domingo, 22 de enero de 2017

Francisco Ramírez de Arellano/Enero de 2017



La dimensión social de la discapacidad



Un niño, al que le falta una pierna, juega al futbol en el equipo de su barrio. Corre a una velocidad increíble con sus muletas. Se ha especializado en los remates bajos de cabeza. Su sentido de la oportunidad y sus goles son celebrados por todo el equipo y por la grada en la que nunca faltan sus padres.
Una niña encantadora y un poco tímida del mismo barrio, con un leve déficit cognitivo, se ha vuelto taciturna y casi nunca juega con sus amigos. Sus padres están preocupados. A pesar de que le hacía ilusión ir al instituto, desde que ingresó en él está muy cambiada. Incomprensiblemente, se ha convertido en objeto de bullying.
La OMS dice que la discapacidad es un término general que abarca las deficiencias, las limitaciones de la actividad y las restricciones de la participación.... Es un fenómeno complejo que refleja una interacción entre las características del organismo humano y las características de la sociedad en la que vive. La mejor forma de visualizar esa tensión entre un individuo con discapacidad y la sociedad es en los casos concretos como los mencionados, pero también podemos empezar a reconocerla identificando nuestra capacidades y nuestras limitaciones personales, comprobando si son aceptadas, o no, por las personas de nuestro entorno y por nosotros mismos.
La ONU habla de 1000 millones de personas con discapacidad, una de cada siete personas, el 15% de la humanidad. Habla de su vinculación con la pobreza (80%), con la dificultad de acceso a la salud y a otros servicios públicos, y describe la discapacidad como un fenómeno que depende de la sociedad y no solo del cuerpo de las personas.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, las personas están discapacitadas por la sociedad y no solo por sus cuerpos. Una forma de comprender esta tensión entre un individuo con discapacidad y la sociedad es viéndola en casos concretos como los mencionados, otra consiste en comenzar por reconocer nuestras capacidades y nuestras limitaciones personales, y comprobar cómo son aceptadas, o no, por las personas de nuestro entorno y por nosotros mismos.
La autoayuda se ha especializado en restaurar el narcisismo deteriorado en vez de revisar valores y objetivos.
¿Qué nos indica todo esto? Pues que los conceptos de normalidad, integración o capacidad son relativos y varían de unas sociedades a otras. Una forma de ponerlos a prueba es saliendo de nuestra zona de confort. Basta con que nos relacionemos con personas que viven de una forma diferente o que nos veamos obligados a convivir durante un tiempo en un barrio, una aldea o un país con una cultura distinta, para comprobar que ya no somos las personas integradas que éramos en nuestro lugar de origen. Tendremos que esforzarnos por aprender nuevos valores, nuevas normas, nuevas rutinas, prejuicios y tabúes que dificultan o facilitan la integración.
La discapacidad siempre tiene una cara individual y otra social.
Desde el punto de vista individual, una discapacidad física, cognitiva o sensorial puede dar lugar a un camino de superación que nos haga mejores y más fuertes (el mundo del deporte y de la ciencia están llenos de ejemplos) o a una vida de dependencia psicológica que culpe a los demás de cómo nos sentimos. Todos hemos experimentado lo que significa disfrutar de un logro, producto de nuestro esfuerzo, y lo que significa atribuir la culpa de nuestros déficits a otro o al mundo. Subjetivamente, lo que importa es el grado de autonomía y de crecimiento que cada uno experimenta como fruto de su esfuerzo. Esa es la base de la autoestima adulta, y no algunas de las tonterías que se pueden leer en los libros de autoayuda como "hay una diosa en ti" o "eres el mejor".
¿Qué quieren decir esas frases? ¿Que si no eres una diosa o el mejor no eres nada? ¿Que cuando salgan esa diosa o ese "mejor" todo se arreglará? La autoayuda se ha especializado en restaurar el narcisismo deteriorado en vez de revisar valores y objetivos. Pero sin necesidad de ser "lo mas", hay un magnetismo reconocible en las personas que luchan por construir su propio camino partiendo de una condiciones siempre limitadas.
Desde el punto de vista social, aspirar a una sociedad en la que quepamos todos con nuestras capacidades y limitaciones se convierte inevitablemente en una lucha política. Concebir la vida como una carrera de obstáculos con un ranking de ganadores y perdedores o como una lucha por la supervivencia entre fuertes y débiles puede evocar imágenes deportivas o de documentales de la 2, pero cae de lleno en la versión más simplista y despiadada del capitalismo. Responde a un modelo de sociedad fascinada por la competitividad como única vía para alcanzar el éxito y la integración.

