sábado, 18 de julio de 2015

Nechi Dorado-Argentina/Julio de 2015



¿Se acuerda de mi sueño, Milagro?

Milagro y Segundo forjaron su historia en un pueblo de la Puna Salteña, cuando las condiciones laborales permitían que la pujanza dibujara sonrisas en los cerros entre la magia de un paisaje casi desdibujado, árido,  lleno de subidas y bajadas ondulantes en un terreno tan irregular, como salado.
Milagro era quien sujetaba las riendas del hogar cuando Segundo rumbeaba hacia la mina. Rostros curtidos por los ventarrones de los salares desparramados como tributos de acervo geológico, eran la seña de distinción de la pareja, por cuyas venas latían rastros de una cultura arrasadora instalada a fuerza de cruces y espadas.
Como testimonio de sus pasos por la vida quedaron cuatro pedacitos de humanidad que serían el vivo recuerdo de su existencia. Como indeleble sello estampado en ese paisaje agreste, llamas y zorros compartían espacios entre el olor penetrante del azufre, sin saber que el futuro llegaría demasiado pronto para dejar cicatrices talladas en las almas de la familia y el vecindario.
Una mañana de esas que podría haber sido como cualquier mañana, Segundo se levantó temprano para comenzar su día de trabajador minero.
Fue un despertar agitado. Segundo transpiraba, su respiración jadeante indicaba que algo muy feo estaba sucediendo dentro de ese hombre fuerte, no acostumbrado a rendirse ni cuando la adversidad golpeara ensañándose contra él y su familia. Verlo en ese estado, desesperó a Milagro, quien intuía que ese día no sería como todos, mientras se persignaba diciendo
–Dios mío ¿qué pasa, Segundo? Usté no se siente bien, m’hijo.
-Espere que le preparo un matecito, agregó mientras trataba de espantar los resabios de sueño pegados a sus ojos tan negros de mirar profundo.
-¡Ay mujer! Viera que sueño tan feo, no sé si fue un sueño, más bien creo que tuve una de esas cosas que usté llama ¿cómo es que le dice, Milagro? ¡Una visión! Eso, una visión, Milagro, y usté también estaba ahí. Y los muchachitos estaban, Milagro. Y estaba todo el pueblo.
-¡Y eso, Segundo? Si es así no es p’asutarse tanto, puntualizó ella.
-¡Qué cosa tan fea! Sabe, soñé o viví, mejor dicho, porque yo eso lo viví d’enserio. Vi que pasaba por el hotel de don Carlos Antúnez, pasé también por la escuela y sentí el griterío de los niños. El más chico me saludaba con la manito, pero lo más raro, Milagro, lo más raro me pasó cuando bordeaba la iglesia.
-¿La iglesia? ¡Ay, Dios mío! respondió la mujer persignándose nuevamente. ¿Usté soñando con la iglesia? Con razón se levantó así de mal.
-Viera vieja, allí estaba al padre dando misa, yo pensaba, qué raro, misa en día de semana y Milagro que no me dijo que iría.
-Ay Segundo, eso sería lo de menos ¿desde cuándo usté dándole importancia a las misas si nunca pensó en la iglesia, ni siquiera para acompañarme. Y con lo bien que uno se siente cuando va. Pero a usté
nunca le hizo gracia, y mire que venir a soñar con la iglesia, válgame Dios y María Santísima.
-Ahí está el tema, Milagro, porque en el sueño yo me metía como si nada. Y vi al Cristo con lágrimas rodándole por la cara de porcelana descascarada. ¿Es así como está? ¿Descascarado?
-Sí, Segundo, sabe cuántos años lleva en ese altar, respondió Milagro mientras con una mano preparaba mate y con la otra apretaba un rosario heredado de la familia, cuyo cofre era el bolsillo de cualquier ropa que usara la mujer.
-El curita decía algo como que era el final del pueblo. Y yo que quería preguntarle cómo podía ser que dijera eso, pero ni me salía la voz p’a preguntar.
-¡Ay Jesús, menos mal! Murmuró en voz baja, Milagro, antes de agregar.
-¡Tan descreído que es. ¡No quiero ni pensar qué cosa hubiera preguntado!
-No, Milagro, esta vez le juro que no. Yo quería decirle ¿cómo qué el final del pueblo? ¿Cómo puede decir eso? Vea como llora el Cristo. ¿Y entonces p’a qué están usté y los vecinos del pueblo? Siempre fueron tan amigos y ahora lo dejan llorando d’esa manera.
-¡No digo yo! Menos mal que no le salió la voz, dijo Milagro, mientras chasqueaba las manos sobre su falda. Por enésima vez dibujaba sobre su pecho la señal de la cruz, casi como en un acto mecánico irreflexivo.
-Fíjese que hasta soñando es un irrespetuoso, protestó la mujer frunciendo el ceño.
-Ya le dije, Milagro, continuó explicando el hombre, aún agitado. La cuestión es que el cura empezó a decir que vendría al pueblo el asesino del tren y nadie podía creerlo. De repente lo único que vi, fueron ojos, toda la iglesia se llenó de ojos. Ojos sin cara, sin nariz, sin boca, sin nada. Ojosojosojos, repetía casi desesperado como volviendo a vivir ese sueño perturbador.
-Y todos los ojos lloraban y lo pior es que yo también me puse a llorar.
-¿A llorar, Segundo? ¿Usté llorando? Tiene razón hombre, eso no fue un sueño, usté lo que tuvo fue una pesadilla. Tómese un mate calentito a ver si se calma un poco, ofreció Milagro.
-La cuestión, Milagro, es que de pronto empezó a sonar el bocinón del tren, todos los ojos se cerraban. Parecía que estaba pegando un aullido, era como si algo grande lo estuviera apuñalando y el pidiendo socorro y los ojos se cerraban y yo los quería abrir y no podía y más ojos y más ojos y yo escuchaba su grito en cada bocinazo y siempre pidiendo socorro, contaba el hombre desordenada, desesperadamente.
-Los ojos se salían de la iglesia, el único que estaba completo era yo. Salieron la Virgen, ese santo que tiene una bata marrón que usté menciona siempre.
-San Antonio, respondió Milagro exhalando un suspiro de resignación.
-Sería, dijo Segundo.
