lunes, 21 de noviembre de 2011

María Esther García López-Piedras Blancas, Asturias, España/Homenaje a Miguel Hernández/Noviembre de 2011

Súplica
                                                                                                                “Ábreme, a mor, la puerta…”
Miguel Hernández


Ábreme, amor, la puerta
pa escucar la madrugada.
Pa probar l’almibare del amor.
Pa respirar l’aire de l’ausencia,
dende’l balcón de la esperanza.
Ábreme, amor, la puerta del silenciu
pa dicite una pallabra.
Mira que s’amostia la tarde,
y llega la nueche enfoscada.
Ábreme, amor, la puerta
pa escucar la to casa.

Sonia Figueras-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011

         PACTO                


¿Por qué no vuelve
 a tus ojos profundos y agrandados
 el fulgor 
del arrebato del amor y 
a  la hilera de tus dientes
no retornas las alegrías de tus labios?
¡Si de tu cuerpo emanara de nuevo
el halo del ave en plena caza
                            sabiduría que ondula,
 ritmo frenético
nacido en tus entrañas!
                          Ah
                           Si volvieras a ser la diosa del Olimpo
 retornaras a ser feliz,
 mujer,
                            dejaras atrás la voz monótona                            
                            abandonaras
                           ese decir entristecido,
                           mis brazos te cobijarían
                           aunque no te permitieras
pactar con la felicidad.
                           Te aguardo.      

Alicia Cora Fernández-Argentina/Noviembre de 2011

EL FIEL INFIEL


Anónimos sin cara y sin alma siempre a su servicio.

Teléfonos sin señal, lectura sin anteojos.

Folios blancos numerados en negativo con datos erróneos.

En campos desiguales de palabras en batalla.

el fiel infiel de una balanza oxidada

baila alocado y salpica veredictos de lodo.

La confianza es una utopía y la fe es arcaica.

¿Sabrá la luz invadir el desván de los errores?

¿Qué espada de rosas cortará las espinas de tanto camino equivocado?

¿Podrá el hombre tenderse cara al sol, sabiendo que ella

la señora de los ojos vendados lo abraza maternalmente

para darle por única vez eso tan difícil que se llama Justicia?

Abel Espil-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011

EL CARTONERO


Despierto temprano. Preparo el carro. Me tomo el mate cosido con cinco galletitas y media "Traviata".Me gusta muy caliente. Las madrugadas de invierno en San Miguel son intensamentes frías.Llendo a la estación, la saludo a la Clorinda y el Román, que le están cambiando una cubierta a su carro. Al llegar, lo veo a Justo que busca por el piso algun resto de pucho que pueda --al encenderlo--calentar su cuerpo tan flaco.
El tren blanco llega. Primero subimos los carros y luego cada uno se sienta lo mas cerca, para protejernos del robo rápido, en alguna parada de estación.
Me acerco aún un poco más y lo abrazo entrecerrando los ojos. El aire frío penetra y me enfría hasta los huesos.
El otro día, vinieron varios hombres de traje ,camisa, corbata y mucho olor a limpio, diciendonos que en meses dejaríamos los carros por un subsidio.
Cada vez que fueramos a marchas, hicieramos un piquete o le cortáramos con cubiertas quemadas el acceso Oeste, nos darían un poco más de plata.
Yo no sé si es cierto o es mentira. Por las dudas, me anoté y como no sé firmar, mojé mi dedo gordo en tinta y lo puse en un blanco y largo papel.
Me acabo de despertar . Es de noche. Que tren me toca tomar : el del regreso o el que me trajo?
Camino rumbo a la estación, una , diez, cincuenta cuadras.
No encuentro a Clorinda y Román. Deben haber cambiado la cubierta. Llego a la estación y a Justo no lo veo por ningun lado. Acomodo el carro cercano a un asiento, me abrazo a él y espero mi tren blanco.

Lilia Elena Durand-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011

A veces

A veces siento el palpitar de un beso
en la brisa que asoma y se deshoja

a veces chapoteo en el follaje
los latidos del árbol carcomido

a veces correteo las cenizas
y abro el cráter morada de recuerdos

a veces oigo en tu voz el silencio
y acorrala el silencio el pensamiento

a veces en las noches sueño sueños
que aprisiono en la palma de mis manos

a veces desanudo sus quimeras
y brota de su llanto una amapola

Juan Disante-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011

Dulcería

 

 

El frasco que era de arropes
ahora está pleno de sosería,
por su perfil chorrean refunfuños,
presunciones,
rehusos,
hollines.

