sábado, 22 de enero de 2011

José Mario Castro-Bolívar, Provincia de Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011

CENIZA

Vacío
en la plenitud del dolor.

Una paloma muerta
me nada el sueño
me pinta la risa
me muerde el terciopelo
de la siesta que abriga
mi invierno.

No hay muerte
que cure
la lágrima de un día.

Juana Castillo Escobar-Madrid, España/Enero de 2011

TERREMOTO

A Haití en el primer aniversario de la catástrofe
que la asoló

Rugió la Tierra
Con violencia incontenida.
Devastó construcciones,
Segó vidas
De un pueblo ya hundido
En la pobreza
Y en la desidia del mundo rico
Que lo veía desplomarse
Sin una queja.

Terremoto sin nombre
Que se tragó a mujeres, ancianos,
Niños y hombres.
Terremoto cruel
Que abrió la Tierra
Y se cobró en sangre
El daño que le infringimos a Ella
Que nos cobija y sustenta.

Y la tierra arrasó,
Sin mirar,
Sin escuchar las quejas,
A uno de los pueblos más pobres
Que viven sobre su corteza.


Y, un año después,
Ese dolor se recuerda:
Robos, violaciones,
Muerte, cólera, miseria,
Los escombros de lo poco que fue
Siguen esparcidos
A lo largo y ancho de esa tierra:
Haití, lo poco que de ella queda
Es dolor, un dolor que camina a tientas
En busca de una ayuda rápida,
De una ayuda que casi no llega.


Miércoles, 12-I-2011 – 8,35 a. m.
Este poema forma parte del cuaderno "Poemas en Madrid - 2011"

Santiago Castellano-Argentina/Enero de 2011

A modo de epílogo para “Historietas del Amor”-e

Fugaz aunque aleccionadora experiencia bajo los influjos de “Historietas del Amor”





          Abre la puerta: Habitación a oscuras. Entra (entro) con decisión pero no sin cautela, tantea, lo tantean, se deja tantear: Tanta manito para qué. Es hurgado. Oh. Es desvestido. Oh. Es desnudado. Oh. Tanta manito para qué: Ahora ya lo dejan (in)tranquilo, a solas. Encerrado (dentro de sí) en la penumbra comienza a ver. Mira (miro), no sin asombro ve: ¿Ojos de gato? ¿Luciérnagas? ¿Cerraduras? Se acerca, se agacha, se acurruca y ve: Monumental, la contoneante figura avanza, hasta mostrarle el mapa, en detalle, de una anhelante pollera a cuadros. Escucha voces, además. “Sé que para vos, yo, de alguna manera y a contramano, existía, aunque no correspondiese a tu tipología favorita.” Gatea (gateo) hacia un costado: Otra cerradura. Espía, fisgonea, observa, y la fruición lo comienza a desbordar. “Creadas las condiciones de río revuelto, pescar, arrebatar los numerosos peces, los peces atávicos de tu soterrada lujuria.” Se deja llevar. Los cuerpos del otro lado se abrazan, se enloquecen, se sobrepasan. Un temblor lo (me) atraviesa. ¿Fiebre? ¿Éxtasis? Se siente demasiado solo (se siente sentirse solo, más profundo en el hueso aún). Decide probar con otra puerta, roza el picaporte e intenta abrir. No puede. Aguza la pupila y se enfrenta con un par de ojos, ávidos, saltones, neblinosos, que le devuelven la mirada. Se ve mirar en el agua de esos (propios) otros ojos y, horrorizado, súbitamente, se aleja latiendo a más no poder. Decide (decido) seguir el juego hasta el final (¿juega? ¿es un juguete? ¿se deja jugar?), camina, tropieza, se agacha; las escenas, escenarios, giran dentro de sí. “Boca arriba, me anegó un estado de hondo misticismo. La tristeza era una sustancia densa y liviana. “La última cerradura es una tiniebla que lo envuelve en su abrazo cegador, felpa de la noche despidiéndose. Los susurros se acercan, lo toquetean, lo recorren, lo visten, lo empujan hacia afuera, hacia la luz.
          Cierro la puerta, levanto los ojos, dejo de leer.




