sábado, 22 de enero de 2011

Alba Bascou-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011


                            ANATEMA

            Exuperio buscaba la luz divina. Atravesaba las calles sin mirar los semáforos, apenas escuchaba a la gente cuando hablaba, se bañaba con rapidez mediante una regadera de plástico azul –por aquello de que lo ideal flota en el azul- .Y además, para no detenerse en las partes pudendas de las que su obispo le decía, cuando extraía cerca del plexo solar rodeado de exuberantes carnes fláccidas, su voz similar a la de un pitido de tren, que éstas no se debían alumbrar porque conducían a la oscuridad del alma.
            Piadosa mujer, su madre, ganadora del campeonato nacional del santigüeo a cuatro manos, acompañaba con un rítmico marcado de las puntas de los dedos de los pies, al ejercicio de alimentar a Exuperio, su bebé de cuarenta y cinco años. En el momento en que lo veía triste, enmenottiado, le abría los brazos y lo recibía en su regazo, acunándolo en el movimiento ancestral del hico-hico. Ahí,  a  Exuperio se le dibujaba una sonrisa pero no veía la luz.
            En el trabajo, funcionaba como una computadora más, dado que a la rápida sinapsis de sus neuronas, solamente le bastaba colocar una célula fotoeléctrica  en la sien derecha para que su pensamiento emergiera obediente y realizara su labor. Eso sí, a veces aparecía en sus legajos y expedientes, impresa la palabra LUZ, hecho que su jefe no alcanzaba a comprender.
            Una vez, cuando salía de la oficina, la encontró. Al intentar el cruce de la calle. Apenas, colocando sus pies en el pavimento. Fueron unos focos apaisados de Peugeot 306, de fabricación extranjera por eso de que hay que amparar la industria nacional, que le irrumpieron en el rostro y desplazaron su cabeza nada más que unos metros de su cuerpo, sobre el adoquín. Tirado torso arriba, en medio de la arteria, con cara de estampita, se le observaba en la boca una U mayúscula, semejante a un gesto pleno de satisfacción.
            Porque después de todo había encontrado la divina LUZ.
            El hagiógrafo y un grupo de exégetas, traídos de cañaverales en extinción y suelos sin petróleo, bajo la promesa de un sueldo en patacones, comprobaron que Exuperio, el humilde, apostólico, edípico, murmurador sin respuesta, prudentísimo, emanador flatulento, caritativo, fornicador escondido, enano virtuoso, dueño de una vida interior intensa –siempre estiraba su mirada para adentro-, investigador obseso de su propio tubo fluorescente, pertenecía al Universo de la finitud.
            Exuperio, el insatisfecho, había sido un caso más de enerrancia bíblica.
            Desde el cuerpo segmentado, ya pétreo, se comenzaba a expedir un ácido y amarillento aroma. Un fuerte olor a santidad.

                                                 

Trinidad Aparicio-Barcelona, España/Enero de 2011


MADRE  JOROBADA



 Cuento andino.
Fantasía. 


En el santuario, cundía la alarma y el desconcierto. Alguien descubrió el escondite de las flautas mágicas y se las llevó. Si bien el jefe de esa región andina era pacificador, verdad es que también era  al máximo supersticioso. Las flautas en si, habían sido bendecidas por el dios Virachoca y se suponía que tenían un poder sobrenatural. Transmitiendo mensajes con ellas habían salido vencedores de todas las reyertas sostenidas contra los Kollas u otras agrupaciones rebeldes a la política de los Incas. La desaparición de las flautas pues, le restaba poderío al jefe; en consecuencia,  ese hecho, además de ser un sacrilegio era también una amenaza.

Luego de mucho pensar y consultar con sus hechiceros se decidió qué: si al aparecer la Luna, "madre jorobada", el ladrón no hubiese restituido las flautas, merecería el castigo de morir decapitado.
           
Las sospechas, derivadas de una minuciosa investigación, recayeron sobre un joven quechua, llegado recientemente de la zona templada, cuyo único delito fue  haber desoído las advertencias de sus mayores antes de marcharse a recorrer nuevos senderos.

Consternado el muchacho, al enterarse del peligro que se cernía sobre su cabeza, pidió hablar con el gran jefe. No fue la cosa fácil, pero cuándo estuvo frente al gran jefe,  sabiendo lo supersticioso qué éste era, armó su defensa  base a un ardid.