No podemos ser menos molestos
desde donde estamos
y alguna vez
deberíamos convertirnos en la memoria
del dulzor
de todos los frascos
que ya no.

Marta Díaz Petenatti-Zona Rural de la Provincia de Santa Fe, Argentina/Noviembre de 2011




LA MIRADA


La tristeza de tus ojos derribó la barrera de mi egoísmo.

No me reconocí. Me sentí la antítesis del proyecto de vida que imaginé a tu lado. Te llevé por un camino donde las piedras, que sin darme cuenta puse, te laceraron alma y espíritu.

No pensé en vos.

La soberbia me cegó. Fuiste la herramienta de mis deseos. Mi carta de presentación.

Recuerdo la alegría de tus ojos, la pureza de ese amor que sentías y lo demostrabas con cada mirada que me dirigías.

¡Pero no las veía! Te miraba, sí, pero no las veía.

Sólo me importaba ser reconocido, admirado, económicamente poderoso.

Esa arrogancia que sentía era para apagar el fuego que me producía mis carencias, mi pobreza de alma y ahora ¡necio de mí!, me doy cuenta del desprecio de tus ojos por mis actitudes.

Sólo vos supiste ver mis miserias, porque las sufrías, y quizá, día a día en tu corazón iba bajando los escalones que en un momento me llevaron a la cima.

Lo comprendo porque sé que te perdí. Me doy cuenta que la grandeza no se mide por el tamaño del bolsillo sino por el del alma.

“Ser grande de alma”. Esa debió ser mi consigna a seguir. Pero la obvié, o peor aún, la ignoré.

Por eso me quedé solo, por mi narcisismo y porque no supe leer el mensaje que me daba “la tristeza de tus ojos”.

Delfina Acosta-Paraguay/Prólogo/Noviembre de 2011


Prólogo de Delfina Acosta para  re-edición del poemario “Picado Contrapicado” de Rolando Revagliatti.


SIN RED ABAJO

Las sirenas cantan en el lado del mar que les corresponde, los albatros van dejando su reguero de sangre sobre la arena, los marineros  querrían cantar los nombres de sus amantes junto a las escotillas del barco, pero no les nace sino una exhalación de humo de cigarrillo.
Rolando Revagliatti,  poeta de la Argentina, canta.
Y a veces maldice, pero como entre lágrimas que queman. Y hace bien en maldecir. La maldición es hermosa y hace falta escupirla cuando  el pus del mundo recorre las vértebras del hombre cansado.
 Hallo en la poesía de Rolando una enorme necesidad de ponerse al lado de la mujer que entrega su  cuerpo por una mentira de amor, unas ganas irrenunciables  de molestar, de atormentar  al amor mismo, con todas las sílabas y todas las letras, para que termine hablando, confesando,  vomitando  su verdad.
Dirá entonces, ante tanta insistencia del poeta, el amor, su historia. Y esa historia  puede parecernos a nosotros, los lectores, tan malacostumbrados al molde de la poesía tradicional, un susto, un suspenso en el aire, una copa  de cristal caído en el suelo.
Los poemas  encuentran una manera especial de expresión en los versos del autor.
Su niñez corretea, a veces, por sus líneas.
El sexo es en sus páginas un panal de abejas donde la miel es elaborada durante noches y días, por unos insectos que se aprestan, llenos de vida, a llenar de dulzura la colmena.  
Si dijéramos los poetas: “Éste es el arco, y allá está la hondonada donde crecen los lirios del valle. Que no tiemble el pulso al disparar la flecha. Hay que dar en el blanco de la poesía”; si dijéramos esas palabras los poetas, seríamos pequeños dioses.
Rolando Revagliatti dispara sus flechas. Y la poesía sale de él alevosa, aunque rica en invención.
Cuando la poesía es inventar, hay versificadores  que inventan  mal, o no inventan nada.
Entonces ocurre que Rolando Revagliatti,  sin saberlo, acaso, va dispersando sobre la mesa  las diversas monedas de su tesoro. Tiene un poco de tristeza, mucho de ironía, bastantes  monedas de cansancio de este mundo ancho y ajeno, siete monedas  de novedad, más  diez monedas para sorprender al lector.
Y arma con sus versos, un  acto digno de un trapecista perfecto, hermoso, angelical. Claro que no hay red abajo.

DELFINA ACOSTA
Asunción, Paraguay, octubre 2008.