viernes, 22 de julio de 2016

Juan Daniel Salica-Argentina/Julio de 2016


EL MÚSICO


            Cuando llegó, la mayoría de los chicos parecían desconocer su nombre, pero habían escuchado tantas veces su historia, que el músico era uno más entre ellos, como lo fue en los años transcurridos en el mismo orfanato. Él volvía a reír, y un eco pasado por paredes viejas le agregaba sonidos a la ancianidad de las luces. Todos ahí sabían que el músico caminó el mundo soplando colores guardados en su trompeta. Esos colores que seguramente tomó de la escasa primavera que mostraban las ventanas.
            Sin darse cuenta ya estaba rodeado de pequeños y nutridos abrazos de abeja, y él corola o derrame de miel, sonreía como nadie, abriendo de costa a costa su país de alegre monarquía.
            El comedor, sobrecargado de ojos impacientes, aguardaba la entrada gloriosa del músico. Ingresó cantando y con una fuente enorme y repleta de comida. Y sus amigos detrás, con más comida y pan para todos.
            No había prensa. El músico comía y se miraba en cada rostro. Disfrutaba de ellos y del ruidoso silencio de cubiertos, platos y dientes.
            Después de comer, todos pensaron que se iría, con la misma prisa de la mayoría de los visitantes, aunque él prefirió el pasillo oscuro y angosto al que recordaba como callejón, y lo conducía hasta los dormitorios. Se fue a acostar en la cama donde posiblemente haya soñado, casi despierto, alejarse para siempre. Primero se sentó y luego dejó caer su cuerpo oscuramente luminoso. El colchón le hizo sentir los elásticos en plena columna, sin embargo durmió un largo rato.
            Uno de sus amigos fue el encargado de interrumpirle el sueño y de recordarle el horario del ensayo. Se levantó sabiendo que tenía que despedirse. El ritual de abrazos se repitió y comenzó a alejarse, con un gesto perezoso a la distancia.
            Puertas adentro, los chicos sabrán esperarlo como a un mago o un rey de un país que desconocen, pero seguramente cuando toquen el primer sueño, ése que hoy va a costar más que nunca, porque en la oscuridad él estará comiendo con ellos, riendo y cantando. En ése costoso dormir querrán ser como él, y soplar colores y caminar el mundo y regresar, siempre regresar. Será en ese momento donde tendrán una sonrisa tan grande como su música.




Ana Romano-Argentina/Julio de 2016

Atosigar


Los guantes farfullan
entre el ámbar de los dedos
y la recolección
de los vetustos papagayos

Bocanadas de melatonina
empalman o fustigan
las hilachas

El despertador descalzo
plastifica
los ronquidos

y la almohada arponea
la agonía

¿Quién embucha
el ultraje?


Agustín Rojas-Chile/Julio de 2016

Y DIOS LA AYUDÓ                                                   
                                                                                                                    
                                  
Muy temprano, Clotilde, bajaba al plan de Viña arrastrando su carro recolector de chatarra que encontraba en los cubetes diseminados por la ciudad. Hasta ocho mil pesos le reportaba su venta.
Su hija Rodelana, estudiaba alta costura. Esa tarde era su graduación, siempre que pagara la última cuota de colegiatura. Elevó la mirada al cielo. ¡Sí, Él la ayudaría a reunir los diez mil pesos que requería para abrir la puerta del  futuro de su hija!
Una fresca brisa le revolvió el cabello, al levantar el brazo y volverlo a su lugar, su mano alcanzó un papel. Al observarlo, con sorpresa, vio que se trataba de un billete de veinte mil pesos.
Canceló la cuota y esa noche tomaron chocolate caliente dando gracias a Dios.


Josefina Fidalgo-Argentina/Julio de 2016

Autora:Leonor Cristiano  Título: Mujer frente al espejo  Técnica: Óleo sobre tela

     Muy serio me pidió el toallón

     Algo se movía, detrás de la mampara de la bañadera. Una sombra en movimiento. Sentí como una descarga eléctrica en todo mi cuerpo y que se me erizaba el cabello.