Santiago Castellano
Verano del ‘91


*”Fugaz aunque aleccionadora experiencia bajo los influjos de “Historietas del Amor”, a modo de epílogo fue incluido en el volumen “Historietas del Amor” de Rolando Revagliatti (RundiNuskín Editor, Buenos Aires, 1991). El texto de Santiago Castellano fue concebido a partir de las versiones de entonces de las prosas “Vergüenzas que afrontar”, “¡A escena, actores!”, “La llama de la patria”, “Debut inocuo”, “La mujer que me llevó a la cama”, “Espectador”, “Her-manos”, “Roger Vadim” y “Llegaron los reyes”.

Carolina Bugnone-Arghentina/Enero de 2011




MAR DEL PLATA

No hay horóscopos

Indetermino
el día
en que lo dicho sea dicho,
la incertidumbre
hueco necesario.

Que vuelen las palabras
y salpiquen el aire del invierno
sin destinos ni rutas
salvo las que el alma.

Cuando se estreche el sendero
y no quede ni arena para huellas,
entonces
que los pies se despeguen
con sus alas imposibles
y desmientan a la física.

Que no hay mapas
ni horóscopos.

Que el pozo que se traga las miradas
un día las escupe.

Que me devuelve el cuerpo
y el alma.

Que las palabras no tienen dueño.
Que yo tampoco.

Y que esos ojos que un día
me hicieron cautiva
sepan cuándo besar el silencio
y cuándo gritar.

Que el alma inquieta me inquieta.

Y que la suya
respire.

Miriam Brandan-Los Ángeles, California, EEUU/Enero de 2011

EL PIANISTA
Ella estaba parada en una esquina esperando junto a una  pequeña multitud  para cruzar la avenida.
Llevaba las manos tensas por el peso de las bolsas que había ido acumulando negocio tras negocio a lo largo de la mañana,  en un intento caro e inútil por calmar la ansiedad que desde hacia tiempo, le oprimía el pecho.
Lo extrañaba, y  aunque no lo reconociera ante ella misma, salía a la calle cada vez que tenia la oportunidad con la sola esperanza de  encontrarlo.
 Trataba de verse bien por si se cruzaba con el, o por si el la viera sin que ella lo notara.
Semanas atrás, caminaba sin poner  atención a las personas que pasaban a su lado, solo andaba entre los demás, pero ahora buscaba sus ojos entre el mar de ojos que se arremolinaba a su alrededor.
 Llego al otro lado de la avenida  y pensó: “donde estas?”.
Comenzaba a lloviznar y entro a un bar que se encontraba lleno de otros  que como ella, buscaban algo del calor que pudiera ofrecerles una taza de café caliente.
Frente a una ventana quedo vacía una mesa que ella ocupo y despacio tomo el café mientras miraba a través  del vidrio empañado como la llovizna se transformaba en lluvia y como en la vereda los bultos negros se apuraban escapando del aguacero.
Lo buscaba, sabiendo que no era probable, sabiendo que en la inmensa ciudad era casi imposible  encontrarlo  así, de casualidad, pero lo buscaba porque al hacerlo le daba algo de calma a la zozobra  que crecía dentro de su ser, como un virus que amenazaba con invadirla completamente impidiéndole continuar viviendo del lado de la cordura.
Termino el café y se quedo acurrucada oyendo las voces, los ruidos, las risas, la lluvia, todo mezclado en un murmullo.
Salió del bar y corrió bajo los chorreantes toldos de lona, apostados uno al lado de otro ininterrumpidamente a lo largo de la vereda ancha y gris.  Busco con la mirada un taxi y una cuadra mas adelante se apuro aun mas para tomar uno que se detuvo a dejar a un pasajero.
En medio de la lluvia y con las manos llenas de bolsas tomo el taxi y se alejo de los negocios, la  gente y el ruido.
“Donde estas?” se preguntaba mientras miraba por la ventanilla del taxi buscándolo entre los bultos oscuros que corrían empapados.   “Donde estas?, pensaras en mi alguna vez?, algún instante de tu tiempo será mío?”.

