martes, 21 de noviembre de 2023

Ernesto Baldi-Argentina/Noviembre 2023


 

 El valle de las montañas negras

              El valle iniciaba su lento amanecer, cubierto por una densa bruma. El campamento base, pese a que aún no aclaraba el día, ya se hallaba en movimiento. Se encendían los primeros fuegos, y daban comienzo los preparativos para la ardua jornada por venir. Las cumbres mantenían, y era lógico, un místico misterio sobre los habitantes del valle. El frío era intenso, pero soportable. Los preliminares de la escalada, habían sido, la noche anterior, meticulosamente estudiados. Cada grupo, con su líder, tenía trazado un recorrido preciso y una ruta alternativa. La niebla, danzaba formando espirales sobre las montañas, cubriendo sus cimas con un aura mortecina. Las altas cumbres, enmarcadas en un fétido horizonte, dieron al valle la totalidad de su imponente presencia.

              Las diversas tribus, iniciaron la marcha. En riguroso orden. Cargando solamente lo necesario para la travesía. Cada grupo tomó su camino; las caravanas semejaban hileras de pesadas orugas, sinuosas y en paulatino ascenso.

              Unos hacia el Oeste, para completar la travesía por las cumbres bajas; otros, tomaron la ruta Noreste, desafiando los picos más resbaladizos. Las tribus más experimentadas, llevaron sus grupos por los senderos del Noroeste; la escalada más complicada, pero con mayores recompensas. Los últimos grupos en partir, fueron los individuales. Solitarios y arriesgados seres; inquietos de aventuras desestimando riesgos. Expertos en el difícil arte de escalar, y más aún, de particular entrenamiento en la supervivencia en las montañas.

              De todos ellos, sólo uno, el más temerario y joven, decidió tomar la senda Norte. La ruta directa hacia la máxima cima. La más peligrosa, dada su particular y nueva conformación. Poseedor de un fuerte temperamento y un gran carácter, logró hacer prevalecer su decisión.

              Manuel; tal el nombre del intrépido alpinista, ajeno a los ojos que acompañaban su salida; continuaba, extasiado y maravillado, paso a paso, incansable, su lento ascenso. Sus ojos: ávidos de aventuras y conocimientos; sus manos: férreas de voluntad, sorteaban hábilmente los escondrijos secretos de las grietas. El pecho henchido de orgullo; su mente, concentrada a pleno en su objetivo. Estaba convencido de lograrlo. Tantas enseñanzas recibidas; tanto entrenamiento, no podían ser en vano. ¡Lo lograría!

              Como gran reserva, contaba con su voluntad; y con el deseo ferviente de demostrar a los suyos, que era capaz de ello. Pasada la media mañana, en un lugar que reconoció apropiado, Manuel tomó su primer descanso. Exhausto, maravillado por el panorama, regocijado en sí mismo, retomó fuerzas. Observó la cima; alargó su mano hacia ella y una sonrisa iluminó su cara; ¡sabía que lo lograría!

              Tomó sus cosas y continuó. Siempre adelante. Como le enseñara su padre, siempre adelante. Atento a cada paso; cada paso era de vital importancia. En la montaña, -le decía-, nunca se sabe que tenemos bajo los pies. La atenta y dedicada observación del terreno, hacen la diferencia y señan la supervivencia en la montaña. Tales consejos los aplicaba ciegamente. El calor sofocaba, la respiración agitada, corroía su garganta. Las manos le ardían al igual que las piernas. Pero seguía adelante, subiendo, más y más.

              Tiempo incalculable. Tiempo sin tiempo. Manuel miró hacia arriba, ¡no lo podía creer!, le faltaban pocos metros, menos de cinco. Absorbió el aire; clavó sus manos en la montaña, un metro más. Nuevo impulso, sus piernas resistieron el esfuerzo, comenzó a reír. Finalmente, el éxtasis último; alargó la mano en el ataque final...y se encontró con la de su padre. Su padre y sus hermanos lo recibieron con júbilo. Pero el tiempo corría. Los festejos serían por la noche. Se debían preocupar por los camiones. Los grandes equipos recolectores de basura, se aprestaban a vaciar su precioso contenido.

              “El valle de las montañas negras”, denominación dada por los vecinos aledaños. El gran asentamiento comunal de la ciudad de Mar del Plata para depósito de residuos urbanos; bullía de actividad. Poseedor de códigos propios de convivencia y supervivencia. En su mundo de leyes no escritas, Manuel, fatigado pero feliz; continuaba su peregrinar entre las virtudes desechadas. Había logrado su cometido y demostrado su valía. Entre sus pares; como antiguas tribus, marcaba la diferencia.

