lunes, 20 de diciembre de 2010

Eduardo Scialabba-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010

                        A mi amada

En mis noches
Blancas solitarias
Mil pensamientos
Me acompañan
Es la hora del reposo
Y a Morfeo
La ilusión
Que me embarga
Yo le  entrego
Oh mujer que acudes
A mis sueños
Con etéreos besos
Y dulces esperanzas
Quisiera un despertar
De realidades
Y al solo verte
Darte mi amor
Hasta el fin
De mis días
Hasta mi muerte…

Ana Romano-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010


SECUENCIA


Desnudos
ante el viento
los cuerpos
Desnudos
flamean
en el fuego
Desnudos
junto al río
encandilado
Desnudos
frente al espejo
estallan
Desnudos
se detienen
al llegar
a la cima.

Ronaldo Ransenberg-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010

EL VERDUGO

                                     EN UNA CALUROSA TARDE
DEL 1800, EL VERDUGO , LUEGO DE CUARENTA AÑOS
DE TRABAJO, SE JUBILO CON LA ULTIMA CABEZA ; QUE
LENTAMENTE RODO SIN PAUSA NI PRISA.
     SU TAREA FUE LIMPIA E IMPECABLE, EL HACHA
MANEJADA CON GRAN MAESTRIA CONTRIBUYO PARA QUE
LOS CONDENADOS PASARAN AL OTRO MUNDO SIN
SUFRIMIENTO.
      CUANDO RECIBIO LA MEDALLA DE LAS AUTORIDADES,
SE SINTIO FELIZ. CONVENCIDO DE SU CONTRIBUCION A LA
LIBERACION DE MUCHA GENTE DE SU INCOMODA VIDA, EN
AQUEL IGNOTO PUEBLO DE FRANCIA; Y SE CONVIRTIO EN
UN PROCER.

Aída (Marilú) Quiñones-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010

SENTENCIA

                                    “te acribillaran las sentencias
                                    Que alguien pervirtió en tu nombre
                                    Será un lunes por la mañana”

En aparente calma espera.
“Será un lunes por la mañana”
Escucharás el veredicto…
tal vez sonrías o llores.
Implacable  interlocutor es la conciencia.

Recuerda sus ojos inocentes, candorosos
Esa joven elegida
“que alguien pervirtió en tu nombre”
Una noche de tantas, una más…
En un instante decidiste apagar su vida
cercenar la juventud de una inocente
sus sueños se disiparon en la bruma de los muelles
al amparo de la impunidad.
de los poderosos de turno.

Estarás allí
“te acribillaran las sentencias”
Saldrás libre, sin culpas
¿sin culpas? ¿Donde estará la verdad?
¿Sabes? El único testigo
es dueño de su crimen.
El verdugo su conciencia.

Beatriz Pozzi-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010

DESTINO

Que sepa coser
Que sepa bordar
                 La niña
                 No sabe coser.
                 La niña quiere jugar
No sabe bordar
La niña quiere
Cantar,  bailar
Soñar,    amar
                  Cuál es su destino
                  Pregunta su madre
                        Casarse mujer!!
                         Responde su padre
                   Es ley es costumbre
                   De la gente honrada
                   Formar un hogar
                   La mujer en casa
                   El hombre a cazar
Que sepa coser
Que sepa bordar
Su traje de novia
Para ir al altar
                     Madre, no le quiero…
                      Eso no hace falta
                      El te dará hijos
                      Y un techo seguro
                      A mi me ha ocurrido
                      
                      Claro,   pero      pienso…
                      La mujer no piensa
                      Tan solo obedece

                            ¿Y mis sueños madre?
                             Pamplinas,    olvida
                             Olvida,     igual que tu madre
La niña no canta
Su vientre ha crecido
La niña no baila
Sus pies se han dormido
La niña recuerda
Sus sueños frustrados
                        Que sepa coser, que sepa bordar
                        Que sepa coser, que sepa bordar
                         Que sepa coser que sepa bordar…

Dora Perricone-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010

El abrazo

            Habrá salido del cine casi abrumado por la historia que acababa de ver.
            Así llegó hasta la estación de trenes, a la hora en que todos ansían retornar a sus casas, luego de la ardua jornada de trabajo.
            Sacó el boleto y revisó el horario y andén de partida. Cuando a lo lejos del ancho recinto, entre idas y venidas, voces y apretujones de la gente, llamó su atención una joven pareja. Parecían discutir; era ella la que más decía con los gestos de las manos y brazos que con las palabras. Su acompañante permanecía contemplándola.
            Vio que el tren estaba ahí, esperándolo, pero esa mujer seguía llamando su atención. Sus brazos y manos iban formando figuras que acompañaban un discurso que él no podía escuchar.
            Las imágenes comenzaban a fundirse en su mente con la triste historia que desde la pantalla cinematográfica le mostrara aquella chica sobrellevando el drama de la soledad, con la única compañía de un perro.
            También él sintió la soledad en medio de tanta gente, y en un impulso intentó acercarse hacia esa joven que seguía gesticulando.
            Al llegar al lugar ella ya no estaba.
            Sólo vio a su acompañante. Al mirarlo, los de él no le dijeron nada.
            Sin obtener respuesta, desvió la mirada y la vio a lo lejos, corriendo, con sus movimientos envolventes, como abrazando al mundo, pensó.
            El tren ya se había ido.

