lunes, 21 de noviembre de 2011

Ana Romano-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011


Puja

Descarga
asomando
restos
en los velos

La puja
nos desencadena

Defiende
la leona
la cría.

Carmen Rojas Larrazabal-Venezolana, reside en Los Ángeles, California, EEUU/Noviembre de 2011

Ritual de luz  y de tu nombre

La lluvia-historia del río,
desbordado entre tus venas
lleva el pulso
de la Tierra
con su caudal
infinito…

Desciende con el sol
hasta el ocaso,
mas no dejes que fragüe tus verdades
en el fuego cruel que siempre aguarda
al acecho de tu voz y de tu sombra,
para llevarte más allá,
por los caminos sin memoria
de alguna noche sin nombre,
donde un segundo despojado de medir
abrazos intenta conquistar
lo eterno del amor que nos elude,
y desterrarlo una vez más
donde habitan
los azules peregrinos del silencio.

En su antiguo ritual
este sol de ayer va derritiendo
hasta el breve perfil que lo atestigua.
Sumergida en la noche
irá tu historia,
delirando de luz sobre tus ojos,
y sin temor a beber de tus anhelos,
jugarán al claroscuro
los colores.

No dejes que fragüe tus amores
y así, ligeramente los traduzca
al lenguaje efímero que enciende las miradas
sin que palpiten de luz los corazones.

Desciende con el río

al mar del alma,
donde aprenden a cantar los sentimientos,
donde saben a mil besos, sal y arena
y hay caricias confesadas, sin testigos,
por el viento.

Repite alguna mantra clandestina
a puro canto de vida en tus latidos,
hasta que al fin, libre se declare el corazón
cuando encuentre la voz
que había perdido
hilada y mil veces deshilada
entre los hilos destejidos de un adiós.

Ascención Reyes-Viña del mar, Chile/Noviembre de 2011

EL DESEMPLEADO


     Para Joaquín Palacios Lindemann, era denigrante haber llegado a vivir en ese vecindario. Modestos edificios viejos, que en verano conservaban el frío del invierno y en la estación lluviosa no bastaban todos los tiestos para detener las goteras que caían en los pasillos y en algunas piezas.  En este punto, agradecía la poca fortuna que aún le quedaba, en su habitación aún no se hacían presentes aquellas impertinentes gotas. En cambio a sus vecinos los hacían desperdigar sus enseres por toda la pieza; generalmente a la medianoche cuando en sus camas rebotaba el agua sin poder hacer nada por impedirlo. Al día siguiente cada gotera  había dejado un charco de cierta consideración.
     Hoy era un día importante para Joaquín, había llegado de la Argentina a este país vecino en busca de nuevos horizontes, hacía alrededor de seis meses. Como equipaje sólo había traído sus pocas ropas algo gastadas y aquel pensamiento que nunca lo abandonaba, tenía la convicción de que había llegado a este mundo con un sino perdedor. Y que a pesar de jurarse a sí mismo que lo sacaría de su pensamiento, por más que lo intentaba, era totalmente inútil, ahí estaba siempre como una espina dolorosa.
     Su aspecto, o más bien el que le devolvía el espejo, era bastante aceptable. Un metro ochenta, delgado y con un rostro bastante regular. En el borde de sus ojos ya se advertían unas indiscretas arruguitas y algunas hebras plateadas en su cabello negro de treinta años y algunos meses. Sólo tenía un defecto que provocaba su timidez. Un tic que se hacía manifiesto en cuanto abría la boca; de inmediato cerraba sus ojos, como si una luz lo encegueciera y su cuello se balanceaba hacia arriba y luego a los lados, en un movimiento ondulante por espacio de medio segundo y hasta ahí llegaba su encanto. Tal inconveniente ponía una barrera infranqueable en cualquier interlocutor, más aún tratándose de un empleador exigente. Al decir de sus hermanos era por mala costumbre, según él, un defecto no corregido a temprana edad. Sus padres, ya desaparecidos, lo sobreprotegieron más que al resto de sus hermanos mayores.
     Hoy iba a presentarse al llamado de una empresa importante. La misiva le había llegado por correo y para dar una buena impresión se había despertado muy temprano. Mas bien no había podido dormir de corrido en aquella noche, temiendo que apenas abriera la boca, sus ojos y cuello le jugarían otra mala pasada, incorporándolo nuevamente a ese callejón sin salida a que lo había condenado la diosa fortuna. Era como estar atrapado en un laberinto sin encontrar aquella ansiada puerta; y el tiempo, su tiempo, se aceleraba inexorable, la edad que mostraba su curriculum vitae  ya le jugaba en contra.
     Mientras, se afeitaba prolijamente en el viejo espejo que había conseguido con su casera, sus negativas premoniciones respecto a la entrevista, las masticaba sin poder evitarlo. El marco del viejo espejo se veía desconchado y la luna quebrada en tres partes, de modo que en ese momento eran tres rostros los que proyectaba el espejo, e incluso mirando con más detenimiento, cada imagen era diferente una de otra, al tener diferentes ángulos de visión. De pronto se le ocurrió que si toda su vida había sido un perfecto cúmulo de situaciones negativas - a las que seguirían sumándose otras futuras-  entonces bien podría enviar a la entrevista a otro sujeto que tuviera su porte, su rostro y no su defecto. Tan convencido quedó de esta alternativa que terminó su prolija afeitada, se vistió cuidando todos los detalles, una discreta corbata haciendo juego con la camisa y el terno, zapatos bien lustrados y la raya del pantalón como recién imprentada; el mérito se lo debía al colchón bajo el cual colocaba todo aquello que debía plancharse. Enseguida se concentró mirando los tres rostros proyectados en el espejo y dio la orden a aquel trozo en el cual le pareció que su imagen se proyectaba mejor.
     Mucho rato estuvo observándose y ya empezaba a pensar que estaba loco al pretender tal cosa. Mas, de pronto vio que la imagen elegida cobraba vida propia, repasaba su peinado por última vez y luego se alejaba hacia la puerta de calle y desaparecía por ella cerrándola tras de sí.
     Tres horas después se pudo ver por el espejo la llegada del hombre, con la cara sonriente. En su mano traía el diario del día y un cartapacio que contenía parte de sus nuevas obligaciones.