No había cruzado palabra alguna con el, pero había estado como hipnotizada desde la primera vez que lo había oído tocar el piano en el departamento de arriba.
Cada mañana,  a eso  de las 10, la melodía del Nocturno No.2 de Chopin se filtraba por la ventana y la  hacia  flotar en un mar de sueños.
Se sentía en paz al escucharlo y se adormecía junto al ventanal  mientras el sol y la música lo inundaban todo: su casa, su vida, su alma.
Por varias semanas solo lo había escuchado tocar y si bien no lo conocía,  lo había imaginado.   Seguramente  llevaba el cabello desordenado y oscuro, tal vez una barba de varios días le sombreaba la cara y tenía  una mirada que  transmitía la misma paz que su música, una paz que ella anhelaba y que no tenía.
Una tarde se cruzo con un hombre en la entrada del ascensor,  y al verlo,  supo de inmediato que era el.  Entro a su casa con  el corazón latiéndole alocadamente;  Era el, por fin lo había visto… o casi visto, ya que en el ascensor,  ella solo había alzado levemente la vista  para marcar su piso en el tablero  y  entonces el  la había  saludado  haciendo  una pequeña inclinación con la  cabeza.
Los días transcurrieron lentamente y ella no volvió a verlo, aunque continuaba escuchándolo tocar cada mañana, sentada junto al ventanal.
Le hubiera gustado encontrarlo  nuevamente y decirle algo: “hola” o  “te escucho tocar todos los días… y me encanta”,  pero sabia que aunque lo encontrara no tendría siquiera la valentía de mirarlo a los ojos por temor a que los suyos la pusieran en evidencia.
Una mañana,  vio en la vereda un cartel de “se alquila” y por simple curiosidad le pregunto al portero cual era el departamento vacio; Cuando el le dijo que el muchacho del  “5C”, el pianista, se había ido ella sintió un vacio en el estomago, similar al que  se siente ante la perdida irreparable de ese alguien de quien uno se sostiene para poder andar.
Durante unas pocas semanas y con solo oírlo tocar, el se había convertido  en un oasis dentro de su monótona y casi desértica vida.
Al principio espero verlo, tal vez si algo se le hubiese quedado olvidado, el volvería a buscarlo, tal vez regresaría por la correspondencia, o por alguna otra razón, no importaba cual, ella solo quería verlo  una vez mas, a modo de despedida.
Pero no fue así. 
Comenzó entonces y casi sin querer, a trepar por la ladera de una montaña de fantasías en las cuales el y ella eran los únicos protagonistas.
Paulatinamente comenzó a idealizarlo y así fue que termino  obsesionándose con unos ojos que ni siquiera había visto bien, pero que ahora buscaba  casi con desesperación, una desesperación que ella dejaba crecer, aun sabiendo que no la  conduciría a nada.
A veces deseaba encontrarlo solo para convencerse  de que el no era ese ser tan especial que ella había creado en su mente, incluso deseaba intercambiar algunas palabras con el, para descubrir que el no era interesante o romántico como ella lo soñaba. Necesitaba  que un desengaño o una decepción le ayudaran a extirparlo de sus pensamientos, pero aun así, no dejaba de aferrarse con fuerza a la ilusión de encontrarlo, como un escalador se sujeta a la cuerda que lo separa del vacio.