-Y se escapaban los ángeles corriendo y el tren que seguía aullando y los ojos volvían a abrirse y a cerrarse y yo empecé a sentir olor a muerte, Milagro, olor a muerte.
Milagro se santiguaba continuamente, su rostro empalidecía y sólo atinaba a repetir –Usté tuvo una pesadilla, Segundo.
-Yo corría hasta el tren, me daba cuenta que se estaba muriendo, quería salvarlo, sacarle el puñal que tenía en la espalda pero no había nadie p’ayudarme. Todos los ojos volvían a cerrarse y usté ya sabe, los ojos cerrados parece que fueran ciegos.
-Y el cura tampoco ayudaba, Milagro. Creo que se fue primero, salió como disparado y los ojos lo siguieron.
-La voz no me salía, Cristo seguía llorando, los angelitos corrían p’a cualquier lado tropezándose entre ellos y el tren que aullaba cada vez más fuerte y seguía saliendo sangre de su espalda apuñalada.
Segundo seguía agitado, nervioso, preso de un terror que no podía contener. Milagro dejó de cebar mate pero no de santiguarse.
De pronto, la bocina del tren se escuchó como todas las mañanas a esa misma hora. Milagro dejó el mate sobre la mesa y se acercó a Segundo tratando de calmarlo.
-Tranquilo viejo ¿No le dije que tuvo una pesadilla? Allá viene, no hay quien pueda apuñalarlo, Mire que ver al tren sangrando y apuñalado, sueño de locos fue ese, murmuró bajito, Milagro, mientras cambiaba la yerba al mate.
-Segundo, vaya tranquilo p’a la mina que Dios lo protegerá como siempre, dijo la mujer con tono de preocupación.
-Menos cuando duermo, Milagro, respondió el hombre antes de partir hacia la mina, aún todo transpirado.
El azufre era transportado en cable carril desde zona vecina hasta donde habitaba la familia. El agónico tren, según el sueño de Segundo, lo transportaría con su serpenteante paso, imponente, desafiando al cielo separado de la tierra por la cadena montañosa. Entre soledad y sal,
entre pueblo y pueblo, tradición y cultura enmarañada en ese paraje lejano de mi tierra.
En la ciudad, otra formación transportaría al elemento químico de número atómico 16 y símbolo S con destino a la capital del país. Los pueblitos crecían, la gente vivía feliz entre fiestas patronales, himno en la escuela, risa contagiosa de los pequeños y los perros correteando a los gatos que huían hacia los cerros que parecían pechos maternales refugiando a los perseguidos. Pasaron los días, Segundo no lograba olvidar su sueño al que seguía interpretando como visión y que Milagro llamó pesadilla.
Una madrugada otoñal, cuando el sol comenzaba a perder fuerzas dando lugar a que sombras absurdas aparecieran vestidas con mantos corruptos, la pesadilla de Segundo fue gestándose como un feto monstruoso parido desde el centro de cerebros malditos, tornándose realidad.
El trabajo comenzó a escasear. Alguien repetía que un hermano del cuñado, de la mujer, del primo de su vecino de al lado, había escuchado de boca de un viajero que en la capital se decía que ya no era negocio rentable producir, sino traer de afuera. Segundo volvió a sentir aquel olor a muerte. Sentía que se acercaba en silencio la sombra de la desgracia cada vez que escuchaba noticias provenientes de la capital. Y no eran pocas.
Una tarde, bajo un cielo plomizo que descargaba una nevada flojita sobre el lomo de las llamas y las montañas, el “dios” del yacimiento reunió a los obreros para presentarle a una visitante inesperada, cuyo nombre, se le ocurrió a Segundo, parecido a desgracia. Decía que por decreto, la mina cerraría en pocos días. Segundo, revivió el sueño, pensó en Milagro y en los niños. Volvió a sentir que todo se convertía en ojos cerrados, ojos que se abrían, ojos que lloraban como los suyos. Y vio nuevamente a los ángeles tropezándose unos con otros.
Regresó a la acogedora casa donde albergaran, hasta ese mismo día, las esperanzas de un futuro que estaban asesinando. Volvía con la espalda doblada, la mirada ausente, el corazón palpitando como cortado en pedacitos y sin forma de unirlos nuevamente.
A pocos kilómetros de allí, sintieron un alarido igualito que el del sueño de Segundo. Fue el último grito del tren que moría. Segundo sabía que lo estaban apuñalando.
Abrió la puerta de la vivienda, allí estaba Milagro abrazada a los niños, la noticia había corrido como corre la nieve por la falda tableada de la montaña.
-Tenemos que irnos dentro de poco, Milagro, vaya preparando las cosas que se puedan llevar. Acá ya no queda lugar p’a más nadie.
-Vio, mi viejita, lo apuñalaron nomás, dijo Segundo, tragándose las lágrimas para que sus hijos no notaran su flojedad.
-No sé cómo haremos pa’ ir a visitar a sus hermanos, se acabó también la familia, mi vieja.
-¿Y dónde iremos? Preguntó la mujer acariciando el rostro entristecido de su compañero.
-Ay Milagro, mujer, ya vio que yo no sueño si no que tengo visiones. En una de esas, quién no le dice, empiece a soñar de nuevo. Por ahí sueñe que el gigante se recupera de esta puñalada, decía Segundo próximo a asistir a las exequias de lo que fuera su pueblito antes de convertirse en un fantasma insepulto entre el paisaje árido y las esperanzas despedazadas. Algunas mañanas, cuando el sol tímidamente asoma pareciendo ensartarse en los picos de la cordillera rasgando las sombras de la oscuridad, dicen que se escucha el aullido del gigante que yace a lo lejos, entre la herrumbre y el olvido. Sigue con el puñal clavado en su espalda de acero, dando desesperados manotazos tratando de acariciar los restos de una historia derrumbada.
-Que vuelva a soñar, Segundo, se lo ruego, pide Milagro a su Dios, todos los días. Usté sabe lo bien qu’estábamos allá…


