sábado, 22 de enero de 2011

Roberto Romeo Divita-Diciembre de 2011

EL BOXEADOR
 "Este cuento es un humilde homenaje a todos aquellos que vendieron sus vidas impulsados por la pobreza".
                                                                                      
          "Me estoy  * estrenando*  duro para que vuelva el día, sabés pibe, y te juro que esta vez voy derecho al título; lo gano, te juro que lo  gano, esta vez el cinturón no se me escapa".
          "Carlos Rivero apuró el vino y limpiándose con el revés de la mano recalcó".
          "Ya lo  tuve una vuelta y qué lindo era, la guita me sobraba, las minas también, los changos se me colgaban del brazo y todos me saludaban. !Chau Campeón! . !Qué lindo pibe! . !Voy a volver, y me voy a cuidar, te lo juro que me voy a cuidad!.
          La calle barrosa con un cielo gris y una llovizna traicionera parecía guiñarle un ojo al ex campeón. La soledad mañanera no le creía.
          "En la colimba me paso un carro por encima y no me hizo nada, fuerte el indio.  No?". 
          Rivero amaga un gancho de izquierda y saca una derecha, que da en pleno mentón del rival brumoso.
           "La leche, !qué espuma tenía esa leche calentita que todas las mañanas le afanábamos  a las vacas de don Ramón ! "
          Ahora es un directo de izquierda en plena mandíbula de una sombra que se escapa.
          "Comíamos bien, sabés; claro, nos amasijábamos diez horas seguidas en el frigorífico; hacía frío en la cámara . A muchos les agarró la brucelosis; a mí no; teníamos de todo, entrañas, cabezas y chinchulines, comida de negros nos decían, pero el asado de achuras nunca nos faltó en el rancho".
          El apercad de derecha parte en dos una hoja amarilla de un árbol raquítico.
         "Y Olga, !Qué guacha linda esa Olga!. A los demás les cobraba a todos, a mí no, . !Bah! una sola vez, la primera, pero después no, !Y cómo me quería !. Tenía once años cuando empecé,la seguí hasta los quince, el macho se hizo amigo mío y me  lleva de joda por todos los ranchos, pero Olga no venía, ella se quedaba trabajando, pasando puntos".
          Son dos izquierdas lentas que abren camino a una rápida, derecha en pleno rostro desfigurado del rival transparente.
         "Me voy a conseguir una mina rubia, como la mujer que tuve en Las Vegas. !Qué bombón pibe! , hablaba inglés y cuando me besaba me mordía todo; me mordía las orejas, me acariciaba el pecho, me clavaba las uñas en la espalda hasta hacerme sangrar".
          El cross de izquierda se incrusta en el hígado del viento.
          "Y Nancy, mi hijita, !cómo la quiero! una vez me hizo llorar. Resulta que pongo el pan en la tostadora para darle la mantequilla y   ¿ Sabés lo que me dice? : - Así nomás papá, ahora que nadie hincha con las buenas costumbres. Se quedo en Norteamérica con la madre, qué le vamos a hacer".
           Ahora una mano veloz estrecha un puño cerrado, en algo tambaleante que se derriba y cae por toda la cuenta.
          "La rubia lloraba, sabés, lloraba mucho, cuando volvía borracho de wisky y un montón de porquerías que me daban de tomar, me tiraba en la cama puesto en guardia, y ella me pegaba con sus manitas, pero yo me dormía hasta tarde. No me estrenaba.  ¿  sabés lo que pasa? . en Nueva York, el frío se mete hasta los huesos".
         Varios saltitos y  un amague de cintura dejan salir una mano alegre en el ojo del cielo.
        "Los muchachos del Barrio Derqui me quieren y en los actos me llevan con ellos para que los cuide, son comunistas, pero a mí no me importa porque defienden a los pobres. Y yo les digo que voy a volver. Voy a volver, sabés, y esta vez el cinturón no se me escapa".
        En este momento son dos brazos, que parten en clinch y dejan escapar un garrotazo de cinco dedos a un rayito de sol que se va.
        "Y el tano? . !Cómo perdió! . Era el dueño del almacén. No me despachó  ¿ sabés? . Y afuera me quiso empujar. Fue una mano suave, una caricia, pero durmió por toda la cuenta. ! Ese no le pega a ningún borracho más!.".
        Y siguen los saltos, sacando una derecha, una izquierda, dos derechas, tres izquierdas, amague de caderas, y una trompada cruza el centro de las horas.
        "Y cuando perdí el título con el negro Thompson. No lo vi pibe, me dobló  de repente con un gancho al estómago y la derecha, me rompió el mentón, dicen que pegué con la nuca en el piso, no lo sé, me desperté al otro día en el hospital".
         En este instante es un brazo tembloroso y débil en el corazón de la bolsa mañanera.  "Pero voy a volver sabés pibe, para ser campeón y para que vuelva el dia. !Ah se me olvidaba, gra, gra, gracias por el vino!
    

