sábado, 22 de septiembre de 2018

Roberto Pannone-Argentina/Septiembre de 2018


EL TÍO JACINTO

El tío Jacinto era el tipo más raro que conocí. Dicen que aprendió a leer antes de hablar. Según la abuela, había cursado la escuela primaria con grandes dificultades y en el nivel secundario solo concurrió hasta segundo año, tras los cuales, fue expulsado por distraído. A vago, haragán y mentiroso no había nadie que por lo menos lo igualara, ya que ganarle, era imposible.
Se casó con la tía Domitíla, hermana de mi viejo y se quedó en la familia como un regalo caido del cielo argentino.
Recuerdo que su aspecto personal era sucio y desgarbado, lento al andar y de pocas palabras. Cuando encontraba algún trabajo no duraba más de dos o tres meses a lo sumo. Al final, siempre lo despedían, decía él, que era por falta de comprensión y de respeto.
La tía Domitíla debió haberle querido mucho, pues, aparte de darle una bandada de hijos, nunca dejó de trabajar para mantener la casa.
El tipo, autodidacta, leía, leía y releía en sus días de ocio todo libro, diccionario, enciclopedia, folletos y panfletos que encontrara por allí. Un día apareció con un montón de sucios y gastados libros de física que había podido agenciarse gracias a la depuración y limpieza que hicieron en la biblioteca del barrio. “Chola”, la vecina de al lado, era la bibliotecaria y no tuvo la mejor idea que regalárselos. Desde entonces, dedicaba sus largas horas del día a juntar y juntar cuanto libro de física se cruzara en su camino, atesorándolos en el galponcito del fondo, el cual, debió ser ampliado dada la inmensa cantidad que llegó a juntar.
El tío Jacinto, no sólo amontonaba libros, sino que, por la noche, los leía con avidez desde los títulos de las portadas hasta el año de edición y el nombre de la editorial que figuraban en la hoja final sin saltearse ni siquiera los números de las páginas. Creo que fue entonces cuando se recibió de Autodidacta.
No había cosa que él no supiera. Todas las leyes, teorías e hipótesis que existían estaban guardadas y comprendidas a la perfección en su cabeza y si alguna nueva fórmula o teoría aparecía en algún libro nuevo, descontado era, que el tío sabía el resultado final con sólo echarle un vistazo. Creo que para él no había secretos, acertijos ni mecanismos que no pudiera solucionar: desde una simple cerradura hasta el más enigmático reactor nuclear. Todo le resultaba sencillo. Recuerdo que mi viejo le había puesto el apodo de “El Profesor” y las chusmas del barrio murmuraban al paso de mi pobre tía Domitíla, -“Ahí va la mujer del loco”. –“¡Pobre mujer, qué cruz le tocó con ese inútil del marido!”.
Cierto día, el tío Jacinto recibió una carta sellada por la Embajada de España donde se le comunicaba que, según diligencias notariales de aquél país, había resultado acreedor de una inmensa fortuna, herencia surgida tras la muerte de su único tío abuelo, que residía en Andalucía. Demás está decir que, el tío Jacinto viajó de inmediato, contratando su pasaje en la agencia “Longueira y Longueira”, con líneas aéreas Iberia y, por supuesto, con un crédito otorgado por el Banco de Galicia.
La despedida, comenzó con un jugoso ágape al mediodía en El Tronío de la calle Corrientes, y, por la noche, un gran baile en el salón de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, amenizado por los “Churumbeles de España” que ejecutaron jotas y pasodobles durante toda la velada. No faltando la actuación de “Angelillo” y “El niño de Utrera”.
El pasar económico de la familia mejoró entonces notablemente, a tal punto, que la tía Domitíla dejo de fregar casas por el vecindario. Ahora, las vecinas, al paso de la tía, daban vuelta la cara hablando de otras cosas y en raras ocasiones, la saludaban. Típica reacción de la idiosincrasia nacional.
Consultando un tratado de astronomía, el tío, había logrado averiguar la velocidad exacta de la rotación de la tierra sobre su eje según el grado de latitud en que se hallaba. Calculó que era cerca de unos novecientos y pico de Kms por hora, no olvidándose de la inclinación del eje y la traslación. Todo esto, más su extenso conocimiento de las leyes Universales y Mecánicas de Kepler y las Leyes de la Gravitación Universal de Newton, lo llevaron, en un principio, a elaborar un plan de trabajo que lo transportaría al descubrimiento más asombroso de la raza humana.
De allí en adelante, el tío se dedicó absolutamente a la física, entrando en un estado de abstracción total. Por las tardes se lo veía embelesado en la contemplación del sol en su desplazamiento, hasta verlo perderse en el horizonte. La mayor parte del tiempo desplegaba en el patio de la casa unos extraños aparatos, los cuales, como es de suponerse, apuntaban al sol.
