sábado, 21 de marzo de 2020

Lucía Lezaeta Mannarelli-Chile/Marzo de 2020


EL TREN


            Como tantas veces, la comida estaba servida. Demetrio había llegado. Clara lo sabía, antes de sentarse a cenar. Sería tan fácil gritar ¡Ya! ¡La sopa está en la mesa, ven a comer hombre!
Pero eso era antes. Ahora el grito no salía y moría ahogado antes de alcanzar los labios. Eso era antes, cuando había bullicioso impulso de rebeldía. Clara va nuevamente a la cocina a revolver sus ollas, no vaya a quemarse ese guiso del almuerzo recalentado, la parte de Demetrio, ya que él siempre ha insistido que le corresponde comer su porción en la noche. Es la hora del tren de media noche. ¡Vaya! Debe venir atrasado, piensa Clara...Demasiado silencio. Como mil rostros distintos del silencio en cada vibración del cuarto. Algo desaliñado, ha aparecido Demetrio, saludando desabridamente. Ella solamente espera, como un complemento más, tan ínfimamente como un agregado más en el plato, ola mesa, el hule, la silla, el mueble con vitrina y copas de vidrio. El hombre ya sentado, responde con monosílabos. A decir verdad, nunca ha sido comunicativo. No sabe si es un consuelo. Nunca se sabe. En el espejo de la vitrina se aprecia mejor su cansada espalda, su escaso pelo ceniciento. Envejecido. ¡Cómo ha envejecido este hombre! Ella quisiera indagar, preguntar inquirir, pero prefiere interpretar gestos, ademanes, captar miradas huidizas, aunque Demetrio desvía deliberadamente su ángulo de visión. Vuelve ella a su cocina. El tren no ha pasado... ¿Acaso...? Se repite sin saber qué. No hay que preocuparse. No será primera ni última vez que un tren se atrasa. Un desasosiego la fuerza a penetrar nuevamente en el comedor. Ya el marido ha tragado, demasiado rápidamente quizás. Ella quisiera tenerlo sentado otro rato. -¿Ya comiste? – Tonta pegunta. Un gesto de fastidio corta su inminente cháchara femenil. Ambos saben que la interrogación cumple un objetivo en otra significancia. La de restar validez a otra cosa. El hecho es que existe una ambigua situación que baña el cuarto en incertidumbre.
            Demetrio utiliza siempre la profundidad del silencio. En ese pozo ha ahogado todo comentario inútil. Y en ese pozo es donde siempre naufraga Clara. Sumisamente ella ha aprendido esa lección. Pero ahora hay que cazar indicios así en el aire. Un soplo sutil, una angustia se ha metido en el pensamiento. Es amargo pensar. Lo exacto es ambos llevan la misma correlación de ideas. Y si es así. ¿Por qué el rechazo a proporcionar información? Clara no alcanza a desmadejar el ruido. Al parecer, Demetrio se ha ido a tirar sobre la cama. La mesa ha quedado vacía, pero algo hay sobre ella. En el aire, en el techo o en cualquier parte. Algo inmenso, aunque no se ve. ¿Duda? ¿Incertidumbre? ¿Miedo? En otro cuarto los muchachos duermen. Pero aquí otra perspectiva hay que abordar. Ya se había hablado de ésto. Se sabía que una tarde después de un crepúsculo vacilante o tal vez pasado el tren de medianoche, después del último turno, llegaría Demetrio con su expresión más cansada, dejaría tirado su bolso por ahí y sus arrugas ya no serían de vejez, ni de tristeza, ni del polvo, ni del cansancio, si no de resignación. No habría desesperación. Fatalismo o más silencio.
            Demetrio siente en la pieza un mosco gigante que zumba y se golpea por toda la casa - Cree tener paz cerrando la ventana, pero el zumbido de esas alas está dentro de su propio pecho.
            Nunca creyó tener ÉSTO tan cerca. Otro más con ESTO. Ninguno se ha muerto, es cierto. Muerto, lo que se llama muerto, no. Pero, indecisos, vagando por ahí sin atreverse a llegar a la casa con las manos vacías y sin calor ni voz en el corazón. Desplazados, marginados de la sociedad, inseguros, atontados. Cada noche se decía: -Menos mal, hoy no ha sido – Sus toscas manos que sabían sólo mover pernos y tornillos, apretaban ahora el silencio. El tren de medianoche ya no pasaría más. Él lo sabía. Ni ese ni ninguno de los trenes en los que el silbato cortaba el aire de ese desamparado desvío hacia los pueblos del norte. Esos viejos trenes que, como los viejos naipes que barajaban en el bar, los sábados, ya no darían cartas nuevas. El CESE era inadmisible en su territorio. Pero ahí estaba el cese y la cesantía corriendo ya por los rieles.
            Demetrio y el tren regresan al pasado en la estación donde la sola luz del silencio es el ala que cobija una campana de ceniza.

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