miércoles, 25 de marzo de 2015

Javier Úbeda Ibáñez/Marzo de 2015



La mar enamorada


Llevo la cara vestida de azul
para anunciar que
la mar está enamorada.

Y la brisa
—vaivén va,
vaivén viene—
asegura que su amor
está inédito,
hambriento de soles y sal.


Adriana Mónica Suárez Blas-Argentina/Marzo de 2015



Siempre tú…

La tierra tembló fuertemente y con ella la tumba. Luego del brusco movimiento sobrevino el silencio.
El golpe fue certero haciendo añicos la tapa del ataúd.
 La mano surgió de la tierra como un capullo crispado a punto de florecer en dedos….
El suelo se removió cuando el cuerpo buscó la libertad sin las fronteras  del féretro .El polvo se escurría por sus huesos como sudorosas gotas de tierra…
 No había tiempo. Husmeó el aire buscando huellas de olor y torció la cabeza para oír mejor.
Emprendió la  marcha con un cuerpo que ya había olvidado  gobernar.
Atravesó el silencioso cementerio y la desolada avenida. Las calles  abrían caminos de baldosas  a su desesperado paso…
Subió raudamente la escalera y sus manos esqueléticas abrieron la puerta….
Ella estaba allí, tendida sobre la cama….despidiéndose de la vida con  una soledad llena de dolor y espera….Abrió los ojos, la vió entrar, esbozó una sonrisa mientras que de sus débiles labios se escapó   un… “¡¡¡mamá!!!
El huesudo cuerpo estiró sus descarnadas manos y la abrazó contra su pecho.

Alicia Scordomaglia-Argentina/Marzo de 2015



ABRAZO

Que mi corazón
Te abrace en el silencio…
Que los recuerdos
Hoy vuelvan a buscarte…
Que tu mirada
De la mía    sea parte
Nuevamente…
Entrelazados
Piel contra piel…
¡En cualquier parte!

Ana Romano-Argentina/Marzo de 2015



Rumbo

Acurrucada
recuerdo
Mi figura cautiva
por el nudo del brazo
Desato
sin embargo
la amarra
Salto el cerco
Emancipada
humeante.


Agustín Alfonso Rojas-Chile/Marzo de 2015



El Pucará de “Cerro Puntiagudo”

