lunes, 21 de noviembre de 2011

Beatriz Minichillo-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011

Consideraciones para una tarde de noviembre

El sabor de la tarde puede ser, a veces, el aroma que trae el aire desde una taza de café, ese sabor que se mezcla con las flores de los paraísos que estallan en octubre y agonizan en noviembre.
También puede interceptarlo el inconfundible perfume que emana de la cocción de un pollo al horno que produce un quebrantamiento del equilibrio por hallarse fuera de horario, a las siete, cuando la tarde todavía no abandona su rol de tarde y la noche ni siquiera empezó a crecer. El crepúsculo diría alguien con veleidades poéticas, pero no, es esa hora incierta en que todo se quiebra. La gente aún no regresa de su trabajo, los chicos aún no terminaron sus deberes y las amas de casa oscilan en ese intervalo que no es ni una cosa ni la otra.
Es como si en ese horario una inquietud atravesara la ciudad descolocando a sus habitantes, tan programados, tan estructurados y el libre albedrío los desinstalara de su propia personalidad.
Los gatos permanecen al acecho a la espera de la noche. Los perros conducidos por sus dueños dudan en la coordinación del horario para liberar sus excrementos. Los únicos que sonríen son los bebés en sus cochecitos que van descubriendo el mundo, bebés inocentes de los misterios informáticos que acercan sus manitos a los cajeros automáticos y teclean en los celulares como en un piano de juguete. De vez en cuando la sirena de una ambulancia desestabiliza el escenario y pone sombras en esa recreación perfecta.
Es la hora de lo furtivo, de los amantes, de los vehículos públicos y privados que se alborotan, del odio contenido de sus pasajeros apresurados por regresar a sus respectivos infiernos o rutinas cotidianas. Los excéntricos, los normales si es que queda alguno, los solitarios, los bulliciosos empiezan a demostrar una agitación especial. Unos van a cursar estudios nocturnos, otros a preparar la cena, otros a mirar por la venta lo que hacen los demás.
En algún lugar alguien nace, alguien muere, alguien que no lo sabe, se salva, imprevisto que pone en este martes una llamita titilante, como una melodía fuera de lo que indica la partitura. Pero hay un momento, un solo momento, un segundo, en que aparece el silencio. Un silencio audible para unos pocos, un silencio tan potente que quiebra todas las otras sensaciones. Es el silencio que perciben los elegidos, los que miran más allá de sus ojos atravesando cuerpos, mentes,  objetos. Y es como si humanos, animales y plantas se unieran en un rezo y se dieran el beso de la paz, ese que el sacerdote a esta misma hora solicita a los feligreses en los templos. El beso de la paz del mundo. El beso del silencio. El silencio de los elegidos.

Nemesio Martín Román- Arias, Provincia de Córdoba, Argentina/Noviembre de 2011

Las pruebas[1]


Poco después de medianoche el vibrante estruendo de la campanilla profanó impiadoso la silenciosa quietud reinante. Duró sólo unos segundos, el tiempo indispensable para que Watson pegase un brinco y recuperado del sobresalto tendiese la capa sobre sus hombros y emprendiera una alocada carrera escaleras abajo hacia la puerta de calle. Al salir sintió el azote gélido de la ventisca, giró la cara buscando protección y entonces vio al hombre agachado junto a la acera, aguantando estoicamente las ráfagas del viento. Parecía agotado, sin duda su aspecto maltrecho se debía a una prolongada exposición a la intemperie. 
-Holmes… Holmes… -Su voz era extremadamente débil, casi imperceptible. 
Watson, sorprendido, le ayudó a incorporarse y lo condujo prestamente a una sala de la planta inferior. Batió las palmas, en respuesta apareció la señora Hudson, quien de inmediato se ofreció a preparar una infusión caliente para reanimar al visitante y ayudarle a reactivar la circulación. Mientras el desconocido sorbía el té, clavó en él la mirada; le resultaba familiar, había visto a ese hombre en algún sitio, estaba seguro. Pero… ¿dónde, cuándo? 
En pocos minutos, el calorcito del hogar más el té con unas gotas de licor (destilado por la casera, según receta propia y secreta), repusieron sus energías.
-¡Holmes…! ¿Dónde está Holmes? –Balbuceó al fin, casi ahogado por la tos. 
-¡Cálmese, buen hombre! ¿Para qué lo busca, qué necesita? Holmes no está en estos momentos –adujo el compañero del investigador-, puedo recibir su mensaje y transmitírselo.
(En realidad, desconocía su paradero, hacía una semana que el detective obraba de manera extraña; iba y venía a cualquier hora sin soltar prenda. En cierto momento, acuciado por su insistencia, argumentó: “Querido amigo, oportunamente se enterará de todo”). 
-Es un asunto extremadamente delicado… -el tono del desconocido demostraba su intensa conmoción- robaron la colección de gemas de Lord Whitelock, justo hoy que debían ser embarcadas hacia el continente.
-¿Cómo, cuándo…? –La voz sonó una octava más alta de lo habitual.
-Esta noche, hará una hora a lo sumo. Apenas descubierta su falta corrí para avisar al señor Holmes, tengo órdenes de comunicarle cualquier contingencia.
-Bien, echaremos un vistazo, ¡vamos! 
Watson marchaba en pos del extraño individuo rascándose la cabeza. “Juraría que conozco a este sujeto –meditó- pero… ¿quién diantres puede ser…? 

