sábado, 25 de noviembre de 2017

Abel Espil-Argentina/Noviembre de 2017



CRÓNICA DE INFANCIA 

Los hechos suceden y no siempre le damos la dimensión originada. Al transcurrir el tiempo, las neuronas nos acompañan a descubrir lo que habíamos ignorado.
De niño, íbamos con mi madre bastante seguido a visitar a las primas, radicadas en San Andrés de Giles. Disfrutaba mucho el jugar con Raulito--- hijo de una de ellas---de todo aquello que podíamos crear a excepción de cuando llegaba la revista Pato Donald-
La casa estaba ubicada en una esquina muy amplia y por la ochava se entraba a la Iglesia Pentecostal.  Adentro se encontraban largas hileras de bancos, separados por un amplio pasillo en el centro. Al fondo se destacaba un pequeño escenario, con tres sillas mirando hacia las personas sentadas y las que iban entrando al salón.
No era muy de mí agrado, acompañar a mi madre a las ceremonias que se efectuaban. En varios instantes ---estando todos sentados---alguno interrumpía al pastor, poniéndose de pie y orando a los gritos le agradecía a quien creía que era su Dios, todos los beneficios logrados.
Al terminar, algunos de los tres pastores, se levantaba y decía con voz potente: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Dios te bendiga!
Además de aburrirme, los miraba a todos como personas extrañas: ponerse de pie, gritar, agitar los brazos, sosteniendo la Biblia en alguna de sus manos.
Al costado, en una calle de tierra se encontraba la entrada a la vivienda. Al subir a un descanso, estaba la enorme puerta y al abrirla surgía un amplio espacio con un piso de pequeños adoquines y la bomba de agua .Era un placer, en los días de calor, estar debajo de la enorme parra, bombear la bomba y beber el agua fresca y transparente.  
En esas tardes calurosas y de mucho sol, nos encantaba a Raúl y a mí, cruzar la calle, donde había una enorme arboleda y arrancar dos ramas, limpiar la abundante cantidad de hojas y luego salíamos a corretear por las calles de tierra, tratando de cazar mariposas. Era enorme la cantidad de ellas que volaban, dando piruetas y siendo las mismas de tan diversos y bellos colores. Cuantas más caían al piso, crecía más nuestra alegría.
Tenía ocho o nueve años, pantalón corto y   remera desteñida, cuando conocí lo que es el fundamentalismo. Entre tantas mujeres, aparecía la figura de un hombre grande.  Era uno de los pastores, bigote ancho, negro, con un andar lento y pesado: El Tío Calisto.
Los días martes, en el escalón de la puerta, el diariero nos dejaba el Pato Donald. Después de desayunar corríamos a buscarla y largo tiempo  el placer de su lectura nos acercaba a bellos mundos.
En una de esas mañanas, en que soplaba el viento levantando un poco de tierra, y amenazando con esas lluvias de corto tiempo, la puerta se abrió y el Tío Calisto con voz potente y amenazante dijo: "¡tomen la Biblia y dejen esa porquería!". Además nos arrancó de nuestras manos la revista tirándola al centro de la calle, justo en el instante en que comenzaban a caer algunas gotas-

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