Ricardo Ponce Castillo-Chile/Enero de 2017



UNA FLOR

Te juro querida mía,
nunca pensé que una flor,
sí, una flor, causara
ese tsunami emocional
que estremeció tu cuerpo
y te llevó a navegar
por el valle de los sueños.

Una flor, querida mía,
es una poesía
que te alza y te lleva al jardín
por donde sólo el amor
puede llevarte,
vestirte de colores
e inyectar en tu alma
las ansias de acariciar
y ser acariciada.

Sí, una flor puede causar
ese divino efecto,
sólo falta que un alma enamorada
sienta el deseo
de amar y demostrarlo
regalándote una  
para dar inicio
a tu sueño
de amar y ser amada.

Diana Mesterman-Argentina/Enero de 2017



Poema

Si el poema emerge
obstinado de elocuencia
corroe tu abulia
sacude el hastío
de tus huesos.
El instante del privilegio
es poético.

Lucía Lezaeta Mannarelli-Chile/Enero de 2017





VIRUS


         Ya era de noche cuando Víctor Vásquez ingresó al hospital. Había llegado para cumplir con los trámites previos al fichaje poco después de las 17 horas a regañadientes. Su mujer, su madre, sus hermanas y cuñados, además de los sobrinos todos, insistieron en que debería examinarlo un médico y lo llevaron a la Posta. Se sentía algo culpable de haber sido el causante del súbito enfriamiento de los ánimos en esas fiestas de Año Nuevo que, a todas luces, habían sido mejor aún que otros años. Buena comida, música, alegría, algazara, todos los chiquillos gritando en un interminable chacoteo hasta la madrugada. La madre, solitaria como siempre, estaba  totalmente enternecida y había disfrutado de una desconocida felicidad antes que su casa volviera a la silenciosa estabilidad de siempre.
         Todo es ahora rememorado por Víctor Vásquez mientras la fiebre aumenta. Siente adormecida las extremidades, ha tenido vómitos, los que en un principio había atribuido al exceso en la comida, aún así, no se justificaban los otros síntomas. Su madre había cocinado todo al horno y jamás esas comidas habían trastornado estomacalmente a nadie. Así se lo ha explicado a la joven doctora que le cayó en suerte en el turno de la noche. Ella no ha encontrado la causa exacta, pero ve que el enfermo viene grade y decide hospitalizarlo de inmediato.
         En diagnóstico causa confusión en los familiares que lo acompañan, pero no hay tiempo que perder. Se están produciendo intervalos con pérdida de conocimiento y, una vez completada la ficha de antecedentes, el enfermo desaparece en una camilla por los pasadizos del primer piso.
         Tres días de tratamiento intensivo aparentemente le devuelven a la normalidad y la parentela celebra alborozada su regreso a casa.
         Dura poco esta tranquilidad. Vásquez nuevamente no se siente bien. Ha regresado al estado febril y a la pérdida del apetito. Su piel está tomando un feo color oscuro. Nuevamente es internado y varios médicos estudian su caso. Ha subido la glicemia, el médico jefe ha objetado que se le haya dado el alta tan irreflexivamente.

