jueves, 26 de abril de 2018

Ohuanta Salazar-Argentina/Abril de 2018


La Yudí

El barrio Villa María no aparece en ningún plano de la ciudad. Es un vacío en los límites del papel. El barrio Villa María es un barrio sin barrio. Tiene una sola calle de acceso, sin nombre. Una calle sin calle.
Las casas de Villa María son de maderas apiladas y chapas apoyadas. No tienen paredes de ladrillo ni techo ni ventanas ni puerta. Casas sin casa. Excepto dos, que sí tienen paredes de ladrillo y tienen techo de chapa y tienen puerta: la del Carlito, el presidente de la vecinal, y la de La Yudí. Pero La Yudí no siempre vivió ahí. Ella también nació en una de esas casas sin casa.
Cuando La Yudí era niña no aprendió a leer como otros chicos porque salió burra, como le dijo la mamá. Ella iba a la escuela de vez en cuando para comer y para jugar. Pero ya sabía muchas cosas. La Yudí sabía para qué la buscaban durante alguna siesta, o todas las siestas, su tío o su hermano o su padrastro… Estaba acostumbrada a que la agarraran durante alguna noche, o todas las noches, de lluvia ruidosa en los techos.
No entendía y no entendió. Pero aprendió. Aprendió que algo malo había  hecho y que era su culpa, mientras la golpeaban esos hombres por resistirse o  su madre por dejarse. Ella sabía que no tendría que haber pataleado ni gritado, mientras la montaban su padrastro o su hermano o su tío. Es que esos hombres eran muy pesados y brutos y por más que La Yudí trataba de contener los gritos, el ruido le salía nomás del cuerpo con cada empujón, hasta que alguno le tapaba la boca y le gruñía  al oído, babeando, que sólo las putitas gritan.
La Yudí confunde si era su padre o su tío o su hermano quién la llevaba hasta el basural a patadas. Sí recuerda las patadas. Eran tan fuertes que la tiraban sentada al suelo y antes de caer ya una nueva patada la elevaba de nuevo. También confunde si fue esa vez, o cualquiera de las veces, que la dejaron tirada bajo el único caño de agua, en la única calle de Villa María. Sí recuerda el frío. Era un frío distinto al frío sin ropa, distinto al frío de siempre.
La Yudí tampoco se acuerda si era esa noche, o cualquiera de las noches, cuando su madre la despertaba a ramazos de sauce y maldiciéndola entre dientes. Sí se acuerda del dolor. Los fustazos en las piernas ardían como fuego y los azotes en la espalda le cortaban los gritos. La Yudí se acuerda que a la mañana siguiente, o cualquier mañana siguiente, le temblaban las piernas y por culpa de los tajos no podía ir a merendar a la escuela.
 La Yudí era niña cuando tuvo su primer aborto “natural”. Ella llama natural a todo aquello que simplemente pasa. Porque para La Yudí es “natural” sangrar  mucho después de cada paliza. Por eso fue “natural” perder el crío por los golpes.
A los once, La Yudí era una niña sin niña.
Todavía era una niña sin niña cuando no perdió el crío y nació nomás su primer hijo-sobrino. El hermano mayor de La Yudí, se fue a vivir lejos. Sólo volvió a saber de él cuando se hizo famoso en el noticiero, mientras la cana lo cargaba en un patrullero.
A los trece años La Yudí  había parido a su sobrino y a su  medio hermano. 
A los trece años La Yudí era una madre sin saber ser madre. Una madre sin madre.
La madre de La Yudí la ayuda a criarlos y dice que le salieron bobitos como la hija. La Yudí cree que le salieron faltaditos por culpa de los golpes que le dieron cada vez que estaba preñada. La madre dice que desde gurisa, a La Yudí, había que  hacerle entender las cosas a palos.
Cuando la Yudí pudo escaparse para salir a bailar, conoció al Gringo. El Gringo era lindo, se bañaba cada tanto y usaba camisas de verdad. El  Gringo no usaba la ropa sacada de las bolsas de basura ni regalada de la iglesia. El Gringo no cirujeaba como los demás del barrio.
La Yudí creía que no era buena para nada. El Gringo le dijo que era muy  buena con los hombres.
El Gringo le compró ropa. Ropa que nadie había usado antes. Era ropa de verdad. Era ropa con ropa. Le compró sus primeros zapatos. Zapatos que nadie  había caminado antes. Eran zapatos con zapatos. El Gringo la llevó a una casa. Una de las dos únicas casas de Villa María con paredes, techo, ventanas y puerta. Casa con casa. La puerta con puerta tiene candado con llave.
La Yudí no puede creer que su trabajo sea hacer lo que siempre hizo desde niña. La Yudí sabe que a veces hay que gritar y otras veces hay que apretar los dientes y no quejarse.    
A los diecisiete, vive con sus cuatro hijos. Ella dice que los últimos no son parientes, son solamente hijos de ella. Sus hijos van a la escuela, ella dice que los gurises harán toda la escuela para no cirujear y que las gurisas tendrán suerte si trabajan como ella. 
La Yudí no puede tener más hijos. El Gringo le hizo sacar todo. La Yudí tiene un vientre sin vientre. A los dieciocho años La Yudí es una  mujer sin mujer.
La Yudí algún día de la semana, cuando El Gringo le tira unos pesos, cruza el puente trayendo bolsas sin anudar: bolsas nuevas, no bolsas de la basura, porque ella compra comida nueva que nadie comió antes. Ella compra comida con comida. Por eso, ella dice que la envidian en la villa. La Yudí dice que tiene suerte porque El Gringo casi no le pega. Sólo algunas veces se le va la mano. Pero El Gringo es bueno porque esas veces la acompaña hasta el hospital y la espera en la esquina. La Yudí otra vez sabe que fue porque ella hizo algo mal.
Algunas veces, La Yudí llora bajito y dice que es por culpa de la cebolla o de la telenovela.
Por las noches se viste con su ropa con ropa y sus zapatos con zapatos, se pinta bien colorida como vio en las revistas y sale a una esquina afuera de la villa.
La Yudí hace el amor sin amor y da placer sin placer a muchos hombres.
La Yudí está parada siempre en una esquina sin esquina, que nunca aparece en los planos de la ciudad.
La Yudí está siempre en un mundo sin mundo, lleno de humanos sin humanos.

DEL LIBRO Patios de Obanta