Laura Beatriz Chiesa-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011

DESPLANTE DE SOMBRA


 En figura alargada me acompañas
queriendo fusionarte con mi vida.
Sin un enojo admites mi salida.
Nunca sufres, ni juegas ni me dañas.

Te diviertes conmigo y  mis hazañas.
Tampoco permaneces escondida,
pues si camino sumas tu partida.
No pudiendo escaparte, no me engañas.

Al dormirme te unes a mi lecho.
Sintiendo mis latidos en tu pecho
te place descansar algún instante.

En sueños busco un límite sin borde.
Tanteo por la noche algún desborde
con mi mano, que intuye tu desplante.

Àngel Catalano-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011

   NACIÓ UN HADA EN NAVIDAD                                                                 

                        En casa, nos esperaba la familia para la reunión de la Nochebuena, introducción de la Navidad, nos esperaba tanto cariño, tantas ilusiones, tantos sueños... ¡Todo se asociaba con esta fiesta incomparable!
                        Dentro de siete días se viviría el comienzo de otro año nuevo. ¡Ah, el Año Nuevo! Festejo que invariablemente nos inclina a esperar un futuro mejor. Siempre nos acompaña esa ilusión.
                         Continuamos caminando, advirtiendo con los pensamientos, las distintas ideas y hechos que hemos creído que eran los mejores, hasta que alguien nos convencía que estábamos equivocados.
                        Escribir, de todas las creaciones, debe ser la más linda, útil, entretenida y agradable, nos permite decir que todo es verdad, o todo es mentira, casi al mismo tiempo.
                       Hay reglas que se deben cumplir siempre. Unos las cumplimos, otros no.
                       Los ómnibus de pasajeros deben parar exactamente en los lugares indicados, para el ascenso y descenso de las personas, a veces no se observa su cumplimiento.
                      Uno espera con tanta inquietud la Navidad que no llega y de pronto, se produce su arribo ¡Está con nosotros! y luego pasa, ya estamos en abril...Y falta tanto para su regreso. Es la ansiedad que no nos abandona...
                      Y de pronto, la realidad nos golpea con una visión no agradable, tres criaturas junto a su madre, o a una mujer que hacía sus veces, tantas son las opiniones que se escuchan...
                     No pudimos continuar. Nos detuvimos. Ya nada existía. Sólo la palabra Navidad.
                    Las tres criaturas en el suelo junto a su madre, ésta, con la mano extendida...Se la tomé con las mías, la ayudé a levantarse y alcé a una criatura con mi brazo derecho y con la otra mano atraje a su hermanita y con un gesto  persuadí a la mamá que llevara al tercer hijo.
                   Comenzamos a andar. Nadie dijo una palabra, como si todos conociéramos el argumento a seguir.
                    Al llegar a casa, sin hesitar, abrimos la puerta y entramos. Todo era tan natural. En el interior abundaba la música, las palabras, las risas, la Nochebuena había llegado, la Navidad estaba allí.
                   No hubo que dar ninguna explicación, todo fue comprendido sin palabras.
                    El jabón, el agua, la ropa limpia, cambiaron rápidamente el aspecto de aquella pequeña familia y luego, entonces sí aparecieron los saludos, los comentarios, las preguntas.
                    La reunión  era agradable, los familiares, muchos y también estaban los amigos. Todos comentaron sus ideas, ganas, proyectos que deseaban realizar...Y no faltó quien criticara acerbadamente la ocurrencia de invitar a “semejante gente” a festejar con ellos la Nochebuena y la Navidad.
                  Ángel, joven estudiante, uno de los primeros invitados que había llegado, le preguntó con cariño, pausadamente, qué caminos había recorrido en la vida para llegar a esa situación, dijo ella:
                  “Nací humildemente en una región boscosa, con pocas posibilidades de salir de esa situación, una vida casi miserable. Me gustaba dibujar, pintar, cantar, no tenía la posibilidad de desarrollar dichas inquietudes allí. Entre todos los que me conocían y amaban, reunieron el dinero necesario para que viajara a la ciudad, donde cumpliría mis sueños...Hasta que nacieron los hijos y luego, perdimos a su padre. Elevarse en la escala de la vida, no es accesible, descender de ella, ustedes lo saben muy bien, decir  fácil, es poco. Las entradas, pequeñas y fijas, el costo de alimentos y medicinas, siempre altos... fuimos cambiando de viviendas para reducir gastos, perdí el empleo y llegamos a vivir en la calle, sin otro medio, que las ganas que tenían de hacer el bien, las personas que nos veían... hasta este momento, en que usted nos ve sentados cómodamente en un sitio tan agradable y poder manifestar, sin sentirme avergonzada, de cuales fueron los senderos recorridos para llegar hasta aquí”.
                 El temblor de su voz, la humedad de sus ojos – se puede decir lágrimas- hablaban de una persona sensible, plena, que expresaba el agradecimiento de aquella buena obra.
                 En cada brindis, en cada copa que se elevaba, había un pedido, un deseo, una manifestación de amor y el recuerdo inolvidable del Divino Nacimiento. Su nombre, ¡Jesús! en los labios de todos, con una sonrisa incomparable...
                 Todos la miraron, como si esperaran una palabra de ella, quien aceptó aquella solicitud, realizada sin un solo vocablo y comenzó: 
                “Yo también me llamo María y puedo decir, que cuando Jesús llegó, la Virgen, dijo en aquel día: “Este misterio, lo llevaremos siempre nosotros, naturalmente, vendrán aquellos que dirán muchas cosas sobre el mismo, no nos harán daño, las respetaremos, no serán más, que opiniones imaginadas. Siempre elevaremos la curva de nuestros labios hacia arriba, aún en los momentos más difíciles”.
                  La respuesta de los presentes fue un silencio absoluto. Hasta que aquél que criticara aquella presencia, tuvo la fortaleza suficiente para arrepentirse y pedir disculpas elevando su voz.
                 Y llegó el momento de las despedidas, los saludos tradicionales, caricias, besos, abrazos, los buenos deseos y promesas de realizar una nueva reunión,  para festejar la llegada del nuevo año. Estas fiestas, que llegan al final del mes de diciembre y derivan al mes de enero con un caudal de alegría casi sin límites.
                  Luego, aunque la música y las luces aún brillaban, las voces se habían apagado.
                  Cuando quedamos solos, les dijimos: Ustedes se quedan a vivir con nosotros.
                  María, junto a sus hijos, alzó los brazos, sonrió, nos miró con amor y se convirtió en la más hermosa de las  Hadas. Tres Angelitos demostraban su alegría...