Marta Susana Díaz-Argentina/Julio de 2015





VOLVER


Ella pone la música de rock a todo lo que da el MP3.
Las Pelotas, Babasónicos, La Renga la acompañan mientras avanza sobre sus patines por las calles del barrio de Almagro.
Lleva un piercing en una ceja y otro en el labio inferior.
Va a toda velocidad por Corrientes a las 8 de la noche. Vuelve a su casa después del trabajo en la oficina y luego de cuatro horas en la facultad por la tarde.
Al pegar la vuelta en la esquina de Corrientes y Anchorena un hombre le cierra el paso.
Traje oscuro, camisa blanca, pelo negro engominado,  corbata a pintitas, sonrisa de costado…
Y le dice con voz conquistadora: - “¿Mary, Peggy, Bety, Julie?”
María Fernanda para en seco. Lo mira asombrada y piensa: -¡qué desubicado!
Sigue patinando por Anchorena y en la esquina de Zelaya dobla a la derecha.
A mitad de cuadra otra vez aparece el desubicado y le dice: -“Tus ojos para mí, son luces de ilusión que alumbran la pasión que tengo para ti”… Un tono porteño bien arraigado tiene en su voz este ejemplar.
Caray, dice María Fernanda. Y con voz fuerte le suelta un:
-  Flaco, quién te creés que sos,  ¿Gardel?
- ¡Sí! ¡Soy Gardel, pebeta de mi barrio! “nostalgias, de escuchar tu risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego tu respiración…” le canturrea al oído arrastrando la voz en tono canyengue.
María Fernanda llega a su casa pero no puede olvidar ese tipo raro, vestido fuera de época de voz dulce y conquistadora.
Espera ansiosa el día siguiente y se sienta en un umbral de Corrientes y Anchorena.
Y aparece él.
Esta vez viene con traje marrón oscuro, chambergo de costado y moñito al cuello.
Ella se queda mirándolo esperando que  le dirija la palabra.
Y él le dice: “Cómo ríe la vida si tus ojos negros me quieren mirar”…
-          Ché Gardel, mis ojos son verdes…
-          Sí, ya sé, pero Lepera la escribió así…
-          Bueno, le contesta ella, vamos para tu casa en la calle que lleva tu nombre. ¡Mirá vos! ¡Tenés una calle a tu nombre y todo!
-          - Y claro, ¡Si soy Gardel!
Y llegan a la casa donde vivió ese tipo fuera de época. Recorren sus ambientes decorados como cuando  vivía con su madre.
-“Viejo barrio, perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón…
La chica no sabe si se lo va a encontrar algún otro día.
            - A este chabón no me lo voy a olvidar jamás, piensa.
 Y, desde ese momento su MP3 tiene todos los tangos de Carlitos para acompañarla mientras patina por las calles porteñas.