         ¡Qué desborde de sentimientos se producen al estar en una cama de hospital! En sus ratos de lucidez el hombre analiza la situación y comienza a desesperarse.
          ¿Y si su destino estuviera señalado hasta esta fecha? Ya pasó los cincuenta años. Medio siglo es suficiente para conocer lo bueno y lo malo de la vida. Pero… ¿Y su mujer? ¿Y los hijos aún estudiando? ¿Y la casa que está arreglada de a poco? Hay cancelaciones pendientes, pagos deudas, compromisos, trabajos comenzados, galpones metálicos para tres clientes, por algo es Técnico en Construcciones Metálicas y bien calificado por añadidura. Un cumplidor de todos sus compromisos.
         Las inyecciones le tienen la piel amoratada. Cuesta encontrar venas para seguir inyectando. Está atontado con los calmantes. Las noches son interminables y quejumbrosas. Vuelven los mortecinos amaneceres y un doctor con verdadero aspecto de sabio, decide a fondo estudiar su caso.
         Exámenes, fichas clínicas, diagnósticos diversos y grandes silencios. Victor Vásquez tiene ahora demasiado tiempo para pensar. Es el fruto desconocido que la vida regala en compensación por el poco tiempo que queda para disfrutarla. Algún día sólo seré un recuerdo, pero estaré en todas partes. Es un consuelo.- Son sus reflexiones.
         El nuevo médico está frente a él.
         -La vida moderna está basada en la ciencia, amigo mío. Los exámenes clínicos que he pedido nos entregarán la clave de su enfermedad. Daremos el gran paso- afirma,- y es un consuelo oírlo.
         Pacientemente Vásquez se compara con los fierros viejos y oxidados que agonizan en su taller. El silencio de la noche es propicio a sus reflexiones. Todos los enfermos de la sala han recibido algún calmante. Así no molestan al personal. Llegando el caso de tocar el timbre por alguna urgencia, bien puede colgarse de él hasta que quizá una hora después aparezca un malhumorado funcionario.
         Las horas nocturnas conllevan soledad, incomunicación hacia el exterior, pero amplitud hacia el espacio interior. Hacia una búsqueda de sentido a la existencia. La vida… ¿Será sólo esto? ¿Trabajar, luchar, producir cual una máquina hasta caer gastada? Su campo de fuerza está originado por la tensión de la duda ¿Vivirá? Siempre ha escuchado decir “La muerte es una liberación” ¿Liberación de qué?
         De la vida naturalmente. Pero, si la muerte es la NADA,  no se puede actuar. Un  muerto vale nada y ¿Qué es la nada? No admite ni siquiera la lucha.
         El no es un intelectual, ni un pensador ni un moralista. Es apenas un ser que se extingue. Nada tiene que replantearse.
         Los exámenes revelan algo asombroso. No está enfermo del estómago, ni de los riñones, ni del hígado, corazón o pulmones. Pero anda un virus en su sangre. Un virus aún inencontrable, pero existente.
         El médico canoso, de gruesos anteojos y estupenda presencia, figura de indiscutible peso científico, está explicando el descubrimiento. Su posición es absolutamente analítica.
         -Detrás de todo esto hay un sustrato científico. No podemos descartar ninguna posibilidad acerca de cuál virus ha entrado en su torrente sanguíneo. Ahora viene la verdadera investigación.
         Tras la brillante exposición el facultativo se ha retirado majestuosamente.         
         Una esperanza comienza a aletear. No se siente tan desamparado. Al fin se ha encontrado al enemigo. Resta sólo clasificarlo. ¿Será esta la última barrera? Le es aplicado un riguroso tratamiento antivirus. Las inyecciones ya no caben en su cuerpo. Día a día se presentan trastornos desconocidos. Por último, se le han endurecido las venas de tan alarmante manera que se observa a simple vista un camino oscuro bajo la piel, cual si la medicina se negara a circular atascada por una resistencia misteriosa.
         El doctor Raimer  tranquiliza a su paciente en la ronda matinal.
         -Ya todo pasará, don Víctor.- Y se aleja rodeado de una bandada de jóvenes que están en práctica y han sido advertidos del enfermo que padece de un virus mortal.
         
         Víctor Vásquez pierde el conocimiento con frecuencia y despierta atontado. Entonces se aferra a los recuerdos. El pasado solamente le ofrece una base de sustentación. El presente es inmanejable e imprevisible. Recuerda a su familia desde muy atrás. Desde la abuela campesina criando, cocinando, dirigiendo, ordenando, catorce hijos y una cantidad de nietos y bisnietos. ¡Cuánto carácter, cuánta autoridad! Fuerte, saludable, tenaz. Nada efímero ni artificial. Nada corrupto había en ese recio tronco.

