martes, 31 de enero de 2012

Humberto Pinho Da Silva-Porto, Portugal/Enero de 2012


FLASHES DE UMA VIDA





É bom recordar! Reviver o passado! Rebuscar, nas gavetas da memória, o tempo que passou!

Diante de meus olhos cansados, ressurge, toda uma vida; e tudo vejo melhor ao cerrar as pálpebras. Penso no passado que morreu, mas revive, anima-se, dentro de meu peito.

Vejo-me menininho, suspenso da mão morena de minha mãe, a percorrer o mercado

Vejo-me de pasta de cabedal negro, caminhando sorumbático, para o liceu.

Vejo-me encolhido, a mirar o Príncipe, e seus cabelos de oiro, rebrilhando ao doce sol de serena manhã de Primavera, no recreio da escola. Hoje o Senhor Dom Duarte.

Vejo-me adolescente, ouvindo aulas de Economia e Direito Comercial.

Vejo-me, neste doce recordar, ao lado de minha mãe agonizante, no leito que lhe fora de matrimónio. Estava ceguinha, e dores que não lhe davam descanso; e meu irmão, médico, tentando reanimá-la:

- “ Não pode morrer…É minha Mãe! …”

Vejo meu pai, dias antes de falecer, enterrado numa poltrona, de cabeça baixa, proferindo num ténue sussurro:

- “ Como somos maus! …Como esquecemos que havemos de morrer!…”

Chega-me, neste reconfortante recordar, vozes familiares: primos, tios, companheiros de infância, que já partiram. Ecos ancestrais que incomodam e soam tristemente dentro de mim.

Escorrem-me lágrimas de saudade, ao lembrar-me daquela terna menina, que encontrei em casa de seus pais. Com amizade e inocência cativou-me para sempre.

Seus olhos castanhos, reluziam de pureza ao cruzarem-se com os meus.

Vejo-me trajado a azul-escuro, gravata cinzenta clara, a entrar na igreja, no dia do matrimónio; e sinto, como se agora fosse, a suave carícia de pétalas a baterem-me no rosto risonho de felicidade
.
Escuto o choro de minha filha, deitada no berço, que fora meu, e vejo o embalo carinhoso da mãe, tentando adormecê-la.

Ouço balbuciantes palavras, incertas e silabadas:

- “ Pa…pá! …Pa…pá! …”

Envelheci, sem saber que envelheci. Vincaram-se sucos no rosto; descarnaram-se as mãos; branqueou-se a cabeça; deformou-se o corpo; mas o espírito continuou jovem.

 No coração, dorme, em sono eterno, a criancinha, o adolescente, o homem adulto, que fui.

Sou jovem em corpo envelhecido, e pequenas centelhas da vida entranharam-se e vivem dentro de mim.

Meu pai, minha mãe, meu irmão, vozes ancestrais, a menina de olhos castanhos, cujo nome eram duas letras, O Príncipe, minha filha pequenina, todo o passado, aninhou-se no coração, juntamente com vicissitudes, que escurentaram a existência.

Um dia também morrerei, e essas vozes, essas personagens que “representaram” no palco da minha vida, não passarão mais, como eu, de meras fotos amarelecidas! E os provindouros, encolhendo os ombros, simplesmente dirão: antepassados
Tudo termina! Tudo será como não tivesse existido!

Tudo morre! Tudo acaba! Tudo será pó!

Marco Antonio Chávez Díaz-Valladolid, Yucatán, México/Enero de 2012


Prometeo de sal

Noche fría
Como espiga de mar
Caminos suntuosos
Laberintos de la verdad
Camina caminante
Sigue el sendero de la sal
No importa que tus pies sangren
Pero ten la fe de llegar.

Noche fría
Látigo gélido
Marcando la espalda
Del Prometeo de sal
Cuan angustioso camina
Buscando errante,
Su propia verdad,
Cual horizonte de mar.

Ya casi llegamos al final,
Veo el rampante jaguar dorado
Caminado sobre las estepas de sal
Camina también  caprichoso sobre el mar
En cada paso atemoriza la penumbra
Y su efigie se torna de cristal,
Y ahora vuela cual ave de melancólica
Recordando su efímero paso terrenal.

Sin embargo esos famélicos pasos
Son más firmes que las rocas y más frágiles que el cristal,
es la dualidad de Prometeo de sal,
a veces vence al jaguar rampante,
en ocasione es roca y otras ocasiones es  cristal.

