Samuel, ¡te pasaste tres pueblos!
¿Y el descargo?
Parece que Samuel Jackson sigue inflexible y ya no pedirá disculpas a los argentinos por tratarnos de racistas. Demostró que le gusta disparar a discreción contra los datos, se convirtió en un “daticida” temerario y no sabemos todavía si es por ignorancia o por mero deporte hater. No vamos a ser malpensados en creer que los progres o el wokismo le pagaron para decir disparates contra un país con mayoría blanca. ¡No, che, no seamos así!
Era obvio que muchos argentinos saldríamos al ruedo por lo que dijo Samuel. Nunca nos quedamos callados. ¡Imaginen cuando tenemos razón! Es cierto que a veces somos un poco bravucones, pero, en este caso, nos respalda la historia.
A Samuel le hablamos amablemente con datos. Pero no entendió o no quiso entender. Ya le explicamos que, cuando todavía esto era un virreinato, se dictó la “libertad de vientres”, donde los hijos de esclavos ya nacían libres; que hubo soldados afrodescendientes que pelearon en guerras por la independencia, donde muchos cayeron en combate; que estuvo la fiebre amarilla durante el gobierno de Sarmiento, donde murieron numerosos esclavos negros; que hubo un proceso de mestizaje que contribuyó a la disminución de la población afro. Pero él, nada. No entendió que ninguno de estos hitos se vinculó con segregación o muertes por maltrato racista. Estos hechos sí explican por qué hay mayoría de blancos en Argentina.
Como no va a reconocer que se equivocó, les decimos a quienes vean sus películas que, a veces, detrás de una estrella de cine puede haber también un irresponsable. A Samuel esto no le va a importar. Esperemos que a las futuras generaciones sí.
El sinsentido.
Decir que Argentina es uno de los países más racistas del mundo es como decir que en Alaska hay clima tropical. Me imagino a Samuel saliendo de su mansión en Beverly Hills, se encuentra con su chofer y éste le dice: “Jefe, se rompió el Porsche” o “el Jaguar” (o cualquiera de las naves que tenga en su garaje). ¿Qué hizo Samuel? Tomó un tren. Venía cansado de filmar, se quedó dormido y se pasó tres pueblos. Mientras dormía, tuvo pesadillas con escenas de Django sin cadenas y La Patagonia rebelde con subtítulos; despertó de un sobresalto en el último pueblo y ahí gritó: “¡Racistas!”. Pero descuidó los otros pueblos:
En uno de esos pueblos vive la objetividad de los datos. Cuando se emiten opiniones en donde la historia es ineludible, hay que ir a los datos. Esto no se trata de emociones o gustos. Se trata del rigor de los números. Solo por mencionar uno: la esclavitud en el Río de la Plata se abolió en 1813 y los esclavos de entonces incluso cobraban un sueldo. En EEUU se abolió en 1865, y en 1813 los negros solo cobraban palizas. Había que esperar más de cincuenta años todavía para la abolición total en EEUU (curioso, es el país de Samuel).
En el otro pueblo viven el clasismo y la xenofobia.
Clasismo existe en todas partes. Los ricos comparten espacios en común con otros ricos y los pobres con otros pobres. Hay intercambios excepcionales entre ambos, pero, en líneas generales, es así. Cuando hay discriminación, se aplica un tipo de violencia psicológica, pero es sutil. Se discrimina, pero no hay agresión física concreta.
Y tenemos también la xenofobia. En la discriminación hacia extranjeros puede haber violencia, pero rara vez escala a niveles críticos. En Argentina hay clasismo (como en todas partes) y también hay xenofobia (contra bolivianos y paraguayos, por ejemplo), pero su violencia nunca pasa a mayores.
Cuando hay racismo, en cambio, la violencia es absolutamente manifiesta. El odio impulsa esa violencia. Basta solo con ver el “Apartheid” de la Sudáfrica pre-Mandela o incluso ciertos lugares de EEUU hasta la década del 60: espacios públicos, universidades, transportes, barrios enteros totalmente apartados para personas afrodescendientes. Con el racismo te injurian, te persiguen, te agreden, te matan a causa de ese odio racial. Es otra cosa.
Por eso, Samuel, cuando vuelvas a viajar y te quedes dormido, intenta no pasarte pueblos o caerás en un “agujero negro” de disparates.
Pero, para complacerte, te diré que, si sales de noche vestido de negro, atraerás y seducirás. Si sales de blanco, no te darán ni cinco de bolilla. Son esas cositas que tiene la psicología humana. El “lado oscuro” tiene sus encantos.

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