José Mario Castro-Bolívar, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011

CENIZA

Vacío
en la plenitud del dolor.

Una paloma muerta
me nada el sueño
me pinta la risa
me muerde el terciopelo
de la siesta que abriga
mi invierno.

No hay muerte
que cure
la lágrima de un día.

Juana Castillo Escobar-Madrid, España/Enero de 2011

TERREMOTO

A Haití en el primer aniversario de la catástrofe
que la asoló

Rugió la Tierra
Con violencia incontenida.
Devastó construcciones,
Segó vidas
De un pueblo ya hundido
En la pobreza
Y en la desidia del mundo rico
Que lo veía desplomarse
Sin una queja.

Terremoto sin nombre
Que se tragó a mujeres, ancianos,
Niños y hombres.
Terremoto cruel
Que abrió la Tierra
Y se cobró en sangre
El daño que le infringimos a Ella
Que nos cobija y sustenta.

Y la tierra arrasó,
Sin mirar,
Sin escuchar las quejas,
A uno de los pueblos más pobres
Que viven sobre su corteza.

…
Y, un año después,
Ese dolor se recuerda:
Robos, violaciones,
Muerte, cólera, miseria,
Los escombros de lo poco que fue
Siguen esparcidos
A lo largo y ancho de esa tierra:
Haití, lo poco que de ella queda
Es dolor, un dolor que camina a tientas
En busca de una ayuda rápida,
De una ayuda que casi no llega.


