LA TIA ERIZO
Un verde fornido amortiguando la intensidad de la luz solar sobre la tierra roja; murmullo de insectos y pájaros; olor a agua, y el rostro de la tía Magdalena.
Todo esto es últimamente un asalto recurrente en los días de mi vida que se achica.
En las noches flota en la oscuridad una nube tibia de presencias que me desconciertan los sueños
A veces la veo mirarme desde los laberintos que forman los huecos de las puertas abiertas de la casa. Esas miradas me obligan a reflexionar acerca del porqué de tales influencias rondando en mi cabeza, cuando pasó tanto tiempo y esa historia había quedado en el olvido.
Tenía trece años cuando estuve con ella en la casa del río, y me dijo: sos una Erizo, y siempre vas a sobrevivir en tu mundo, porque sabés volverte hacia dentro.
Los erizos somos un espacio desconocido y desde allí observamos y arreglamos sutilmente lo que se va desarreglando por desgaste. Indicamos el camino, no el correcto, sino el que es. Nos caracteriza nuestro mirar tenue sobre las realidades de los reinos.
Esta es también tu tarea, y este es tu lugar, dijo esto con un gesto amplio como abarcando todo ese paisaje que a pesar de gustarme me perturbaba. Pero no es tu momento todavía. Miraba su ojos marrones y húmedos, mientras deshacía una de mis trenzas, y pensaba: yo no soy todo eso que dice esta señora; no hay ningún parentesco ni con ella ni con sus hermanas: Santa y Veleña, las otras magdalenas.
Siempre habrá una magdalena, decían los del pueblo.
Reconozco que mamá y ellas se reconocían como hermanas, aunque no lo fueran.
Fue la tía Magdalena Erizo la que curó a mamá en su juventud de una enfermedad incurable. Los abuelos dejaron la ciudad para llevar a su hija a ese lugar perdido en la selva, conocido en voz baja como milagroso; burbuja fuera del mundo donde existe la casa junto al río de las infinitas formas.
La cara oscura sonrío con blanca sonrisa cuando las vio llegar y dijo: la suerte los acompaña estamos en época de erizos.
La casa sostenida por la vegetación, mientras el agua golpea suavemente los muros, voz que canta en las noches, navegando con sus durmientes. En la casa las magdalenas, en playa blanca de sol el tazón de los parientes, que cuando la luz se hacía intensa, asomaban sus narices húmedas y ojos enormes de ternura.
Los baños de sol, los ungüentos de la tía y del erizo Avelino, removieron daños y curaron la energía de mamá.
No sé en qué olvido había quedado esta historia, y mi viaje mucho tiempo después, a los trece años en unas vacaciones, donde conocí a toda la familia. Todo esto volvía a mí en estos momentos que me abrumaban los problemas y una difícil soledad donde no podía acomodar mi existencia.
Con este profundo malestar, atrapada en un andarivel oscuro, fue cuando llamaron de un estudio de abogados para hacerme saber del fallecimiento de las tías, y que era la heredera de la finca en la foresta junto al río, en ese pueblo de provincia.
Llegué en el amanecer de un día de sol remolón. El aire oliendo a tierra húmeda, y a río aún con la noche a cuestas.
Un coche desvencijado me arrastra a tumbos por un camino desparejo, hacia lo que decidí iba ser mi nuevo hogar.
Tengo frío y mis aletargados pies sienten la aspereza del suelo que me recibe, mientras la mañana se despereza en mi con su olor animal aún dormido.
La casa se dibuja sobre el verde aún oscuro; mientras el auto busca pegar la vuelta, curioso el chofer pregunta: ¿es usted la nueva magdalena? No lo sé, contesto sin reflexionar y sin dar explicaciones. Sí lo es, afirma, dando marcha atrás para retomar el camino de vuelta al pueblo.
Abriendo y cerrando sus capotas a modo saludo, puedo ver las narices brillantes y ojos grandes y tiernos. Está toda la familia, -pienso- y un amor enorme se apodera de mí, mientras me voy cubriendo de un carapacho que voy a tener que aprender a cerrar y abrir en esta nueva forma de vida, porque en la otra solo lo cerré hasta el exterminio de lo mejor de mí.