Ana María Cerutti-Provincia de San Juan, Argentina/Enero de 2012


CORDURA

DESPAVORIDOS HUYEN A LA SOMBRA DE SU "CORDURA", MIENTRAS UNO
CON SU LOCURA, LOGRA COSAS QUE CON CORDURA NO PODRÍA JAMÁS.
ES DE ESPERAR ENTONCES, QUE AQUELLOS QUE CUERDOS SE CREEN
SE BURLEN DE UNO, Y UNO CON TODA LA FIBRA, DE PURA LUCHA,
COMO HORMIGUITA BLINDADA, CAMINA, CAMINA Y CAMINA, ANTE EL SOL,
ANTE LA LLUVIA, ANTE CADA TORMENTA, SACANDO ADELANTE
LO MÁS PRECIADO... LO MÁS IMPORTANTE...!!!
...QUE SE RÍA PUES ENTONCES, EL QUE SE DICE "CUERDO" DE ESTA LOCURA...

María Angélica Bustos-Chile/Enero de 2012


LA SUPLICA DEL MUNDO

Sagradas cúspides, escuchad nuestra súplica
clara como el rocío de la mañana.
Inclinad vuestras torres poderosas,
abrid oídos celestiales
porque en trémulas voces
de pavor y de angustia
va enhebrada la luz de la esperanza.

Ya nada más nos resta
que implorar vuestra gracia.
Buscando la anhelada paloma de la Paz,
agotamos todos los caminos.
El hongo tenebroso se elevó a las alturas
manchando para siempre la conciencia.
Recurrimos al miedo, a la amenaza.
Ensayamos mil pálidas rétoricas.
Mas la guerra no cesa.
Con su río de sangre va asolando este suelo.
¿El fin está cercano para el hombre?
¿El orbe se deshace como espuma?

De hinojos los terrenos
unidos por la fe en el Hacedor,
en un solo lamento lo invocamos.
Pero nuestro clamor se perdió entre celajes;
no logró traspasar el Pórtico del Cielo.
Entonces ¿qué nos queda
sino vosotros, ángeles etéreos?
Tan distintos a aquellos de la Muerte,
que, por desgracia, habitan
dentro de cada uno de nosotros.

Tendednos vuestras luminosas manos.
Subidnos a vuestros carros de oro.
Cubridnos con vuestra dulce égida
y en esplendor de escudos,
de yelmos y de espadas cegadoras,
llevadnos ante EL.