Deshilachó de su atuendo un hilo de plata por cada día en que tardaría en aparecer la "madre jorobada", y habló  de esta manera:

"Poderoso gran jefe, parad atención a lo que a continuación os digo: Si mi muerte aconteciera de manera tan injusta,  nuestro gran padre el sol, no os lo perdonaría. Cada uno de estos siete hilos representa una generación de mis antepasados, con humildad,  frente al gran jefe imploro a sus espíritus. Todos juntos harán, para demostrar mi inocencia, qué al despuntar el alba del día señalado, aparezcan las flautas en el santuario de lo contrario el culpable se convertirá en una roca calcinada". Dicho esto trenzó los siete hilos y entregándolos  al gran jefe, le pidió que difundiera a su pueblo lo dicho por él allí.

Anikay, hija de Ñununku, jefe de menor jerarquía, tenía la certeza de qué su padre, por ambición de poder y con el objetivo de dar motivo a una guerra, había sido el autor del robo. Recordaba que cierta noche lo descubrió  agazapado en la oscuridad esperando ver los fogones apagados para salir corriendo hacia el santuario. Enamorada como estaba del gran jefe, temiendo qué algo malo le sucediera a su amado, amenazó a su padre con arrojarse desde el Huayna  Picchu si no desistía de su intento.

Así las cosas, el día  en qué la Luna, "madre grande" debía ceder la noche a la Luna "madre jorobada" el cielo se vistió de negro; el viento se enfureció y un fuerte vendaval arremetió contra las aguas del  río. Pero… al amanecer, el cielo se despojó del luto, el viento se volvió brisa, se alisaron las aguas del río y en el límpido firmamento antes de salir el Sol, brilló la Luna "madre jorobada" con un resplandor desacostumbrado. Las flautas mágicas habían aparecido y cien quenas sonaban festejando  el acontecimiento.

 Por supuesto, no hubo decapitación ni sacrificio, ni roca calcinada. Todo terminó en una gran fiesta. Al joven quechua, lo despidieron con todos los honores por tener el poder de comunicarse con los espíritus;  Anikay, se casó con el gran jefe y para preservar su felicidad y a la vez  proteger a su padre de la ira de su esposo, supo muy bien guardar su secreto.

10/10/00.

Constantino Mpolás Andreadis-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011

A  JACQUES PREVERT
 
te busqué en el mercado de esclavos
y no estabas ahí
te busqué en los escaparates
entre las prostitutas
y no estabas ahí
entonces te busqué donde no estabas
no en el mercado de esclavos
y tampoco entre las prostitutas
ni entre las vendedoras de labios rojos
ni en las verdulerías
ni en las iglesias
en esos lugares
no te podría encontrar
y yo estaba apurado
y no tenía tiempo que perder
perdí tanto tiempo buscándote
que sólo me quedaba la eternidad
y de ella
sólo un poco
por eso es que te busqué donde no estabas
y entonces te encontré
y te perdí
te encontré en el mercado de esclavos
y te encontré entre las prostitutas
y entre las vendedoras de labios pintados
y en las iglesias
y en los bares
te encontré en las verdulerías
y en los salones estrechos
y en los amplios
sentada al lado mío en el colectivo
y mirándome desde la ventanilla de un taxi
y en todos esos lugares te encontré
y te perdí
sólo que esta vez te perdí para siempre
y aunque te siga buscando y encontrando
ahora sé que te volveré a perder
y te volveré a buscar
y a encontrar
sólo ahora lo sé
recién ahora lo sé
y lo sé como lo supe desde siempre
desde el momento en que te conocí
y aún antes
siempre supe que para encontrarte te tendría que inventar
y lo hice
y al hacerlo te perdí
para no perderte
para encontrarte
debí haberme resignado a no encontrarte
a buscarte
sin esperanzas
y ya ves
no lo hice
y ahora
lo único que me queda es continuar buscándote
donde estás
y donde no estás
y volver a inventarte
y volver a perderte
así como así
como si no te buscara
como si no me importaras
como si no te quisiera como te quiero
como si no fueras
mi único amor
como si nos paseáramos del brazo
y tuviéramos una casa
y tuviéramos o no tuviéramos hijos
 

viernes, 24 de diciembre de 2010

Miguel Ángel Figueiras Gimenez-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010

                   Natividad

Un cometa parte la bóveda celeste,
nace el niño en el solsticio
del invierno romano,
para que el niño sea la luz del mundo
los reyes magos están rezando.