“El hombre pasa, su obra perdura”
Ollante fija su mirada en las majestuosas montañas andinas. Aprecia que los primeros rayos de sol pronto se dejarán ver a través de ellas.
Aún hace frío en el páramo infinito; silente y triste en esta época del año. Recién, hace tres jornadas atrás, se inició el equinoccio de primavera. Época de siembra cuyos frutos han de cosecharse en el equinoccio de verano.
Está contento. Fáraga, su mujer y sus hijos viven en el Pucará (fortaleza de gruesas pircas) del “Cerro Puntiagudo”. La pirca (pared) que rodea el pequeño asentamiento y el agua que bebe la población, diseñó y construyó su padre, años atrás, con el nombre de “Yachay”. Su progenitor  ejerció la docencia en el pequeño poblado. Lo hacía en un área abierta entre las pircas, donde el padre sol da de lleno en la cabeza de los alumnos, jóvenes aimaras, deseosos de aprender las técnicas de siembras y regadío para alimentar el asentamiento humano en esa inhóspita región del alto Perú. Orégano, ajos, cebollas, quínoa, camote o papa andina y especialmente maíz, productos que constituyen la producción.
En aquella época, las tierras cultivables eran escasas. Pequeños “andenes” (terrazas) formaban el campo de cultivo. De su padre nombrado “Yachachiq” o maestro, aprendió la técnica de conducción de agua, sembrado y regadío.
Absorto en sus pensamientos recorre su niñez. Se ve vagando junto a sus padres por diferentes asentamientos andinos sin recibir apoyo de esas comunidades, escasas de alimentos y de agua, aún más…Una tarde, muy cansados arribaron al pucará del “Cerro Puntiagudo”. Fueron acogidos por un viejo matrimonio que poseía un pequeño predio agrícola mal cultivado. Al poco tiempo, el padre de Ollante se hizo cargo del campo falto de recursos hídricos. Recorre las montañas circundantes y aproximadamente a una legua (5572 metros aproximadamente) ubica abundante agua en una depresión entre dos altos riscos.
Llevarla al asentamiento se advierte difícil, dado lo complicado del terreno. Se sienta en una roca a contemplar la depresión del valle que pierde muy lejos camino al mar. Mira al cielo, allá, muy alto, dos cóndores, otean el entorno, en busca de su alimento.
Su padre fija la mirada en los nevados picos cordilleranos. Ante tanta maravilla piensa que si el Dios “Inti” - hijo del Sol - ha creado este mundo perfecto. Cómo él: ¿No será capaz de llevar agua al caserío donde está su querida esposa y su hijo Ollante?
Regresa a casa, cuando el sol se pone en el oeste, en el patio se encuclilla a meditar un posible recorrido. Sobre una tabla de arcilla va dibujando lo que parece ser el trazado de un acueducto. Terminado, lo muestra a su esposa e hijo, ambos aprueban el diseño. Los dueños de casa también, y llevan el proyecto al jefe del pucará. Luego al “Consejo de Ancianos”, quienes aprueban el diseño. Nombran a su padre “Yachachiq” (el que sabe y hace que otros aprendan) o también, conocido como “maestro”. Se prepara con acuciosidad el material para iniciar las obras el próximo plenilunio.
Ni el tórrido clima veraniego, ni los gélidos días invernales detienen las faenas que se inician cuando sale el sol y se extienden hasta que este se pone en el macizo andino. Tres lunas llenas han pasado cuando se da inicio al segundo “andén” o terraplén por donde pasará el canal. En esta ocasión se presenta el “Inca”, Jefe del Imperio. Hasta sus oídos ha llegado el rumor que en el pucará de “Cerro Puntiagudo” se está ejecutando un ambicioso proyecto hidráulico. Quiere conocerlo. Revisa el plano, el proyecto y trazado del canalizo. Le llama la atención que con anterioridad en su reino antes no se haya realizado otro proyecto como este. Entusiasmado dispone que cien hombres apoyen la ejecución de la obra que el mismo vendrá a poner en marcha.
Los trabajos se aceleran, los hombres llegan bien equipados. La acequia atraviesa pequeños túneles cavados en plena roca. Por el interior de ellos puede desplazarse un delgado y pequeño hombrecillo para su limpieza y mantención. Cuando el jefe agrega al “Quipus” (Manojo de cuerdas que contabiliza los días) su sexto nudo, se inicia el tercer andén. En tanto, en el interior del Pucará se ha horadado, en una gran roca, una cisterna para recibir el agua que proveerá  al caserío del vital elemento.
Otro grupo de hombres acarrea tierra de lejanas comarcas, para rellenar nuevos andenes.            Treinta  lunas llenas han pasado. Todo está listo para inaugurar el sistema. Fue enviado el “Chasqui”(mensajero), al Cuzco, para comunicar al Inca la fecha de la inauguración el próximo plenilunio. Sin embargo, su padre no presenciará esta ceremonia.
Una semana antes de la inauguración, estando la luna en su último cuarto creciente un poderoso y turbulento viento azota la montaña trayendo negros nubarrones que cubren los nevados picos andinos. Truenos y relámpagos rompen los cielos. Su padre ordenó a sus hombres regresar al pucará, él lo hará luego de reforzar el acueducto en el extremo más vulnerable, el borde de Quebrada Negra. En tanto, la desatada tormenta ruge en las altas montañas.
Torrentes de agua inundan los valles y poblados arrasando todo a su paso. Luego, cubre cada centímetro de terreno una fuerte nevada y las altas cumbres reciben el azote del viento y de la lluvia desprendiendo grandes  peñascos que ruedan cerro abajo.
Ollante, vuelve sobre sus pasos para auxiliar a su progenitor. Es arrastrado por el torrente obligándole a guarecerse en una caverna. Sobrevive sólo por su juventud, el frío y la pequeña ración de charqui le ayudan muy poco. Al octavo día es rescatado por sus compañeros. Su padre, nunca fue encontrado. Entregó su vida por el adelanto de su comunidad. Ollante jamás lo olvidará. Todo ha sido destruido por la tormenta. Treinta nudos más, deben agregarse al quipus para terminar la obra. Ollante, fija una vez más la mirada en las altas cumbres. El sol alumbra en toda su majestuosidad…Es el momento preciso para que el Inca abra la compuerta.
El agua escurre generosa a través del canalizo, para regar los predios agrícolas y saciar la sed de los habitantes de su querido pucará

