miércoles, 25 de septiembre de 2013

Marta Susana Díaz-Buenos Aires, Argentina/Septiembre de 2013



LECHE TIBIA CON VAINILLAS

Había pasado tantos miedos y angustias que un dolor más me resbalaba.
Alguien avisó que mataron a mi amigo Antonio, el muchacho que ayudaba en el mercado.
¡Parece mentira! Después de tanto sufrimiento, una noticia de muerte me dejaba  insensible. 
Recuerdo que muchas veces me sentaba en el pasto, con las piernas como un  buda  y apoyado contra la pared me quedaba horas sin pensar en nada.
Tan sólo me abstraía de ese limbo el ruido de mi barriga.
Era un arpegio que sonaba en lo más profundo de mis entrañas.
No se donde empezaba ni donde terminaba.
Yo lo escuchaba  dentro de mis tripas como una música sorda y agazapada que me volvía a la realidad e, irremediablemente, recordaba las vainillas al hundirse en el vaso de leche tibia y espumosa que me servía mi abuela en la amplia cocina de la casa.
Esa casa donde pase mi infancia en  los alrededores de Madrid, antes de que explotara la guerra civil.
En ese tiempo descubrí que el hambre tiene música.
Suena con acordes distintos según sea el tiempo en que el estómago permanece vacío.
Siempre viene acompañado de una gran languidez estomacal que solo se calma por un rato si podemos tragar al menos un mendrugo de pan.
La casa familiar había sido destrozada por los enfrentamientos cruzados y las bombas.
Cuando las fuerzas que servían al caudillo lograron pasar las barricadas de Madrid,  yo tenía 12 años.
La masacre fue tremenda. Una noche de primavera fusilaron a mi padre  mientras volvía de atender heridos del hospital. Alguien lo denunció por comunista. Era apolítico.
No volví a saber de mis hermanos que luchaban en el frente  cuerpo a cuerpo contra los que venían del sur.
Quedé al amparo de una familia vecina que se compadeció de mi orfandad.
El hambre y su música fueron mi mayor sufrimiento. Más que las bombas, más que las muertes, más que el miedo.
Viene a mi memoria la huída masiva y desgarradora empujada por el terror de los últimos momentos en una guerra perdida.
Mujeres, niños, soldados y discapacitados en peregrinación al exilio,  cruzando los Pirineos en medio de las inclemencias del tiempo en el invierno del 39.
Los borceguíes grandes y pesados, llevados por mis piernas huesudas y mucho más largas que cuando empezó la guerra, me llevaban por charcos congelados, cuestas pronunciadas y un viento helado que me cortaba los labios resecos e  hinchados por el  frío.
En ese peregrinar, cuando lográbamos descansar, despertaba sobresaltado en medio de un sueño recurrente y aliviador: las vainillas zambulléndose  en la leche espumosa y tibia que me servía mi abuela.
Y mientras tanto las largas filas de refugiados seguíamos nuestro camino hacia los barracones  franceses que fueron como campos de concentración, donde padecimos maltrato, trabajos forzados y hambre. Siempre el hambre.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Marta: Me impresionó tu relato y me encantó el tema. ¿Es una historia familiar o la inventaste? Porque yo soy un apasionado de las narraciones sobre la guerra civil española y sé que muchos pasaron por la situación que narrás (un ejemplo es Picasso)Te falicito una vez más. Marcos.

Maribel dijo...

Tienes una facilidad para describir situaciones.... que parece que hasta las has vivido. Muchos besitossssssssssss Marta <3 :)

Anónimo dijo...

El recuerdo de un hecho tan plagado de amor, como el que te puede dar una abuela, le sirve a esta escritora, para desarrollar un cuento de tan tremenda angustia y tristeza, como es la situación de un pueblo en guerra.¿ Acaso hay algo peor?
Hermoso relato por ser tan vivencial-.
Abel Espil