Navidad de las grandes ciudades
con perlas y diamantes, 
navidad en mi pequeño pueblo
iluminado con lámparas, velas
candiles y misterio mundano.

Humilde navidad provinciana
arbolito arrancado al monte,
enjoyado con plumas nevadas
sollozo, oración y canto.

Caireles hechos a mano
papel dorado y plata de chocolates,
guirnaldas encendidas en el crepúsculo
para que el niño este iluminado.

Pabilo titilando en la noche
como estrellitas en el espacio,
ilusiones,  risas y villancicos
frutas secas, besos y vino blanco.

Los encuentros estremecen,
y en el inmaculado mantel
se materializan pasado y presente,
del cielo emergen sobrevolando
candiles, velas y cometas
para que el niño este iluminado.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Revista Literarte 9º Aniversario- Diciembre de 2010, en soporte papel y digital



STAFF
DIRECTORA PROPIETARIA
Graciela Diana Pucci
COLABORADORES
Josefina Fidalgo
María Antonia Herrera
Lilia Elena Durand
Alicia Balista
Rosa Esther Moro
Nélida Vschebor

Raúl Fernández
Raúl Barrozo (Periodista)
CORRESPONSALES EN EL EXTERIOR
CHILE
Loreto Silva
ESPAÑA
Martín Lucía
SALAMANCA
Ma. Antonia Moreno Mulas
MÉXICO
YUCATÁN, VALLADOLID
Marco Antonio Chávez Díaz
PERÚ
Fidel Alcántara Lévano
Ricardo Javier Calderón Inca
CORRECCIÓN
María Antonia Herrera
Graciela Diana Pucci
PROMOTORA PUBLICITARIA
Esther Moro
Ana Ailén Glavic
DISEÑO Y DIAGRAMACIÓN
Graciela Diana Pucci 



NÚMERO 9º ANIVERSARIO
Año 10
Número 35
  Diciembre de 2010

Revista de Literatura y Arte
Partido de Vicente López
Buenos Aires-Argentina
Registro de la Propiedad Intelectual Nª 175844
Correo electrónico: revistaliterartedigital@gmail.com
  

Arte de Tapa
Autor:Elsa Fender
Título de la Obra: Otros espacios están abriendo
Técnica: Cerámica
Medidas: 29 x 32 x 25

Elsa Fender

Es artista plástica residente en  Olivos.
Se inicia abordando la escultura en cerámica y luego su quehacer artístico abarca el campo de la pintura y el diseño como ilustradora.
El tema de toda su obra es la constante inquietud por los espacios no descubiertos del hombre en el cosmos, sus crisis y transformaciones y los quiebres existenciales en un camino de búsqueda de trascendencia.
Esto la  ha llevado a  cursar estudios humanísticos  especializándose en educación,  dada su  vocación pedagógica. Ha trabajado en  la docencia superior y  también con niños, fundando diversos talleres de arte.
Acompañaron su recorrido artístico los maestros  Carlota Petrolini,  Luis Fernández Córdoba y Margit Ljosaa, con quienes incursionó en diferentes géneros.
En 1998 realiza su primera exposición individual y  desde entonces continúa exponiendo. Su muestras más recientes fueron en   la Fundación San Rafael,  en el Concejo Deliberante de Vicente López, en el Museo Raggio y en la Facultad de Derecho.

Maximiliano López-Nota Periodística-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010

Jerome David Salinger (1919 – 2010): variaciones sobre su vida y obra
·        Pese a que se retiró de la literatura hace más de cuatro décadas y su muerte en enero de este año, es uno de los autores más influyentes de la literatura en el siglo XX y la actualidad.
·        Sus libros despiertan todo tipo de sensaciones. Menos la indiferencia.


