viernes, 21 de abril de 2017

Susana Osti/Abril de 2017



ALMA DE CONCRETO

       Julieta nació en una cuidada familia, su infancia transcurrió alegre y dulcemente entre sus juegos, sus hermanos y su escuela. De niña, su amplia sonrisa y sus bucles pelirrojos, cautivaban a niños y adultos, aparecía siempre en el escenario de cada fiesta escolar,  y en las fotos,  era la que sostenía la pizarrita con la escuela, año, grado…
       Era sumamente inquieta y revoltosa, se metía en líos cada vez que algo interesante se le presentaba, se escapaba de su casa para jugar con sus amigas del barrio a pesar de la negativa de su madre.
       En su adolescencia recibió no pocas llamadas de atención, jugaba a la pelota en el aula, pintaba con témpera de colores los pisos de los pasillos, se escondía en los baños en la hora de historia, muy aburrida para su temperamento. Varios noviecitos deambulaban a su alrededor y ella creía enamorarse cada vez, idílica e inocentemente.
       Sus pasiones fueron cerebrales, su fantasía la llevaba a soñar encuentros ideales, en sitios increíbles, donde era una dama con su caballero muerto de amor.  Era una gran lectora de novelas y estas le aportaban material para sus elucubraciones. Siempre era la heroína, la protagonista de cada historia.
       Al pasar el tiempo su temperamento se templó y su sonrisa aparecía pocas veces, casi todo la irritaba, hasta llegaba a decir palabras hirientes sin necesidad. Su alegría quedó atrapada en algún sitio de su alma. Sus sonrisas eran casi una mueca.
       A pesar de ello fue una etapa de su vida de gran crecimiento, se hizo de amigos que estuvieron con ella toda su vida, logró ser respetada en su profesión y luego de un matrimonio frustrado que elaboró como un aprendizaje y no como un fracaso, con dos hijos en su haber, encontró el amor.
       Pero aún así, Julieta sentía que el amor que les decían profesar no era verdadero, en el fondo de su alma creía que ella no era merecedora de tanto afecto. Su cabeza pensante la hacía entender que ese amor era real pero su inconsciente le indicaba que era falso. Solo creyó rotundamente en el amor de sus hijos.
       Comenzó a bucear en su interior para encontrar la respuesta a esta dicotomía de sentimientos.
        Y la respuesta apareció donde ella siempre supo que estaba pero no se animaba a verla.
      Su madre. Ella era la respuesta. Su madre hizo de ella la mujer que era, le transmitió todos sus valores, la alimentó, la cuidó cuando estuvo enferma, le inculcó la importancia de la educación, el respeto, la solidaridad, la ética. Todo lo que se esperaba de una hija para que cuadrara en sociedad.
      Pero se olvidó de alimentarle el alma. Esa niña pequeñita nunca escuchó de su boca un “te quiero”, “qué hermosa mi nena”. “qué inteligente eres”, “qué bonita es mi hija”,  “felicitaciones, te recibiste”.
      Nunca recibió Julieta un abrazo cálido de mamá, un beso estruendoso en la mejilla, una muestra física de afecto.
      Parecía que nada de lo que hiciera  conseguía satisfacer a su madre, ninguno de sus logros alcanzó para sacarle una lágrima de emoción o una palabra de apoyo. Ni siquiera en su divorcio estuvo presente, su madre lo vivió como un fracaso personal, como un dolor personal, sin  comprender que era  Julieta la que necesitaba afecto, presencia, contención materna.
       La rigurosidad de su madre le impidió mostrar el afecto, el amor que tenía hacia ella. Su cariño estaba encerrado en un trozo de concreto,  que ni las alegrías, ni las emociones lograron romper y liberar.
        La niña alegre quedó esperando que su madre la autorizara a ser feliz.
       Julieta logró despegarse de este sino siendo con sus hijos todo lo afectuosa que no fue su madre con ella. Los abrazó hasta que ellos se lo permitieron, les dijo que los amaba todas las veces que pudo y puso sus oídos y su experiencia cuando era necesario y aún más,  estuvo atenta a sus necesidades, ya no tanto materiales como si afectivas. Era su prioridad colmar sus almas de amor como a sus cuerpos de alimento.
       Con los años, Julieta pudo comprender que esta era una falencia de su madre. Pudo entender que ella le demostró su amor desde otro lugar, que no pudo aprender a decir las palabras dulces que todo niño necesita oír para sentirse pleno, entendió que le daba un abrazo en cada comida que le preparaba, le daba un beso en cada puntada en su ropa, le decía que la quería en cada cucharada de medicina.
        Esa era su forma de demostrar amor, en definitiva Julieta era producto de “esa” madre, sería ella quien debería quizás dejarse estar en el rol de hija para que el rol de madre fluyera naturalmente.
        Acaso si buceara en su infancia  podría encontrar respuestas  y entender porqué creó una muralla que impedía salir sus sentimientos, tal vez  para no sufrir.   Pero ese era un tema de su madre, de su privacidad más íntima, no le correspondía a ella abrir esas puertas.
       Con la madurez, Julieta pudo comprenderla,  interiormente se reconcilió con su madre y consigo misma y dejó,  por fin,  su alegría fluir.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy lindo texto.