miércoles, 22 de julio de 2026

Carmen Membrilla Olea-España/Julio 2026

Imagen: Pinterest

 

LA LEVEDAD DE LAS COSAS

 

Hay cosas que pesan y cosas que apenas rozan el mundo. Yo he aprendido a vivir entre las segundas, no sé por qué soy capaz de reconocerlas, quizá por la forma en que se posan sobre los días, como si no quisieran dejar huella y, sin embargo, yo siento que terminan habitándolo todo.

La levedad tiene un color azul pálido que se parece al de algunas mañanas junto al mar, cuando las olas alborotan los silencios de espuma. También tiene el color verde grisáceo de las ciudades lluviosas que atravesé sin prisa, el amarillo tibio de las ventanas encendidas al anochecer y el rojo impreciso de ciertos labios fugaces, pasajeros e inestables que me enseñaron que el amor puede ser también una corriente de aire invisible, incontrolable y efímera

Hay recuerdos que son ligeros como una pluma y, aun así, contienen una profundidad imposible de definir. El de mi madre es uno de ellos. No recuerdo exactamente todas sus palabras, pero sí la manera en que doblaba las servilletas, el olor de sus manos cuando pelaba naranjas y aquella forma de acariciarme el pelo como quien peina una tristeza pequeña para que no crezca demasiado. Pienso en ella y no siento un peso insoportable, sino una claridad. Como si ella hubiera aprendido a habitarme desde otro lugar. Como si las madres, después de los años, se transformaran en una especie de luz tenue que cabe en cualquier parte.

Las cosas materiales también conocen el secreto de la levedad. Una taza agrietada puede sostener la memoria de una tarde feliz. Un vestido blanco olvidado en el fondo de un armario puede guardar intacta la transparencia de una edad. Los libros, con sus páginas amarillentas, son pájaros quietos que esperan el momento preciso para levantar el vuelo dentro de cualquiera. Y las piedras que yo misma traje de distintas playas siguen siendo pequeñas lunas terrestres, objetos humildes donde el tiempo descansa sin hacer ruido.

He visitado ciudades que ahora viven en mí con la delicadeza de los sueños. En Lisboa aprendí que la melancolía puede tener el color del océano cuando amanece. En París descubrí que hay calles que se parecen a las despedidas porque uno nunca sabe si volverá a recorrerlas. En Praga entendí la importancia de las cúpulas; esa forma elegante de la permanencia. Y tantas otras ciudades españolas en las que fui dejando algo de mí sin darme cuenta, como quien pierde hebras de lana que el viento se encarga de repartir.

Quizá por todo esto me conmueven las cosas leves. La sombra de una cortina moviéndose en verano. El reflejo plateado de los peces bajo el agua. Una canción que aparece de repente y abre una habitación entera dentro del pecho. La voz de alguien pronunciando mi nombre con ternura. Los pétalos caídos sobre una acera después de la lluvia. Todo aquello que parece insignificante y, sin embargo, contiene una dimensión secreta.

Porque sospecho que la felicidad nunca fue una montaña ni una conquista. Mi teoría se inclina más bien hacia una gasa, una respiración, una luz color lavanda extendiéndose despacio sobre la superficie del mar. La felicidad era mi madre riéndose desde una cocina que ya no existe. Era la sal en los hombros después de nadar. Era el cielo volviéndose rosa mientras una ciudad desconocida empezaba a encender sus primeras lámparas.

Y yo, que tantas veces quise comprender las grandes verdades, he terminado por confiar en las cosas que apenas pesan. En las palabras susurradas. En los recuerdos que regresan sin hacer ruido. En los objetos pequeños que conservan intacto el temblor de la vida. En el mar, que nunca retiene nada y, sin embargo, lo guarda todo.

Tal vez la levedad no sea lo contrario de la profundidad. Tal vez sea su forma más bonita. Porque hay cosas

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