AULLIDOS EN LA NOCHE
Cuando le expliqué el motivo por el que quería mudarme cuanto antes del pequeño departamento que ocupaba desde mis tiempos de estudiante, mi amigo Ramírez me consiguió una pieza, por lo que yo podía pagar, claro, por eso el cuarto era oscuro y húmedo, por eso, tenía un ropero con dos puertas que no cerraban y había que ponerles unos papelitos doblados para mantenerlas en su lugar. La cama arrimada a la pared de frente a la ventana, tenía unos ladrillos donde le faltaba una de las patas, de las del lados de la pared, naturalmente. ¡Qué detalle de parte de la dueña!
¡La dueña! mezcla de madama de burdel y mamuska rusa. Me sorprendió un poco la facilidad con la que accedió agregar al mobiliario una mesita aceptable y un par de sillas que por sus estilos no eran ni primas lejanas.
Con una lámpara que me prestó mi amigo y una carpeta tejida al crochet que aportó la propietaria, fui completando la decoración del cuarto. En los días siguientes, Romilda, así se llamaba la mujer, se mostró preocupada por hacer confortable el lugar. No niego que con sus desvelos me hizo sentir casi mejor atendido que cuando vivía con mi vieja.
Por mis horarios en el diario a veces pasaban unos cuantos días sin encontrarme con Romilda pero sí con las señales de su paso. Como se había ofrecido a limpiar la habitación por unos pesos más al mes, ella tenía la llave y la facilidad de dejarme de vez en cuando, alguna de sus delicias culinarias o sobre la cama las camisas con sus botones puntualmente colocados en sus lugares, luego de oírme putear una mañana porque no encontraba ninguna camisa con su dotación completa.
Una tarde al regresar del diario encontré que había puesto cortinas en la ventana y el ropero tenía cerradura nueva, pero junto a estos detalles reparé en el cabello categóricamente rubio de Romilda y la boca de un color cereza alarmante. Esta novedad no diría que me sorprendió, no me sorprendió, me estremeció, no sabía bien porqué.
A partir de ese momento me dediqué a observarla, mejor dicho a prestarle atención especialmente cuando recordé unas palabras de mi amigo Ramírez cuando me decía, vos ojo con la doña, a ver si se calienta con vos y empieza a trabajarte con mimitos ¡La puta! ¡Ahí está lo del escalofrío!
Fue un 13 de diciembre, se había muerto el jefe de redacción y el diario fue un caos agotador. Llegué molido a la pieza de Pringues al 2000. Adentro la encontré a Romilda más rubia que Marilyn, con los labios sobrándole color cereza por todo el contorno. En un rasgo de piedad que sabrán comprender no haré ningún comentario sobre el escote ni sobre las piernas que asomaban debajo de una pollera, digamos, mezquina.
Mi cara de sorpresa le desplegó una sonrisa y poniendo en la voz toda la sugestión de la que era capaz, me informó:
Tiene cama nueva. ¡Esta aguanta cualquier cosa!
Estoy de vuelta en el departamentito frente al Instituto Antirrábico. Les aseguro que ya no me importa que de noche, los aullidos de los perros no me dejen dormir.

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