 “Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es donde nací, como fue todo ese rollo de mi infancia, que hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso” es uno de los inicios de novela más categóricos que se recuerden. Pertenece a “El Guardián entre el Centeno” (The Catcher in The Rye, 1951), una de las creaciones literarias que ha tenido y aun tiene influencia decisiva en el mundo contemporáneo.
 El autor de esta obra es el recién fallecido Jerome David Salinger. Quien además de haber realizado dicha ficción también tuvo otras incursiones más en el mundo de la literatura hasta mediados de los sesentas. Momento en el cual decidió apartarse de la máquina de escribir y el star system literario para entregarse al anonimato dentro de su residencia ubicada en la tranquila New Hampshire, al noreste de EEUU. Salinger se mantuvo así hasta su muerte a los 91 años. Hace ni más ni menos que casi un año.
A lo largo de sus historias constituidas en cuentos y novelas, este peculiar hombre, de familia de clase media neoyorquina y formación académica diversa, ha mostrado a la luz las angustias y los miedos de su generación allá por las décadas de los cuarentas y cincuentas; cuando la posibilidad de engrosar las filas de las Fuerzas Armadas en un contexto de guerra se mostraba a la orden del día y el cepo autoritario de las instituciones comenzaba a tornarse un pesado lastre para la juventud. Las semillas del descontento social que posteriormente emergieron del subsuelo en los sesentas y setentas estaban ahí.  Salinger con su “Guardián entre el centeno”, y seguramente sin darse cuenta, contribuyó enormemente a las luchas que se desencadenaron en todos los campos de la sociedad occidental hacia los tiempos siguientes.
 “Un día perfecto para el pez banana” (A Perfect Day for Bananafish, 1948) fue de sus primeras incursiones en el mundo de la literatura. Tres años antes que su célebre novela. Allí Salinger retrató las reminiscencias de su participación en el Desembarco de Normandía a través su protagonista, Seymour Glass. Lo presentaba como un veterano de guerra. Un hombre triste que buscaba comprensión por parte de su entorno luego de haber conocido de cerca a la muerte hace pocos años en la Europa del Tercer Reich. Una tarde en la playa, donde Seymour se encontraba de luna de miel con su esposa, conoce a una chica llamada Sybil. Se entretienen hablando y empieza a contarle un relato acerca de los peces banana. El cual a la vez encierra una metáfora sobre los poderes fácticos que se ciernen en la sociedad y en la vida política estadounidense:
“Los peces bananas tienen debilidad por las bananas. No es una forma de decir. Las bananas hacen salir a flote toda la debilidad de los peces banana. Se lo pasan rastreando pozos en los que haya bananas. Cuando encuentran uno, se aproximan a él como si fueran peces comunes. Pero una vez que entraron, se comportan como cochinos. Se ha escuchado de peces banana que fueron capaces de comerse, en su ataque de gula, setenta y ocho bananas. Lo que ellos ignoran mientras están en pleno festín, es que mientras comen, engordan. Y tanto, que cuando quieren salir del pozo ya no pueden. Contraen fiebre bananífera y mueren.”
Salinger fue el primer autor de su generación en abordar inquietudes modernas en torno a la vida social de su país; aun traumada por los resabios recientes de un conflicto bélico mundial que preferían callarlo más allá del relato oficial y “seguir adelante”. Como si la memoria fuese algo lineal y descartable que solo aparece en los manuales escolares de historia y nada más. El fue incisivo en los aspectos ocultos dentro de este panorama de funcionalismo exacerbado y prefirió sacarlos a flote por medio de las figuras metafóricas, relatos sórdidos y cierto humor negro.