Miércoles, 12-I-2011 – 8,35 a. m.
Este poema forma parte del cuaderno "Poemas en Madrid - 2011"

Santiago Castellano-Argentina/Enero de 2011

A modo de epílogo para “Historietas del Amor”-e

Fugaz aunque aleccionadora experiencia bajo los influjos de “Historietas del Amor”





          Abre la puerta: Habitación a oscuras. Entra (entro) con decisión pero no sin cautela, tantea, lo tantean, se deja tantear: Tanta manito para qué. Es hurgado. Oh. Es desvestido. Oh. Es desnudado. Oh. Tanta manito para qué: Ahora ya lo dejan (in)tranquilo, a solas. Encerrado (dentro de sí) en la penumbra comienza a ver. Mira (miro), no sin asombro ve: ¿Ojos de gato? ¿Luciérnagas? ¿Cerraduras? Se acerca, se agacha, se acurruca y ve: Monumental, la contoneante figura avanza, hasta mostrarle el mapa, en detalle, de una anhelante pollera a cuadros. Escucha voces, además. “Sé que para vos, yo, de alguna manera y a contramano, existía, aunque no correspondiese a tu tipología favorita.” Gatea (gateo) hacia un costado: Otra cerradura. Espía, fisgonea, observa, y la fruición lo comienza a desbordar. “Creadas las condiciones de río revuelto, pescar, arrebatar los numerosos peces, los peces atávicos de tu soterrada lujuria.” Se deja llevar. Los cuerpos del otro lado se abrazan, se enloquecen, se sobrepasan. Un temblor lo (me) atraviesa. ¿Fiebre? ¿Éxtasis? Se siente demasiado solo (se siente sentirse solo, más profundo en el hueso aún). Decide probar con otra puerta, roza el picaporte e intenta abrir. No puede. Aguza la pupila y se enfrenta con un par de ojos, ávidos, saltones, neblinosos, que le devuelven la mirada. Se ve mirar en el agua de esos (propios) otros ojos y, horrorizado, súbitamente, se aleja latiendo a más no poder. Decide (decido) seguir el juego hasta el final (¿juega? ¿es un juguete? ¿se deja jugar?), camina, tropieza, se agacha; las escenas, escenarios, giran dentro de sí. “Boca arriba, me anegó un estado de hondo misticismo. La tristeza era una sustancia densa y liviana. “La última cerradura es una tiniebla que lo envuelve en su abrazo cegador, felpa de la noche despidiéndose. Los susurros se acercan, lo toquetean, lo recorren, lo visten, lo empujan hacia afuera, hacia la luz.
          Cierro la puerta, levanto los ojos, dejo de leer.




Santiago Castellano
Verano del ‘91


*”Fugaz aunque aleccionadora experiencia bajo los influjos de “Historietas del Amor”, a modo de epílogo fue incluido en el volumen “Historietas del Amor” de Rolando Revagliatti (RundiNuskín Editor, Buenos Aires, 1991). El texto de Santiago Castellano fue concebido a partir de las versiones de entonces de las prosas “Vergüenzas que afrontar”, “¡A escena, actores!”, “La llama de la patria”, “Debut inocuo”, “La mujer que me llevó a la cama”, “Espectador”, “Her-manos”, “Roger Vadim” y “Llegaron los reyes”.

Carolina Bugnone-Arghentina/Enero de 2011




MAR DEL PLATA

No hay horóscopos

Indetermino
el día
en que lo dicho sea dicho,
la incertidumbre
hueco necesario.

Que vuelen las palabras
y salpiquen el aire del invierno
sin destinos ni rutas
salvo las que el alma.

Cuando se estreche el sendero
y no quede ni arena para huellas,
entonces
que los pies se despeguen
con sus alas imposibles
y desmientan a la física.

Que no hay mapas
ni horóscopos.

Que el pozo que se traga las miradas
un día las escupe.

Que me devuelve el cuerpo
y el alma.

Que las palabras no tienen dueño.
Que yo tampoco.

Y que esos ojos que un día
me hicieron cautiva
sepan cuándo besar el silencio
y cuándo gritar.

Que el alma inquieta me inquieta.

Y que la suya
respire.