     Me pellizqué los brazos para saber si estaba despierta o estaba soñando.
Quería pararme, no atinaba a hacerlo, en el intento, me mojé la ropa interior y el pijama, la tabla del inodoro toda chorreada. Cuando quise apretar el botón del agua, se salió mi pantufla y pisé la baldosa mojada. Pero, no tengo que hacer ningún ruido, me dije,  ni un mínimo ruido. Quise secarme, pero no había más papel en el rollo.

     No podía quedarme allí. Temblaba de miedo. La sombra se agitaba.
Tendría que abrir puertas y ventanas, y encender todas las luces. Me subí el pijama lentamente, dejé las pantuflas, y ya descalza abrí la puerta del baño, que afortunadamente no hacía ruido, porque fueron aceitadas las bisagras el fin de semana.

     Cuando salí del baño, voló sobre mi cabeza un bicho negro con alas gigantes, mi grito seguramente se escuchó en todo el edificio. En su vuelo chocó con la lámpara de pie, que cayó al piso desarmándose. Cuando rebotó  en el vidrio de la ventana, sólo atiné a taparme la cara, escondida al lado de un mueble. Cuando me descubrí la cara, no lo vi más.

     Fue en ese momento en que decidí llamar a Rodolfo, el portero. Marqué el número, con el temblequeo de mis dedos. Sonaba, sonaba, y no atendía nadie. Colgué. Volví a llamar. Me atendió casi furioso. Son las tres de la mañana qué pasa? contestó con su carácter amargo de siempre. Yo tartamudeando le pedí que por favor viniera urgente,  que estaba muerta de miedo, y que así no podría volver a la cama.

     Me acurruqué en el sillón del living, con los ojos bien abiertos, pensando donde estaría escondido el bicho. Nunca había mirado tanto tiempo el reloj. Fui al dormitorio observando cada rincón. Tenía que cambiarme, me saqué el pijama y la ropa interior y me puse el  desabillé que estaba sobre la cama.
Sonó el timbre. Me sobresalté, pensando que el bicho iba a salir de su escondite  con el timbrazo del portero.

     Cuando le abrí la puerta, Rodolfo entró malhumorado. Le conté lo sucedido y él, muy serio me pidió un toallón , lo humedeció en la bacha de la cocina, y lo buscó detrás de los cortinados, agitándolos, corriendo las cortinas, sillones, haciendo ruido. El bicho salió del taparrollo, planeando de pared a pared, era una rata voladora negra, espantosamente fea, con unas enormes alas desplegadas.

     Encerrada en la cocina me quedé mirando con asco, tras el vidrio de la puerta. Cuando el bicho se apoyó en el estante del armario, Rodolfo se acercó sigilosamente le tiró el toallón, lo terminó de envolver y se lo llevó abajo murmurando palabrotas.
     Le agradecí como pude. El, suspirando profundo, me dijo que ya volvía.
Rendida y agotada, tomé un vaso de agua y me tiré en el sillón. Cuando  Rodolfo regresó  ya estaba  más calmo, pero preocupado por mi nerviosismo. En voz alta me dije, y le dije, cómo volver a dormirme después de estar con un murciélago en mi departamento.

     Tomándome de los hombros, me abrazó, y mientras me acariciaba la espalda me dijo que me tranquilice que ya estaba todo bien, que estábamos solos, que había traído una botella de wisky para compartir y que se iba a quedar a hacerme compañía hasta que amaneciera.  

     Como tantas otras veces, pensé.



