domingo, 20 de febrero de 2011

Carlos Paz-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2011

“… y que la vida sea una voz querida”. J.L.Ortiz
                                                            A la (mi) Paraguayita.

Mi Vidita

Que los monstruos destruyan otros montes y ahoguen otros ríos
cuando vos te adormezcas en el micro oyéndome decirte mi vidita
y sea tu vida mi voz querida.

Nina Pedrini-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2011

NADA

En el principio, nada era nada. Nada de cielo, nada de sol, ni luna, ni estrellas.
Nada hacía que alguien se estrellara, Alguien era nada.
Nada de nubes, agua era nada.
Nada de bosques, ni fotosíntesis. Nada de sol.
Nada de arroyos, ni lagos, ni mares, dulces o salados.
Nada se avistaba en  fosos abismales. Nada de fosos y abismos.
Nada de océanos.
Nada de quien o quienes avistaran algo. Algo era nada y quien, como todo, era nada.
Nada de poetas exaltando la Fe. Nada te turbe, nada te espante…
La Fe, oprimida, escondida, no revelada. Nada de Fe.
Nada, nada queda en tu casa natal…
Nada del amor primero
Nada de amor.
Nada…nada…

                        Hasta que tanta cantidad de nada, no dio lugar a más nada.
                        Estalló la nada y nada transformó en todo, en todo de nada.
                                    Hubo matices: algo de nada, un poco de todo.
                                    Extremos: todo o nada.
                                                A veces, todo es un poco de nada.

Teresinka Pereira/Febrero de 2011

A LOS POETAS SUICIDAS

Sus almas al viento
sus cuerpos al cielo
de nuestro dolor

La muerte
llegaria demasiado tarde:
hubo que acercarsela
y nada ni nadie la ha podido
prevenir

Poetas desolados:
su silencio es un a herida
en mi voz.

Nilda Antonia Pigazzini-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2011

ME PEDISTE UN POEMA

Por la paz  y la carencia
Por los hijos de tus hijos
Por esta tierra que nace
Bajo los rayos del sol

Por siempre serán oídos
Serán sueños serán niños
Poetas de alto vuelo

Amor de padre en acecho
Madres del dolor huyendo
En calma y  soledad

Te  pido  …
Patria Mayor
Reconocernos hermanos.
Seguiremos caminando
Por la luz de los trigales
El pan dorado de sueños

Por  los nuevos hacedores
El amor y la armonía
Honrarán brotes naciendo
Amando lo que sembramos
Abriremos surcos   , brechas
De honor de paz y  trabajo

Donde nacen los poetas
Nunca morirán esclavos


Humberto Pinho da Silva-Febrero de 2011

QUANDO REZEI O TERÇO EM BRAGANÇA





Dizem que recordar é coisa de velhos; mas eu, que não me considero idoso, basta sentir doce perfume de rosa ou ver raio de sol escorrer pela vidraça húmida, em fria manhã de Inverno, para no armazém da memória, espertar episódio espirituoso, cena amorosa, ou acontecimento há muito empoeirado e esquecido.
Foi o que aconteceu numa triste e chuvosa tarde deste Inverno. Estava diante do computador, tentando escrever a crónica da semana, quando melodiosos cânticos chegam aos meus ouvidos. Sons que vinham não sei donde, mas julgo serem do “terço” que a TV “ Canção Nova” transmite.
Imediatamente fui transportado, como por artes mágicas, para terras transmontanas, para certo mês de Julho, que se perdeu no tempo.
Foi na cidade de Bragança. Era fim-de-semana. Um sábado. Visitava prima que ocupava bonita vivenda para as bandas do seminário. O Sol era lume, lume vivo, apesar de agonizar-se em tons carmíneos e alaranjados.
Na acolhedora salinha envidraçada, palestrávamos sobre as notícias que escutáramos no telejornal. Na varanda anexa, uma criança, de farto rabo-de-cavalo, brincava, tagarelando com bonecos articulados. Estava descalça; tinha pele acetinada, morena, cor de centeio e olhos meigos de lindo castanho.
De súbito interrompera-nos. Era a voz grave e autoritária de meu primo, convidando-me para passeio.
- Vou sair com meus filhos! Queres vir connosco?
Aceitei com agrado. Oh! Se não queria! O que eu mais queria era estar com as garotinhas! Passear com elas, era para mim, adolescente triste e solitário, prazer muito melhor que ambrosia dos deuses, mesmo não conhecendo o manjar divino.
Desci, dois a dois, os degraus que separavam-me da rua, como passarinho saltitante que inicia os primeiros passos.
Em breve o auto deslizava pelo empedrado da Avenida do Sabor, em direcção à negra fita da estrada, que nos levaria a Gimonde.
- Vamos rezar o terço! - disse imperativamente meu primo.
E iniciou a reza. O silêncio que nos envolvia; as vozes harmoniosas das minhas queridas priminhas, que pareciam cantarem louvores angélicos; a luz doce, delicada, suave da tarde que descaia mansamente, deu-me a sensação de mergulhar numa fascinante paisagem de Corot.
Como gostaria que o tempo parasse! Como seria bom que a cena idílica ficasse eternamente presente, esquecida no tempo!
Por que será que os fugitivos momentos de felicidade duram tão pouco?! Deus meu!, como é bom recordar!; mas as alegres lembranças fazem-nos também chorar, pelo tempo que não volta mais.
Bons tempos da infância! Tempo de ilusões, sonhos e inocência. Tempo em que se acredita na amizade e no amor…mesmo o impossível!