Sentada en el taxi, evocaba una y otra vez el fugaz momento que había compartido con el en el ascensor,  y le agregaba a su recuerdo escenas en las que invariablemente terminaban   juntos.
Aun llovía cuando el taxi la dejo en la puerta de su casa.
Entro despacio, y luego de quitarse la ropa mojada, busco en su cartera el disco compacto que había comprado y lo puso. 
Una vez mas, la suave melodía del Nocturno No.2 de Chopin entro por sus oídos, corrió por sus venas y relajo sus tensos músculos.
Se preparo un café, encendió un cigarrillo y se paro frente al  ventanal.
Las gotas de lluvia se escurrían por el cristal trazando caprichosas figuras que junto al humo del cigarrillo y al vapor del café creaban una atmosfera tan confusa como la que reinaba en su interior.
Sentía una sensación extraña y culpable, como si regresara de un furtivo encuentro con su amante, justo a la hora de ir a buscar a su hijo a la escuela.
Cerró los ojos  mientras la angustia le aguijoneaba la garganta y como tantas otras veces lloro, con un llanto silencioso y resignado.
No era feliz, y esa infelicidad la había arrastrado hasta sus propios límites, haciéndola aferrarse ciegamente a  alguien que era casi un fantasma  solo para escapar de la realidad, una realidad que desde hacia mucho tiempo  la había condenado a vivir un matrimonio tormentoso y sin amor.

Ahora, de pie frente al ventanal y con la música como única compañía, pensaba si no era la melodía, en lugar del  músico, lo que la hacia soñar.
Tal vez cada salida esperando encontrarlo, había sido en realidad una búsqueda de la paz que había experimentado cada mañana al escuchar el piano en el departamento de arriba.
Tal vez no era El lo que ella ansiaba, sino su música y las sensaciones que esta le transmitían. Tal vez.

La braza del cigarrillo moría lentamente en el cenicero y el ultimo sorbo de café se enfriaba en la taza cuando la lluvia dejo de caer.
Escucho una vez  mas a Chopin  mientras trataba de aclarar sus pensamientos y se sintió abrumada, necesitaba que el frio del viento despejara su cabeza. Salió entonces  a la calle y camino sobre las hojas  mojadas que tapizaban la vereda. Camino despacio, con las manos hundidas en los bolsillos y la espalda encorvada hacia adelante sin importarle como se veía porque  ya no pensaba en el, ahora pensaba en ella;  en ella y en alguien que  día tras día esperaba con ansias verla a las dos  en punto de la tarde. 
Regreso a su casa y rápidamente empaco algunas cosas en una pequeña maleta, se puso el abrigo y salió sin mirar atrás.

Un agudo timbre sonó justo a las dos de la tarde y sus ojos lo buscaron con ansiedad; el corrió hacia ella y la abrazo con fuerza, ella lo beso con ternura.  Tomo su pequeña manito y cuando al ver la maleta el le pregunto:”a donde vamos mama?”, ella  le dijo que irían a un lugar en donde juntos, solo los dos, serian felices.
El cielo comenzaba a despejarse mientras se alejaban tomados de la mano y ella tarareaba suavemente  la melodía que le había dado fuerzas.
Si ahora encontrara al pianista, lo miraría a los ojos y  simplemente le diría: “gracias”.