Los protagonistas en sus relatos se relacionan firmemente con lo que fue su manera de ver al mundo; personas que se sienten perdedoras dentro el sistema socio-económico, político y cultural en el que se mueven a diario. Los “otros”. A los que se les ha impedido otra historia en medio de una época como la segunda posguerra en la que en EEUU primaba el relato del American Way of Life como única vía para progresar; casa, televisor, trabajo, familia y todos felices pero sin alentar la movilización social en busca de mayores libertades sociales y culturales. Una verdadera oda al capitalismo pesado (en términos del sociólogo Zygmunt Bauman).
El personaje paradigmático de Salinger es Holden Caulfield, centro de la trama en el “Guardián entre el Centeno”. Holden es un individuo sumamente sensible a su entorno. Sufre con la insoportable solemnidad y seriedad que hay a su alrededor. A partir de esto rompe los lazos establecidos entre él y el Estatus Quo. Ante el cual solo puede defenderse con su ira contenida y sarcasmo mordaz mientras comienza a planear un viaje que lo conduciría finalmente al reencuentro con su hermana menor. A quien considera como único bastión de sentido común y confianza en el cual sostiene su vitalidad ante la incomprensión y estupidez generalizada. Enjoy the little things vendría a ser la vía de escape a los problemas existenciales de Caufield.
Allí, Salinger definitivamente cambió metáfora por enojo y acidez. Acudió a un lenguaje sumamente provocador para describir la ansiedad y sexualidad adolescentes en una época donde lo que primaban eran las llamadas “buenas costumbres” y el protocolo de respeto absoluto a las autoridades en todos los niveles. Quizás por eso  The Catcher in the Rye se transformó en un clásico apenas salió a la luz; la historia que contiene era y aun es la historia de muchas personas que se sienten apesadumbradas por la sociedad, sus límites y sus tabúes. La bandera de lucha de muchos que encontraron y encuentran en la narrativa de Jerome David una vía de escape a bastantes inquietudes. Su influencia sigue estando más que presente al seguir manteniéndose como uno de los libros más leídos en EEUU. Estando a casi sesenta años de su primera edición.
Luego de la aventura de Caulfield. El autor estadounidense completó la saga de la familia Glass (la misma de la que formaba parte el Seymour de A Perfect Day for Bananafish) a través de “Nueve cuentos” (1953), “Franny and Zooey” (1961) y “levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción” (1963). Los Glass son retratados como una familia disfuncional a la cual le cuesta adaptarse a la alienada e individualista vida social neoyorquina. Se siguió la misma línea de crítica y hastío hacia muchos rasgos de la sociedad occidental moderna introduciendo a la vez conocimientos de metafísica, hinduismo y el budismo Zen en sus relatos.
Un año después de sus últimos cuentos, y a medida que su notoriedad crecía a la par de los lectores de “El Guardián entre el Centeno”, J.D decidió recluirse en su hogar de New Hampshire y no hacer mas apariciones públicas. La única excepción fue una entrevista concedida en 1980 y nada más. El resto ha sido puro anonimato.
Muchas cosas se han dicho de Salinger y su obra a lo largo de las últimas cuatro décadas. “El Guardián entre el centeno”, por ejemplo,  ha sido objeto de las críticas más increíbles en su momento. Fue catalogada como “peligrosamente subversiva” y de hacer referencia “a la disolución social” además de muchos otros calificativos por parte del conservadurismo estadunidense que rayan en lo bizarro y ridículo. Más allá de lo que se diga, sus historias iluminaron e iluminan la vida de generaciones ávidas de conquistar libertades y expandir los campos de lo posible.

