viernes, 21 de abril de 2017

Justina Cabral-Argentina/Abril de 2017



LA MUELA MALA

Todo comenzó un día, con las nubes despeinadas, con el viento salpicado y las zapatillas desatadas, el día que el sol se empachó con las letras del abecedario y las vocales se pusieron a llorar. Hacía falta mirar desde una ventana para ser testigo del espectáculo.

Todos los chicos dormían y Martín permanecía con sus brazos cruzados sobre la ventana, pretendía atrapar en un frasquito la sonrisa de alguna estrella.

Las estrellas y los planetas jugaban en la luna, pero las lágrimas del niño borraban toda fantasía.
Tenía miedo, una muela mala le hacía doler. Pero su mamá, Laura, siempre tenía una solución, el doctor no tardaría en llegar.

Pasados los segundos y los minutos, y porque no, también, las horas, el cielo hizo ruido:
¡Zooom!… ¡Zooom!
Llegó el doctor en avión

-¡Ya no puedo jugar! -Dijo Martín, con sus mejillas rosadas
-¡Lo solucionaremos! -Dijo el doctor, sacando una varita
-¿Eres mago?... ¡No sabía que los doctores hacían magia!
-¿Sabes?... ¡Todos somos magos!
-Wauuu -Dijo Martín, sorprendido...
-Un duende te está molestando. Cierra tus ojos, lo enviaré a otro planeta.

Y así fue, como en un abrir y cerrar de ojos, a través de un puente que había en aquel diente, el duende se fue y el pequeño volvió a ser feliz.

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