Había perdido todo diálogo y contacto con su familia. Ya no dormía en la vieja y despintada habitación con la tía. Recibía un plato de comida una vez al día en absoluto silencio y que muchas veces ni tocaba. En su taller-biblioteca casi no se podía entrar por el desorden de papeles y cacharros que cubrían el piso de cemento. Si alguien de la familia intentaba hablarle, él se abstenía de responder.
En los días subsiguientes hizo un poco de lugar en el caos que reinaba en su taller y con gran esfuerzo colocó sobre una especie de banco de trabajo un viejo motor Ford 8 que consiguió a muy bajo costo en desarmadero de la calle Warnes. Después de varios días de ensayos en los que le adicionó algunos extraños elementos, el viejo motor estaba marchando a una potencia inusitada y con una ausencia total de ruidos y explosiones. Lo había hecho marchar con el único y más económicos de los combustibles: El Agua.
Por una desviación osmótica del líquido elemento, había logrado liberar una energía poderosísima.
Ocho meses vivió el tío Jacinto entre formulas y herramientas construyendo una capsula con las formas de un huevo de gallina. Había que observarla muy detenidamente para saber cuál era la parte delantera y cuál la parte trasera. En una de las puntas que se supone era la de adelante, un pequeño ojo de buey de grueso cristal hacía las veces de mirilla, todo lo demás era liso, sin costuras ni remaches y de un brillo tal como el del acero inoxidable.
Su familia, cansada de tanta locura, terminó acostumbrándose y ya casi nadie preguntaba por él.
Una mañana, el tío se despertó a las cinco y esperó pacientemente sentado en el interior de su artefacto la aparición del sol sobre el horizonte. Apenas los primeros rayos despuntaban la mañana, con el motor a toda potencia, accionó el disparador despegando raudamente en dirección a la aurora. Cuando alcanzó la velocidad de rotación de la tierra, pero a la inversa, se produjo el milagro: el sol se detuvo en el espacio y se mantuvo constante e inalterable el amanecer. El motor vibraba a la perfección pero ya no se oía el roce del aire en la aerodinámica de la nave.
El tío había logrado, viajando a la misma velocidad pero en sentido inverso a la rotación de la tierra: detener el tiempo de la manera más simple y sencilla que podría habérsele ocurrido al más sabio de los sabios.
Gozó de su triunfo en la soledad y el silencio del habitáculo y desandando el trayecto, volvió a su viejo y desprolijo galponcito de chapas. Nadie había notado su breve ausencia.
Esa noche tuvo palpitaciones debido a la emoción que sentía y que no podía controlar. No pegó un ojo. Ni siquiera se adormeció.
El día siguiente fue domingo quince, el mes no tiene importancia, esperó del mismo modo que el día anterior la presencia del sol en el horizonte y se elevó aumentando esta vez un poco más la velocidad pero muy discretamente en comparación a la del día anterior. Con cierta inquietud vio que el sol, en vez de surcar el espacio de Este a Oeste, tendía a retroceder. En un arranque de locura o curiosidad, aumentó temerariamente la velocidad: el movimiento del sol aumentaba. Luego, retrocedió en el procedimiento y volvió a la casa donde descubrió en total estado de excitación, que era sábado catorce. En descontrolada euforia, acabó de convencerse que podía retroceder evidentemente en el tiempo y en el espacio. Había logrado desentrañar en poco tiempo, el arcano que a los grandes físicos de la historia de la humanidad les estaba llevando siglos de estudios y pruebas sin ningún éxito aparente. Había logrado perpetrar y desentrañar una de las utopías más recónditas de la humanidad.
Con desmedido entusiasmo, y sin esperar al día siguiente, subió a su pequeña máquina y dobló la velocidad normal de anti-rotación terrestre. El tío vibraba de satisfacción al verse cada vez más joven. A medida que transcurrían los minutos veía retroceder el calendario de su vida.
Cuando hubieron pasado algunos instantes, sintió que el miedo descendía como un hilo de agua helada por la espalda, el frío se le deslizó hasta la punta del coxis. Decidió parar y no pudo. Oprimió repetidas veces con angustia y desesperación el interruptor que regulaba la velocidad y este no respondió. -Tal vez había olvidado de lubricarlo. -Se dijo a modo de consuelo.
Y entonces, ocurrió el caos: el tío Jacinto se fue achicando más y más, hasta convertirse en un hermoso y atlético espermatozoide. La nave, por supuesto, se volatilizó unos segundos después. Luego: la nada absoluta.
del libro “Historias para leer en serio”

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