Juan Emanuel Ponce de León-Provincia de San Luis, Argentina/Febrero de 2011

III


La palabra se ramifica como un arbusto.
El hechizo que nos sostiene
se suicida desde la punta de la lengua.

En el bar, el vacío de mi copa
se asemeja al corazón.

V

 Antes, la navidad me cuidaba desde el pesebre.
Los pastores, los perros y los balidos de yeso
se refugiaban de las tormentas bajo el pino.
Dios no me conocía
y yo creía conocerlo.
El agua era un trozo de vidrio.
La familia ensayaba la misma pose sagrada.
Con mis hermanos plenos de inocencia abríamos regalos.
Ya no puedo creer en todo eso,
desperté de aquel sueño feliz.

del libro LA FINITUD DEL VUELO (2008), Premio Escenario Diario UNO de Entre Ríos

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2011

Travesía


El intrepidísimo navegante solitario, boca abajo sobre una tabla que en absoluto es más que la tabla de una mesa, con brazos y piernas abiertos y extendidos y, sin rigor, usando estos miembros a modo de remos, surca la inmensidad del océano. Se divierte, hace ruidos con la boca, farfulla. Luce tres prendas: gorro para ducha, calzoncillo anatómico con elástico tipo faja y medias de lana.
—¡Una roca!... ¡Cuidad el palo menor! ¡Que no se abolle la eslora!... ¡Aplicaos a una labor intensa y desmesurada!... ¡Subordinación y subordinación!... ¡Nada de tejer ahora!... ¡Proteged la nave! ¡Cuidad de que no encallemos!... ¡No escupáis como gesto de irrefrenable enojo! ¡Os vi, os vi, corbetero de segunda!...
Abandona ese juego. Se moja la cabeza en el agua. Mira a lo lejos.
—Uia... Esa nube no estaba... Si tuviera un arco te tiraba una flecha, te hacía bajar la frente. ¿Qué, no es tu manera de reír, llover?... Vení, llovéme..., que acá hay un pecho...
Es una mañana luminosa. Los tiburones duermen: sueñan con deliciosos navegantes solitarios.
—¡Yo soy bueno!... ¡Soy un buen pibe!... ¡Un buen soldado, capitán! ¡Un buen náufrago, doctor! ¡Un buen ányelus! ¡Un buen orquestador del atardecer!... ¡Un buen marrano que se cagó en su propia boca, se puso en penitencia, se dejó peinar, se arremangó las piernas y está acá!...
Brisa fresca. Es martes.
—¡Refrescando, caracho!
Meduloso. Es noviembre.
—Pensemos en un puerto. Y en un fondín. En un viejo poseído por el vino declarándome su corrupción transparente. Me quiere regalar su camisa y jura que me parezco a él, a las rodajas de sus hijos, jura, él jura, dentro de los sándwiches de todos los fondines del puerto.
Se exalta. Ya van a ver: signos de admiración.
—¡Me quiere convertir en una oreja, en una cama! ¡Me quiere abrazar con su aliento! ¡Qué solidario!... ¡Yo apenas puedo conmigo, caballero! ¡Apenas me puedo dejar zarandear y golpear por alguna adversidad que yo elija! ¡¿O se cree que no me conduelo de mí?! ¡Ni una boya, ni una! ¿Usted me entiende? ¡Ni una! ¡Ni una!...
Se pone de pie. Tormenta.
—¡Yo quería ir hacia allá!...
Trata de señalar, pero la tabla se mueve. Chaparrón.
—¡¿Vas a amainar de una vez?! ¿Vas?... ¿Eh?... ¿Sí?... ¡Soberbios! ¡Cenagosos! ¡Una vez barrí mi casa grande con una escoba nueva! ¡Y maté a una hormiga con una cucharita! ¡Y sepulté un juguete de mi amigo! ¡Y le apreté la clavija al guitarrón pero rompí la cuerda! ¡El vino no! ¡Mámese usted, si quiere! ¡Usted es un empedernido condenado!...
Cede la tormenta. El osado navegante solitario se calma, cede. Hace flexiones. Después:
—Confidencialmente, yo pienso en mi saltimbanqui interior. Irrespetuoso, forajido... Soy un escrutador feroz.
