Buenos Aires se encuentra la albufera de Cubelli, a la que familiarmente se conoce con el nombre de «laguna del Yacaré Bailarín». Este nombre popular es expresivo y gráfico, pero —tal como lo estableció el doctor Ludwig Boitus— no responde a la realidad.
En primer lugar, «albufera» y «laguna» son accidentes hidrográficos distintos. En segundo, si bien el yacaré —Caiman yacare (Daudin), de la familia Alligatoridae— es propio de América, ocurre que esta albufera no constituye el hábitat de ninguna especie de yacaré.
Sus aguas son salobres en extremo, y su fauna y su flora son las habituales de los seres que se desarrollan en el mar. Por este motivo, no puede considerarse anómalo el hecho de que en esta albufera se encuentre una población de aproximadamente ciento treinta cocodrilos marinos.
El «cocodrilo marino», o sea el Crocodilus porosus (Schneider), es el más grande de todos los reptiles vivientes. Suele alcanzar una longitud de unos siete metros y pesar más de una tonelada. El doctor Boitus afirma haber visto, en las costas de Malasia, varios ejemplares que superaban los nueve metros, y, en efecto, ha tomado y aportado fotografías que pretenden probar la existencia de individuos de tal magnitud. Pero, al haber sido fotografiados en aguas marinas, y sin puntos externos de referencia relativa, no es posible determinar con precisión si estos cocodrilos tenían, en verdad, el tamaño que les atribuye el doctor Boitus. Sería absurdo, claro está, dudar de la palabra de un investigador tan serio y de tan brillante trayectoria (aunque de lenguaje algo barroco), pero el rigor científico exige validar los datos según métodos inflexibles que, en este caso puntual, no se han puesto en práctica.
Ahora bien, sucede que los cocodrilos de la albufera de Cubelli poseen exactamente todas las características taxonómicas de los que viven en las aguas cercanas a la India, a la China y a Malasia, por lo cual, con toda legitimidad, les cabría ese taxativo nombre de cocodrilos marinos o Crocodili porosi. Sin embargo, existen algunas diferencias, que el doctor Boitus ha dividido en características morfológicas y características etológicas.
Entre las primeras, la más importante (o, mejor dicho, la única) es el tamaño. Así como el cocodrilo marino de Asia alcanza los siete metros de longitud, el que tenemos en la albufera de Cubelli apenas llega, en el mejor de los casos, a dos metros, medida que se verifica desde el comienzo del hocico hasta la punta de la cola.
Con respecto a su etología, este cocodrilo es «aficionado a los movimientos musicalmente concertados», según Boitus (o, de modo más simple, «bailarín», como lo llaman las gentes del pueblo de Cubelli). Es harto sabido que los cocodrilos, estando en tierra, son tan inofensivos como una bandada de palomas. Sólo pueden cazar y matar si se hallan en el agua, que es su elemento vital. Para ello, atrapan las presas entre sus mandíbulas dentadas e, imprimiéndose a sí mismos un veloz movimiento de rotación, la hacen girar hasta matarla; sus dientes no tienen función masticatoria sino que están diseñados exclusivamente para aprisionar y tragar, entera, a la víctima.
Si nos trasladamos hasta las orillas de la albufera de Cubelli y ponemos a funcionar un reproductor de música, habiendo elegido previamente una pieza adecuada para el baile, en seguida veremos que —no digamos todos— casi todos los cocodrilos surgen del agua y, una vez en tierra, empiezan a bailar al compás de la melodía en cuestión.
Por tales razones anatómicas y conductuales, este saurio ha recibido el nombre de Crocodilus pusillus saltator (Boitus).
Sus gustos resultan ser amplios y eclécticos, y no parecen distinguir entre músicas estéticamente valiosas y otras de méritos escasos. Reciben con igual alegría y buena predisposición tanto composiciones sinfónicas para ballet como ritmos vulgares.
Los cocodrilos bailan en posición erecta, apoyándose sólo sobre sus patas traseras, de manera que, verticalmente, alcanzan una estatura media de un metro y setenta centímetros. Para no arrastrar la cola por el piso, la elevan en ángulo agudo, poniéndola casi paralela al lomo. Al mismo tiempo, las extremidades delanteras (que bien podríamos llamar manos) siguen el compás con diversos ademanes muy simpáticos, mientras los dientes amarillentos dibujan una enorme sonrisa de optimismo y satisfacción.
A algunas personas del pueblo no las atrae en absoluto la idea de bailar con cocodrilos, pero otras muchas no comparten este rechazo y lo cierto es que, todos los sábados al anochecer, se visten de gala y concurren a las orillas de la albufera. El club social y deportivo de Cubelli ha instalado allí todo lo necesario para que las reuniones resulten inolvidables. Asimismo, las personas pueden cenar en el restaurante que se levanta a pocos metros de la pista de baile.
Los brazos del cocodrilo poseen poca extensión y no llegan a tocar el cuerpo de su compañero. El caballero o la dama que baile, según el caso, con el cocodrilo hembra o con el cocodrilo macho que los haya elegido, apoya cada una de sus manos en uno de los hombros de su pareja. Para realizar esta operación, conviene estirar al máximo los brazos y mantener cierta distancia; como el hocico del cocodrilo es muy pronunciado, la persona deberá tener la precaución de echarse, lo más posible, hacia atrás: si bien en pocas ocasiones se han registrado episodios desagradables (como ablación de nariz, estallido de globos oculares o decapitación), no debe olvidarse que, como en su dentadura se encuentran restos de cadáveres, el aliento de este reptil dista de ser atractivo.
Entre los cubellianos corre la leyenda de que, en la isleta que ocupa el centro de la albufera, residen el rey y la reina de los cocodrilos, quienes, según parece, no la han abandonado nunca. Se dice que ambos ejemplares han superado los dos siglos de vida y, tal vez por causa de la avanzada edad, tal vez por mero capricho, jamás han querido participar en los bailes que organiza el club social y deportivo.
Las reuniones no duran mucho más allá de la medianoche, pues a esa hora los cocodrilos empiezan a cansarse, y quizás a aburrirse; por otra parte, sienten hambre y, como les está vedado el acceso al restaurante, desean volver a las aguas en busca de comida.
Cuando llega el momento en que ningún cocodrilo ha quedado en tierra firme, las damas y los caballeros regresan al pueblo bastante fatigados y un poco tristes, pero con la esperanza de que, quizás en el próximo baile, o tal vez en alguno menos cercano en el tiempo, el rey, o la reina, de los cocodrilos, o acaso ambos simultáneamente, abandonen por unas horas la isleta central y participen de la fiesta: de cumplirse con esta expectativa, cada caballero, aunque se cuide de manifestarlo, abriga la ilusión de que la reina de los cocodrilos lo elija como compañero de baile; lo mismo ocurre con todas las damas, que aspiran a formar pareja con el rey.