miércoles, 16 de febrero de 2022

Graciela Andrian-Febrero de 2022


 

Las noches del campo 

 

Las noches en el campo son muy bellas. Luminosas, mágicas. Siempre lo fueron.

¿Ves esa luz que cruza  el cielo? Abrazada a la falda de mi abuela la miré maravillada.

Si cerrás los ojos y pedís  un deseo, cada vez que pasa una estrella fugaz, éste se cumple. Quedé convencida de la fuerza de esas palabras…

Esa noche papá y mamá habían invitado a cenar a un matrimonio amigo. Un plan más que aburrido para mis seis años y mis ganas de jugar.

El señor era un grandote de bigotes que hablaba con voz profunda y pausada. La señora, Doña Leonor, era una mujer robusta y ampulosa.

Durante la cena me dediqué a sacar la miga del pan  que estaba en la mesa para hacer muñequitos y flores.

Hay que tenerlos cortitos, decía Doña Leonor, como yo tengo a mis hijos. Ni una palabra en la mesa, un sopapo si se pasan de la raya y si no obedecen que se pongan de rodillas hasta que el dolor les haga pedir perdón.

 Ahora resulta que se les dio  por jugar con unos mocosos que se pasan el día en la calle, unos negritos que vinieron con sus padres desde Jujuy  para vivir en la ciudad, y los tenemos de vecinos. Son sucios, malolientes, mal vestidos! Mala junta para mis chicos…y una mancha para todo el vecindario.

Me puse a cantar para no escucharla, y ella me clavó la mirada llena de odio y siguió hablando con un tono de voz cada vez más alto.

¡¡Pero qué chica maleducada!!, cuando hablan los mayores los chicos se callan! gritó mirando feo a mi mamá que apenas atinó a pedirme que dejara de cantar.  Tu hija es insoportable, le tiró en la cara a mi madre, ante su gesto de estupor. La miré fijo y con toda la fuerza que pude le dije: y vos sos horrible, la mujer más fea y mala que conozco… no te quiere nadie a vos, le grité…

Me mandaron a la cama, supongo que con algo de razón. Papá se excusó diciendo que así son los chicos, mientras minimizaba el asunto y cambiaba de tema.

Como no podía dormir, excitada por el mal momento, me puse a mirar por la ventana y me pareció ver nuevamente aquella estrella que me señaló la abuela.

El episodio pasó sin mayores consecuencias, mamá me dio un beso de buenas noches y me pidió que no volviera a hacer lo mismo.

Pocos días después, una noche calurosa, de esas en las que se puede dormir en el patio, escuché el teléfono sonar insistentemente. Atendió papá.

No puede ser, le comentaba a mamá. Si estaba bien, no tenía problemas de salud…

Algún disgusto, tal vez un infarto... Pobre Leonor, así de golpe…

Me dí cuenta de que algo grave había sucedido. Los escuché a los dos tristes, compungidos por la mala noticia. Me lo confirmaron al día siguiente. Te vas a quedar un rato con los tíos esta noche. Vamos a ir al velorio de Doña Leonor…

Una mezcla de emociones inundó mi cuerpo. Se murió, esa bruja se murió… En mi pensamiento se juntaban como un huracán todos los momentos vividos la noche de la cena… ¿y si no era tan, tan mala?...

Muchas veces sentía un peso en mi pecho y una sensación de desasosiego difícil de soportar a esa edad.

Al año siguiente empecé catecismo para tomar la primera comunión.  No entendía muy bien muchas de las cosas que explicaba la catequista, pero no había chance, tenía que ir sí o sí.

Y llegó el día de la primera confesión. Me puse de rodillas en el confesionario, emocionada ante ese momento trascendente. Te escucho hija, dijo el cura.

Dispuesta a confesar todos mis  pecados intenté empezar a hablar, pero entonces irrumpieron los sollozos que luego se convirtieron en un llanto desconsolado.

Pero qué te sucede, dijo el padre sorprendido. Entonces, juntando coraje le dije: !!!Yo maté a Doña Leonor!!!!

Atribulada por el peso de la culpa ya me veía entre las llamas  del infierno, cuando  el cura me pidió que le detallara los hechos.

 Para mi sorpresa fue un alivio confiarle mi secreto. Y una vez confesado el homicidio el padre sonrió y  con su voz cálida me dijo: no , vos no la mataste, nadie mata cerrando los ojos y mirando una estrella. Sólo tuviste malos  pensamientos, por eso tenés que rezar cinco padrenuestros y cinco avemarías. Como la penitencia me pareció muy leve, por las dudas, le agregué el rezo del rosario

Siempre miro el cielo, por si acaso... porque las pocas veces que pude ver una estrella fugaz mis sueños se cumplieron. Como siempre, la abuela tenía razón...

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