Anochece. La luna desciende sobre él: queda a unos cincuenta centímetros. Media luna. El todavía no se da cuenta.
—Un escrutador como me gustaría que hubiera otro. Uno siempre busca equipararse, aunque no haya una intención aviesa. Son las ganas de uno de resultar imprescindible. ¡Qué capítulo, señor, escribiríamos todos si no tuviéramos que remar!... Es que uno, se obstina en no ser un buen pez. Pero, ya se sabe, pulmones no son branquias, branquias no son pulmones.
Sin mirar directamente a la media luna:
—¿Y a vos quién te conoce? ¿Te mandaron a espiarme? ¿Traés algún mensaje? ¿O querés que te diga un versito?... Sos una desamorada. Te sacaste las plumas pero es inútil. Me pongo veleidoso cuando me persiguen. Supe renunciar a vos, también. ¡Me soy tan obediente ahora! Vos no lo creerías ni en cien siglos, que ya sé, para vos es nada. ¡Ay, luna, yo te conozco, no me pude olvidar de vos! ¡Entré a tu dormitorio tantas veces! “Sos un seductor...” ¿Yo, un seductor?... Te regué mis vocablos más irreproducibles. Te extorsioné con un fervor diletante. Autorizaste mi impulsividad y toleraste que instalara mi corte deprimida.
Mira a la media luna.
—Pero yo prefiero que te vayas, ahora. Te quiero mucho, sí, te quiero mucho. Estoy demasiado inmerso en mis propios pozos. Y sucuchos. Un chico se cayó por una de mis grietas. Todavía podría decirte cosas que nunca te dije. Atorarme con tu luz. Pero yo prefiero que te vayas, ahora.
La media luna asciende con lentitud. Al rato, amanece. El navegante solitario observa el horizonte con un prismático que simula con sus manos. Playa a la vista. Hacia allí navega. Sin proponérselo. Sin verdaderamente proponérselo. Mujer desnuda en la playa a la vista (con anteojos oscuros y pulseras), que habla, discierne y se unta con protector solar:
—Todas mis tías muy febriles, muy bienhechoras, un nudo al lado de otro nudo. Pero mamita, no es la primera vez. Pero mamita, no es la segunda vez. ¡Pero mamita, no es la última vez, esa vez!... ¡Todos los mil ojos, las mil empastadas rodillas de mis primas, las mil putas absortas trompas de Eustaquio oyéndome desangrar, y nada! ¡Quienquiera puede levantarse la camiseta; yo, no! ¡Burras, burras! ¡Mujeres rellenas de algodón!... La docilidad para esto: una escarapela. Para aquello otro: firmes, escrupulosas, inexpugnables: otra escarapela. ¡Pervertidas! Mamá pervertida, pobre. Tías con el camisón triste. Esponjosas comedoras de chocolate. Bofe suculento, sí, para el gato que se comió al ratón, que se había comido a la araña, la que se había comido a la mosca. A ver, querida: plisá tus labios menores, que yo lo haré con los míos. Por favor, reprime tu virulenta condición, tus ansias de conocimiento desmesurado. No juguetees, no me alarmes, querida. No me juguetees a mí. No me estimules, no me hagas aparecer. Eso. ¡Eso es un nudo al lado de otro! Que nada se desate. Todas atadas, apenas entornadas, como para no morirse definidamente. ¡Puaaajj!...
El navegante deja de observar con el prismático.
—Encallé..., encallé...
Camina unos pasos por la orilla, perplejo.
—¿Dónde estaba esta costa, esta arena suave?... ¿Qué hago yo conmigo ahora? ¡¿Qué hago yo conmigo ahora?!...
La mujer se saca los anteojos y mira al navegante. Este, intentando quitarse las medias, pierde el equilibrio.

Ana Romano-Buenos Aires, Argentina/Febrero de 2011

Cautivo

Se sacude inquieto
aletea
Aun agobiado
se rebela
Mientras lo acordonan
en el intento de
aplastarlo
chilla
hiende
rasguña
Dispuesto
a salir (se)
además gime.