Siguiendo las pisadas por la empinada cuesta llegó hasta la enorme mansión, se detuvo ante la puerta, aspiró hondo para reponer el aire de sus pulmones y una vez normalizada la respiración golpeó varias veces con la aldaba de bronce. Tras una considerable demora fue recibido por el palafrenero, individuo barbudo y de aspecto rudo que, contrariando su apariencia, lo atendió con suma cortesía. 
-Señor, pido disculpe mi intromisión, una poderosa razón me obliga a molestarle a esta hora, pero me es perentorio saber si alguien llegó a la casa durante o después del temporal.
-No excelencia, me levanté hace un par de horas a causa de la tormenta y puedo asegurar que excepto usted nadie traspuso ese umbral.
Watson observó todo con ojo crítico. La entrada estaba al extremo de una larga galería sobre cuyas paredes laterales convergían varias puertas; al avanzar guiado por el peón vio un pequeño charco y buscó su origen, algunas prendas colgadas de un rústico perchero se escurrían lentamente; en el suelo, contra la pared, divisó un par de botas, también mojadas. “Las han usado recién sobre la nieve –pensó-, por eso están mojadas y limpias”. Instintivamente comparó su tamaño con las pisadas seguidas desde el almacén del puerto; muy bien podrían concordar. 
-Debo revisar los caballos cada tres o cuatro horas, ¿vio? –El hombre lo guió hasta una puerta al extremo opuesto, la abrió e indicó los establos-. Ése de la derecha, el oscuro, es King, ganador del Gran Premio de Europa, requiere un trato especial, no hay un pura sangre que se le iguale –dijo orgulloso, señalando a un animal de reluciente color azabache. El médico analizaba en tanto cada palabra, lugar u objeto. Estaba absolutamente seguro, el ensamble global de lo visto y oído aportaría la solución.
-Señor, hace mucho frío, pase a este ambiente más agradable –dijo, conduciéndolo a una estancia contigua-, traeré una taza de café, le vendrá de perlas para entrar en calor, aunque aquí la temperatura es ideal, en esta sala se elabora el pan, ¿sabe? Precisamente mi esposa acaba de hornearlo, -señaló una cesta grande llena de panecillos y salió en procura del café prometido. Watson lo siguió con la mirada y luego tomó un pan de la canasta. “Está frío –meditó-, ¡qué extraño… si lo acaban de cocinar…!”
Algo no andaba bien, recordó la indumentaria y las botas, presentaban detalles incongruentes. ¿El primero?, las prendas mojadas. Para ir a las caballerizas, comunicadas con la galería en forma directa, no era preciso salir ni cambiar de ropa. ¿El segundo?, las botas limpias. En contraposición, el piso de la cuadra que albergaba a los animales estaba cubierto de estiércol. De esta observación se desprendía que las habían usado en el exterior, contrariando la versión del caballerizo; alguien había ingresado a la mansión hacía muy poco. Indubitablemente, ese hombre mentía; ¿por qué?