Miriam Brandan-Los Ángeles, California, EEUU/Enero de 2011

EL PIANISTA
Ella estaba parada en una esquina esperando junto a una  pequeña multitud  para cruzar la avenida.
Llevaba las manos tensas por el peso de las bolsas que había ido acumulando negocio tras negocio a lo largo de la mañana,  en un intento caro e inútil por calmar la ansiedad que desde hacia tiempo, le oprimía el pecho.
Lo extrañaba, y  aunque no lo reconociera ante ella misma, salía a la calle cada vez que tenia la oportunidad con la sola esperanza de  encontrarlo.
 Trataba de verse bien por si se cruzaba con el, o por si el la viera sin que ella lo notara.
Semanas atrás, caminaba sin poner  atención a las personas que pasaban a su lado, solo andaba entre los demás, pero ahora buscaba sus ojos entre el mar de ojos que se arremolinaba a su alrededor.
 Llego al otro lado de la avenida  y pensó: “donde estas?”.
Comenzaba a lloviznar y entro a un bar que se encontraba lleno de otros  que como ella, buscaban algo del calor que pudiera ofrecerles una taza de café caliente.
Frente a una ventana quedo vacía una mesa que ella ocupo y despacio tomo el café mientras miraba a través  del vidrio empañado como la llovizna se transformaba en lluvia y como en la vereda los bultos negros se apuraban escapando del aguacero.
Lo buscaba, sabiendo que no era probable, sabiendo que en la inmensa ciudad era casi imposible  encontrarlo  así, de casualidad, pero lo buscaba porque al hacerlo le daba algo de calma a la zozobra  que crecía dentro de su ser, como un virus que amenazaba con invadirla completamente impidiéndole continuar viviendo del lado de la cordura.
Termino el café y se quedo acurrucada oyendo las voces, los ruidos, las risas, la lluvia, todo mezclado en un murmullo.
Salió del bar y corrió bajo los chorreantes toldos de lona, apostados uno al lado de otro ininterrumpidamente a lo largo de la vereda ancha y gris.  Busco con la mirada un taxi y una cuadra mas adelante se apuro aun mas para tomar uno que se detuvo a dejar a un pasajero.
En medio de la lluvia y con las manos llenas de bolsas tomo el taxi y se alejo de los negocios, la  gente y el ruido.
“Donde estas?” se preguntaba mientras miraba por la ventanilla del taxi buscándolo entre los bultos oscuros que corrían empapados.   “Donde estas?, pensaras en mi alguna vez?, algún instante de tu tiempo será mío?”.

No había cruzado palabra alguna con el, pero había estado como hipnotizada desde la primera vez que lo había oído tocar el piano en el departamento de arriba.
Cada mañana,  a eso  de las 10, la melodía del Nocturno No.2 de Chopin se filtraba por la ventana y la  hacia  flotar en un mar de sueños.
Se sentía en paz al escucharlo y se adormecía junto al ventanal  mientras el sol y la música lo inundaban todo: su casa, su vida, su alma.
Por varias semanas solo lo había escuchado tocar y si bien no lo conocía,  lo había imaginado.   Seguramente  llevaba el cabello desordenado y oscuro, tal vez una barba de varios días le sombreaba la cara y tenía  una mirada que  transmitía la misma paz que su música, una paz que ella anhelaba y que no tenía.
Una tarde se cruzo con un hombre en la entrada del ascensor,  y al verlo,  supo de inmediato que era el.  Entro a su casa con  el corazón latiéndole alocadamente;  Era el, por fin lo había visto… o casi visto, ya que en el ascensor,  ella solo había alzado levemente la vista  para marcar su piso en el tablero  y  entonces el  la había  saludado  haciendo  una pequeña inclinación con la  cabeza.
Los días transcurrieron lentamente y ella no volvió a verlo, aunque continuaba escuchándolo tocar cada mañana, sentada junto al ventanal.
Le hubiera gustado encontrarlo  nuevamente y decirle algo: “hola” o  “te escucho tocar todos los días… y me encanta”,  pero sabia que aunque lo encontrara no tendría siquiera la valentía de mirarlo a los ojos por temor a que los suyos la pusieran en evidencia.
Una mañana,  vio en la vereda un cartel de “se alquila” y por simple curiosidad le pregunto al portero cual era el departamento vacio; Cuando el le dijo que el muchacho del  “5C”, el pianista, se había ido ella sintió un vacio en el estomago, similar al que  se siente ante la perdida irreparable de ese alguien de quien uno se sostiene para poder andar.
Durante unas pocas semanas y con solo oírlo tocar, el se había convertido  en un oasis dentro de su monótona y casi desértica vida.
Al principio espero verlo, tal vez si algo se le hubiese quedado olvidado, el volvería a buscarlo, tal vez regresaría por la correspondencia, o por alguna otra razón, no importaba cual, ella solo quería verlo  una vez mas, a modo de despedida.
Pero no fue así. 
Comenzó entonces y casi sin querer, a trepar por la ladera de una montaña de fantasías en las cuales el y ella eran los únicos protagonistas.
Paulatinamente comenzó a idealizarlo y así fue que termino  obsesionándose con unos ojos que ni siquiera había visto bien, pero que ahora buscaba  casi con desesperación, una desesperación que ella dejaba crecer, aun sabiendo que no la  conduciría a nada.
A veces deseaba encontrarlo solo para convencerse  de que el no era ese ser tan especial que ella había creado en su mente, incluso deseaba intercambiar algunas palabras con el, para descubrir que el no era interesante o romántico como ella lo soñaba. Necesitaba  que un desengaño o una decepción le ayudaran a extirparlo de sus pensamientos, pero aun así, no dejaba de aferrarse con fuerza a la ilusión de encontrarlo, como un escalador se sujeta a la cuerda que lo separa del vacio.