Augusto Penas Palmeira-Provincia de Córdoba/Diciembre de 2010

Una historia de amor con final de  río


            Milac Navira era un apuesto príncipe de una tribu inca que se enamoró de Panaholma, una india pobre.  Los padres de Milac Navira no querían que se case con ella porque querían que se casara solo con una diosa, reina o princesa, no menos que eso. Por otro lado, los padres de Panaholma no querían que se case con él porque los soldados del rey cobraban impuestos cada vez más caros e injustificados. Además que se case con un hombre de su misma clase llamado Quilcas. Aún así, decidieron escaparse, la luna guardó el secreto, pero no una estrella, que estaba enojada porque no la habían elegido como madrina de bodas y le contó a Quilcas, quien los siguió hasta el Valle de Traslasierra, donde se casaron. Quilcas mandó a un cóndor a decirle a Milac Navira que por las montañas encontraría el mejor regalo para su esposa y a un picaflor para decirle a Panholma que por los llanos hallaría cabras gordas con las que haría el mejor quesillo para su esposa. Así logró que se separaran y con trucos parecidos, los convenció a cada uno que su pareja estaba muerta. Milac Navira estaba en las Sierras Grandes y Panaholma en La Pampa de Achala. Los dos se largaron a llorar formando ríos que en un momento se cruzaron, esos ríos que aún corren como un amor eterno.

6º grado B
Escuela Domingo Faustino Sarmiento
Córdoba

Nina Pedrini-Buenos Aires, Argentina/Diciembre de 2010


LINAJE
El otrora Secretario de la Biblioteca de la calle Córdoba, camina lentamente hacia la noche pampeana. No evita pensar en su muerte, inminente, soñada o elegida.
Un pobre farol ilumina el patio de tierra en el que se desarrollará el duelo que no buscó y que tampoco quiso o se animó a evitarlo.
El retador, camina en zigzag, se ubica debajo del farol. El Secretario de la Biblioteca, frente a él, distante un par de metros.
¡Qué curioso! Su hipotético matador se expone a toda luz, él, en la tiniebla, sólo iluminado por las estrellas que por esos parajes, brillan intensamente y que, casi están al alcance de las manos.
El de la cara achinada no acierta con su buscado equilibrio, no obstante, hace unos minutos, hizo una demostración de su habilidad, arrojó el cuchillo al aire y en el aire lo atajó; pero cuando quiso repetir la cabriola, el arma se le perdió de vista. Con los ojos entornados, haciendo pantalla con sus manos temblorosas, oteó a su alrededor y por fin la encontró. Con ella despenaría al pueblero cajetilla.
El desafiado deja sus pensamientos mortuorios para otro momento. La falta de estabilidad de su retador, la convicción de que está muy borracho, le da pie para empezar a convencerse de la ventaja que le lleva. Él es un hombre culto, el otro, seguro un analfabeto; él está sobrio, el chino muy mamado. (Se disculpa por el término, pero no le llega a su mente otro mejor)
Entonces, se ve sentado a su escritorio de la Biblioteca, frente al de Jorge, su colega, nunca “compañero”. Jamás le aceptaría que lo tratara de tal, sus principios políticos lo habían barrido de su vocabulario, más allá de que reconociera el origen latino de la palabra.
“Vea, amigo, le dice Jorge, todos transitamos por un laberinto; la ofuscación, el miedo, nos hace perder de vista el hilo de Ariadna. Difícil salir de él”
En ese momento, el gaucho mal entretenido que tiene en frente, vuelve a pronunciar palabras incultas, avanza hacia él, tambalea por milésima vez,  parece que se enreda en sus propios pies y cae al piso. Ahí queda, brazos en cruz, cara en el polvo.
El Secretario de la Biblioteca queda paralizado, los ojos desorbitados; él que ya se veía atravesado por el cuchillo, asiste a la caída estrepitosa  de su ocasional rival. En la mano derecha todavía empuña la daga que le arrojara uno de los presentes en el boliche.
El silencio se adueña de la escena, el hombre culto vuelve a pensar en su muerte, se ve transitando hacia la eternidad, no le conmueve el hecho de haber sido muerto a manos de un delincuente, de un harapiento, un vago que nada ha hecho por la Patria.
Añora la lucha encarnizada con los crenchudos de Catriel, es su abuelo, barbado y corajudo. Se enorgullece de su linaje, de su cultura. Él es la civilización, el gaucho pendenciero, la barbarie.
Se desprende del puñal, tal vez el gaucho malo se lo arroje a traición, pero el hombre está quieto.
Una voz sentencia:¡está finao! El Minotauro pampeano fue derrotado por el “hombre que se sentía hondamente argentino”*, sólo esgrimió su linaje.
Se retira del lugar, entra en el espacio que le es propio, atrás deja el laberinto. “Su casa está esperándolo en un sitio preciso de la llanura”.*    

* Jorge Luis Borges. Ficciones. El Sur 1944