Alba Bascou-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011


                            ANATEMA

            Exuperio buscaba la luz divina. Atravesaba las calles sin mirar los semáforos, apenas escuchaba a la gente cuando hablaba, se bañaba con rapidez mediante una regadera de plástico azul –por aquello de que lo ideal flota en el azul- .Y además, para no detenerse en las partes pudendas de las que su obispo le decía, cuando extraía cerca del plexo solar rodeado de exuberantes carnes fláccidas, su voz similar a la de un pitido de tren, que éstas no se debían alumbrar porque conducían a la oscuridad del alma.
            Piadosa mujer, su madre, ganadora del campeonato nacional del santigüeo a cuatro manos, acompañaba con un rítmico marcado de las puntas de los dedos de los pies, al ejercicio de alimentar a Exuperio, su bebé de cuarenta y cinco años. En el momento en que lo veía triste, enmenottiado, le abría los brazos y lo recibía en su regazo, acunándolo en el movimiento ancestral del hico-hico. Ahí,  a  Exuperio se le dibujaba una sonrisa pero no veía la luz.
            En el trabajo, funcionaba como una computadora más, dado que a la rápida sinapsis de sus neuronas, solamente le bastaba colocar una célula fotoeléctrica  en la sien derecha para que su pensamiento emergiera obediente y realizara su labor. Eso sí, a veces aparecía en sus legajos y expedientes, impresa la palabra LUZ, hecho que su jefe no alcanzaba a comprender.
            Una vez, cuando salía de la oficina, la encontró. Al intentar el cruce de la calle. Apenas, colocando sus pies en el pavimento. Fueron unos focos apaisados de Peugeot 306, de fabricación extranjera por eso de que hay que amparar la industria nacional, que le irrumpieron en el rostro y desplazaron su cabeza nada más que unos metros de su cuerpo, sobre el adoquín. Tirado torso arriba, en medio de la arteria, con cara de estampita, se le observaba en la boca una U mayúscula, semejante a un gesto pleno de satisfacción.
            Porque después de todo había encontrado la divina LUZ.
            El hagiógrafo y un grupo de exégetas, traídos de cañaverales en extinción y suelos sin petróleo, bajo la promesa de un sueldo en patacones, comprobaron que Exuperio, el humilde, apostólico, edípico, murmurador sin respuesta, prudentísimo, emanador flatulento, caritativo, fornicador escondido, enano virtuoso, dueño de una vida interior intensa –siempre estiraba su mirada para adentro-, investigador obseso de su propio tubo fluorescente, pertenecía al Universo de la finitud.
            Exuperio, el insatisfecho, había sido un caso más de enerrancia bíblica.
            Desde el cuerpo segmentado, ya pétreo, se comenzaba a expedir un ácido y amarillento aroma. Un fuerte olor a santidad.

                                                 

Trinidad Aparicio-Barcelona, España/Enero de 2011


MADRE  JOROBADA



 Cuento andino.
Fantasía. 


En el santuario, cundía la alarma y el desconcierto. Alguien descubrió el escondite de las flautas mágicas y se las llevó. Si bien el jefe de esa región andina era pacificador, verdad es que también era  al máximo supersticioso. Las flautas en si, habían sido bendecidas por el dios Virachoca y se suponía que tenían un poder sobrenatural. Transmitiendo mensajes con ellas habían salido vencedores de todas las reyertas sostenidas contra los Kollas u otras agrupaciones rebeldes a la política de los Incas. La desaparición de las flautas pues, le restaba poderío al jefe; en consecuencia,  ese hecho, además de ser un sacrilegio era también una amenaza.

Luego de mucho pensar y consultar con sus hechiceros se decidió qué: si al aparecer la Luna, "madre jorobada", el ladrón no hubiese restituido las flautas, merecería el castigo de morir decapitado.
           
Las sospechas, derivadas de una minuciosa investigación, recayeron sobre un joven quechua, llegado recientemente de la zona templada, cuyo único delito fue  haber desoído las advertencias de sus mayores antes de marcharse a recorrer nuevos senderos.

Consternado el muchacho, al enterarse del peligro que se cernía sobre su cabeza, pidió hablar con el gran jefe. No fue la cosa fácil, pero cuándo estuvo frente al gran jefe,  sabiendo lo supersticioso qué éste era, armó su defensa  base a un ardid.