Karina Rodríguez-Argentina/Julio de 2016


Rebecca en el pozo
Rebecca siente gusto a tierra. La siente en la boca. La mastica, la tiene entre los dientes. Hay algo que le raspa en la garganta y eso le da un poco de asco, pero se aguanta.  Se aguanta y reconstruye la caída. Es tierra —piensa— como si supiera el sabor que tiene el barro. Siente en la lengua una sustancia pastosa,  un  sabor amargo y los dientes le crujen si los aprieta, por eso sabe que es tierra lo que tiene adentro. No hay duda. Piensa que a lo mejor fue cuando vino cayendo que pasó lo de la tierra en la boca; mientras daba manotazos alocados, poniendo las esperanzas en cualquier cosa que pareciera un saliente, en alguna ramita que se asomara por entre las grietas o en las raíces de un árbol. Como si eso evitara que siguiera viaje abajo, trató de agarrarse. Y ahí fue cuando tragó tierra. Pero no sabe, porque todo eso pasó rápido y ahora solamente siente el gusto.  Si trata de concentrarse, si lo analiza un poco, lo único que se acuerda es de estar ahí adentro, en el fondo, tratando de flotar. Como si hubiera nacido en el pozo o se le hubieran borrado los recuerdos anteriores a éste. El pozo tiene agua, un agua negra, sucia, con olor a podrido. Está oscuro y siente las paredes cerca porque así están, muy cerca. Cayó en un pozo chiquito, de esos en los que no cabe más que un alma.
Un círculo perfecto la conecta con el cielo y, si mira para arriba, lo ve, pero muy, muy lejano. Todavía es de día y pasan algunas nubes. Entre ellas aparece por momentos el celeste nítido, típico de los cielos despejados. Pero nubes hay y, cuando se distrae mirando para arriba, las puede ver pasar. Celeste mezclado con blanco, los colores del cielo, piensa. Formando figuras, piensa. Figuras como lobos, osos, elefantes. Pero las paredes del pozo son negras, negras de tierra mojada. No hay nada vivo más que Rebecca y nada más vivo que Rebecca. Tiene la cabeza empapada, tirita de frío y el pelo chorrea esas aguas oscuras que se le cuelan por los hombros y la espalda, porque cuando cayó llegó hasta el fondo y quedó sumergida. Le tomó un rato entender dónde estaba.  Cuando el cuerpo chocó contra el agua creyó que se moriría pronto. Mientras chapoteaba con esa desesperación inmunda de los que se ahogan, sacó la cabeza para respirar y se aferró a lo que pudo. Arañó las paredes aunque se le desmoronaran encima, mientras las piedritas y el polvo caían en una lluvia fina, dejándola ciega, sin aliento y con los ojos llorosos y ardiendo. Después descubrió que el fondo no estaba tan lejos y se soltó, se dio cuenta de que el pozo no era mucho más profundo, y que si estiraba los pies, podía tocar la base lodosa. Lo último que recordó fue que cuando cayó lo hizo gritando, porque lo que pasó no lo esperaba, no esperaba caerse, nadie espera eso.  Y fue cuando por primera vez la tierra, en algún manotazo, se le coló por la boca y la dejó en ese estado amargo.  Entre esas paredes el grito se ahogó enseguida. Ahora en el pozo hay silencio, casi lo único que hay es silencio. Silencio, agua y Rebecca, que escucha su respiración y nada más. Y piensa, piensa más tranquila en el medio del silencio, aunque esté mojada y con tierra en la garganta.

Liz Vanesa Rodríguez A-Colombia/Julio de 2016

 LA MONTAÑA ALADA

La arcaica mecedora vacía se tambalea metódicamente sobre el piso de baldosín cobrizo, siendo testigo del tiempo, asomada en el balcón que da a la Montaña Alada, ahí está inerte y perezosa añorando a ese dueño que ya nunca volverá. Le doy una patada solo para hacer que sus ociosos mecanismos emitan ese chirrido infernal que el pueblo confunde con un pelotón marchando hacia la guerra.
Pero aquí en Felonía, donde el tiempo es un castigo, los soldados se han extinguido al igual que los atardeceres rosa, la nieve azucarada, los besos primavera y el amor, no queda más que esa Montaña Alada: un montículo triangular cubierto por plumas de fénix, retazos de nubes y recuerdos perdidos de cada alma que habita en este pueblo enterrado por el óxido y la desidia, con cada remembranza hurtada la montaña aumenta su grosor, en poco tiempo cubrirá la plaza, devorará la iglesia y secará la cascada. La profecía dice que si alguien logra conmover al monstruo, Felonía se librará de su destino. Sin embargo, hasta ahora permanece impávida mofándose de nosotros, castigando con el tedioso día a día, nuestras almas ausentes.
Muchos poetas enamorados, suicidas o entusiastas, se han aventurado en el valle emplumado que conduce a la montaña con la intención de enternecerla, sus acciones son valientes, así como, estupidas, pues no hemos sabido de ellos nunca más. De vez en cuando, llegan al pueblo pelusas blancas en forma de rocío que confirma la noticia, esos pobres desgraciados no volverán jamás. 2

