sábado, 22 de enero de 2011

Rogelio Guedea-México/Enero de 2011

El vendedor de mandarinas


El otro día me quedé dentro del carro para esperar a mi mujer, que había bajado a comprar un pastel en la avenida Ignacio Sandoval. No podía quedarme con la ventanilla cerrada y el aire acondicionado encendido porque tenía la garganta congestionada y eso me mataría, así que apagué el aire acondicionado y dejé la ventanilla abierta. El sol me pegaba de lleno en la cara y brazo derecho, como un golpe en la nuca.  Mi mujer empezó a tardarse y yo a desesperar, hasta arrancarme los cabellos. En ese instante pasó por mi lado un anciano llevando un diablito con dos rejas de mandarinas. Se detuvo a mi puerta ofreciéndomelas. Volteé un poco atribulado y lo vi. Vi el sol, todo el sol, sobre sus casi ochenta años, y aunque parecía que, de un momento a otro, lo sepultaría hasta el fondo de la tierra, el pobre hombre ni se atribulaba, impertérrito como estaba frente a mí, esperando un gesto de consentimiento. Primero le dije que no, pero, cuando apenas había avanzado dos pasos en retirada, cambié de opinión.  Entonces le hice una seña con la mano y, arrepentido de mi prepotencia, le compré dos bolsas de mandarinas. El hombre cogió los veinte pesos y se dio la media vuelta, yéndose. Una vez que me cercioré de que ya no podía verme, puse firmemente el brazo sobre la base de la puerta, ladeé el rostro hacia la ventanilla y dejé que el sol, sobre mi piel, terminara de imprimirme su enseñanza.

Elisabet Cincotta-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011


BRINDO


Brindo porque brindo
por vos   por él   por nosotros  
brindo por estar
por la ausencia
por tu mirada
        y aquel gesto inconcluso

Brindo por la vida
que me permite 
errar y cambiar
aprender y enseñar
        por la poesía

Brindo por lo que puedo
y por poder lo que no
        por el abrazo

Brindo por la paz y el amor

Héctor Zabala/Enero de 2011

CUENTO INVISIBLE


Un autor imaginó un cuento de fantasmas tan perfecto que, cuando intentaba escribirlo, los fantasmas del relato tornaban invisible la tinta. Nunca logró publicarlo.


“Cuento invisible” (minicuento):
Premio a la Popularidad en el III Encuentro Teórico del Género Fantástico ANSIBLE 2006. La Habana, Cuba, 28 de mayo de 2006.
Finalista en el IV Concurso Internacional de Minicuento Fantástico “miNatura 2006” organizado por la revista digital miNatura. Madrid, España, 23 de mayo de 2006.

Nélida Vschebor-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011

UNA VIDA CORTA


   Ellas  siempre juntas. Salen temprano a trabajar. Regresan riendo y charlando.  A veces se sientan a la intemperie, bajo las estrellas, y hablan filosóficamente de la vida, la soledad, el porvenir.   
   En otros momentos, cuando el trabajo resulta agotador, deciden descansar. Entonces se despiden hasta el próximo día, dejando atrás el sonar de sus risas.  La rutina es agotadora, pero no claudican. Siempre risueñas. Son jóvenes. La vida les pertenece.
 
    Una mañana, inesperadamente todo oscureció. No lo vieron llegar. Fue una sola bota. Un solo pie. Se ocupó de las tres.
 Las hojitas que ellas cargaban volaron  diseminándose por todo el camino. 

Oscar Alfonso Vera-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011

¡Feliz cumpleaños!
"Amor mío"


Cuantas veces te digo,  "te quiero",
por esto tan nuestro, tan noble y sincero
cuantas veces me dices que me amas,
como en nuestros veinte, en cada mañana,
con el brío exultante que  brota,
en miles de gestos,  en cada mirada.

Como bulle la sangre en las venas
aunque caigan hojas ya tornasoladas
sobre el brillo cano de nuestros cabellos
de este otoño ebrio, de ansias, y destellos.

¡Tus felices  años!  jóvenes y bellos,
recuerdos de auroras boreales, mimadas,
envueltas en nubes, en soles dorados,
y alondras plateadas.