Deshilachó de su atuendo un hilo de plata por cada día en que tardaría en aparecer la "madre jorobada", y habló  de esta manera:

"Poderoso gran jefe, parad atención a lo que a continuación os digo: Si mi muerte aconteciera de manera tan injusta,  nuestro gran padre el sol, no os lo perdonaría. Cada uno de estos siete hilos representa una generación de mis antepasados, con humildad,  frente al gran jefe imploro a sus espíritus. Todos juntos harán, para demostrar mi inocencia, qué al despuntar el alba del día señalado, aparezcan las flautas en el santuario de lo contrario el culpable se convertirá en una roca calcinada". Dicho esto trenzó los siete hilos y entregándolos  al gran jefe, le pidió que difundiera a su pueblo lo dicho por él allí.

Anikay, hija de Ñununku, jefe de menor jerarquía, tenía la certeza de qué su padre, por ambición de poder y con el objetivo de dar motivo a una guerra, había sido el autor del robo. Recordaba que cierta noche lo descubrió  agazapado en la oscuridad esperando ver los fogones apagados para salir corriendo hacia el santuario. Enamorada como estaba del gran jefe, temiendo qué algo malo le sucediera a su amado, amenazó a su padre con arrojarse desde el Huayna  Picchu si no desistía de su intento.

Así las cosas, el día  en qué la Luna, "madre grande" debía ceder la noche a la Luna "madre jorobada" el cielo se vistió de negro; el viento se enfureció y un fuerte vendaval arremetió contra las aguas del  río. Pero… al amanecer, el cielo se despojó del luto, el viento se volvió brisa, se alisaron las aguas del río y en el límpido firmamento antes de salir el Sol, brilló la Luna "madre jorobada" con un resplandor desacostumbrado. Las flautas mágicas habían aparecido y cien quenas sonaban festejando  el acontecimiento.

 Por supuesto, no hubo decapitación ni sacrificio, ni roca calcinada. Todo terminó en una gran fiesta. Al joven quechua, lo despidieron con todos los honores por tener el poder de comunicarse con los espíritus;  Anikay, se casó con el gran jefe y para preservar su felicidad y a la vez  proteger a su padre de la ira de su esposo, supo muy bien guardar su secreto.

10/10/00.

Constantino Mpolás Andreadis-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2011

A  JACQUES PREVERT
 
te busqué en el mercado de esclavos
y no estabas ahí
te busqué en los escaparates
entre las prostitutas
y no estabas ahí
entonces te busqué donde no estabas
no en el mercado de esclavos
y tampoco entre las prostitutas
ni entre las vendedoras de labios rojos
ni en las verdulerías
ni en las iglesias
en esos lugares
no te podría encontrar
y yo estaba apurado
y no tenía tiempo que perder
perdí tanto tiempo buscándote
que sólo me quedaba la eternidad
y de ella
sólo un poco
por eso es que te busqué donde no estabas
y entonces te encontré
y te perdí
te encontré en el mercado de esclavos
y te encontré entre las prostitutas
y entre las vendedoras de labios pintados
y en las iglesias
y en los bares
te encontré en las verdulerías
y en los salones estrechos
y en los amplios
sentada al lado mío en el colectivo
y mirándome desde la ventanilla de un taxi
y en todos esos lugares te encontré
y te perdí
sólo que esta vez te perdí para siempre
y aunque te siga buscando y encontrando
ahora sé que te volveré a perder
y te volveré a buscar
y a encontrar
sólo ahora lo sé
recién ahora lo sé
y lo sé como lo supe desde siempre
desde el momento en que te conocí
y aún antes
siempre supe que para encontrarte te tendría que inventar
y lo hice
y al hacerlo te perdí
para no perderte
para encontrarte
debí haberme resignado a no encontrarte
a buscarte
sin esperanzas
y ya ves
no lo hice
y ahora
lo único que me queda es continuar buscándote
donde estás
y donde no estás
y volver a inventarte
y volver a perderte
así como así
como si no te buscara
como si no me importaras
como si no te quisiera como te quiero
como si no fueras
mi único amor
como si nos paseáramos del brazo
y tuviéramos una casa
y tuviéramos o no tuviéramos hijos