EL ESPEJO
Relato en tres tiempos.
En ese momento Juani y Lucas tenían 11 y 9 años respectivamente. Cuando volvían de la escuela, estaban acostumbrados a respetar las indicaciones de sus padres de evitar pasar por la casa del ‘viejo loco’. La verdad es que cumplían con la recomendación, no tanto por el temido personaje al que raramente veían y muy de lejos, sino por el perrazo bravo que se paseaba por el jardín del frente y contaban que se había escapado un par de veces para desgracia de algún desprevenido. Esa tarde regresaban de las clases con el Colorado, compañerito de Juani, algo mayor. Por él se enteraron que un patrullero se había llevado al viejo y días después, ante las quejas de los vecinos la municipalidad se había llevado también al perro, así que ya no había razón para dar el rodeo a fin de evitar el paso por la casa sobre la cual pesaban lúgubres historias que circulaban por el barrio en voz baja para no asustar a los niños. Así fue que los tres, animándose mutuamente, caminaron por la vereda con el porte de estar realizando una hazaña. No solo eso, al detenerse frente al portón, la idea de trasponerlo y echar un vistazo no encontró resistencia. El portón tenía una cadena enroscada entre sus barrotes pero ningún candado, así que enseguida se encontraron tanteando las puertas y procurando espiar por las ventanas. Infructuosas tentativas. El Colorado, muy ducho en tareas de inspección de todo tipo, se mandó para los fondos por un pasillo ganado por el yuyal. Dieron así con una puerta y un par de ventanas enrejadas con toda la apariencia de pertenecer a la cocina, a primera vista tan inexpugnables como las del frente. Miren esto, dijo el Colorado indicando la parte inferior de la puerta y sin más le propinó un vigoroso puntapié a la parte indicada. Para sorpresa de los hermanos quedó rehabilitada así la puerta vaivén que tenía el perro para salir y entrar de la casa. Perrazo y niños tenían por allí, acceso asegurado. Espiaron primero tratando de adivinar en la penumbra interior. La claridad de una claraboya estratégica los animó a ingresar saboreando la aventura. Recorrieron los cuartos impensadamente ordenados y despojados pero levemente cubiertos de polvo. Juani se dedicó a inspeccionar la cocina. Cuantas cosas le vendrían muy bien a su mamá. Las carcajadas de Lucas y el Colorado lo atrajeron al dormitorio. Los dos frente a un espejo se divertían, Lucas haciendo morisquetas sacando la lengua y el Colorado de espaldas se había bajado los pantalones y se miraba mover las caderas al ritmo de una canturreada cumbia. Se hizo lugar para mirarse también en el espejo pero para su sorpresa lo que la luna le devolvió fue la sonriente imagen de una pareja joven, una mujer de largo cabello rubio con un vestido azul y un hombre moreno con una camisa a cuadros. Cuando las piernas le respondieron Juani emprendió una alocada carrera en busca del hueco de la salida. Los otros dos sin saber a qué se debía la huída, sin preguntar, se plegaron a la retirada casi olvidándose de las mochilas.
Ya en su casa Juani se encerró en el baño, sin responder a los llamados de la madre que acercando la oreja al puerta, terminó por gritarle. ¿Qué porquería comiste que ahora estás descompuesto?
Pasó mucho tiempo, un par de años o más. Una tarde alguien llamó a la puerta y el padre de Juani y Lucas estuvo un buen rato charlando con alguien y luego se fueron juntos. Más tarde volvió con tres o cuatro personas cargando un voluminoso mueble. Era un ropero Chippendale de elegante pasado luciendo una imponente luna biselada en la puerta. Había ocurrido que apareció alguien con intenciones de demoler urgentemente la casa del viejo loco y le apremiaba sacar los trastos que quedaban dentro, entonces recorrió el vecindario ofreciéndolos a quien le hiciera de utilidad. La verdad es que la oferta resultaba un poco tardía pues los vecinos ya habían hecho sus recorridas por lo que solamente quedaban algunos muebles afectados por las goteras. El ropero Chippendale se mantuvo bastante a resguardo incluyendo el gran espejo biselado pero nadie se había animado al armatoste. El bueno de Javier terminó haciéndose cargo del mueble y trabajosamente lograron entrarlo en la casa pese a la indignación de Amelia su mujer que no sabía dónde ubicar tamaño mastodonte. Finalmente negociaron que el cuerpo el ropero provisto de estantes y esmaltado con el soplete que Javier se había ganado en una rifa, serviría para poner la colección de mates del abuelo y los cacharros que habían traído del norte. La puerta con el espejo convenientemente protegido iría parar al cuartito del fondo, hasta que en una de esas podían hacerlo plata.
Juani y su novia han decidido ir a vivir juntos, el departamento se los presta una tía de la muchacha pero no tienen muebles, así que parientes y amigos solidarios con la parejita aportarán cada uno algún elemento. Vayan al cuartito del fondo, un par de sillas, una mesa, un perchero, revisen, vean lo que les sirve, los invita Amelia. La chica entusiasmada le vé a todo posibilidades. Juani mirá lo que hay acá, los espejos agrandan los ambientes. Lo toma de la mano y se plantan frente al espejo biselado del ropero Chippendale que refleja sonrientes y felices a una muchacha de largo cabello rubio con un vestido azul y a un joven moreno con una camisa cuadros.

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