George Reyes-México/Marzo de 2015



EL DESCENSO DE LAS SIETE SOLEDADES
DESCENSO V

Mi poliedro se derrama líquido en río de tardes…
Ahhh…, si su aguar no fuera en soles lánguidos,
se volviera cada gota fuerza entera.
Mi poliedro se derrama líquido en río de espuma…
Anega tú en él su pesadez mañana,
su rodar sobre huesos pensativos.
Mi poliedro se derrama líquido en río sereno
agraciado con viento irresistible;
a esta soledad arrasó abajo donde yacen cabelleras de las piedras.

Ascensión Reyes (Comentario)-Chile/Marzo de 2015



“LA CONTINUIDAD DE LOS PARQUES
De Julio Cortazar  -  Argentino


Prolífico escritor, traductor e intelectual, Julio Florencio Cortazar Descotte, nació en Ixelles (Bélgica, de padres argentinos) el 26 de Agosto de 1914, llegó al país de su progenitor a los cuatro años, donde vivió la mayor parte de su vida. Falleció en París el 12 de Febrero de 1984, producto de Leucemia. Creo un estilo original, cercano al realismo mágico y al surrealismo en sus cuentos cortos y prosa poética, géneros en los que siempre ha tenido infinidad de seguidores y detractores, pero siempre motiva sensaciones con sus temas originales.
            En “La continuidad de los parques”, en frases cortas y ritmo ágil, el autor va desarrollando la acción. El Narrador Omnisciente es la voz que se escucha durante toda la historia.
El protagonista retoma una novela que había dejado pendiente días antes. Está solo en su finca, luego de hacer una carta y dar al mayordomo ciertas instrucciones, se sienta en un cómodo sillón de felpa verde, de espaldas a la puerta del estudio, y frente al ventanal desde donde divisa el parque de los robles. Aunque hace días había abandonado la lectura, se recuerda perfectamente de la historia, ahora lee los capítulos finales.
“La mujer llega a la casa del monte a encontrarse con su amante, el rechaza las caricias, no hay un encuentro de pasión como otras veces, un puñal asegura la libertad esperada. Todo está debidamente estudiado. Es la hora del crepúsculo, empieza a anochecer. La pareja se separa en la puerta de la cabaña y corren en sentidos opuestos. Los perros no ladran, saben  que el mayordomo está ausente a esa hora. El hombre se ubica, perfectamente, con las explicaciones recibidas por la mujer. Al abrir la puerta de la habitación, encuentra al hombre al que debe dar muerte, sentado en el cómodo sillón de felpa verde, leyendo una novela”.
            Un cuento breve, una descripción detallada del lugar y de los hechos que ambienta totalmente al lector. Se advierte bastante tensión y el  final es totalmente inesperado. Es una metalepsis perfecta en que la ficción se engarza con la realidad. Muy al estilo de Julio Cortazar.