         Piensa en su propia niñez. Desde los campos lluviosos del sur. Desde las alpargatas con las que atravesaba el barro para llegar a la escuela rural. Desde el ulpo de harina tostada a las papas con chuchoca. El arribo a la ciudad, la dispersión de la familia, la fatigosa búsqueda de viviendas. Quizá hora es una hoja teñida de un otoño amarillento. Es todo lo que queda de ese árbol…
         El turno de la mañana trae una novedad. Una joven doctora viene a hacerse cargo de él.
         -Y el doctor Reimer?-Pregunta inquieto.
         -Me entregó su caso. Soy experta en microorganismos. Soy la doctora Avilés-Flor Avilés- Se presenta solícitamente. Demuestra una energía, un entusiasmo y una seguridad contagiante. Es una hermosa mujer de negro moño y blanca tez. Estudia la ficha con gestos de desaprobación.
         -No, señor Vásquez. Cambiaremos todo este tratamiento. No es el indicado para su caso.
         -El siente una nueva frustración. ¿Cuántos médicos lo han revisado? Hace un recuento. Recuerda sus nombres y figuras. Los reconoce por sus pisadas. Por algo lleva tres meses en esa cama. Todos se han desviado hacia otros pacientes menos complicados.
         No tiene fuerzas, debe aceptar que lo afeiten. Se mira en un espejo y se espanta. ¡Eso! ¡Eso es él! Encanecido, enflaquecido, palidecido, ojeroso, la mirada vaga. Cae en un letargo y sabe que se está muriendo. Le apuesta al silencio. ¿Cuándo quedará vacía su almohada? Está confirmada su decadencia y su definitivo hundimiento.
         La siguiente visita de la doctora Avilés le brinda una satisfacción.
         Buenas noticias don Víctor. Se ha apoderado de usted nada menos que un pariente del estafilococo dorado, una bacteria rarísima. Entre miles de personas ha sido usted receptor esta vez. Inmediatamente comenzará con su tratamiento. Ahora vamos por terreno conocido. Haré llamar a sus familiares para que consigan a la brevedad estos medicamentos.
         Flor Avilés escribe unos nombres absolutamente ilegibles y deja la receta en manos de la enfermera de turno para que llame a sus parientes.
         Comienza otra etapa de angustiosos días. Los remedios conseguidos con aportes monetarios de varios integrantes de su familia son administrados rigurosamente. Está comenzando el otoño. Por la ventana frente al lecho una tonalidad amarilla reemplaza el verde.
         El enfermo aún sigue con fiebres recurrentes y debilitamiento general. En resumen, está triste, pues ya tres nuevas semanas han transcurrido y su asesino anda por el organismo por su torrente sanguíneo, su ánimo no es el mejor. La doctora no quiere reconocer un fracaso. No pueden administrarle más inyecciones. Hay que esperar.
         Como una revelación angustiante se le presenta la idea de despedirse de su familia. La noche envuelve la sala. Horas de desaliento hasta ver la lívida claridad de un nuevo amanecer.
         Amodorrado despierta de súbito. Presiente alguien a su lado. ¡Un nuevo médico! No alcanza a distinguir su nombre en la capa. Es joven de mediana estatura, cabello y barba castaña y rostro afable. No lo examina. Le toma la mano y lo mira fijamente.
         -Vivirá- le dice simplemente.
         Se va de prisa y el queda sumido en confusiones. Extrañado comprueba que es demasiado temprano para la hora de la ronda médica de la mañana. Aún reina el silencio en los pasillos y el frío otoñal está depositado en los patios y los jardines del hospital.
         Como a las seis, pregunta al personal que no entrega aún su guardia, por el joven médico interno que lo ha visitado. No saben qué responderle. No saben cómo se llama. Nadie lo ha visto. Seguramente lo ha soñado.
         Entonces aguarda que irrumpa su doctora para comunicarle el veredicto del nuevo médico. Curiosamente se siente más liviano. Sus extremidades se han deshinchado y puede sentarse en el lecho sin ninguna ayuda.
         -Señor Vásquez, todos los egresados están debidamente registrados. No hay un solo interno en este pabellón. No hay un médico joven de barba en todos estos meses  en el hospital. Yo soy la encargada de recibirlos- es la respuesta a sus insistentes preguntas.
         Tres días después le ha sido concedida el alta. Al retirarse con su maleta de ropa y ya en franca recuperación, Víctor Vásquez desde el jardín se vuelve a contemplar el gran edificio. Hacia lo alto está la ventana frente al lecho en que tanto sufrió.
         -¡Adiós! - musita con un nudo en la garganta.- ¡Adiós a quien me ha devuelto la vida!
         Sabe que no necesita despedirse. Aquella persona ya está dentro de su corazón.
          