Hoy es mí día, bajo pesadamente las escaleras ocultando mi pena tras un gorro de marinero color azul turquesa desgastado por la lluvia de ceniza que cubrió el valle el año pasado, el olor a crostattas recién hechas inunda mi nariz, Dora, carameliza con dedicación una cesta de naranjas, a pesar de que la artritis invade sus dedos, ella está determinada a no dejar que muera de hambre, aunque, técnicamente he muerto ya. La mujer se asombra al verme de pie junto a ella, quiere decirme mil cosas, probablemente hasta recriminarme un poco, más su boca ha olvidado las palabras.
 Voy a la Montaña – murmuro sin emoción
 Que Dios te acompañe mí niña – ya no creo en lo divino, dejé de hacerlo al igual que en las estrellas fugaces o en los deseos que surgen de arrojar monedas al agua de la fuente dorada.

Salgo de la casa color marfil azotando la puerta, los modales son lo último en que pienso. Hace una mañana tormentosa con nubes color púrpura, “huele a menta”, es lo único que pienso, mientras camino hacia la plaza principal: El gitano Tello hace sus pócimas como de costumbre, al notar mi presencia los frascos de colores que sostiene se escapan de sus dedos formando una ruidosa melodía al estrellarse en el suelo sucio de ladrillo, lo ignoro por completo.
Me cruzo con tres almas más: Agripina, la chismosa del pueblo, sin duda, está hablando mal de su marido, el viejo cascarrabias de la emisora quien nunca superó el hecho de que su hijo se haya escapado con Elías, el herrero y ahora todo lo que dice es “allá dónde acaba el ancho mar está mí pobre hijo y su alma 3

pecaminosa perdida”, Arturo, el panadero, hombre experto en la fabricación de galletas de vainilla con cubiertas diferentes, trocitos de mora silvestre y rodajas de lulo, se asoma por la ventana con su rostro vacío y la mirada posada en el cementerio local, ahí descansa “Lalito” su único hijo quien murió de aburrimiento. Por último, a las afueras del pueblo está Gustav, el perro loco que menea la cola al tiempo que enseña los dientes, tiene una pelea cazada desde el primer día con el gato Roque quien ha vivido más tiempo que ninguno de los habitantes de Felonía, a todos ellos les digo lo mismo: “voy a la Montaña”, no espero que me detengan, solo que sepan hacia dónde me dirijo esta última mañana de mi vida.
Llego al sendero emplumado, está cubierto de espinas descoloridas a causa de la lluvia acida que castiga a nuestro pueblo cada 08 de Marzo, me abro paso destrozándome las piernas y las palmas de las manos, arrancando de mi cuerpo ropa y piel, es infrecuente pero ya no siento dolor alguno. Tras terminar el castigo espinoso veo una quebrada de agua negra como el ópalo que cuelga en mi cuello, me inclino frente a ella para limpiar las heridas, mientras pienso, en qué le diré a la montaña “quizá recite algún poema de esos que te parten el corazón en mil pedazos, o entone una melodía similar a las de las Aves del Paraíso, que no tenga esperanza alguna en un mañana diferente” .Desintegro las ideas precedentes, necesito algo lo suficientemente bueno capaz de hacer volver al pueblo los atardeceres rosa, la nieve azucarada, los besos primavera y el amor.
Continúo con más dudas que otra cosa, mis pies marchitos sucumben ante la belleza del prado serpenteante que se ha vestido con flores multicolores, musgo suave, brisa fresca y polvo de estrellas plateadas, ahí estoy junto a la Montaña 4