Sentada en el taxi, evocaba una y otra vez el fugaz momento que había compartido con el en el ascensor,  y le agregaba a su recuerdo escenas en las que invariablemente terminaban   juntos.
Aun llovía cuando el taxi la dejo en la puerta de su casa.
Entro despacio, y luego de quitarse la ropa mojada, busco en su cartera el disco compacto que había comprado y lo puso. 
Una vez mas, la suave melodía del Nocturno No.2 de Chopin entro por sus oídos, corrió por sus venas y relajo sus tensos músculos.
Se preparo un café, encendió un cigarrillo y se paro frente al  ventanal.
Las gotas de lluvia se escurrían por el cristal trazando caprichosas figuras que junto al humo del cigarrillo y al vapor del café creaban una atmosfera tan confusa como la que reinaba en su interior.
Sentía una sensación extraña y culpable, como si regresara de un furtivo encuentro con su amante, justo a la hora de ir a buscar a su hijo a la escuela.
Cerró los ojos  mientras la angustia le aguijoneaba la garganta y como tantas otras veces lloro, con un llanto silencioso y resignado.
No era feliz, y esa infelicidad la había arrastrado hasta sus propios límites, haciéndola aferrarse ciegamente a  alguien que era casi un fantasma  solo para escapar de la realidad, una realidad que desde hacia mucho tiempo  la había condenado a vivir un matrimonio tormentoso y sin amor.

Ahora, de pie frente al ventanal y con la música como única compañía, pensaba si no era la melodía, en lugar del  músico, lo que la hacia soñar.
Tal vez cada salida esperando encontrarlo, había sido en realidad una búsqueda de la paz que había experimentado cada mañana al escuchar el piano en el departamento de arriba.
Tal vez no era El lo que ella ansiaba, sino su música y las sensaciones que esta le transmitían. Tal vez.

La braza del cigarrillo moría lentamente en el cenicero y el ultimo sorbo de café se enfriaba en la taza cuando la lluvia dejo de caer.
Escucho una vez  mas a Chopin  mientras trataba de aclarar sus pensamientos y se sintió abrumada, necesitaba que el frio del viento despejara su cabeza. Salió entonces  a la calle y camino sobre las hojas  mojadas que tapizaban la vereda. Camino despacio, con las manos hundidas en los bolsillos y la espalda encorvada hacia adelante sin importarle como se veía porque  ya no pensaba en el, ahora pensaba en ella;  en ella y en alguien que  día tras día esperaba con ansias verla a las dos  en punto de la tarde. 
Regreso a su casa y rápidamente empaco algunas cosas en una pequeña maleta, se puso el abrigo y salió sin mirar atrás.

Un agudo timbre sonó justo a las dos de la tarde y sus ojos lo buscaron con ansiedad; el corrió hacia ella y la abrazo con fuerza, ella lo beso con ternura.  Tomo su pequeña manito y cuando al ver la maleta el le pregunto:”a donde vamos mama?”, ella  le dijo que irían a un lugar en donde juntos, solo los dos, serian felices.
El cielo comenzaba a despejarse mientras se alejaban tomados de la mano y ella tarareaba suavemente  la melodía que le había dado fuerzas.
Si ahora encontrara al pianista, lo miraría a los ojos y  simplemente le diría: “gracias”.