De la declarada imposibilidad del poema.
Hay un poema que quiere ser escrito:
el cielo, a esta hora de la tarde,
como siempre en esta época del año,
otoño, gana su rojo, partido en ocres,
su azul, y también el violeta crudo.
El viento trae los residuos florales
ya secos, crujientes y en polen;
la voz lejana de un vecino resbala
en algún pasillo cercano, o balcón;
y hay ese olor, o perfume tardío,
esa rancia espera que se consume
en segundos: lo que tarda el rojo
en ser morado, hondo y oscuro.
Sobrevive casi por milagro algún
reflejo inadvertido: una olla
olvidada y pulida del almuerzo,
las manecillas fosforescentes
del despertador sobre la cómoda,
y el papel satinado de recetas
y poemas sobre la mesa. Nada más.
¿Pero cómo poner todo esto en palabras,
sangrías del minuto en el abismo, cómo
abrazar lo que no tiene cuerpo ni sombra?

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