Alada que tantas vidas, recuerdos y emociones ha sustraído sin permiso de cada alma que sobrevive en Felonía. Los sentimientos de cansancio, rabia, tristeza y desasosiego salen inevitablemente de mi pecho.
 Ha muerto – exclamo cayendo de rodillas como cuando recibí la noticia de boca de Agripina, en ese entonces oculté mis emociones tras la mascara de acero de la indiferencia, pero nadie escapa a la Montaña, ni siquiera un ser errante cómo yo – ha muerto, montaña estúpida – repito impotente – ya no escucharemos sus canciones, no disfrutaremos de su poesía, de su arte ni de su amor, mí cuerpo se resiste a vivir sin sus caricias, mí alma sin su voz, se ha ido ¿no lo entiendes? Estoy sola incapaz de vivir más, aquí me tienes, mátame de una vez.

Una espina de plata me atraviesa, mí rostro se oculta tras el prado quemado por el sol, “ no la he conmovido lo suficiente” pienso al tiempo que me esfuerzo por no llorar, más sin embargo, la bóveda celeste oculta tras ese color púrpura abre sus puertas dando paso a una lluvia con sabor a albaca, las lagrimas de la montaña ahogan el sendero emplumado, el prado serpenteante, la quebrada de aguas negras, la plaza principal, al gitano Tello, cuyas pócimas desaparecerán para siempre, a la chismosa Agripina y su marido que solo atina a decir “allá dónde acaba el ancho mar está mí pobre hijo y su alma pecaminosa perdida” e incluso Gustav y el gato Roque sucumben ante el poderío de la Montaña, solo queda Dora con sus crosattas de sabores y las naranjas en sus manos. “Está hecho” me digo cerrando los ojos a los recuerdos dolorosos sabiendo muy adentro que cuando 5

despierte estaré en una tierra diferente, bañada por remembranzas de una vida que de seguro será más feliz.-

Fernando Rivas-México/Julio de 2016


HECATOMBE

El planeta avisará cuando se agite,
                                      Qué un exterminio total está a la vista,
                                      No es la historia irreal de una revista,
                                      Sino lógica verdad cuando nos grite.
                                     
                                      Tierra sabia que te sientes vulnerada,
                                      Y con calor sacudes  tu epicentro,
                                      Descargando furias sísmicas muy dentro
                                       Hasta llegar a partir la corteza lastimada.
                                      
                                       No es ciencia ficción de trastornados,
                                       Depredando siguen sus entrañas,
                                       Les puedo asegurar, no son patrañas
                                       Cuando vientos se conviertan en tornados.
                                      
                                       Los océanos se preparan a infiltrarse,
                                       Coludidos están con terremotos,
                                       Invadirán lugares muy remotos
                                       Devastando las costas al volcarse.
                                      
                                   

                                      No tardará el desastre inevitable y duro
                                      Por gente culpable de singular torpeza,
                                      Ávidos de poder, riqueza y grandeza
                                      Sin importarles los infantes del futuro.
                                     
                                      El mundo sufrirá falla funesta
                                      Por confiarse en modernas inventivas,
                                      No dejaron para nadie alternativas
                                      Al poner todos los huevos en la cesta,
                                     
                                      Los satélites arderán sin tener precio,
                                      Al llegar drásticas ondas de rayos solares
                                      Cayendo  meteoritos por millares.
                                      A un planeta que jamás tuvo el aprecio.
                                      
                                       Al correr a retirar lo financiero
                                       Escucharán que se cayó el sistema,
                                       La tierra agoniza, inunda y quema
                                       ¡Ni siquiera lo verán en noticiero!

Maximiliano Javier Riera-Argentina/Julio de 2016

Cero

olvida
olvida lo que fuiste
olvida lo que eres
sólo si olvidas lo que fuiste
y olvidas lo que eres
podrás realmente
                    ser lo que sos…
olvida
tus partes
tus sermones
tus refugios
olvida lo que más te duele olvidar
olvida el dolor, la paz…
olvida la vez que te dijeron que te amaban
olvida la vez que te dijeron que eras lo mejor
olvida todos los fracasos
                           todos los triunfos
olvida el comienzo y fin de todo…
pues sólo si olvidas lo que fuiste
y olvidas lo que eres…
podrás ser realmente
                          lo que sos…