Alejandro Insaurralde-Argentina/Enero de 2017



La violencia en lo simbólico (y la pelota se manchó…)

        
Como ustedes recordarán, hace unos meses la Asociación del Fútbol Argentino estuvo a punto de ser desafiliada de la FIFA por hechos de corrupción. El mítico comentarista Enrique Macaya Márquez - en sus varias décadas de profesión futbolera - dijo que jamás vio una situación semejante en la AFA. No sólo la Justicia Federal se hizo cargo de la causa respecto del manejo de los fondos de “Fútbol para todos” sino que, para aumentar el bochorno, se sumaron los “errores” en el conteo de votos en las últimas elecciones de la entidad.
Éstos no son hechos fortuitos. Hace tiempo que venimos señalando la crisis cultural que se abate por estas tierras donde ninguna estafa, título de policiales o catástrofe económica se muestran como algo aislado, todo se concatena y guarda relación palmaria con esa crisis de base. En las sociedades donde entran en peligro algunos valores, explota una bomba de abusos que derivan en pretensiones incongruentes. Hasta la dignidad y el buen nombre se pierden en un instante de felonía donde su protagonista se inmola en una ridícula contumacia sólo por tener su minuto de fama.
Compleja crisis la cultural. Pero se evidencia fácilmente, incluso en las múltiples formas de ingresar al absurdo. Sabemos que cuando se lo aborda desde el humor es lícito y licencioso, pero en la realidad concreta y en asuntos serios donde está en juego el bien común, no merece menos que el repudio.
Y del absurdo pasamos al drama in the blink of an eye. Unos por precipitados, otros por estúpidos, todos tuvimos alguna incidencia en este ruin sitial en el que nos posicionamos como sociedad. En Argentina tenemos larga experiencia en victimización donde salimos a cazar brujas que no existen más que en nuestro imaginario colectivo tan permisivo. A ello se le suma el negacionismo, otro de nuestros vicios predilectos. Pareciera que negar las causas de todo lo distorsionado nos fuera a redimir de algo, mientras Miss “pesada herencia” para unos y Miss “imperiofobia” para otros, se convierten en las depositarias de nuestras cuitas. Y ahí estamos, consagrados en el altar de la testarudez supina.
Los cimientos culturales de la Argentina están resquebrajados, y uno de sus principales intersticios está en lo simbólico. Nos referimos a lo desvirtuado que se vuelve un símbolo cuando se lo manipula en forma irresponsable. “Símbolo” proviene del latín symbŏlum y tiene por función exponer una idea o pensamiento representados en una imagen. Ernst Cassirer desarrollará este concepto asignando al ser humano su carácter de “animal simbólico” para definir la tendencia humana que tenemos de simbolizar, es decir, de poner una intermediación que nos separa de una relación directa con las cosas. Todo lo que intermedia entre el hombre y el mundo, es lo simbólico. Tanto Cassirer como Claude Levy Strauss sostienen que la cultura es el ámbito humano y lo natural es el ámbito de lo animal. Lo que hace que el ser humano no sea animal y pueda configurar una cultura es su capacidad de simbolizar o poner significado a todas las cosas. La simbolización permite una intermediación entre los impulsos y su descarga.
Pero este campo natural de lo humano - el universo simbólico - puede sufrir ataques. En la violencia simbólica, el transgresor no enlaza con el valor representativo del símbolo – tal vez por fatídica transferencia – e ingresa en un imaginario de otro orden que, cuando se trata de la función pública, se articula con un relato demagógico y autoritario. Dicho relato hace posible que el símbolo no acuse línea del bien o del mal, la frontera se agranda o se achica de acuerdo a los intereses en juego. El símbolo pierde su peculiaridad, actúan los impulsos y se desencadena la acción sin mediación simbólica (Acting out). Se llegó al colmo del cinismo como funcionario - tal es el caso de la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner - cuando hizo una humorada en la inauguración de las formaciones nuevas del ferrocarril Sarmiento, a dos años de la tragedia en Once: "¿Están todos ya ubicaditos? miren que esto hay que hacerlo rápido, porque si no viene la próxima formación y nos lleva puestos". En muchos funcionarios de diversas veredas políticas encontraremos ejemplos así. Infamia semejante es posible con actitudes psicopáticas que infringen valores simbólicos y van al acto en el lenguaje, o en el caso de psicóticos a quienes les falla el poder de simbolizar correctamente. Este tipo de situaciones dejan escapar “lo salvaje” que transmite lo animal o lo no humano, o bien un trastorno en el control de las pulsiones. Impulsos agresivos tenemos todo el tiempo y son necesarios, pero cuando se expresan sin freno a causa de una simbolización deficitaria surge la conducta sádica, en donde no hay represión de los impulsos.
