FINAL... EN MAYÚSCULA
Los hermanos Revoira, venían casi todos los días al Bar de los García. El mayor no era tan atildado ni simpático, como el menor.
Los muchachos los apreciaban a ambos porque en algo se caracterizaban: eran de contar todo lo ocurrido en la cancha tratando de no desmerecer a los rivales.
Las tardes se desvanecen en largas y acaloradas tardes, mientras el rumor del truco surgía al grito de quiero, las bolas del billar corrían entre las bandas verdes de un paño un tanto desgastado, y el jaque mate aparecía desde el medio del ambiente
donde los participantes estaban rodeados de hombres desgastados por la vida y con suave movimiento de labios acompañaban al triunfador de la partida tan azarosa.
Los días transcurrían, teniendo siempre los mismos tangos y milongas, dando la sensación que la vida era plausible de ser envidiada por los ansiosos o nerviosos que transitaban, la vereda o la acera de la calle Sanabria.
Por supuesto que la vida se apoltrona, dejándonos creer que somos dueños de nuestro presente y futuro.
Claro que no es así. Nos engaña. Disfruta de su silencio, descubriendo nuevos planes para los que somos mortales.
En determinado instante, todo se convierte en pasado y el presente nos asusta al descubrir que no solo hemos perdido el futuro, sino que también determinado hecho nos acorrala y encierra largos años de nuestra vida... que ya no es más nuestra, sino del destino con el que venimos al mundo.
¿Me preguno, si puedo continuar con este relato?
La comedia y el drama, son las dos caras de la misma moneda, eso nos enseñaron los griegos, seis siglos antes de Jesucristo.
Por las puertas de la ochava entró al Bar una señora mayor, alterada, un poco desaliñada, el rostro desencajado, gritando a los hermanos Revoira que la acompañaran: "papi... se ha matado".
Salieron juntos, detrás de su madre. Se generó un silencio y todos los comensales, estaban sin reacción.
En determinados minutos Fogonazo, gritó, "vayamos con ellos".
Tres muchachos del billar se unieron y al llegar a la casa- a cien metros del bar - la puerta estaba cerrada. El Negro Jacinto, relató que tocaron el timbre, golpearon la puerta, pero nadie les abrió.
Llamaron a la policía desesperados, relatando lo acontecido, reclamando su presencia.
Otros cuatro muchachos - del truco- fueron a la casa. Estaban llegando, cuando observaron que con caras desencajadas salían del lugar los del billar. Se sentaron en la vereda, con las espaldas apoyadas en la pared de la casa... callados, llorando, y no pudiendo hablar una palabra.
Pasaron varios años y de tanto en tanto, surgía el recuerdo de este hecho.
El padre de los Hermanos Revoira, había dejado una nota en donde decía que después de treinta y siete años de trabajo, lo habían dejado en la calle con una mísera indemnización.
Con ese dinero y con algunos ahorros que habían realizado con su esposa, fue al casino de Palermo en busca de tener dinero para poder vivir con su señora el resto de los años, en esa casa alquilada.
Perdió todo. Sus hijos, estaban sin trabajo, cuando FATE cerró. Lo acobardó tanto esa suma de desesperanzas, pidió perdón por irse de este mundo.
Nadie supo mucho más. Los que habían quedado: la madre y los dos hermanos, cuentan algunos, que los vieron acomodar autos en Constitución.

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