sábado, 19 de septiembre de 2015

Marta Susana Díaz-Argentina/Septiembre de 2015



DOÑA SOLEDAD

En el mercado, en las veredas, en la plaza y en la vuelta al perro,  la soledad de Soledad era el tema de conversación instalado para siempre en esa pequeña ciudad de Córdoba llamada Villa Rumipal.
Doña Soledad abría las ventanas cuando empezaba a clarear y las cerraba al salir las primeras estrellas.
Su casa diminuta, asemejaba una casa de muñecas, con las cortinas llenas de dibujos multicolores y las macetas con flores azules en el alfeizar de la ventana principal.
No hacía compras de alimentos ni barría la vereda como el resto de las vecinas de la cuadra.
De vez en cuando una sombra se veía pasar detrás de los vidrios como atisbando los movimientos de la calle.
Algunos niños curiosos a lo largo de los años trataron de saltar la tapia, pero fue una tarea imposible.
Una pierna rota o un golpe en el cráneo, los fue haciendo desistir de la tarea.
-          María ¿usted recuerda cuando llegó a la ciudad Soledad? – se preguntaban las vecinas.
-          Desde que  nací, ella ya estaba. Mi abuela la nombraba y mis tías y las primas de mi madre también…
-          ¿Y como puede ser que nunca tuvo hijos? repetía Caridad, carcomida por la curiosidad malsana de vieja amargada.
-          Bueno, le contestaban a coro. No es primordial tener hijos y no hay ninguna ley que lo exija…
-          Benito: usted que lleva tantos años en el pueblo ¿le conoció algún novio?
-          ¡Anda ya, gilipollas! ¡Qué voy a estar yo controlando los novios de las mujeres del pueblo! ¡Faltaría más! – contestaba el español.
La cuestión es que Soledad, tan solo salía a la vereda cuando el jacarandá estaba en flor.
Las flores lilas se hamacaban con la brisa y todo el jacarandá  parecía danzar.
Y a Soledad le brillaban los ojos con destellos azules, misteriosos y profundos.
Esto ocurría todos los años en plena primavera: se ponía su mejor vestido,  se hacía dos rodetes trenzados arriba de las orejas y se sentaba en una silla de enea a escuchar el aletear del ruido de las mariposas posadas en las flores lilas del jacarandá.
Las contemplaba por horas como si mantuviera una conversación silenciosa con ellas.
Al caer la tarde se recluía en su casa hasta el próximo día de sol. Si este no aparecía refulgente sobre el cielo,   Soledad no salía a la vereda.
Hasta que un mediodía de pleno sol, ya comenzado el verano, el 19 de Enero de 1989, a las 12 del mediodía, soltó sus rodetes trenzados que se convirtieron al momento en dos enormes alas rosadas con filigranas plateadas y círculos azul Francia y se dirigió volando hacia el sol seguida por sus compañeras de siempre que nunca la dejaron vivir en soledad.
Y todos los 19 de Enero da una pasada acompañada por sus aladas amigas por la plaza, el mercado, la escuela y por supuesto por su casa de muñecas que nunca nadie se animó a ocupar.                                                                     

1 comentario:

Sara Peña dijo...

Hermoso relato !!!! Felicitaciones