Sobre nuestro karma, los dos fuimos uno,
y uno fuimos todo, dos bocas, y un solo
te quiero, mi cielo,
dos labios distintos, un beso fundido,
en nuestro destino, Y juntos pedimos
cuando le rogamos,  a nuestro Dios santo
que hiciera el milagro
que hoy gozamos tanto, nos dio amor y vida,
nos brindó templanza, hoy estamos juntos
y por siempre unidos, por eso yo digo,
gracias Dios bendito,


Que sin merecerlo me diste el cielo,
con esta mi esposa hermosa y amada,
que hoy es mi esperanza, mi sol, mi consuelo,
mi paloma en vuelo, pues me sigue amando,
y estaremos juntos, cuando llegue el tiempo
talves, de marcharnos.

Feliz de entusiasmo,
por tenerte, amada
¡¡Muy Feliz cumpleaños

Stella Maris Taboro-San Jorge, Santa Fe/Enero de 2011

Despierta Mujer

Mujer que llevas luz en tu interior,
un día quisieron volverte sombras
jugando a considerarte una piltrafa.
Él, como señor feudal te hizo esclava
de sus rencores y broncas que descarga
en tu piel de mujer enamorada.
Sola en tu callado dolor lloras,
malherida y callada.
Anda tú , que tienes incuestionables derechos
denuncia al malvado que te daña,
toma tu coraje, eres digna,
respeta tu cuerpo y alma
y a salvo del malvado , quedarás con tu energía.
Angelical mujer, que de tentación te acusaron
desde el antiguo testamento y siempre
sospechada de ser un ser sin alma.
Destruye la tradición que considera, eres un trapo
a disposición de tu señor y amo.


Luis Siburu-Buenos Aires, Argentina-Entrevista/Enero de 2011

EL GESTICULADOR

Estaba en un rincón , ansioso , muy ansioso, tanto que se había puesto medio Rivotril debajo de la lengua , para que la efectividad fuera casi inmediata. Sabía que lo iban a llamar para galardonarlo o al menos tenía un presentimiento bastante positivo al respecto.Había hecho un buen trabajo y existía la posibilidad de que ésta vez le tocara a él la obtención de un diploma!!! Y el primer premio es para Roberto Gestoso por su obra “La mueca interminable”.Escuchó su nombre medio aturdido y entre una tiniebla que él sólo veía. Se tragó el Rivotril antes que se disolviera y caminó hacia el escenario donde el Director del Instituto de Teatro Escrito lo esperaba allá arriba sonriente , con los brazos abiertos. A pesar de la íntima alegría los cuatro escalones le parecieron la escalera al cadalso.A él le gustaba que lo reconocieran, pero el contexto, la gente, sus compañeros, su familia, lo apabullaban… Felicitaciones Gestoso….hermoso texto…lo mejor del grupo….ahora nos gustaría que nos cuente cómo desarrolló la idea…..el micrófono es todo suyo….”Ahhhh….tengo que hablar… “Y sí amigo… no sea egoísta, no se guarde todo para usted sólo… Gestoso miró hacia delante aunque no viera nada,  los aplausos los imaginó porque no los escuchaba, la luz en el rostro le parecía la licuadora del patrullero….y comenzó a hablar……..
“Bueno, por supuesto que ésta pieza dramática no fue sencilla” Cabeceó hacia atrás el mechón de cabello que le caía sobre la frente. “Fueron largas horas de escribir y tirar borradores”. Levantó la barbilla y miró el techo.  “No siempre la idea uno la tiene clara”. Violentamente giró la cabeza hacia su izquierda. “Es cuestión de poner los personajes y dejarlos hablar con una historia coherente”. Cerró el ojo derecho como si tuviera el as de basto. ”Una vez que se pasa el primer capítulo uno entra en confianza”.   Abrió la boca para tomarse todo el aire de la sala, hasta pareció un bostezo. “Y el argumento empieza a desarrollarse según lo que hemos imaginado”. Bajó la pera de golpe mirando si el piso se movía. “Es bueno mantener un tono tenso”. Hizo un globo con boca y mejillas. ”Las relaciones entre los personajes deben merecer especial cuidado”. Metió un dedo en su oreja  creyendo le había entrado un mosquito. ”Hay que situarse en el suspenso que disfruta el futuro espectador”. Empezó a tirar los pelitos de la barbilla candado.  “No hay que caer en diálogos densos”. Con la mano en el bolsillo y disimuladamente se acomodó el calzoncillo que le apretaba. ”Hay que ser respetuosos de la idea fuerza de la obra”. Olió el diploma como si fuera un perfume. “A veces un personaje parece que nos sobrara”. Ahora cerró los dos ojos, se  ve que ya no tenía ni para envido ni para truco.”Puedo decirles por experiencia que me sirvió la lectura de los clásicos como Shakespeare”.Comenzó a hacer rulos en su cabellera.”Seguir los consejos del profesor Cossa también ayudó”.Descargó su aliento sobre la palma de la mano , tenía frío. ”Acercarse al final de la obra es lo más difícil , todo tiene que cerrar bien”. Se agachó y puso un dedo entre zapato y media, buscando  algo que molestaba. ”En fin, me alegra que al jurado le haya parecido interesante”. Puso ambas manos por detrás de la nuca, desperezándose o aliviando sus nervios. ”Gracias a todos”. Para rematar su show gestual les hizo un guiño a todos y levantó el pulgar derecho en señal de triunfo.
“Le estaré eternamente agradecido señor Director”… Yo también Gestoso, usted hace honor al apellido y al nombre de su obra…

