martes, 31 de enero de 2012

Nilda Antonia Pigazzini-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2012


TE AMÉ



Te amé en un paroxismo
   Precoz, prematuro
con dudas ,con dolor ...


Deje el infantil pregón ,
    los ideales
Crecí en un sueño
     de ternura.


       En el remanso de tu
               sabiduría ,
 deambulé …
 en un caudaloso torrente
de poemas.

Álvaro Iván Ortegón González-Cali, Colombia/Enero de 2012


Arte poética

Libre como cometa en cosmos métrico.
Sentencia alusiva a auroras tenues,
que en solsticio ondean orgullosas en el cielo
tras idear esbozos íntimos del pensamiento.

Complejidad demanda entendimiento recóndito
para seguir hilando alegorías;
todo tipo de construcción, historia emergente,
que brota silente con sentido profundo.

Trazos repentinos irrumpen fontanar de creación,
¡oh, pináculo de numen encendido por vestigios!
Minúsculos símbolos históricos invitan al Yo,
a emanar ideas y sensibilizar su libertad musical.

Bajo armonía del matiz, se emiten vocablos,
que forjan la cadencia fogosa;
coloreando cerca al umbral de rima,
la inspiración halla su morada.

Vislumbrando la proximidad de la musa,
emana luz de diosa sobre la pluma
-palpar hemistiquios y cesuras-, libre, el verso,
no logra sucumbir ante sus propias idealizaciones.

Es preciso desentrañar
el nodo de nuestra alma;
conocerla para no describir realidades incongruentes,
pues una estrofa escrita en la blanca llanura
expelería sabores sin belleza sobre azur.

Tentativa fulge la perfección en el bosquejo;
empero, al soltar las sirgas espontáneas,
parece que alcanza el impulso primigenio,
el velo roto del caótico rasgo.

No te preocupes por el orden
adviene al hilvanar subformas,
y al acantonar el brillo emergente,
asocia la libre delineación
de la gran metáfora
al devenir escritural de tu existencia.

Construida la obra,
se enarbolan las imágenes abandonadas
como un recuerdo nocturno,
súbitamente la pesadumbre
expande sus trozos agrios
que en tinta rociada,
caen desde los montes de Urano,
vastas ideas.

Al cantar estrofas natátiles
sobre un bajel undívago,
decide viajar sereno
en el oleaje asiduo de la mar,
y bajo el velamen del título,
el firmamento de signos
se tornará menester
como la sinfonía interna.




Dámaso Manuel Martínez-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2012


Fotografía de barrio
                                        
                                         A Vinicius

Virginal gacela…
Ondula en Centenera.
Viejo león hastiado acecha…
Un arrebato, un relámpago,
un salto…
Cuello atrapado, en fauces quieta.
Virginal gacela,
ondula sensual, ya por Rosario
Viejo poeta, la encierra en su poema
Hacia la plaza…
Ondula sensual, aquella…
Mientras explota…
Brutal la primavera!

María Esther García López-Piedras Blancas, Asturias, España-Homenaje a Miguel Hernández/Enero de 2012


Presencia
                                                                                    “Todo está lleno de ti, amor…”
Miguel Hernández

Too ta enlleno de ti,
amor.
Los caminos, los parques,
los ríos, les cais  que caleyo.
Too ta enlleno de ti,
amor.
Y, en cada momentu del mio cuerpu
hai una señal indeleble,
que nun se borra col tiempu.
Too ta enlleno de ti,
amor.
Les pallabres que pronuncio,
l’aire,  los suspiros, los besos, los pensamientos, los deseos...
Too ta  enlleno de ti,
amor.

Susana Beatriz Fondado/Enero de 2012


El amigo de Roque

   Roque mira hacia su costado donde ve su amigo parado y conversa, se queja de la sequía, se queja del sol, levanta los ojos hacia el astro y los baja sin ver, el otro algo le contesta, porque Roque sigue rezongando, pega media vuelta, levanta los hombros, entre frase y frase, se pasa la mano por la cabeza en su típico ademán nervioso.
   Se asoma a la puerta con el mate en la mano, habla sin parar mirando a su amigo. ¿Cuál será el tema, cuál será?
   Se nota en su boca una mala palabra, que saliendo de el nunca es tan mala.
   Manos en los bolsillos, sigue conversando ¿Qué habrá en sus pensamientos? Acaso los duendes jueguen con su razonamiento.
   Sonríe, con las manos haciendo señas, tiene maíz en el corazón, trigo en su mirada, en su cabeza la nada jugándole una pulseada.
   Saluda a los que pasan, los acompaña a la esquina, con amabilidad devota, hablando de cualquier cosa, vuelve para su casa y charla otra vez tan solo,  Roque solito lo ve…a su amigo imaginario que no se separa de el.