Cecilia Cimiotto-Argentina/Julio de 2015



Enloquece un poco
Pensar tanto…
Ir con la carga de
Lo incompleto
Dibujando acasos.
A veces lentifica ser
Quizás sea necesario
Amanecer libre,
Con los pudores
Sin  borrachera
Total que lo demás,
 Eso que tememos
 Vendrá solo 
 Con  la prisa
juntando
Emociones
Hasta hacernos tropezar
Con lo impensado.
Claro que mejor
Seria
No pensar tanto
Pero también enloquece.

Laura Beatriz Chiesa-Mar del Plata, Argentina/Julio de 2015



BURBUJAS


Amaneció lloviendo…
y mientras aguardaba salir a trabajar,
observaba los charcos que socorrían gotas
y formando hemisferios volvían a explotar.
Así pensé sonriendo cómo Dios nos enseña
la redondez del mundo en esa brevedad,
burbuja que asemeja el asombro y la vida
que nace en un instante y en instantes se va.
Tiene brillo de espejo, perfecta es su corteza,
que contiene en su espacio hasta la inmensidad.
El agua que la integra. El aire que la forma.
La fuerza que no logra contener su verdad.
Y se muere y renace en ese breve lago
mil veces como el cielo la vuelque en su jugar,
de nubes que se hieren para verter su sangre
acuosa, transparente, que nos logra mojar.
Y prosigo mi risa pues la vida me enseña
que en la nada está el todo, que el mundo es de cristal,
que absorbemos la brisa en bocanadas tercas
que por tercas fallecen antes de penetrar.
¿Por qué no retenerte en mis ojos que indagan?
¿Por qué no apreciarte en tu mundo y estar
siempre atenta, anhelante, cautivada en racimos,
de burbujas que evaden superficies de mar?
Si pudiera aprehenderte. Si mi vida sirviera
para ser la burbuja que se logra imitar,
y en ese aire suelto transmitir el mensaje
del Dios que se revela, si queremos mirar.

Julio Enrique Cepero-Perú/Julio de 2015

EN EL SILENCIO DE UNA ESPERA

 

En el silencio de las horas que se pierden

en una espera donde se acrecienta,

casi siempre en armonías disímiles,

está un remolino de palabras de versos expuestos

ante  la ausencia presencial de tu figura.

En el desorden de una mente de avaricia por tenerte

se confunde una ansiedad

dentro de una mezcla de impotencia

por no tenerte entre esos versos

lanzados en el silencio…

Ese silencio de cuantiosas horas de espera,

malgastando medianoches con tu ausencia,

quedando solamente  la posibilidad

de abrazarte con mi mente

y de susurrarle a tu imagen desdibujada

que con una sonoridad ya acostumbrada

No deje de navegar en la profundidad de mis arterias;

tratando que un torrente repentino

te haga naufragar en su lejanía...

Y aún te siento más...