Si lográramos entender que el fútbol es sólo un deporte devenido en espectáculo cuyos partidos no son combates a muerte, que los conciertos de rock no son hormigueros trágicos y que las diferencias ideológicas no son motivo de odio visceral, las pasiones encontrarían un bozal de contención que nos muestre más ubicados y maduros. Pero no, resulta que la cancha es hoy una caja de resonancia social donde algunos idiotas van a vomitar sus resentimientos, los shows multitudinarios son amenaza de tragedia por falta de seguridad y los debates políticos son batallas retóricas con descalificaciones ad hominem y críticas de alcoba.
La caída de la función paterna, con su imagen protectora y de ser la “provisión” familiar, gravita también en esta crisis simbólica que padecen muchas sociedades. Se desdibuja la autoridad del padre cuando muchos de ellos se nivelan a la realidad de sus hijos y descuidan el rol de ser para ellos los guías morales. En todo esto, hay valores simbólicos violentados y no se respeta lo representativo que se le concede a cada entidad o contexto. 
En materia legal, evitar que lo simbólico se diluya es evitar caer en el relativismo de la ley endeble. Con el uso de tecnicismos se puede alterar la esencia de una ley y en tal caso, impartir justicia sería una cuestión de azar, con todo el peligro institucional que eso significa. De la misma manera que no serviría la caza indiscriminada de delincuentes cuando hay un interés electoralista, tampoco sirve ser tolerantes con la desidia de jueces promotores de impunidad. Tal vez las marchas contra el femicidio como las de “Ni una menos” no detengan las muertes, pero con un Estado libre de favoritismos partidarios que privilegie el valor simbólico de una ley, los jueces mantendrán a raya a los violadores y asesinos.
En la contienda sexista encontramos también violencia simbólica, y en este punto es ineludible mencionar la vigente y no menos absurda “guerra de géneros”, donde tanto el machismo como el feminismo son dos caras de una misma moneda, no son posturas antagónicas, y sólo tienen una dualidad aparente. La supuesta diferencia reside en el discurso, pero no en sus formas ni objetivo. Ambos buscan avanzarle al género opuesto mediante exacerbación fálica. El machismo abusó históricamente de su recurso de fuerza bruta para imponerse, mientras que el feminismo busca agresivamente recuperar terreno que le fue invadido por el hombre machista. Si bien la mujer tradicionalista espera aún ser conquistada o estar protegida por un caballero, no está exenta de competir con el hombre, ganar un mejor sueldo y lograr autonomía. “Querer ganar más” es en sí mismo, un avance fálico.
En culturas antiguas vemos también expresiones fálicas, como la de los romanos cuando erigían menhires en la arena del Coliseo. El mensaje subyacente estaba claro: "ostentamos falos, porque dominamos el mundo". El machismo medieval del Cristianismo hizo lo propio, cuando decretó a la mujer - erróneamente llamada bruja - como instrumento del demonio, artífice de males y obnubiladora emocional porque se apodera del alma del hombre y lo enamora. Pero nótese que la mujer es pasible también de enamorarse - ella puede caer en un hechizo de atracción igual que un hombre - sólo que en la Edad Media no era usual que la mujer se enamorara, salvo si pertenecía a la realeza. Tales debilidades sólo se les permitían a los hombres. El accionar fálico machista se centraba en la manipulación, mediante la cual el hombre se victimizaba para justificar la demonización femenina. Aquí vemos una simbolización fálica amplificada, hiperbólica. Cuando se ama con plenitud, se comparte la pulsión vital con el otro. Allí no hay contienda fálica ni onanismo conformista represivo. La otredad cobra vida en ese compartir, y ya no hay necesidad de activarse fálicamente.
Cuando los talibanes atacaron el World Trade Center en septiembre del 2001 sabían lo que estaban haciendo; vulneraron uno de los símbolos máximos del capitalismo mundial. Del ataque, dedujeron que si se pudo destruir aquel símbolo de poder, estarían en condiciones de destruirlo todo. Atentar contra un símbolo y no contra sus actores habituales implica un intento de desmoronamiento estructural, que llevaría años de recuperación psicológica.
¿Porqué un proyectil o bala tienen forma peneal, al igual que un misil o torpedo? Muy simple: Porque tienen que "penetrar" y eventualmente destruir. Un pene al introducirse debe agredir, conquistar, dominar y simbólicamente destruir. De lo contrario, no cumplirá eficazmente la función de pene. Tan propio del folclore callejero - y futbolero - es expresar una imposición fálica sobre el otro cuando se le gana humillándolo.