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011

Circo


El hombre ocupa el área ocre de la pista. La mujer, el área aceituna. El hombre, debajo de una mesa liviana. Cerca y silencioso, un enanito disfrazado de enanito de jardín. El haz del “buscador”, quieto, lo ilumina. Se enloquece. Se pasea por el área ocre. Se detiene en el hombre: Romeo, el italiano. Habrán de imaginárselo: candor.
—Estaba helado. Yo puedo. No me faltaba demasiado para consumirme, desde luego. Pensé: soy un caracol derretido.
Los acomodadores, acomodan. El público se llena la boca con pochoclo. El hombre da vueltas.
—Para llevar sólo lo que necesito, ahora que confirmado sé que puedo, ¿cómo supone usted o cualquiera que quiero seguir prefiriendo seguir recluido debajo de esta mesa?...
El hombre gime. El enanito amortigua un profundo bostezo. Otras luces se encienden.
La mujer porta cofia, grandes aros, fantásticas pestañas y camisón transparente, acampanadísimo. Ciento treinta metros de largo; y con muchas y pequeñas pesas en el ruedo. No usa ropa interior. Muslos. Globos pesados. En una cama allá a lo alto, a lo muy alto, sublime. A la cama (tobogán) se sube o se baja (o se bajaría) por una escalerilla. Cubierta por una sábana, la mujer resopla, emite chasquidos.
—¡Si no quiero a todas las personas!... Y ya sé que no soy una princesa. Pero quiero vivir. Vivir... esta vida. —Llama:— Claudio... —Se destapa la cara. Como si lo tuviera a su lado:— Claudio. ¿Pensás en mí?... Claudio.
El enanito, con disimulo, mira hacia las gradas. El público mastica pochoclo. Un león ruge, lejos. Ella sigue:
—Una foto mía no la tiene que tener un... Un navegante, sí. Un diplomático, sí. Alguien que me merezca. Me da una cosa cuando fantaseo... Me suaviza toda. Tu amor me vivifica. ¿Soy como de terciopelo? Como que me astillaría por un parpadeo descontrolado.
El enanito carraspea. El público traga pochoclo. La mujer:
—¿En qué estás pensando, malo? Malo-malo. Sergio Sebastián. Eso sí. Es justo lo que me pedís. A mis pies y con cara de que me comprendés.  ¡Ay, cómo me estimula saber que estás en alguna parte! Podés, entre los dedos podés besarme. ¡Ay, cosquillas! —Saca un brazo—. Vos no sos Alejandro, Arturo. Sos azafrán, un soldado templado, un soñador. Me voy a bajar de acá y vas a ver. Sí, sí, corré. No vale que me llamés a los gritos. No soy una mujer para gritar. ¡Y además no quiero a todas las personas!... Soy para apreciar. Una joya de mucho valor. Aunque esté decaída, desmemoriada. —Intempestivamente, como si alguien la tocara:— ¡Roberto!... —Saca el otro brazo—. A ver... —Hunde la cara en la almohada—. ¡Toda mi vida! ¡Toda mi vida, Roberto, si te sirve! Oigo palabras y como un aliento. Olas que vienen y ¿¡qué hago con la espuma!?, decíme. —Se recompone. Queda destapada hasta la cintura—. Un poco de recato es necesario. Y perfumes. Fragancias del Oriente Medio. O bien, del Trópico de Aries. Una tiene su lugar en la historia. En la historia trasquilada. Su lugarcito. En la historia trasquilimocha. Su propio lugar.
