lunes, 21 de octubre de 2013

Marta Susana Díaz-Buenos Aires, Argentina/Octubre de 2013

ENSOÑACIONES

Subí por las escaleras de mármol hacia la casa del último piso.
Las  galerías, casi oscuras que se iluminaban al traspasar la luz por las arcadas ojivales, me llenaban de curiosidad desde siempre.
Cuando niña las miraba desde el patio, obsesivamente,  sobre todo en las tardes de verano, cuando el calor calcinaba las ideas y me dejaba sumida en un sopor de siesta sin capacidad de correr ni caminar.
Ese hombre misterioso, único habitante del piso, se fue hace tres años metido dentro de un impermeable azul, llevando su alma y dos valijas grandes de cuero marrón.
A mi madre le dijo que se iba a vivir al sur.
Ya siendo una joven, lo vi partir escondida tras las cortinas.
Nunca nos saludamos. No sé si él alguna vez me vio.
En el barrio se murmuraba que era escritor.
Como flotando, llevada por la ensoñación, subí los peldaños.
La curiosidad superó al miedo. En mi inconciente sabía que la casa estaba sola.
La puerta cerrada no fue impedimento.
La empujé  y entré.
Sentí terror, pero a pesar del sudor frío que brotaba de mis poros, fui avanzando.
No quería que el sueño terminara.
Cada habitación era un submundo de cortinas raídas, pilas de libros  amarillentos, sillones y muebles antiguos.
Flores de plástico descoloridas por el polvo y el tiempo adornaban los jarrones del comedor.
Cuando entré en la última habitación, me miró sin sobresalto, al tiempo que un gato blanco de angora maulló saludándome.
No nos hablamos. Yo me senté a su lado y el gato se subió a mi falda ronroneando.
Nos unió desde el primer momento una comunicación sin palabras.
El escribía con una lapicera de pluma.
Yo lo miraba escribir mientras acariciaba al gato de angora. Cada tanto me sonreía y seguía en su tarea.
Comencé  a sentirme cada vez más cómoda. Las miradas cómplices que él dirigía hacia mí me llenaban de un sentimiento desconocido hasta entonces.
Sus ojos eran tristes pero soñadores a la vez y  sentí que me estaba enamorando.
El sueño volvió a repetirse.
Muchas noches regresé a la casa del último piso y transité sus galerías emocionada.
Muchas veces nos abrazamos sin decir palabra.
Una mañana sonó el timbre de mi puerta.
Una señora de cabellos blancos y  aspecto desprolijo, me saludó y me dijo que venía a llevarse los libros y  los muebles de su hermano, muerto hacía un mes.
-          Él era escritor- me dijo. Antes de morir me dejó esta nota para usted.
La nota decía: “Mis mejores noches fueron las que pasé contigo”.
Levanté al gato blanco de angora entre mis brazos y no pude articular palabra.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Es un cuento atrapante. El desarrollo esconde en cada frase, un misterio. Terminando el relato en un final , en el cual el amor se ha perdido pero queda algo que aún los une, el gato.
Este cuento tan bien escrito, me ha hecho recordar el cuento "EL GATO" de Héctor Ricardo Murena , un escrito argentino bastante olvidado.
Abel Espil

Amanda Espejo dijo...

Un buen cuento, con la extensión precisa y el interés que cautiva.

Me gustó!


Saludos desde Chile.

Anónimo dijo...

Un relato misterioso, ambiguo, atrapante, surrealista. Me sugiere imágenes entre brumas. Me encantó. Marcos.