Mientras descendía rumbo al puerto, varios interrogantes revoloteaban en su mente, ¿conseguiría responderlos para arribar a la solución del enigma? Era sumamente optimista. Sin embargo, para afianzar su hipótesis debía realizar ciertas comprobaciones. Llegó al almacén, ¡justo a tiempo! Frente al establecimiento estaba el carro del panadero, preguntó por él al recepcionista, éste asintió con la cabeza y fue a buscarlo a las dependencias interiores. 
-Dejó nuestro pan y se marchó, estará proveyendo a las embarcaciones en el amarradero. –Dijo al regresar, con el desaliento pintado en la cara.
Watson dio las gracias y partió presuroso, temía llegar tarde. Al aproximarse, sonrió al ver cómo el anciano mal entrazado, con un parche sobre el ojo derecho, se desvivía intentando mover el enorme cesto y ante la imposibilidad de hacerlo fue a solicitar ayuda a un jovencito que estaba a pocos metros, apoyado en un tonel. El médico contempló al viejo, creyó conocerlo, había en él algo familiar… de pronto recordó su misión y palpó uno de los panes, “¡están tibios…! son los que horneó la mujer del palafrenero –coligió-, empiezo a ver claro”; se apartó presuroso, el tuerto regresaba con el chico.
Entre ambos arrimaron la cesta, le ataron una cuerda suspendida de la nave y en pocos segundos estuvo a bordo. Durante la maniobra uno de los panecillos salió rodando y quedó tras unos fardos; Watson lo tomó con disimulo, era la prueba que necesitaba, al fin la fortuna le sonreía. Con la agradable sensación del triunfo, el antiguo médico militar se dirigió al puesto policial portuario y expuso su versión de los hechos.
-Deben evitar la partida de esa embarcación, lleva las joyas robadas, están camufladas en los panes… el anciano tuerto es uno de los cómplices… Cortó su perorata asombrado al ver entrar a Holmes al recinto.
-Hola, Watson…
-Sherlock, ¡qué suerte! Llega en el momento exacto, hay que detener ese barco… están a bordo las gemas de Lord Whitelock, se las llevan; mire, acá tengo la prueba –mostró ufano el panecillo- esto justificará lo que digo.
-Veamos, -el detective lo cortó al medio con precaución; efectivamente contenía algo, se lo alargó a su compañero-. ¡Tome, revíselo, Watson!
Éste extrajo y terminó de desenvolver un papel; estudió su contenido y se puso pálido. Una seña de Holmes lo conminó a reiterar la lectura, esta vez en voz alta: “Estimado Watson, deberíamos conseguir el licor que me dio nuestra casera en el té, es exquisito. S. H.”. 
-Pero… -manifestó el postulante a investigador- ¡el robo y las pisadas, la ropa mojada, las botas, el pan frío y el caliente, el hombre tuerto…! ¿Qué puede decir a todo esto, Holmes, existieron, o acaso no son pruebas reales?
-Elemental, mi querido Watson, en realidad tales pruebas existen; yo las preparé. 
-¿Entonces…? Pero las joyas fueron hurtadas, ahora están viajando y usted acá, tan tranquilo.
-Por supuesto, viajan, como corresponde. Lord Whitelock me encomendó una misión secreta, transportarlas sin correr riesgos, por lo tanto, preparé “el gran robo” con la colaboración de varios amigos. Dígame, Watson, ¿quién robaría unas joyas que “ya han sido sustraídas”, eh? ¡Nadie! Cualquier ladrón se desalentaría al ver que un colega le ganó de mano; eso pasó, querido amigo. Pido perdón por engañarlo con mis disfraces y la broma del pan “extraviado”, quizá me extralimité. 
Con un gesto de picardía, extrajo del bolsillo el parche utilizado para cubrir el ojo.

Watson, aunque resentido, miró asombrado al detective y luchó por contener el ataque de risa. “Con razón le encontraba algo familiar –meditó-, ¡sin duda es un gran artista, no existe otro igual, ni existirá!”


[1]) Esta obra no pretende emular al Célebre Sir Arthur Conan Doyle. Es, en cambio, un humilde homenaje al célebre autor y sus no menos universales personajes.

Ana María Manceda-Neuquén, Argentina/Noviembre de 2011

TE BUSCO                 


Te busco en los sonidos que respiran la historia.
Te busco en la nómada búsqueda
del alimento primitivo. Te busco en las luces
de quásares ignotos. Te busco en las cotidianas
mañanas del hastío. Te busco
queriendo atrapar el tiempo con el teléfono,
 con la informática, con la intelectual aventura.
Te busco, te busco…Y no te encuentro
¡ Es solo un poco de ternura!
 Poder apoyarme en ese hombro
que acune mi loca cabeza vagabunda.
Te busco y solo te encuentro
en el recuerdo joven de la bruma.

Silvia Loustau-Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011

XXXIII

la  arena
del tiempo
sube
trepando entre los dedos.
vuelve a descansar
en la palma de la mano.
no ha cambiado
se estuvo transformando
en
lo que  siempre
fue.                                           

( de: Mandala)

Héctor Labonia-Miramar, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011

MI ABSTRACTO CUERPO

Estoy desanclado.
            Desgajado de mí.
       Mis pies...
Sin
r
a
í
c
e
s
no sostienen
              mi abstracto cuerpo
        convertido
    en fantasma.
Volátil     confuso.
   Intangible    ¿existe?
           Locura mental,
    no sé.
Le contesto a nadie.
   Con sonidos
guturales.