Alba Bascou-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2012

El  TRÍPODE

A sus diez años, Hipólito Buonocuore jugaba con sus amigos y  no faltaban en el pueblo, las chicas que lo rodeaban, necesitando compartir aunque sólo fuera con los ojos, la diversión. Él, junto a los otros, parecía que lo izaban como una bandera por las ramas de las viejas araucarias, mientras los pantalones cortos se inflaban con las ráfagas del aire fresco que llegaba desde el Pacífico. Cuando sucedía, las muchachitas, casi de la misma edad o con algún año más, quedaban embelesadas con esas piernas que terminaban en dos protuberancias enormes que se asomaban ingenuas a través de los shorts henchidos. Después se despedían contentas cuando el juego terminaba e Hipólito no llegaba a darse cuenta porqué el beso de despedida era algo tan esperado y caliente.
            Llegó la escuela secundaria. En ella, siempre se destacaba por sus buenas notas y su comportamiento y era puesto como ejemplo por los profesores, hecho que no era del agrado de todos. Pero las chicas lo buscaban más que a otros y simpatizaban extasiadas hasta que llegó la época de los acercamientos y el sexo le explotó causando sensación no sólo en él, sino en las compañeras que se disputaban su elección. Hipólito sonreía en su adolescencia y a veces se miraba en el espejo metido en su narcisismo.  Agradecía a Dios de haberlo provisto de semejantes testículos porque era muy creyente.  Esta situación hacía que todas las noches tuviera la necesidad de rezar con sus manos adolescentes adosadas al pijama, un padre nuestro, agradeciendo al Seños, y rogándole que nunca lo abandonara en esa gracia concedida.
            En el último año, apareció en el Colegio una monjita hermosa y suave, para colaborar en las tareas catequísticas, dado que se trataba de una Institución privada y católica de los Hermanos del Sagrado Verbo, y verla y volverse loco fue sólo uno. Por las noches, soñaba con esa carita blanquecina de oscuros ojos que lo miraban con cariño y en su cabeza empezaron a cruzarse los pensamientos. Nunca fue tan religioso como desde ese momento. Había cambiado el ruego del agradecimiento por sus virtudes físicas por el de que Nuria, la monja, accediera a sus reclamos. El día lo encontraba con los ojos abiertos, llenos de sueño y debajo de ellos, no tardaron en dibujarse unas sombras violáceas.
            A todo esto, tanto el ecónomo como el provincial de la orden no podían explicarse qué sucedía con ese ángel que habían mandado a la casa para instruir a los alumnos en catequesis. Ella se escurría por los pasillos con su voz cantora, con una agilidad felina, moviendo acompasadamente  las caderas debajo del manto, bajo la mirada de todos. En esos momentos, a aquéllos se les esparcía por el cuerpo un simple temblor, que se les duplicaba cuando tenían que sostener la mirada. Ellos pasaban la noche divagando y perdiéndose en esa figura cubierta por el hábito, durmiéndose con la cara enrojecida de pensamientos lujuriosos pero reales. A Hipólito, le sucedía lo mismo, salvo que ninguno de ellos se animaba a comentar el infierno al que habían penetrado. Hipólito, joven y decidido, se acercó en una tarde de primavera que siempre todo lo resuelve, y susurró palabras al oído de Nuria. Su rostro generalmente pálido empezó a tomar color como si hubiera incorporado una gran dosis vitamínica y apretó la mano de él, en señal de asentimiento. Esa noche, el cielo y la tierra estuvieron de fiesta y las estrellas brillaron como nunca. Hipólito durmió sosegado desde la madrugada en su cama, de regreso del paseo que había hecho entre recovecos hasta el humilde camastro, donde Nuria había dicho adiós a su virginidad. La historia llevó meses y cuando ya estaban por empezar el tránsito a una huída conjunta, Hipólito se encontró una noche que a la muchachita mística pero con sexo como corresponde a una mujer, la habían enviado a Roma. Llanto y tristeza inundaron su mente y sus gestos.
Había nacido signado.
Al poco tiempo, otra adolescente empezó a acorralarlo con arrumacos y mimos y se enlazó de tal manera que terminó en casamiento. La felicidad duró un tiempo, pero como el amor no se vende ni se compra en ninguna empresa, un día reconoció que se le había acabado cuando otra muchachita rubia, ganada por sus encantos lo volteó en un jardín de espumoso pasto.
            La fama de Hipólito siguió creciendo. Hubo una seriada de mujeres enloquecidas que rugían como leonas cuando lo encontraban y él volvió a agradecer a Dios el haberlo dotado con semejantes dones. Con tanto ejercicio erótico, aumentó el desarrollo de los genitales, habiéndose corrido de tal forma la voz en el pueblo que empezaron  a visitarlo de localidades vecinas, algunas mujeres hambrientas de sensualidad. Fue allí, donde Hipólito empezó a sentirse un fuera de serie, pero tanta dedicación  a su figura le generó cansancio.
Decidió viajar hasta otros lugares donde fuera un desconocido y así llegó a un país de América Central, donde el calor aumentaba la temperatura de los cuerpos. Si bien había aprendido a funcionar con perfil bajo, pronto ante algunas escapadas empezó su casa a llenarse de flores,  en señal de agradecimiento por los servicios prestados. Y fueron caléndulas, gladiolos, rosas de todos colores, rojas, amarillas, violetas que llegaban sin descanso a la cabaña, desde la que todas las mañanas partía hacia su trabajo. Las mujeres de la zona estaban acostumbradas ancestralmente a agradecer a los hombres que les habían dado aunque fuera unos segundos de felicidad, de esa manera…
            Y un buen día, llegó ella. Lo miró y se le plantó erguida y contoneándose con una sonrisa y una mirada dulce, llena de palabras. Algo se le nubló en su cordura. Su confusión fue en aumento cuando la mujer no respondía a insinuaciones, si bien en algunos momentos acercaba y le jugaba con su cuerpo, apretadito a él, pero retirándolo al instante, dejándolo como clavado en el piso con sus dos piernas y ese miembro que se aferraba a la tierra, mientras ella, le daba un radiante adiós. Enterados de sus complicaciones, sus amigos no tardaron en apodarlo Trípode, hasta que se unió a esa mujer que lo volvía loco y que le prohibió religiosamente que después de ella, hubiera otras.
            Con el paso de los años, parece haber cumplido la promesa. Regresado de aquél otro país Se lo ve caminar por las calles de Santiago colgado de su matrona o tomado de la mano.
            Lo que no se entiende es cuál es la razón por la que siguen llegando del Valle del Elqui, de Barcelona, de Suiza, de los mismos Alpes, de Miami, ramos floridos que transforman su oficina de los barrios altos en un colorido paisaje.
            Él no contesta a esas preguntas. Entra en silencio. Sonríe y une sus manos en un saludo zem, bajando los ojos hacia el suelo.