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010

De incógnito


Es de tarde. El arrendatario del teatro no está a la vista. En el hall: nadie. Nadie en los baños. Nadie en la platea ni en los corredores. La salita es agradable, me siento en la última fila: alguien ensaya.
—¿Y?... ¿Qué hacemos?... Fuera de foco, ponéme en foco. Corrección a derecha, mucho fantasma —indica la pelirroja, único ser humano en el escenario.
—La música...
Queda como oyendo. Reparo en los grandes armazones rodeando el banquito en el centro, con la mujer allí sentada.
—Necesito corregirte más, llegar a mi Julita. Concienzuda como yo, vos. Recta y vibrátil, vos. Una muchacha todalabios.
Súbitamente me caliento.
—El piensa que soy una maravillosa muchacha todalabios. Y una muchacha. Una sinuosa y dulce e inaceptante.
Doce armazones. Los que dan a proscenio y uno de los de foro, vacíos.
—El, soy yo confundida. Pero... ¿Qué él?... ¿Quién él?... Hablando sola cuando sé que me oyen, oyendo cuando no creen que los oigo; lastimada, sin ganas de comer. Comiendo sin saber que lo hago. Arrancándole pollo al pollo, pitando sin fumar. Y esto es hablar claro, Julita. Julita. Digo Julita aunque y porque nadie me lo dirá. El me lo diría. Si yo creyera que él es él, me lo diría.
En uno de los armazones hay un banquito muy alegre.
—Necesitás oír lo que necesitás creer. ¡Sos una mujer, sos impune!... Oí esto, oí... esto, ¡oí!... ¡O... iiiiii... eeeessssssto, eeesssssssto! ¡Qué divino!...
¡Y pone una cara de orgasmazo la pelirroja!
—Soy una “moglie” ahora, Julita —mirando fijamente al banquito muy alegre—. Con lo cual debo querer decirte algo. No sé, ni sé qué.
Yo tampoco, la verdad. Y eso que soy un tipo permeable.
—Que soy menos que un misterio, una concha. ¡¿Qué importa?!: mamá no está. Mamá no está, o está lejos, o es lejos de mamá que somos menos un misterio.
Y se mata de risa la joven actriz. Me guardé hasta ahora de comentarles que en un armazón hay un mural con la susodicha sentada, perfectamente desnuda. Brazos muy gruesos: lástima.
—¡Pero qué!... ¡Nadie me violó a mí, nunca me violó! —aduce “increpando” al armazón en el que se halla inserta una placa de metal opaco y estriado; yo diría: manchado; salpicado y oxidado.
—Sí, me gusta tanto como a él tu sonrisa, todos tus dientes, mirarte la piel de las mejillas y el mentón; dejarme comer una oreja tenue por esa boca que me quiere. Necesitaría que me quede tranquilo adentro que me quiere. Que el amor de él es para mí. Que él quiere poder sacarse su amor y dármelo. El nunca te dirá Julita. El se explayará sobre “la malversación de María Julia”, sobre “Julita malversada” —le habla al banquito muy alegre—. El te dirá “todo es inútil”. El te dirá: “¿Yo soy inútil, entonces?” Oí... —dice; y canturrea lo que encomillo:— “Cuando eras, llena eras de mí”.
En varios armazones hay espejos; uno, “deformante”.
—Escribíle una carta que él no rompa antes de leerla.
Cuento: me la imagino con adorables arruguillas al borde de las comisuras.
—El se viste y se va. Y él todavía te da un beso. Se escapa así. Así. Vos aprovechás que él se olvida de vos, que él se duerme, y te vas.
Se toma un tiempo escrutando cada uno de los espejos. Me pregunto: ¿no se pondrá de pie, no se trasladará? Opino: soy imparcial: es atractiva.
—El no ha de desanudarse esta soga aromática, este lazo de caucho, Julita; que él no te dice Julita, Julita, porque vos no das lugar más que para vos diciéndote Julita; a él también le parece delicioso lo que oís y que lo acaricies por detrás y le busques las piernas y le des a oler tu corazón crudo, tu narciso.
Bueno, no está nada mal la metáfora. Me estoy acostumbrando a la calentura. Reacomodo la verga, pobre: aherrojada.
—¿El de tarde o él de noche?... ¡A mí él de tarde y relámpagos, cuando me evaporiza, cuando me vampirea, cuando me transmigra, cuando no es posible regresar y le digo que no un segundo después, que no, que no, que no, que ya la última vez había sido, y que no, le digo y lo siento más, y él no cumple, no cumple, no cumple y me posee hasta todas las edades!...
Se va a sentar en el banquito muy alegre.
—Y me posee, María Julia.
No dije cómo está vestida: short negro, descalza, una blusa fucsia pudiera ser, con la luz...; cuatro spots, uno con gelatina.