Aún te extraño mucho más...

dejando que solo ese silencio

transcurra en una codiciada espera.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   

Alba Bascou-Argentina/Julio de 2015



El  TRÍPODE

A sus diez años, Hipólito Buonocuore jugaba con sus amigos y  no faltaban en el pueblo, las chicas que lo rodeaban, necesitando compartir aunque sólo fuera con los ojos, la diversión. Él, junto a los otros, parecía que lo izaban como una bandera por las ramas de las viejas araucarias, mientras los pantalones cortos se inflaban con las ráfagas del aire fresco que llegaba desde el Pacífico. Cuando sucedía, las muchachitas, casi de la misma edad o con algún año más, quedaban embelesadas con esas piernas que terminaban en dos protuberancias enormes que se asomaban ingenuas a través de los shorts henchidos. Después se despedían contentas cuando el juego terminaba e Hipólito no llegaba a darse cuenta porqué el beso de despedida era algo tan esperado y caliente.
            Llegó la escuela secundaria. En ella, siempre se destacaba por sus buenas notas y su comportamiento y era puesto como ejemplo por los profesores, hecho que no era del agrado de todos. Pero las chicas lo buscaban más que a otros y simpatizaban extasiadas hasta que llegó la época de los acercamientos y el sexo le explotó causando sensación no sólo en él, sino en las compañeras que se disputaban su elección. Hipólito sonreía en su adolescencia y a veces se miraba en el espejo metido en su narcisismo.  Agradecía a Dios de haberlo provisto de semejantes testículos porque era muy creyente.  Esta situación hacía que todas las noches tuviera la necesidad de rezar con sus manos adolescentes adosadas al pijama, un padre nuestro, agradeciendo al Seños, y rogándole que nunca lo abandonara en esa gracia concedida.
            En el último año, apareció en el Colegio una monjita hermosa y suave, para colaborar en las tareas catequísticas, dado que se trataba de una Institución privada y católica de los Hermanos del Sagrado Verbo, y verla y volverse loco fue sólo uno. Por las noches, soñaba con esa carita blanquecina de oscuros ojos que lo miraban con cariño y en su cabeza empezaron a cruzarse los pensamientos. Nunca fue tan religioso como desde ese momento. Había cambiado el ruego del agradecimiento por sus virtudes físicas por el de que Nuria, la monja, accediera a sus reclamos. El día lo encontraba con los ojos abiertos, llenos de sueño y debajo de ellos, no tardaron en dibujarse unas sombras violáceas.
            A todo esto, tanto el ecónomo como el provincial de la orden no podían explicarse qué sucedía con ese ángel que habían mandado a la casa para instruir a los alumnos en catequesis. Ella se escurría por los pasillos con su voz cantora, con una agilidad felina, moviendo acompasadamente  las caderas debajo del manto, bajo la mirada de todos. En esos momentos, a aquéllos se les esparcía por el cuerpo un simple temblor, que se les duplicaba cuando tenían que sostener la mirada. Ellos pasaban la noche divagando y perdiéndose en esa figura cubierta por el hábito, durmiéndose con la cara enrojecida de pensamientos lujuriosos pero reales. A Hipólito, le sucedía lo mismo, salvo que ninguno de ellos se animaba a comentar el infierno al que habían penetrado. Hipólito, joven y decidido, se acercó en una tarde de primavera que siempre todo lo resuelve, y susurró palabras al oído de Nuria. Su rostro generalmente pálido empezó a tomar color como si hubiera incorporado una gran dosis vitamínica y apretó la mano de él, en señal de asentimiento. Esa noche, el cielo y la tierra estuvieron de fiesta y las estrellas brillaron como nunca. Hipólito durmió sosegado desde la madrugada en su cama, de regreso del paseo que había hecho entre recovecos hasta el humilde camastro, donde Nuria había dicho adiós a su virginidad. La historia llevó meses y cuando ya estaban por empezar el tránsito a una huída conjunta, Hipólito se encontró una noche que a la muchachita mística pero con sexo como corresponde a una mujer, la habían enviado a Roma. Llanto y tristeza inundaron su mente y sus gestos.
Había nacido signado.
Al poco tiempo, otra adolescente empezó a acorralarlo con arrumacos y mimos y se enlazó de tal manera que terminó en casamiento. La felicidad duró un tiempo, pero como el amor no se vende ni se compra en ninguna empresa, un día reconoció que se le había acabado cuando otra muchachita rubia, ganada por sus encantos lo volteó en un jardín de espumoso pasto.
            La fama de Hipólito siguió creciendo. Hubo una seriada de mujeres enloquecidas que rugían como leonas cuando lo encontraban y él volvió a agradecer a Dios el haberlo dotado con semejantes dones. Con tanto ejercicio erótico, aumentó el desarrollo de los genitales, habiéndose corrido de tal forma la voz en el pueblo que empezaron  a visitarlo de localidades vecinas, algunas mujeres hambrientas de sensualidad. Fue allí, donde Hipólito empezó a sentirse un fuera de serie, pero tanta dedicación  a su figura le generó cansancio.
Decidió viajar hasta otros lugares donde fuera un desconocido y así llegó a un país de América Central, donde el calor aumentaba la temperatura de los cuerpos. Si bien había aprendido a funcionar con perfil bajo, pronto ante algunas escapadas empezó su casa a llenarse de flores,  en señal de agradecimiento por los servicios prestados. Y fueron caléndulas, gladiolos, rosas de todos colores, rojas, amarillas, violetas que llegaban sin descanso a la cabaña, desde la que todas las mañanas partía hacia su trabajo. Las mujeres de la zona guatemaltca estaban acostumbradas ancestralmente a agradecer a los hombres que les habían dado aunque fuera unos segundos de felicidad, de esa manera…
            Y un buen día, llegó ella. Lo miró y se le plantó erguida y contoneándose con una sonrisa y una mirada dulce, llena de palabras. Algo se le nubló en su cordura. Su confusión fue en aumento cuando la mujer no respondía a insinuaciones, si bien en algunos momentos acercaba y le jugaba con su cuerpo, apretadito a él, pero retirándolo al instante, dejándolo como clavado en el piso con sus dos piernas y ese miembro que se aferraba a la tierra, mientras ella, le daba un radiante adiós. Enterados de sus complicaciones, sus amigos no tardaron en apodarlo Trípode, hasta que se unió a esa mujer que lo volvía loco y que le prohibió religiosamente que después de ella, hubiera otras. Él lamiró largamente a los ojos, ella sostuvo la mirada, se tomaron de las manos
y  como eran muy creyentes dijeron amén.
           