En las prácticas parafílicas como el fetichismo se trasciende el mero miembro viril, como en el caso de la podofilia o fetichismo del pie. Teorías indican que la forma del pie humano es visualmente similar a las caderas femeninas (tendencia fetichista de los varones). Otra teoría sostiene que tanto los genitales masculinos como los pies se homologan en un mismo nivel de atracción por el hecho de estar escondidos. Pero aquellos que asocian su fetiche con el accionar fálico prefieren los pies grandes y huesudos porque “son los que pisan mejor", en clara alusión a la arremetida fálica hacia el más débil. Aquí vemos como un símbolo de dominación conlleva violencia. Pero el problema que deriva de esto, es cuando esa violencia se plantea en forma indiscriminada.
Hace unos años, se desarrolló el fenómeno posporno en la Facultad de Ciencias Sociales de Buenos Aires, una manifestación de sexo explícito en las aulas que según sus cultores, fue una expresión contestataria frente a la pornografía tradicional respecto al papel opresivo que cumple allí la mujer. Con esto no se intentó afianzar la teoría queer con su reclamo respecto a que las orientaciones sexuales son mera construcción social. Nada de eso. Aquí se instaló una clara expresión feminista. Para desmitificar estereotipos sexuales no es necesario hacer bullicio, porque veamos esto: el escándalo no siempre es producto de una reacción emocional, es a veces un síntoma de la chabacanería y mescolanza que imperan. Es cierto que el posporno “no es para que nos calentemos” como anunciaron sus organizadores. Pero la temperatura aumentó en los ánimos de muchos no por excitación sino por la bronca ante ese espectáculo burdo y promiscuo. El espacio público de una Facultad fue violentado en su valor simbólico. Es una casa de estudio, no un espacio para reivindicaciones sexuales. Un exhibicionismo “tinellesco” fue precisamente lo que ocurrió en esa Facultad, y ya que estamos, pondremos bajo la lupa a Marcelo Tinelli como el empresario que ya no sólo está detrás de la TV de consumo vulgar, sino también en comisiones directivas de clubes y en políticas espurias. En todo el arco más oscuro y populista de la sociedad, allí lo encontrarán a este mercader de la vulgaridad. 
Volviendo al fútbol, cuando Maradona pronunció la frase “la pelota no se mancha”, por medio de esta metáfora simbólica hacía referencia a no permitir que la esencia de un juego se contamine. Aunque su adicción a las drogas y exabruptos que protagonizó no lo ayudan en su deseo, rescato el mensaje: Nada debe manchar lo puro que representa un juego. El punto es que no existe tal pureza en el fútbol profesional. Mafias, barras bravas, reventa de entradas, dirigentes cuestionados, transacciones millonarias, son algunos ítems de este cóctel obsceno de opulencia y corrupción que muy lejos está del primigenio espíritu que envuelve al deporte. ¿Dónde quedó aquello del “Mens sana in corpore sano” cuando un futbolista juega estresado por las presiones? El cuerpo podrá estar bien entrenado pero, ¿y la mente? Hoy es habitual ver jugadores de clubes grandes amenazados por los barras, obligados a ganar en un alocado exitismo. Bajo estas circunstancias, pertenecer a un club de primera división deja de ser un privilegio. Pasa a ser una condena. La prohibición de público visitante en las canchas logró reducir apenas los enfrentamientos, pero los violentos se las ingenian siempre para sus festivales de sangre; si no se cruzan en alguna ruta, lo hacen en una discoteca o estación de tren, basta con que se reconozcan como adversarios, que empieza la función. Cortar este nudo gordiano de violencia implicaría sacrificar intereses de altas cúpulas atestadas de corrupción. Romper con el valor simbólico es habitual en tales ámbitos, ya que la violencia es parte activa del negocio. La política y el fútbol profesional van de la mano, allí forman un espacio común en donde proliferan verdaderas “sociedades del delito” con barras de clubes como aplaudidores en actos del gobierno, y con punteros políticos como reclutadores.
El diagnóstico debe ser claro: existe una crisis que conduce al rechazo de la alteridad, hay una resistencia a aceptar que convivir con el otro es posible si hay respeto por el que es o piensa distinto.
Es vital recuperar el valor de lo simbólico como pilar fundamental para reconstituir el tejido social. Pero esto quedaría sólo en el plano del deseo, si no se plantea una restauración del pensamiento individual y contención psicológica de las personas, en tanto componentes sociales primarios de la sociedad que conforma, dirime y controla el accionar correcto del Estado.