El hombre, absorto, en éxtasis. El enanito se adormila. Los acomodadores tantean sus bolsillos. La mujer:
—Como un clavo en la pared. Como un pez en el agua. Como un geranio en el florero. Como una pluma en el capuchón...
Al público le causa gracia.
—Como un murciélago en el aire. Como una bala en el tambor. Como un olor en la pituitaria... —También a ella le causa gracia lo que dice—. ¡Como un antropófago en la olla! ¡Como un hombre en el anzuelo! ¡¡Como un plato con mierda en el ojo de una aguja!! —Se destapa más. Se recompone—. ¡Aaaaaahhhhhhh!...
El público ríe. Los acomodadores se van. El enanito se desmorona. El hombre arrastra la mesa en dirección a la mujer. Serenata:
          —Yo te quiero explicar
          que soy tu zona más querida:
          el área de la mansedumbre,
          el eslabón perdido,
          el tornillo que cayó
          del avión de tu inconstancia;
          ámame como a los repollos,
          escuálida mujer frontal,
          yo puedo, yo puedo, yo puedo,
          yo solo no puedo tanto,
          ¡yo puedo más con vos!...
La mujer saca una pierna de abajo de la sábana.
—¿Es verdad? ¿Es verdad, Gerardo? ¿Qué late? ¿Qué late acá?... ¿Es cierto, Ignacio? ¿Cierto-cierto? ¿Así?... No es fácil aceptarme. ¡No es nada fácil para mí! Quiero abandonarme. Torcerme los tobillos... Suavizarme. ¿Quién no lo querría?...
—¡Yoooooo lo querrííííaa!... —dice el hombre. Y para sí:— Espero todo todavía...
El público, serio. Nadie come. Otra vez el rugir del león.
—¿Es verdad, opaco? —dice la mujer—. ¿Me clavarías un puñal amoroso?... ¿Me eyacularías la luna?... ¿Me serías completamente pernicioso? ¿En qué parte tuya... podría verme reflejada?...
El hombre asoma medio cuerpo de entre las patas de la mesa.
—¡Soy oído por fin!... ¡Soy oído por alguien más que yo! Mi casa es clásica y es leve. ¿Debo habitar yo?... —Advierte dónde ha quedado la mesa. La desliza hasta volver a cubrirlo—. Recién creía que sí...
La mujer saca la otra pierna de debajo de la sábana. Se arregla el camisón.
—Oscar-Eugenio-Miguel-Matías-David-opaco-opaco.
El hombre llega con su mesa al pie de la escalerilla.
—No, no, no. Sí. Yo sí. No, no. Ay, sí, sí, sí.
La mujer se incorpora.
—Yo puedo —dice el hombre.
—Sí —dice la mujer.
—Yo existo —dice el hombre.
La mujer toma el ruedo del camisón. Arroja pesas y camisón.
—Sí —dice.
—Yo existo, carajo —dice el hombre.
La mujer cubre con su camisón al hombre y su mesa. Una carpa.
—Sí —dice.
Se apagan las luces. El público llora, grita, patalea. Las lágrimas derramándose por las gradas son despejadas con rotundos secadores por personal de boletería. El público lanza sus sombreros a la pista. Se encienden las luces y el hombre y la mujer no agradecen las efusiones. El enanito, ya lo dijimos, sinceramente, duerme.