María Antonia Herrera-Buenos Aires, Argentina/Noviembre de 2011

ARMAR   EL   ALMA


Para armar el alma
                              pesado empeño
necesito
             un collar de fantasías
             que recoja de las nubes
             sus bondades y celajes
y no se escondan las risas
ni los pesares deliren
las tentaciones reposen
el sano juicio regrese
relevante generoso                                  
o si un duelo se presenta
sabrá sortear las ventiscas.


Cómo no alzar mi plegaria
y armar mi alma
                          distraída peregrina
               a veces pienso que duerme
               cuando no acusa emociones
será el sopor el que acude
será que gana el cansancio
de los años que se fugan
                del devenir
                                 de lo incierto.


               Pero es que yo
                                       quiero
armar mi alma
para no tener sorpresa
             el día que diga basta
y con ella me encamine
             hacia la nada
                                  o acaso
              a distraer mis delirios.

Rogelio Guedea-Mexicano, reside en Nueva Zelanda/Noviembre de 2011

Todos en uno

De camino al banco, y después de haber estado leyendo el diario de Da Vinci, pensaba en esos hombres que, precisamente como el propio Da Vinci, sabían todo (o casi todo) de prácticamente todo: matemáticas, astronomía, física, arte, etcétera. Los veía como una galaxia extremadamente ordenada y cuyos satélites o planetas funcionaban con una armonía a prueba de balas. Con estos pensamientos llegué al banco. Como tenía tres dudas que quería resolver, le pregunté a la señorita que me atendió a la entrada que si podía hablar con un ejecutivo. Rápidamente me señaló a uno y me pidió que me sentara. Llegado mi turno, pasé con la ejecutiva, una asiática con un buen sentido del humor a la que le pregunté algo sobre un depósito que quería hacer al extranjero. Me dijo que sí e inmediatamente lo hizo. Aproveché la oportunidad para intentar dirimir la segunda duda, que tenía que ver con la hipoteca de mi casa. La ejecutiva se quedó blanca y me dijo que para eso tenía que ver a Ryan, el de aquel escritorio. Le dije gracias y fui donde Ryan. Lo mismo: me resolvió la duda sobre mi hipoteca en un abrir y cerrar de ojos. Aproveché la oportunidad e igualmente le pedí que si podía darme un poco de información sobre mi seguro de vehículo. Aunque no me lo creas, le dije, es hora que no sé qué hacer en caso de que se me estampe un tráiler. Ryan se puso blanco y me dijo que lo disculpara, pero que aquí tenían dividida la información por especialidades y que para el asunto de los seguros tenía que hablar con Maureen, y me la señaló con el dedo. Fui donde Maureen, esperé a que terminara de hacer su llamada y luego le hice las preguntas pertinentes con respecto al seguro de mi vehículo, que me aclaró a la brevedad. Gracias, dije incorporándome y extendiéndole la mano.  Había pasado un poco más de una hora ya en el banco cuando salí a la calle y me encontré con un sol radiante y una calle casi sin tráfico. Mientras me alejaba del banco, el pensamiento con el que había llegado volvió a aparecer en mi cabeza. La imagen de muchos planetas y galaxias girando alrededor de la cabeza de Leonardo Da Vinci, ese hombre hecho de muchos hombres que bien habrían podido contestarme  las dudas bancarias habidas y por haber, fue un bálsamo que me acompañaría el resto de la tarde.


Maria Pilar Gonzalo Vidao- Zaragoza, España/Noviembre de 2011

YA NO ESTÁS SOLO

No tengo fuerzas para continuar, déjame morir aquí mismo…

Donde los acantilados se pierden entre mil tormentas,

donde mis brazos inertes son arrastrados por soldados encanecidos de espuma.

Las brumas violetas enjoyan las rejas del mar con brillos transparentes,

los jardines de gorgonias me esperan serpenteantes

danzando en perfecta armonía.


Es hora de regresar…


Acuéstame en tu arrullo de silencios contenidos,

no permitas que nadie, salvo tú, vea mis cabellos despeinados.

Caliéntame las manos en tu corazón de sílice,

antes de que las dunas lo borren para siempre.


No consigo ver entre la niebla que puebla mi noche…


He permanecido demasiado tiempo en el mundo de los vivos,

soy un pedazo de carne hundido entre los pliegues de tu cuerpo

donde los gusanos excavan túneles de putrefacción,

tú y yo nunca fuimos nosotros

solo un nudo transitorio corrompido por el miedo.



Si al abrir los ojos, la noche no te devuelve los destellos,

no temas, no estás solo, es la inmensidad que rodea tu despertar…