            Con el paso de los años, parece haber cumplido la promesa. Regresado de aquél otro país,  se lo ve caminar por las calles de Santiago colgado de su matrona o tomado de la mano.
            Lo que no se entiende es cuál es la razón por la que siguen llegando del Valle del Elqui, de Barcelona, de Suiza, de los mismos Alpes, de Miami, ramos floridos que transforman su oficina de los barrios altos en un colorido paisaje. Incluso, ahora, desde Croacia.
            Él no contesta a esas preguntas. Entra en silencio. Sonríe y une sus manos en un saludo zem, bajando los ojos hacia el suelo. Cuando los alza, se encuentra con un cuadro de Rembrant del señor estampado en la cruz.

Ascención Arriagada-Chile/Julio de 2015



MIGRANTES

Gentes de España, inician una nueva colonización, esta vez, no por dominio político, no viajan en nombre del Rey para su poderío y grandeza. Son los primeros años del siglo XX, España ha perdido definitivamente su imperio colonial, vienen a establecerse en Las Indias, tierra amplia que ofrece oportunidades de crecimiento económico al que se esfuerza y trabaja duro.
Viajan con esposa e hijos, familias completas, en esta aventura sin retorno sobre la cubierta o en las bodegas de barcos mercantes, sin comodidades ni lujos.  Penosa travesía, meses cruzando el Atlántico, hacia la tierra del oro y la fortuna. Con ojos esperanzados, con fe en el corazón dicen adiós, muchos para siempre, al terruño que los vio nacer.
Benito, un hombre sencillo, honesto, entre muchos, viaja con su esposa y cuatro hijos. Vienen desde Zaragoza, ha vivido del trabajo en la tierra, cultivando hortalizas y verduras. Nunca antes había visto el mar, menos navegar sobre él. Lo acompaña su hermano Jacinto con su familia. El plan es apoyarse mutuamente en las nuevas tierras para obtener mejores horizontes, un buen pasar para ellos y sus hijos, posibilidades que la Patria no les ofrece; también viene con ellos su cuñada, hermana soltera de su esposa.
El viaje es tedioso, cruzar el Atlántico, el Estrecho de Magallanes, llegar al Océano Pacífico seguir al norte hasta Valparaíso. Las mujeres comparten el cuidado de los niños, quienes se aburren pese a sus esfuerzos, inventan miles de juegos con lo poco que encuentran a bordo, pero no es suficiente, son un grupo más de migrantes a la conquista de Las Indias,
Una de las niñas, estará próximamente de cumpleaños. Inquieta, pregunta una y mil veces cuánto falta, si llegarán a tiempo para celebrarlo en tierra firme, para poder correr libremente en el Nuevo Mundo. Los adultos sin certeza, le responden que sí. Lo celebraremos cuando desembarquemos allá en Valparaíso. ¡Comentan sin mucha convicción! Valparaíso, la Tierra Prometida, donde fundaremos nuestro nuevo hogar, con tenacidad y constancia tendremos una vida mejor. Eso piensan todos.
Los días transcurren con lenta monotonía, las modestas raciones alimenticias, cruzan el Estrecho de Magallanes, con sus riesgos, entran en el Océano Pacífico, se acercan.
- Hija llegaremos al Puerto para tu cumpleaños, de seguro llegaremos, allá festejaremos, reiremos, nos abrazaremos. Tranquilizan así a la pequeña.
-¿Me querrá la gente allá en Valparaíso? Pregunta inquieta la niña.
- ¡Oh sí, te querrán!, nos recibirán bien. Saldrán de sus casas para ver la entrada del navío y el desembarco. ¡Será hermoso!- Responde el padre.
Llega el día del anunciado cumpleaños, aún en alta mar, rumbo al Norte, los días se suceden con una calma enervante. - Ya falta poco para desembarcar en tierra firme, lo celebraremos, ten confianza - le dicen. La niña nada responde, gruesas lágrimas se deslizan por sus mejillas, se consuela. - Allá en Valparaíso, las gentes me esperan, allá en Valparaíso celebraremos mi cumpleaños.
Días después, una mañana llegan al ansiado Puerto, desembarcan con su escaso equipaje y su cargamento de ilusiones, ¡Valparaíso!, ¡ por fin Valparaíso !
La Armada está en la plaza, en uniforme de gala, 21 cañonazos retumban por la bahía, campanas al viento, silbatos marineros reciben a los viajeros, gentes eufóricas, banderas por doquier. Es el 21 de Mayo, se conmemora la gesta de Prat y sus valientes hombres.
Benito, le dice a su hijita, que no da crédito a lo que ve y escucha: - ¡Te lo prometí, ahora celebraremos tu cumpleaños en tierra firme! - La emoción de la niña es grande, no cesa de repetir,¡ Valparaíso! ¡Valparaíso, que lindo es! Las gentes los miran y saludan, les dan la bienvenida, algunos abrazan a los niños, todos están muy contentos. Se establecen momentáneamente en una Casa de Acogida. Luego, según sus actividades, se les va destinando dentro del territorio. A Benito, su hermano Jacinto, más las familias de ambos, se le entregarán tierras para que las hagan producir en las cercanías del lago Budi, un hermoso paraje en el sur del país, allí establecerán su hogar, ahí nacerán sus nuevos hijos.
La pequeña jamás olvidará su primer cumpleaños en Chile, la recepción en Valparaíso. Le comenta a su familia que, desde ahora, siempre lo festejará el 21 de mayo, tres días después de la fecha real. Su ilusión quedó intacta.