Rolando Revagliatti-Buenos Aires, ArgentinaNoviembre de 2011

Debut inocuo


          “Yo tan sólo quince años tenía.” Debut inocuo. Un privilegio desusado. Ella, treinta: Rosa, se llamaba. La panza alta, llamativa. Aparte de eso, flaquita. Montón puntual. Soy el elegido. Me pregunta por Álvarez Thomas, la avenida. Ni siquiera sabía yo a cuántas cuadras. Le miro la pechuga. Indico para allá, me atosiga, que si tengo tiempo la acompañe. A cincuenta metros le soy muy simpático. Es baja y viste mameluco. Me digo sonreí, pero no me sale; me digo para qué. Articulo las dos sílabas de mi apodo, le da risa, a ella la nombran por el diminutivo. Julio no habrá entendido, ni le dije chau, ella tiene unas orejitas... Me raptó como a un recién nacido y es cierto: soy virgen; huele bien, fresca, eso es importante; virgen hasta la re-médula soy; Rosa, Rosita, conmigo en el zaguán pasando Álvarez Thomas. Ni a bailar fui nunca, yo estudio, con sus manos en el cierre de mi vaquero, este año termino cuarto, me besa los párpados, me inclina, me inclino. Julio no habrá entendido cuando lo dejé, ella se agacha y ahora me besa el bulto, analista de sistemas voy a ser. Qué sortilegio, dura la panza, no anocheció del todo, qué lengua la loca; ¿pero en el caserón no vive nadie más?, me entero, observo; me voy a encamar con esta embarazada; le digo, no le digo, le digo de mi condición: exclama mejor y iupi. No está triste, esta mujer no está triste para nada, no sufre, no me mortifica; vive aquí, aquí nació, su hermano falleció en esta cama que cruje. Me desnuda, la toqueteo mientras lo hace. Decime Rosita, no, qué marido, ningún marido; hablo sin mentar, hablo para adelante; pibe lindo, preñada por un forajido, soy la más alcanzable trotamundos. Tengo fecha para sesenta días, estoy inspirada, me lo elegí sutil, un arbolito fino y colorado, por el barrio. Ya sé, tía Fernanda, te mudaste por mí, vivís como la mona, con esa pelambrera fantástica no me recuerda a ninguno y me olvida de todos; dentro de sesenta días le voy a decir, tía Fernanda, perdoname, la prima de mi padre. Me saco todo, le enseño, le muestro: a lo perro, domingo lerdo, me lo apoya, el slip se lo mandé al carajo. Ser contemplada, creer, mi tía y yo. Lunguito mío, estrecho tórax ceruminoso; ganas de cantar, de gritar, de aplaudir, de explotar; insisto con los chupones, que dure caliente, con regularidad, así, ¿ves?, se hace, yo quiero un novio, una me lo expropió; se distrae con el ombligo, despacio y rápido, lo que vos pesques,  el mordisqueo en la nuca, vulgar pero no insípida; los expertos  me han hecho mal, la clepsidra me emborracha, me muevo poco, me muevo poco. Disculpame, se sale. Julio va a pensar que exagero, él se quedó de araca, resbala, inocuo es esto; ni siento, no llego, me pone nervioso este festín; nunca concerté una cita, me desorienta, me habla, seguí, seguí, sigo pero así no va, dale, con fuerza, embestime, estoy empantanado; sostenete con una mano, dame la otra, ponela acá, preferiría, ya sé, ya sé, ahí va mejor, aguantá, aguantá, esta cama, eyacular, un dos tres para siempre otra vez, así, queridito, muy bien; sólo bien (siendo generosos), pero te lo agradezco. Rosa: te agradezco este debut, aquel debut. ¡Ah!, y tacho “inocuo”.