              Manuel no olvidaría jamás su odisea; ni sus siete años sin tiempo.-

lunes, 20 de noviembre de 2023

Atilio Andrade-Brasil/Noviembre 2023


 Primavera

Por fin
Sonríe el jardín
Donde bailan los zorzales
Entre las hojas y las flores
Construyen nidos aquí y allí
Dando adiós a lo que ya era
Viviendo la alegría de la primavera
Y en el baile azucarado
Van apilando sus cantos
Volando por todas partes.

Miriam Alberganti-argentina/Noviembre 2023


 

      EL DÍA QUE PARTÍ

 

                ¡Si supieras cuánto extraño sentirme abrazada y lo bien que me hacías sentir cuando en tu corazón estaba! Mirá que hemos vivido cosas juntos, ¿eh?

                Recuerdo tardes de rodillas peladas o veranos de carnavales donde casi volaban aquellos pesados baldes de agua, noches juntos mirando la luna, o simplemente siendo testigo de mis penitencias en los rincones, tardes de colchoneros separando lana, interminables tendales de ropa, pollos que del gallinero escapaban, la vieja máquina de coser que viste funcionar hasta que llegó a vieja, jaulones de jilgueros que siempre mantenían al día los sonidos de la casa con su permanente trinar. Vos siempre estuviste allí como silencioso gigante custodio de todo lo que ocurriera. Veías que desde muy pequeña tenía curiosidad por el crecer de las plantas en viejas macetas españolas que escondían aventuras de babosas, hormigas y caracoles. Siempre estabas allí, en silencio, pero con marcada presencia. Nunca te tuve miedo, siempre quería estar en vos. Aún no sé por qué me hacías sentir tan segura. ¡Eras mi lugar en el mundo!

                Fuiste testigo de mi inocencia pura de la niñez, si me habrás visto llorar… Conocías todos mis escondites, mis compañeras de juego imaginarias, las charlas con mi amiga íntima que era representada por un viejo gomero. Mirabas mis lágrimas caer cuando escuché a mis padres decir que lo cortarían porque sus raíces habían levantado los pisos de la casa. Él simplemente quería crecer al igual que yo, ¡no lo entendieron!

                Estuviste en cada cena de Navidad. Lo recuerdo muy bien. Me hacías creer que Papá Noel se asomaría detrás de vos. Y yo te creía, ¡como siempre!

                No sé cómo lo hacías, pero de alguna manera me buscabas para que saliera a ver cómo alguna fortuita visita intentaba recostarse en la hamaca paraguaya, cayéndose al piso en el primer intento de la manera más graciosa, y yo ahí, haciendo fuerza para que no saliera la carcajada de mis entrañas y ayudando muy seriecita a levantar a la imprevisible victima que había estado a punto de romperse la crisma.

                Nos reíamos juntos cuando, escondida de los grandes, cantaba y bailaba sola en la antigua galería ensayando para cuando fuera grande, estaba convencida de que no me detendría hasta ser una talentosa actriz de esas que solo se ven en Hollywood.

                Me ayudaste a memorizar cada poesía de Borges, cada cuento de Cortázar, poemas del Martín Fierro y hasta las aventuras de Don Quijote, previos a algún examen del colegio. Me veías salir insegura y con los nervios de punta y regresar en paz y relajada cuando terminaba de rendir. ¡Cómo olvidarlo!

                Solo vos sabés cuántos libros se me cayeron de la cabeza intentando caminar derecha como una modelo de esas que veía en la tele de la casa de doña Antonia.

                Hiciste que apareciera la luna llena aquella noche del primer beso, hasta sentí que habías hecho bajar a todos los cupidos que encontraste en tu andar…  Por un momento incluso me sentí levitar… ¡Cuánto te amé!

                Llegado el día que partí en busca de mi destino, le diste una última mirada a mi principesco   vestido de novia; me encontraba tan radiante y feliz que no reparé en tus lágrimas. Vos sabías que ya nada sería igual, ya no nos reiríamos juntos: esa nena ya no estaría para vos.

 

                Solo cuando la vida me llevó muy lejos descubrí cuánto amaba estar dentro tuyo, quería volver, pero olvidé el camino. Sé que ya no estás, pero nunca dejaré de agradecerte.

 

                Los años pasaron, las cosas cambiaron, pero nunca olvidaré aquel viejo patio que me vio crecer.