América Guerrero González/Enero de 2017



Tuya
Mis labios son suave orquídea,
cascada de sensaciones.
Furioso volcán
en erupción,
lava candente
al rosar tu boca.
Soy presa del deseo
mi hechicero de marzo;
Ángel o demonio.
Dios del Olimpo
sueño y realidad.
¡Ven!
Descansa en mi seno,
silencioso
guardián de mis sueños.
Ansío tus besos…
son el juego perfecto
de seducción, deseo y amor.
Eres sopor de mis ansias
¡Hazme tuya!
lléname de deseo, de excitación.
Se carcelero de mi sexo y
de mi amor.

Isidoro Gómez Montenegro/Enero de 2017



Regresa el amor


Contigo  puedo mirar el mundo,
cantarle  a la luna si excusa….
Desgajar un poco de azul a la noche,
en  la sombra y
aprender tu historia sin querer
dejarte  sola.
En tu fragilidad
cuajada de ternura…
escucho alivio,
en tus pétalos  rosáceos veo la luna,
hago una oración  al infinito.
Se mezclan estrellas, constelaciones…
Cual canto de ave el Universo nos abraza.
Mi espíritu libre,
te yergue en espumas,
en el oasis.
Arco en tensión lanza flechas.
Bajo tu voz, mi corazón rendido…
Uvas deslizas en la lengua…
Arrasa mi somnolencia,
aletargadas vigilias,
por liras cítaras del tiempo.
Te presiento entonces…
Regresas… regresa el amor,
Cual vino generoso
en intangibles sílabas,
calmas mi sed.

Jorge Etcheverry-Chileno, vive en Canadá/Enero de 2017



Cosmogonía

En un comienzo había la nada,
pero eso no lo sabemos.
Podemos decir que en el comienzo no había la nada,
o que lo que no había no era la nada,
y nos preguntamos
¿Es entonces todo o algo eso que había?

Y la primera lección es que a lo mejor no se puede saber
eso no es ninguna novedad
desde hace por lo menos un par de milenios
que los griegos presocráticos se planteaban estas interrogantes
y ellos también terminaban por encogerse de hombros,
y eso se pasó a llamar el escepticismo o el cinismo,
depende de la encogida

Y estamos hablando de la historia escrita,
del registro canónico occidental
cuyas hordas acabaron por invadir el resto
del mundo civilizado
o no
lo que además depende del cristal
con que se mira

Entonces
sea proscrita ya desde el inicio
de esta transcripción o dictado,
pongámonos de acuerdo
la mención de orígenes materiales
que en caso de haberse producido
no había ojos que los estuvieran mirando

Cualquier proposición sobre los orígenes
es patudez o tontera