RAQUEL PIÑEIRO MONGIELLO-Funes, Provincia de Santa Fe, Argentina/Noviembre de 2011

COSAS ESCRITAS

Uno ve cosas escritas
siempre en la misma página
y se da cuenta
de la pobreza de las palabras,
queriendo sostener
vapores que vienen,
como un martirio de bruma,
a tapar lo inaguantable
y uno piensa que nada pasa
ni se muere tanto,
si alguna vez, algo se hace mejor.
Uno ve y no puede dejar de borrar,
lo que ahora pasa,
ni reprimir confesiones,
porque todo está ahí
ensuciando los detalles de cicatrices
todavía dispuestas a resistir,
una filmación menos enlutada.   

Nilda Antonia Pigazzini-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011

CUANDO PARTA
                                                                                                                  
Él

Cuando parta
no cubriré  tu cama  con
las rosas , esas que acariciabas.
Desorientada...escucharás
                                             murmullos será solo                                                                 el rumor de tus palabras.
Al fin comprenderás  amor
cuanto te amé ...porque
el silencio te verá angustiada

Nadie dirá nada, ni el
eco  de mis sueños
ni tu  infantil deseo ,
ni tus lágrimas
comprenderán
la nada.

Ella

Cuando parta ,
Diré adiós a mis amigos
evocaré lugares ,recuerdos
queridos será otra forma de
vivir sin lágrimas.
No abriré la ventana, ni admiraré
las rosas , esas que plantaste
aquel día, las rosadas…
Por la mañana…
Le diré a los pájaros que no
me esperen ,
Despediré mis restos.

Al fin comprenderás  amor...
Cuánto te amé.

Rosalba Pelle Mancuso-La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011


VOLVERLO A VER
(Gabriela Mistral)

I
Con las fibras pequeñas del alma,
con los hilos que bordan
las luces del corazón,
así llegaste a mi vida
para devolverme la calma
de los lagos azules.

II
En los espacios de soledad,
aquellos en los cuales pude descansar
sobre mis propios restos
o intentar algún recurso para justificar la vida,
pensaba haber muerto.

Ahora, en las tardes lluviosas,
cuando muchas veces confundo las lágrimas del cielo
con mis propias lágrimas, lo pienso...
Yo, que no entendía del amor o de tantas risas,
que sólo era capaz de comprender la soledad o la tristeza
tiemblo, llanura extasiada,
primavera azul, ocre pampa arrasada.

Durante horas tan vacías,
en el correr de cuántas  alboradas
clamaba su presencia sin saber que aún rugía,
sin ver su rostro ni su estampa,
imaginando su voz en cualquier parte,
en el silencio demencial de los días solitarios.

Por eso hoy lo recuerdo como el primer día.
Ahora comprendo que en las noches,
aunque esté muy triste el cielo,
su luz existe, su luz vive.
Cuántas veces es la luz una mirada,
una sonrisa o el reflejo de cada una de  sus palabras...

Una de estas mañanas,
cuando el alba despierte suavemente
y el resplandor vagabundee por las paredes de mi cuarto,
lo pensaré corriendo por entre los árboles
jugando libremente con un dios.
Tal vez el crepúsculo
habrá justificado el cansancio de la tarde.

Y cuando anochezca,
mientras niños y bohemios vivan la muerte del día,
cuando todas las estrellas se asomen al escenario-cielo,
estaré esperándolo en el umbral de la noche,
estaré buscándolo entre el angustiante perfume de los nardos,
para que juntos vivamos al lucero
acorralado por el sol .

Álvaro Iván Ortegón González-Cali, Colombia/Noviembre de 2011

Tedio

Vivo en la desgracia,
soy una desdicha,
derruido en la desidia
¡Qué astucia la mía!

Riego tristonas lágrimas
atosigado hasta la crisma,
salto ríos de nostalgia
¡Oh fuego de mi angustia!

Consumido en el silencio
con voluntad de piedra,
de mi corazón escapa
el positivo símbolo de la existencia.

Al palpar mi moribunda alma
con trémula e invisible mano,
todo bosquejo sensible
muere ante el abismo negro.

La indolencia tórnase vida
después del agujero,
mi ser enloquece burlesco
y anida una intensa agonía.

¡Hágase el hombre
cuando lo increpa la nada!
¡Que deambule en la miseria
y beba la cicuta!