lunes, 21 de diciembre de 2020

Daniel Barroso-Argentina/Diciembre de 2020


 

Capítulo 9

─Ya te lo he dicho, Elbiamor: únicamente grandes abismos y yo en el borde, balanceándome, aferrado a un equilibrio de fantasía donde mi infancia deja que sus pájaros aniden entre tibieza y soledad. Aquí, frente al ventanal que recorta un ángulo de luz que golpea rincones opacos y deja en llamas las sombras del rellano. Aquí, tendido como cualquier hombre tendido que va a morir, aferrado a los pájaros de la niñez entre una fantasía de soledad y tibieza. 

 ─La Gran Pregunta me acompaña, Elbiamor, el Gran Interrogante. Ese abismo y yo balanceándome en esa fantasía de equilibrio o en la quietud de una realidad inestable del que busca quietud y equilibrio en una misma realidad o fantasía. ─Tal vez solidariamente los contrarios uniéndose y solo sea movimiento en equilibrio permanente. Finalmente soy yo mismo anidando entre tibieza y soledad cuando Dios se revela. Cuando Dios se niega. Cuando la negativa de Dios en revelarse nos sujeta a la quilla de ese barco en tempestad que somos, cuando tenemos la certeza de que todo ha sido un sueño o cuando hemos soñado el sueño de Dios cuando se niega. Y no es lo mismo, ni la tempestad ni los sueños, cuando Dios nos sujeta a la quilla de Su barco en la tempestad de Su sueño con el equilibrio de quietud en movimiento.

─Digo, simplemente, que también un puñal encuentra tibieza, negando y confirmando, entre destierro y urgencia, atenuando su fulgor avieso como un destino de toros atorados en su cueva de lidia, dejando un tajo de luz tan oscura y letal como su filo. La herida no nos lleva a la muerte, el puñal tímida y pacientemente busca calor y siempre lo encuentra, el dolor no está en la herida, es la herida misma. La muerte no está en la herida y ni siquiera el dolor la convoca. La muerte está en la despedida y el dolor es preparar las valijas.

─Todos los creyentes somos la duda de Dios hecha humanidad imaginada y real imagen a semejanza divina y desigualdad eterna, tan costilla como barro, tan serpiente como árbol, tan detritus como manzana. Somos la duda hecha certeza de muerte, eternidad de lo efímero, carne de toda carne modelada en siglos de células combinadas y resistentes. 

─Sucede que la fe no es ninguna respuesta, mejor dicho: la respuesta de la fe es apenas una opción para ahuyentar lo terrenal de la asfixia y lo metafísico de la angustia. La ciencia de la fe es un oxímoron o una excusa cursillista de los teólogos para tener un oficio perenne, bien pago y de un relativo esfuerzo neuronal y penitente. La Gran Pregunta nadie la responde, es decir, la única respuesta es la fe, o sea y para más datos: hay respuestas que no quitan la duda, pero ayudan a dormir sin sobresaltos, aunque la cobija sea corta y el sueño largo.

─Entonces: inestabilidad del equilibrio mortal, no hay contradicción, sobre todo si se pierde ese equilibrio frente a los grandes abismos aferrado a la fantasía de la infancia. Juego eterno sin respuesta: jugamos por jugar, no hay ganadores ni caminos al éxito ni marchas triunfales. Lo que tenemos cabe en una partícula del átomo de una partícula de la gota de una lágrima, aunque llevemos toda una vida tratando de enjugarlas.

─Finalmente: es el juego eterno de demiurgos antagónicos, porque son dos la Gran Pregunta, o es una dividida por su respuesta en dos actos de fe, paralelos e indisolubles; sencillamente, si hay fe para el bien debe tener su contrapartida. ¿O la fe tiene un contenido ético, una clave moral, una estructura salvadora? Como diría el Viejo Martín Gramont, el Taumaturgo de la isla de La Paternal: “la fe es la fe y cada cual la tiene donde la pone, y si Dios necesita de la fe para engendrar la duda que lo hace eterno, también la fe en el Diablo es necesaria, porque son los gemelos del génesis. No se puede dudar de uno sin dudar del otro, que es lo mismo que decir: si vas a tener fe en Dios, el infierno sale con fritas”.

─Tantas cosas que decirme aferrado a esta fantasía de equilibrista. El cable tenso. El gentío murmurando deja un sonido de bocinas vegetales en el aire. La expectación hace claudicar las miradas. ¿Y si se cae? ¿Si tantos preparativos y ensayos, tanta parafernalia de espectáculo y cintas de colores sobre la calle no son más que un decorado de funeral exótico? 

─Fantasía de equilibrista: ¿No caerse o darle un final trágico al espectáculo y a los expectantes espectadores? ¿Sostener la fe en un hilo para que Dios y el Otro miren la caída en dos perspectivas de proyección paralela y axiomática? 

─Es así, Elbiamor, ni las certezas ni las dudas, y mucho menos la fe: toda la cuestión está centrada en no caerse. En aprender una rutina básica e improvisar variaciones sobre el cable tenso. Ya sé: vivir es una tensión a veces insoportable, pero nadie que se quedó al otro lado del cable pudo vencer ese vértigo, esa angustia de estar al borde y no caerse, al menos durante el mayor tiempo posible.

─El equilibrio como sentido de la vida, que nada tiene que ver con ser justo o ecuánime, ni haber alcanzado la sabiduría ni el punto omega, nada que ver con haber encontrado el centro de gravedad y mucho menos ser equilibrado, más bien, con haber descubierto la gravedad del equilibrio y embocar un centro de sobrepique y con la pierna cambiada. 

─Como en el arte y la literatura, donde buscar la belleza tiene más que ver con andar a los bandazos que quedarse aferrado a teorías estáticas o rígidas estéticas. Dudar de la belleza que obtenemos (cuando ese prodigio errático acontece) es como buscar a Dios (e implícitamente al Otro), algo así como la duda de la duda, que nos da algo así como la certeza de no saber y seguir buscando. 

─Eso, la búsqueda (siempre y cuando uno intuya a ojo de buen cubero lo que anda queriendo encontrar), es lo que vale la pena o lo que menos pena cuesta, ya que la única constancia de nuestro dedo en la llaga está en lo que vamos descubriendo (¿descubriendo?).

─Al menos, Elbiamor, es preferible andar aferrado a un equilibrio de fantasía, buscando pájaros que aniden entre tibieza y soledad, territorios de la fe, heridas que no matan y el dolor de hacer las valijas, a quedarse masticando la siniestra estética del destino.

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