Ascensión Reyes (cuento)-Chile/Marzo de 2015



TREN AL PUERTO



            Ese atardecer llegamos con bastante anticipación a la estación para tomar el tren que nos retornaría de Santiago a Valparaíso. Iba tomada de la mano de mi madre a quien evoco luciendo un rostro juvenil y un caminar ágil y seguro.
Había sido un día de mucho ajetreo, una aventura estar por unas horas en la casa del parrón y conocer a su dueña por primera vez. Mi mamá me la presentó como la abuelita Cristobalina, aunque realmente no lo era, seguramente ese parentesco lo daban los muchos años que se advertían en un rostro sembrado de arruguitas, y por ello merecía tal tratamiento. Y aunque no guardé un recuerdo completo de ella, ese día para mí, fue doblemente un gran recreo porque pude gozar de la compañía y mimos de la tía Noemí, su hija, a quien siempre distinguí entre los parientes que de vez en cuando nos llegaban a visitar a nuestra casa, en Valparaíso.
La vivienda era una antigua construcción de adobe, ubicada en la calle Urrutia; una calle cortita del antiguo barrio Recoleta. Cuando nos bajamos del carro, me pareció ser observada permanentemente por algo enorme, yo nunca había estado cerca de una cosa igual, pensé que era una montaña. Ésta empezaba justamente cruzando la avenida y desde la misma vereda. Mamá me explicó que era sólo un cerro y su nombre era Blanco. Entre tanta cosa nueva que pude conocer, ese día se me pasó volando, el tiempo corrió casi sin darme cuenta y ya debíamos regresar a casa.
            El sol recién se estaba ocultando cuando llegamos a la estación. Mapocho me pareció un lugar inmenso que albergaba trenes y más trenes y en ese momento un mar humano iba y venía por aquellos largos andenes. Pensé que éstos no llegaban a ninguna parte, porque desde donde estábamos no pude saber donde terminaban, solamente me parecieron muy extensos. Al que arribamos en esta ocasión correspondía a los pasajeros que esperaban el último tren a Puerto. En el suelo, también en la espera, había muchos y variados bultos que iban desde; maletas de madera, de mimbre o las más elegantes de lustroso cuero y también paquetes de todos tamaños, envueltos en papel café o de diario. No faltando los canastitos del “tente en pie” y una que otra gallina amarrada de las patas.
            Por fin apareció el tren y lentamente fue a colocarse junto al sitio de espera. Los vagones todos de color oscuro y las numerosas ventanillas a ambos lados, simulaban una larga y enorme serpiente que se desplazaba montada en dos líneas metálicas, que ¡seguro! llegaban a mi ciudad. Mientras la locomotora resoplaba un espeso humo por todas partes, con un olor extraño y desagradable que envolvía todo el ambiente. La chimenea estaba cubierta con un gorro muy parecido al de la malvada bruja y esto me causó un poco de miedo. Mamá me tranquilizó explicándome que la locomotora funcionaba con carbón y a ello se debía ese olor tan  penetrante que salía por debajo de ese gorro negro.
            El primer pitazo del inspector indicó que el tren estaba a punto de iniciar el viaje. Esos pitazos se repetirían muchas veces a lo largo de todo el trayecto y en todas las estaciones, para señalar al maquinista que los pasajeros habían bajado o subido al tren. Nosotras ya estábamos instaladas en un asiento con ventanas contrarias al último resplandor del sol. Luego se inició un acompasado sonido, asociado al lento movimiento de los carros para salir de su inmovilidad y emprender su viaje rumbo a Valparaíso.
            -¡Señora, su boleto!- dijo el inspector vestido de traje azul y gorro con visera del mismo color. Su boca la ocultaba un gran bigote negro y en la mano izquierda llevaba un aparato metálico que hacía sonar constantemente, lo cual despertó mi curiosidad.