—Las pecas y el ombligo me posee. Me mastica. Percute y repercute: es una orquesta, una banda de dixieland. Julita de tarde no te conoce.
Infiero que quien replica ahora es el mismo personaje, adolescente. ¿Correcto?... ¡¿Estoy entendiendo algo, Dios mío?! Y aquí se pone ésta también con el “oí, oí, qué síncopa” y todo eso.
—Mamá me lleva al sol. No le importa. Le digo: “No quiero ir, mirá la espalda”. “María Julia tiene una linda espalda, con huesos lindos y la piel suave.” “Sí, pero éstas no se van.” “Te quedan bien.” “Vos lo decís, pero los muchachos se fijan.” “Y les gusta. ¿Qué hay?” “Hay; porque no les gusta y yo no las quiero tener.” “Se te metió en la cabeza.” “Entonces, dejáme.” “Te dejo, ya sos grande.” “¿Para qué?” No contesta. Mamá se va. Me lleva al sol. Tomo aire de mar. Mi mejor amiga, nada. Yo, leo; y estoy más preocupada por mamá que por los muchachos.
Largo el pelo de la mina. Naricita. Operada. Demasiado. Ansío ficharla desde la primera fila.
—¿Y usted? —pasándose al banquito del centro; mirándose en uno de los espejos—. Nunca me tome de la cintura. No cruce conmigo así. No me siga. Camino ligero. “¿Me permite, preciosa, que intente ser su tobogán hacia usted?” Hasta ahí, bien. “¿O su sube y baja?” Chiste. Gracia inconfesable. Estoy apurada, no me comprometa. Quédese en el coche y a pie. Estoy apurada. Voy a...
Cejijunta, mira la placa de metal oxidado, etcétera.
—¿Y usted? ¡No se encare conmigo, puedo descontrolarme y huir hacia usted! ¡Que estoy soportando estar tiznada, y esta corona de cabello y azafrán, y el dale que dale, y el cansancio y el trajín y el sudor! Baje los ojos. Mientras tanto, yo...
Sigue el delirio: ahora “enfrenta” al espejo “deformante”. Pero es como si hubiera olvidado el parlamento. Mira a un espejo, mira a otro. Al mural:
—¿Toda se me ve desde esos ojos?
Echo un vistazo a la sala: nadie. Pene menguante. Mientras me distraigo…
—No lo van a conseguir, no lo consiguen, una mano me queda por allí, que intervenga toda; tres o cuatro ligamentos debajo de la cama, que toda participe; no, no, mis globos verán a otro, a otro más, otro paisaje, montada en bicicleta y no en vos, no me dejás pensar, ¡hijo de puta!... ¡Si te dije que no, te uso, hacéme lo que quieras! No, así no, al final te uso, dejáme monocorde, guacho, que yo no quiero ser un manso río, me duermo como una persiana, quién te pidió, que no me voy a quedar en manso río; eso es lo que vos quisieras para gloria de tus espolones. ¡Yo me quiero morir, santificado sea mi nombre, María Julia!...
Estoy otra vez atento. Sí, es alta; calculo: en chinelas, como yo. Se va al otro banquito.
—Quiero...
Se va al otro banquito.
—¿A quién?
Se va al otro banquito.
—Yo paseaba en bicicleta con mi mejor amiga. Por las piernas, porque estiliza, endurece; andábamos mucho, estiliza, ella estudiaba, ella estudia todavía, mi amiga íntima, me suena raro...
Así yo, vanamente erecto, mientras ella se sienta en el otro banquito.
—Pero sólo te cuento que andaba en bicicleta. Que hice una vida sana, aunque el sol, que tuve contacto, aunque no fuera Julita para nadie.
Estallando:
—¡¿Y si a veces no me las arreglo?!...
Sonríe. Luego:
—¡¿De qué te reís?!
Pene reinicia su fase menguante: ¡este pene! Y aquí viene un jueguito donde la actriz (versión castellana de Meryl Streep y Faye Dunaway) cambia de banquito unas doscientas veces mientras se ríe a rajacincha con lágrimas y toses. Deseo aplaudir. O algo con ella. Me contengo. ¿Qué hago: me escabullo y aparezco después, como si nada? ¿Acabó? Es decir: ¿habrá concluido?... No me contengo.

Susana Zazzetti-Villa María, Provincia de Córdoba/Diciembre d e2010

POEMA 15


        esta piel
     no olvida - te digo -
el día que oprimiste mi mano
     con tu oscura mano,
     tu mano tan oscura,
      túnel de cemento
       con los huesos
      echados a morir 
      por la humedad.

    no olvido - te aseguro-
tu mirada ladrillo de otro mundo.
estremecido corazón de pájaro.
      hambre         soledad.

  cómo no te di,  entonces
          el ansia
    de mis brazos  desnudos
  mi sangre idéntica a la tuya
    sobrevolando  la carne
    bajo tu color moreno.


          anochece ahora
             aquí
donde el dolor se ha extraviado
      en todas las partículas
             del cuerpo.

Del libro “el hilo que sostiene”