lunes, 20 de abril de 2026

Carmen Membrilla Olea-España/Abril 2026

Imagen: Pinterest (enviada por la autora del texto)

 

Hoy, primer día de vacaciones, me regodeo en el descanso que provoca no tener que cumplir con los horarios rutinarios, quizá por eso el café ha sabido mejor, más lento, como si cada sorbo fuera una pequeña tregua. Leer me ha empujado a escribir, como siempre. Hay días en que las palabras no se buscan; simplemente acuden.

He pensado en esas cosas que conviene olvidar. No las grandes tragedias que dejan un poso más hondo y difícil, sino esas pequeñas e invisibles conexiones que se me quedan pegadas sin pedir permiso.

Conviene olvidar las veces que no fui suficiente para alguien que tampoco lo era para mí. Las explicaciones que nunca llegaron y que, con el tiempo, dejaron de ser necesarias. Los silencios incómodos que interpreté como rechazo cuando quizá solo eran ruido de fondo en la vida de otros. Conviene olvidar la autoexigencia que no entiende de sosiegos, ni de respiros, ni de pausas; las comparaciones inútiles, las versiones de mí que ya no existen pero que a veces insisto en juzgar con dureza.

Conviene olvidar ciertos días grises que parecían interminables y que, sin embargo, terminaron. Las palabras dichas a destiempo, los gestos que no supe leer, los caminos que no tomé por miedo más que por convicción.

Conviene olvidar el peso de algunas despedidas, los lugares que ya no significan lo mismo, las expectativas que no encontraron su sitio en la realidad.

Conviene olvidar esa manía de querer que todo esté en su sitio, el tono seco de quien ya no me importa tanto, las respuestas rápidas que quizá nacieron del agotamiento, los “luego hablamos” que nunca encontraron su momento.

Conviene olvidar las ausencias cotidianas de quienes quizá nunca quisieron estar, los gestos que en alguna ocasión me hicieron daño y las veces que disculpé rutinas insoportables. Conviene olvidar también ciertos papeles acumulados sin sentido, las listas que nunca se cumplieron, los propósitos que se quedaron a medias y que no definieron gran cosa.

Conviene olvidar historias que no me dijeron nada y a las que, aun así, les di más tiempo del necesario. Conviene olvidar la culpa de no aprovechar cada minuto en lo que jamás me apasionó absolutamente, como si el sosiego y la coherencia tuvieran que justificarse. Las comparaciones con otras vidas (aparentemente más ordenadas, más plenas) que nunca conocí por dentro.

Conviene olvidar ciertas frases heredadas, esas que se dicen en familia sin pensar y que una repite sin querer: “hay que poder con todo”, “no es para tanto”, “ya se pasará”. Conviene olvidarlas para poder elegir otras más suaves, más productivas, más libres.

Conviene olvidar también la rigidez con la que a veces me miro, la dificultad para aceptar que cambiar de idea no es fallar, que no llegar a todo no es perder.

Y quizá conviene olvidar un poco menos deprisa, dejar que algunas cosas se vayan solas, a su ritmo. Porque olvidar, bien mirado, no es un acto brusco, sino una forma de ir haciendo sitio: en la casa, en los días… y, sobre todo, en mí misma; que a veces siento como que voy a explotar. Por eso borro y recoloco e insisto en que todo lo que no me gusta pierda volumen para que deje de ocupar tanto espacio en mi memoria.

Y puede que sea conveniente recordar con frecuencia que después de cada uno de esos olvidos hay algo necesario que permanece y es una versión más tranquila de mí. ¡Joder!

 

 “Fragmentos de un diario”

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