Andrés Aldao-Israel/Julio de 2015

Rubén Aldao
Rolando Revagliatti








Respuestas de Rolando Revagliatti, desde Buenos Aires, la Argentina, en abril de 2007, al cuestionario de http://www.artesanias.argentina.co.il & Andrés Aldao, en Israel



1)      ¿Cuándo empezó a escribir (poemas-cuento)?

R.R.: Versificaciones con la impronta de poema o de letra de canción, me suena que a eso de los trece años. Escribía y las recitaba o cantaba a mi amigo íntimo de mis primeros años de adolescencia, Ramón Guldris, en el subsuelo del edificio de la avenida Rivadavia 4986, en la ciudad de Buenos Aires, pleno barrio de Caballito, donde ámbos vivíamos. Él, en su carácter de hijo de los porteros del edificio, solía quemar la basura. ¿Te acordás, Andrés, de los llamados incineradores? En cuanto a cuentos y relatos, empecé a pergeñarlos más o menos a mis treinta y seis años. Y el otro género que abordé ha sido la dramaturgia, enrolado en el “teatro del absurdo”. Alrededor de los veintisiete años escribí mi primer monodrama. Cuando yo todavía no había abandonado mi proyecto de convertirme en un actor que pudiera asentarse profesionalmente.




2)      ¿Cómo surgió su pasión por la lectura y la escritura?

R.R.: Un puntal para la pasión por la lectura: sin duda, mi atracción por las revistas de historietas. A los diez años coleccionaba el “Rayo Rojo”, “Misterix”, “Patoruzú”, etc. (las atesoraba en un par de valijas en desuso para envidia de los otros pibes de la calle Argerich, entre Marcos Sastre y Santo Tomé, pleno (también) barrio de Villa del Parque, en la ciudad de Buenos Aires). “Corazón” de Edmundo D’Amicis era mi libro de cabecera, y antes, de chiquito, “La Hormiguita Viajera” & otros de Constancio C. Vigil.




3)      ¿Cuáles temas le atraen o prefiere para escribir?

R.R.: Los vínculos entre las personas, los modos de proyectarse, los personajes de las personas; las ambivalencias tan difíciles de admitir por las mayorías, las apuestas a la repetición suicida, la vulgaridad, el narcisismo irresistible; la caída en la supeditación al opio de los pueblos;  el destino; las odiseas, especialmente las precarias o pavotas; las  insignificancias, sin embargo, determinantes; la sobreadaptación; el erotismo (el practicado con densidad y altísimo involucramiento & también sus variantes torpes y rapidongas); los filosóficos.