Abel Espil-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2012


LA HORMIGA PERDIDA


"Era la última hormiga de la caravana y no pudo seguir la ruta de sus compañeras". Quedó como ausente .Perdida. Por primera vez tomaban ese camino. Se distrajo observando un vaso fino y alto. Pensó que era el momento de vivir su vida .Se sentía independiente y con un poco de hambre . En la mesa, encontró pequeñas y ricas migas de pan blanco . Estaba tranquila . Él continuaba ahí . Si le llegaba arriba, pero muy arriba, podría ver al mundo de distinta manera. Claro que se olvido lo principal. Había instantes en que lo veía apoyado en la mesa, y en otros momentos era llenado con un líquido oscuro , que el señor grande   llevaba a sus labios.
Ella, observó. Acaso no era una hormiga. No son populares por su trabajo y paciencia . Ella , decidió tenerla. 
En corto tiempo, se dio cuenta que era mayor el tiempo en que el vaso estaba en la mesa , que en la boca del grandote. Se acercó, comenzó a subirlo, pero patinaba y descendía. Lo intentó muchas veces , fallando en todas. ¿ que hacer ?
La tentación era muy importante.
No había comido todas las migajas . Se las fue acercando y montando una sobre otra . Se daba cuenta que le quedaba poco tiempo. Llegó ¡ al fin ! : y todo lo veía muy distinto .
Duró poco la felicidad . Una mano enorme y con muchos dedos levantó el vaso fino y alto .
Otra mano, la tomó de su espalda, colocándola en la pequeña mesa .
Se escuchó una fuerte risa acompañado por un puñetazo .

Marta Díaz Petenatti-Zona Rural de la Provincia de Santa Fe, Argentina/Enero de 2012