            -Aquí está, señor- dijo mamá, mostrando un pequeño cartoncito plomo con letras rojas. El hombre, con un certero apretar de su herramienta, sacó un trocito que indicaba la revisión. Así, de persona en persona y en un caminar haciendo gala de increíble equilibrio, iba y venía por el vagón de segunda clase, sin que ningún pasajero se le escapara. Un momento después, otro señor, ahora de chaqueta blanca, hizo aparición balanceando en alto y por sobre su cabeza, una enorme bandeja que llevaba brillantes jarras y tazas. En la otra mano, sujetaba un pequeño canasto con ordenados paquetitos blancos que despedían un  sabroso olor a pan fresco.
            -¡Té, café, calentito! ¡Sánguches de queso y jamón!- voceaba desplazándose con maestría, sin la menor dificultad en su quehacer de vender servicio a los pasajeros. Varios de ellos solicitaron su atención. Entonces, ahí mismo y sin gran protocolo, les pasó taza platillo y cuchara y les sirvió la oscura infusión según el pedido, junto con apetitoso paquetito.
            Más tarde pasó el mismo vendedor, promocionando una nueva mercadería: -Aloja  de culén, malta, bilz y pílsener- . Ahora eran refrescos con unas curiosas pajitas amarillas –mamá me dijo que eran de trigo- mientras tanto, el tren pasaba estación tras estación, todas pintadas de blanco. La única diferencia era el entorno y un letrero que indicaba el punto donde se detenía.
Desde la ventana, me entretuve en observar los floridos “dedales de oro” de un anaranjado fuerte, matizado con otras flores de color celeste, así como lucía el cielo que nos había acompañado en este caluroso día de verano. Sus tonos y formas convertían el empedrado, próximo a la línea férrea, en un verdadero jardín natural que daba gran armonía a la ruta. 
            Mamá me compró una botella ambarina, cuyo abundante contenido sabía a gloria, con sabor a naranja, acompañado por unos sabrosos alfajores de La Ligua, comprados a las vendedoras de Llay-Llay. Realmente curioso resultaba verlas a todas vestidas de blanco desde la cabeza a los pies, voceando sus productos desde el andén y atendiendo a sus clientes por las ventanillas. En esta estación, casi todos los pasajeros compraron de aquellos pastelillos porque el convoy estuvo detenido por mucho tiempo. Al parecer había una combinación con destino a Los Andes, aunque no pude entender, ni cómo ni dónde ocurría esto. Lo cierto es que en esta larga espera, mamá me dejó deambular por el vagón para estirar las piernas y distraerme observando a los vecinos de asiento.
Ya muchos de ellos habían dado cuenta del canastito de mano. Se apreciaba en el ambiente un suave olor a huevo duro, pan de campo y trutro cocido de gallina. Sólo algunas migas esparcidas en el suelo quedaban como recuerdo de la merienda, mientras el albo mantel de saco volvía a su sitio dentro del canasto. El agrado anterior predisponía a iniciar una conversación a media voz, comentando los sucesos de ese día. Al parecer, la mayoría de aquellas personas habían estado de visita en casa de parientes, y al igual que nosotras, estaban de regreso a sus hogares.
            Empezó a oscurecer, el paisaje se había apagado casi sin darnos cuenta. Mamá me acurrucó en su pecho blando y perfumado, donde siempre me adormilaba. Sin duda era mi refugio preferido, olía a juventud, a jabón “Rococó”, con aquel suave olor a lavanda que a mi tanto me agradaba. Después de varias horas de viaje, no podía ser de otra forma, las duras maderas del asiento me causaban una severa molestia en piernas y nalgas; sin embargo, no quería perderme nada de lo que sucedía a mi alrededor, sólo que mis ojos se negaban a seguir abiertos…tenía demasiado sueño.
            Medio transpuesta, escuché el suave y persistente “ta tam-ta tam”, “tam-tatam”, “tatam-tatam”,“tatam-tatam”…                                                                                            

            …De pronto, el silbido del tren perforó la noche de mi sueño y bruscamente se transformó en el desagradable zumbido de mi celular, despertándome cruelmente para iniciar mi jornada diaria; mucho más de medio siglo después.
R. ASCENSION REYES-ELGUETA. /Abril-2004.

PRIMER TRABAJO PRESENTADO AL “CÍRCULO DE ESCRITORES” PARA SER INCORPORADA A LA INSTITUCIÓN.
ENVIADO AL CONCURSO “JUAN GUZMÁN CRUCHAGA”2004.
Publicado en mi primer libro: “ENTRE CUENTO I RELATO @ OBSERVANDO LA VIDA” 2006 y reeditado el año 2012.