El odio esclavo
Lo oculto habla.
La psicología moderna nos advierte que el odio puede ser una forma de admiración encubierta. Además, es algo contraproducente: “Si odias a tu enemigo, te volverás su esclavo”, decía Borges al respecto. Esto describe a muchos de los odiadores de un pueblo como el judío, que supo levantarse de entre las ruinas que dejó el odio ajeno.
Un aprendizaje implica un cambio de conducta —para bien o para mal—, pero, a la hora de aprender, habitualmente aspiramos a que ese cambio se oriente hacia el bien. Los que odian, en cambio, quedan fijados, no pueden desviar su notoria polaridad hacia el mal. Sin advertirlo, y sentados en confortables plazas, atraviesan el síndrome de Procusto en vuelo directo, sin escalas. Y, cada tanto, se sienten las turbulencias.
Como es más fácil odiar que aprender —en este caso, porque el sentimiento se impone a la sensatez—, los odiadores se rehúsan a aprender de una cultura que resistió toda clase de calamidades: invasiones, persecuciones, pogromos y genocidios.
¿Por qué, incluso entre los ciudadanos de a pie, existe el odio hacia el judaísmo? Tal vez por la secreta admiración de la que hablamos; por esa incapacidad de reconocer que el pueblo judío es, a los ojos de la historia, de los pocos que no se doblegaron ante los tiranos. Sufrieron los embates por ello, pero sobrevivieron. Y eso resiente a cualquier admirador —u odiador— encubierto que termina hundido en su propia mediocridad.
Así, los judeofóbicos quedan atrapados en su propia dialéctica, como el Uróboro que se devora a sí mismo: un odio que se retroalimenta. No pueden resolverlo porque, como dijimos, odiar evita el esfuerzo de comprender. La terapia psicoanalítica podría ofrecerles una dosis de autosinceramiento, pero… ¿cómo aceptar una terapia si el padre del psicoanálisis fue judío?
Lo viejo y lo nuevo.
En la geopolítica fluctuante de Medio Oriente, los odios e intereses se entrecruzan en un conflicto antiguo que muchos consideran en su punto máximo. Sus causas —étnicas, históricas y políticas— forman una madeja complicada, difícil de desentrañar. Cada quien tomará de ella la punta que más le convenga.
Tanto el cristianismo medieval, que los culpó por el rechazo a Cristo, como el nazismo, con su delirio supremacista, impulsaron políticas de odio hacia los judíos hasta niveles demenciales. Hoy, las teocracias islámicas y sus grupos radicalizados continúan esa lógica. No es un odio nuevo, pero sí tan irresoluto como los anteriores y, ahora, recrudecido en una guerra en su propia casa.
En este conflicto, el odio no es un elemento accesorio. Lo que solemos entender como una expresión sentimental se convierte aquí en una base política: el exterminio del Estado de Israel y de los judíos. El odio no solo justifica, motoriza estas políticas con bombardeos a la población civil, atentados e inmolaciones de shahids. Los inocentes son el blanco; generar terror, el objetivo. Frente a esto, los judíos encuentran la manera de seguir adelante, como lo hicieron siempre.
Purim.
La sensación de ver a los judíos casi como indestructibles reapareció en la reciente festividad de Purim, donde se conmemora la salvación frente a un intento de aniquilamiento en la Persia antigua. Corría el siglo V a. C.; el visir Haman había planeado todo con precisión, incluso la fecha del exterminio. Pero la reina Esther lo descubre y el plan fracasa. Los judíos sobreviven.
Durante la festividad, Tel Aviv estuvo bajo el ataque de misiles iraníes, día y noche, sin respiro. En medio de los bombardeos, entre sirenas y corridas, una pareja contrajo matrimonio en un refugio subterráneo. Cuesta creerlo. Pero, mientras el Domo de Hierro interceptaba las bombas, la pareja y sus amigos festejaban Purim y el casamiento casi en simultáneo, entre cánticos y bailes. No es banalización. No es frivolidad. Es la expresión de un pueblo que concibe cada minuto de vida como un regalo. Y lo manifiesta, libre de todo miedo.
Antes de los episodios de Haman, los judíos ya habían sido atacados por los babilonios alrededor del 500 a. C., con Nabucodonosor en la cúspide de su poder. Muchos debieron huir a Persia. Luego, Ciro conquista Babilonia y se convierte en una de las figuras más benefactoras para ellos: les permite regresar a su tierra y ordena la reconstrucción del templo en Jerusalén, destruido por los babilonios.
Ayer, Persia salvó a los hebreos. Hoy, Israel ayuda a los persas —con la colaboración de Estados Unidos— a liberarse de un régimen que sumió a Irán en el retraso y el miedo.
Siempre habrá intereses de por medio —el petróleo, entre otros—. Pero tanto Israel como los judíos funcionan como un espejo en el que muchos no quieren mirarse. En Europa y Asia los odiaron por irracionalidad; en América, por mediocridad: dos impulsos suficientemente degenerativos como para conducir a la autodestrucción: lo irracional y lo mediocre.
No es novedad que la Biblia esté plagada de mitos. La muerte de Cristo, por ejemplo, permanece rodeada de misterio: no hay evidencia arqueológica concluyente sobre sus circunstancias posteriores. Sin embargo, millones de cristianos siguen celebrando, dos mil años después, las Pascuas de Resurrección. ¿Por qué? Por su valor simbólico. El ser humano no es solo un animal racional: posee también la capacidad de simbolizar. Y, en ese terreno, el símbolo puede imponerse incluso a la evidencia, tiene potestad suficiente para ello. Cuando una fe es poderosa, los mitos dejan de ser un problema.
La esclavitud del pueblo hebreo en tiempos de Ramsés pudo haber sido otro mito. Pero, de haber existido, no estuvo fundada en el odio. Como en muchas esclavitudes de la antigüedad, las razones fueron económicas: los esclavos eran una pieza funcional del sistema productivo.
Los odiadores de Israel, en cambio, encarnan una paradoja profunda: son, al mismo tiempo, verdugos y esclavos, atrapados en un mismo sentimiento de odio.
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