LA PIEZA


Tenía nueve años y el coraje infinito que sólo da la falta de vivencias en la vida. Es por eso que, haciendo caso omiso a los rumores que había mamado desde mi nacimiento relacionados con “La Pieza”, estuve  varios días agazapada estudiando todos los movimientos de la casa para poder descifrar quién tenía la llave de entrada a la misma y dónde la tenía escondida.
En ella vivían mis abuelos, desde siempre perteneció a la familia, y por conversaciones que se interrumpían drásticamente cuando llegaba o me aproximaba, había llegado a la conclusión de que algo pasaba relacionado con la misma, pero nadie me lo quería decir.
 Además, cada vez que inútilmente quería entrar, los gritos de quien estaba más cerca coartaba mi impulso, recibiendo además una larga y bien estudiada reprimenda.
 Entonces, cansada de tanto misterio, resolví develarlo personalmente.
Me fue difícil encontrar el escondite de la famosa y bien cuidada llave, pero lo logré por un descuido verbal de mi querida y recordada abuela Teresa, quien nunca supo de su indiscreción.
Ese día estuve demasiado nerviosa, a tal punto que las horas, otrora lerdas y monótonas, pasaban cual vuelo de águila.
Y la noche llegó, y con ella los preparativos minuciosamente programados. Me puse el pijama, saludé a todos y me acosté.
 Debajo de la almohada  tenía la linterna. Esperé ansiosa a que todos se acostaran. Mi corazón parecía un caballo desbocado corriendo por un prado. Tal eran los sonidos que producía y repercutían en mi adrenalina que circulaba a muchas revoluciones por segundos. Lo sentía latir en mi garganta y en mis sienes.
Cuando comprobé que todos dormían me levanté sigilosa y fui hasta la cocina a buscar la llave que estaba escondida detrás de un ladrillo flojo de la marlera donde mi abuela almacenaba el indispensable combustible para su cocina a leña.
 Ya los latidos repercutían como bombos en mi cabeza, y al poner la llave muy despacito en la cerradura comenzó a erizarse mi espinilla haciéndome sentir una sensación que iba del calor al frío; del quedarme al huir.
Pero me quedé… y entré.
Todo era de una oscuridad absoluta. Prendí tímidamente la linterna y…¡me petrifiqué!...cerca de la ventana que daba al patio trasero, había una pequeña mesa, y detrás de ella, entre un humo verde que flotaba en casi toda la habitación estaba sentado un espectro con un turbante negro, en esa penumbra que sólo permitía que se notara su contorno por la iluminación que producían las velas que despedían un claro olor a incienso.
 Comencé a desandar el camino recorrido calculando el lugar de la puerta que estaba a mis espaldas, con el  sólo objeto de salir corriendo.
 La figura se levantaba despacio, con una mano extendida hacia mí, que ya hasta había perdido la noción de quién era, y en su avance, con una voz ronca y gutural decía cosas ininteligibles, suplicando que fuera a su encuentro, aunque me parecía que lo único que quería era atraparme y llevarme con ella.
Cada vez estaba más cerca. Me parecía sentir su respiración caliente y putrefacta danzando sobre mi cara.
Mi mano, volcada hacia atrás tomó el picaporte que, negándose a que lo pudiera abrir quemó intensa y profundamente mi piel.
Ya desmayaba. El terror  producía un dolor tan intenso en mi pecho que creí que un infarto terminaría con mi corta vida.
 De pronto sentí que me sacudían bruscamente. Abrí los ojos cargados de terror y ahí, sobre mí, encontré la cara dulce y tierna de mi abuela.
 Di un salto en la cama y la abracé tan fuerte que mi ímpetu desmedido le produjo mucha risa. Había venido a invitarme a desayunar, así que calcé mis chinelas y fui tras ella dando gracias de haber despertado de ese terrible sueño.
 Sentada, y mientras servía su siempre exquisito café, refunfuñó diciendo como todas las veces…¿a ver cómo están de limpias las manos?... las levanté rápida para mostrárselas porque el aroma de ese brebaje me atrapaba, cuando escuché que me decía:
_¿Qué te pasó?...¿te quemaste?
 La garganta se me cerró nuevamente del susto.
 Miré mis manos y ahí, justo ahí, en la palma de una de ellas y como grabado a fuego estaba la marca irrefutable e inexplicable del picaporte de “La Pieza”.

Marta Susana Díaz-Buenos Aires, Argentina/Enero de 2012


CASI SIN HACER RUIDO

El pétalo rosado cayó sobre la gramilla casi sin hacer ruido.
Él no lo pudo oír. Pero lo vio. Porque primero cayó sobre su anillo. Justo en ese momento había bajado los ojos mirando sus manos apoyadas sobre las piernas cruzadas. Prestaba atención a las palabras de ella. Quizás, si hubiese sabido de antemano que el pétalo iba a caer sobre sus dedos, lo hubiera oído seguramente.
Esa tarde sus sentidos estaban  más despiertos que de costumbre. La tranquilidad se había instalada en su ánimo, dispuesto a que ningún motivo lo alterara.  
Ella trataba de justificar algo que no tenía justificación. No paraba de hablar, buscando la frase que minimizara el engaño.
Él, tan solo la escuchaba.
Enfrascada en su relato, cada vez hacía menos creíble la explicación.
Una leve  brisa en ese atardecer de verano, agitó el rosal y más alitas de rosas cayeron sobre ellos.
Pero ya no eran solo rosados. La brisa leve se intensificó. Los rosales vecinos también hicieron su colaboración a la caída y, mezclando sus colores, los fueron esparciendo sobre la pareja. Blancos, amarillos, rojos…
A ella le vino a la mente el instante en que habían entrado al salón y una lluvia de pétalos cayó sobre ellos en medio de la música y los aplausos.
Cuando recordó ese momento no pudo seguir hablando.
Él,  con algo de dificultad,  se quitó el anillo del dedo de la mano izquierda.
Lo depositó sobre la falda de ella.
Y se alejó por el camino que bordeaba los rosales, sin pronunciar palabra.