Aquario
Todo está frío en la madrugada.
Tu cuerpo ausente de mis brazos,
el colchón vacío y distante.
Apoyo la cabeza en la almohada de piedra,
soñando contigo con los ojos abiertos.
Vuelas como un halcón hacia lo desconocido.
La habitación está oscura y triste.
El pez en el acuario solitario
siente mis señales y movimientos.
Nada, se sumerge y me observa
con sus diminutos ojos.
Somos dos, rodeados de cuadros y libros,
en armonía como dos ermitaños.
En la cama, mi cuerpo desnudo.
En el acuario, el pequeño pez solitario
pide con sus branquias
un compañero con quien compartir
su espacio y su pequeñito corazón.
Entiendo el mensaje y lo transcribo
a través del cristal con un toque suave.
Él duerme, aliviado al sentir
cuidado y afecto a través de las fibras mortales.
El silencio se apodera de la noche,
las obras de arte pierden su color,
los libros —despojados de títulos y autoría—
las páginas en blanco enmudecen.
Dentro de mi alma, una tempestad de nieve
calienta mi cuerpo;
un invierno latente me abraza.
El pez inmóvil duerme,
tranquilo y esperanzado.
En su color ardiente, una paz infinita.

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