4)      ¿Ha cambiado a lo largo de los años sus gustos de lector y escritor/poeta? Cuéntenos...

R.R.: En mi extrema juventud, lógicamente (creo), no me detenía tanto en la textura de lo que leía, sino que más en la musicalidad, en la anécdota, en la condición entretenida. Desde hace varios lustros lo que privilegio son las marcas de escritura.




5)      ¿Qué libros está leyendo en estos días?

R.R.: En estos días y en todos los días, querido amigo, leo y sobre todo, eso que no se practica lo suficiente y hace la diferencia, releo poesía.




6)      ¿Qué autores han tenido influencia en su vida personal y en su obra?

R.R.: Haciéndome cargo de lo que atisbo como influencias para mi obra literaria y para mi zarandeado transcurrir, apuntaría que hasta la mitad del aludido transcurrir, me son insoslayables Henry Miller, Ernesto Sábato, Federico Nietzsche, Herman Hesse,Constantin Stanislavski,  Marqués de Sade, D. H. Lawrence, Lenin,  Griselda Gambaro, Conde de Lautréamont, Sigmund Freud, Vasco Pratolini, Henry Michaux, Karl Marx, Allen Ginsberg, Marcos Ana, Hebe Uhart, Bertolt Brech, Federico García Lorca, León Trotsky,  Langston Hughes, Blas de Otero, José Portogalo, Esteban Echeverría, Armando Tejada Gómez, Federico Engels,  Homero Expósito, Eduardo Romano... Así como ubico, en este improvisado & oxigenante relevamiento, durante la segunda mitad de mi vida, a estos otros nombres en algún tipo de podio: Italo Calvino, Joseph Conrad, Jacques Lacan, Edgar Lee Masters, Gonzalo Millán, Joaquín O. Giannuzzi, Boris Vian, Clarice Lispector, Pablo de Rokha, Georges Simenon, Juan José Hernández, Miguel Brascó, Macedonio Fernández, Gabriel García Márquez,  Silvia Plath, Charles Bukowski, Francisco Gandolfo, Aghata Christie, Alfredo Veiravé, José Donoso, Silvina Ocampo...




7)      ¿Qué está escribiendo en la actualidad?

R.R.: En la actualidad y ya desde hace unos años: poemas (que siguen engrosando las colecciones “Ojalá que te pise un tranvía llamado Deseo”, “Viene junto con” e “Infamélica”). Además, intermitentemente, corrijo mis prosas, así como poemas, compelido por las reediciones, también intermitentes, de mis poemarios.




8)      ¿Qué proyectos tiene para el futuro?

R.R.: Preveo crear en 2008, en mi Sitio web o inaugurando un blog, la Antología de la Poesía Argentina. Preveo fundar con Alicia Grinbank, Alfredo Palacio, José Emilio Tallarico y, acaso, Alberto Boco, todos ellos poetas, una nueva propuesta con formato de café literario o de revista oral de literatura. En lo personal, continuaría coordinando “La Canción de Rolando”, sección en la que acompañado por músicos u otros artistas, presento poemarios hace muchos años no reeditados, o con alguna singularidad formal o simplemente, entrañables para mí; esos que me inciten a que yo intente algo no del todo convencional. Preveo socializar, ahora en “soporte papel”, la tercera edición corregida de mi primer libro: “Obras completas en verso hasta acá”, el cual cuenta con edición electrónica disponible, por ejemplo, en http://www.revagliatti.com.ar, junto con otros, también de mi autoría, electrónicos: “Propaga”, “Ripio”, “Corona de calor”, “Picado contrapicado”, “Sopita”, “Fundido encadenado”, “Ardua” (castellano-neerlandés), “Pictórica”, “Las piezas de un teatro”, “De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):”.  




9)      ¿Que opina de los certámenes literarios?

R.R.: Que los hay insospechables, que los hay amañados, que los hay bienintencionados y malencarados, que los hay de cariz delincuencial, que lo hay prestigiosos, que los hay diversos, modestos o interesantísimos. Que abundan tanto los ganadores estafados como los premiados que así obtuvieron un fuerte espaldarazo o concomitantes beneficios. Que se podría crear un certamen literario que convoque en el género ensayo a quienes desearan  presentar trabajos de cualquier extensión a propósito de los certámenes literarios.




10)  ¿Cree que la publicación virtual de libros y revistas extinguirá en el futuro la publicación en papel?

R.R.: “Extinguirá” es como  demasiado, Andrés. Pero, efectivamente, la incidencia de lo virtual seguirá asolando a lo tangible.

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