Luciana Sol B.-Provincia de Mendoza, Argentina/Enero de 2012


“Mendoza”


Entre las calles plateadas de álamos que lloran en otoño.
Entre las venas que sangran agua para amamantar las viñas.
Entre los escombros de una ciudad callada y libertadora.
Entre los valles de un río que se quiebra
por las entrañas de la cordillera.
Allí está ella,
brillando en la siesta,
observando desde la acequia.
Ocultando el dolor de quienes la perdieron.
Olvidando que han socavado su piel
hasta desnudarla de riqueza minera.
Demostrando que no hay desierto sino pereza.
Afirmando el camino del inca
por la arteria de Sudamérica.
Así va ella,
contando su historia de victorias y derrotas,
a través de un sendero de calizas y de huellas,
de arte rupestre y de fortalezas.
Así Mendoza se proyecta reina de las arenas,
arrodillada a los rayos del sol que la desvela.
Sucumbida al pasado de esclavos y de oro,
de barro de lodo, miedo y terremotos.
Y así se deja conocer,
como una mujer simple y conservadora,
o como una plaza abierta y ruidosa.
Una aldea tan misteriosa como penetrante,
a la que todos desean volver,
o simplemente nunca olvidarse.

Trinidad Aparicio-Barcelona, España/Enero de 2012

"Re-frito"  del cuento:
EL FIN
De Jorge. L. Borges


R
ecabarren, había sido un hombre arrogante, esbelto y fornido, pero ahora, aquejado por una parálisis de medio cuerpo, yacía tendido en la tras tienda de su pulpería. Con ojos soñolientos miró a su alrededor, poco a poco su mente recuperó ubicación de lugar y tiempo; comprendió que había dormido hasta bien entrada la mañana, pues a través de la ventana podía observar que la llanura con el pasto teñido color de oro, daba la sensación equívoca de ser un desierto de arena. Sabía que tal efecto tan sólo se daba en verano cuándo el sol caía perpendicular y pensó que la china Jesusa ya debía tener el potaje preparado.
            El silencio que allí reinaba era absoluto. El negro, - asiduo parroquiano- no habría llegado todavía, pues no se escuchaba el habitual rasgueo de su guitarra.
            Recabarren miró al horizonte, le pareció ver un punto que se movía cual jinete que se acercara, pero encandilado por los rayos del sol… dudó: podía ser un espejismo. Su cabeza era ya un pequeño laberinto dónde se entremezclaba lo cotidiano de lo irreal. La parálisis lo había dejado sin habla y resignado a lo irreversible, hizo sonar  el cencerro que tenía junto a él, y esperó a que alguien acudiera al reclamo de su llamada.
            Un muchacho mestizo apareció en el umbral, respondiendo a las señas que Recabarren le hacía con los ojos, le dijo: "No, no se veía llegar a "nadies" pero que a la pulpería había llegado un forastero al parecer "pa" resguardarse del calor". Recabarren movió la cabeza dando a entender que había comprendido. Al quedar solo, paseó la mirada por la habitación, acarició el cencerro y cerró los ojos.
            El sol ya declinaba, y el forastero seguía allí, cual si la  pulpería fuese el destino de su viaje, pero tan pronto comenzaron a escucharse los modestos acordes de una guitarra, indicando que el habitual parroquiano había llegado, con ligereza, el forastero salió a su encuentro y sin dar tiempo a que entrara, lo interceptó diciéndole:
- Llegas tarde morocho, sé que me andabas buscando.
El negro, sin dejar de mirar la guitarra, dijo con cierta satisfacción:
- No te buscaba. Por siete años te esperé, confiaba en que vendrías.
- No perdamos tiempo pues, que está por oscurecer. Más unas palabras quiero antes
decirte: es cierto que a tu hermano maté, pero bien sabe el padre Eterno que nunca peleo ni mato si no es por "necesidá". Si en esta ocasión muero, tu penitencia será, huir de la "autoridá". Afila  ya tu facón  y terminemos  con este viejo entre dicho, que "nadies" pueda decir que el gaucho Martín Fierro recula "pa" pelear.
            Desde donde yacía, Recabarren, vio como el negro, - creyendo cumplida su venganza - enfilaba hacia el poblado.
           

Horas más tarde, al regresar el negro en compañía del padre Quinteros, con gran estupor se encontraron con qué el difunto había desaparecido.

martes, 17 de enero de 2012

AVISO IMPORTANTE

A los escritores, lectores y amigos
Les comunico que Revista Literarte digital correspondiente al mes de Enero de 2012 aparecerá los primeros días del mes de Febrero.
Agradezco su comprensión 
Saludos para todos

Graciela Diana Pucci